Domingo, 11 de febrero de 2018
1943-¿QUE PIENSA AHORA EL PUEBLO ALEMÁN?
(De «The Saturday Fvening Post )
Por werner Knop
Selecciones de NOVIEMBRE 1943
Al enterarse de que los Estados Unidos habían entrado en la contienda, un joven aviador nazi sonrió despreciativamente. «Los Estados Unidos no podrán emprender operaciones en gran escala antes del verano de 194; °, aseguró el alemán. «Y para entonces, ni Rusia ni Inglaterra estarán combatiendo».
La gran ofensiva aérea de 1942 produjo un cambio sóbito en esos, hombres. Ya no había ni traza de la arrogancia de otro tiempo. Era, en cambio, notorio que estaban preocupados. Cuando se vió claro que la ofensiva alemana se estrellaba en la resistencia rusa, el choque fué terrible. Puede que la población civil de Alemania necesitara del desastre de Stalingrado para caer en la cuenta de que había cambiado la suerte de la guerra. Los soldados alemanes, percibieron, desde agosto de 1942, que los planes de Hitler habían fracasado.
Al caer prisioneros, no tenían ya reparo en soltar la lengua. Podía uno—cosa que nunca había ocurrido hasta entonces—conversar con ellos, y aun criticar a los nazis, sin que se alejaran bruscamente, dejándolo con la palabra en la boca. Únicamente en un punto se mostraban intransigentes: la menor crítica que se hiciera del Fuehrer los sacaba de quicio.
Hace tres años, la posibilidad de que Alemania quedara vencida no les entraba siquiera en la cabeza a los alemanes. Ahora los persigue, como un espectro, el recuerdo de 1918. Esto no obstante, la mayoría de ellos no convienen en que sea imposible una victoria parcial. Creen que los aliados no dispondrán jamás de fuerzas suficientes para rendir la Fortaleza Europea. Sólo al ver a Europa invadida empezará a cundir en Alemania el desaliento en forma peligrosa. Y, a mi entender, cundirá entonces tan rápidamente que el derrumbe será inevitable.
miércoles, 21 de febrero de 2018
PEREZ- PONTEVEDRA-GARCIA AGUAYO-HUEHUETENANGO 1896
domingo, 1 de marzo de 2020
3 ABRIL 1790 BODA MOLINA (Huehue)TARAZENA (Salcajá)
miércoles, 18 de marzo de 2020
BUSCANDO DATOS HIPOLITO LETONA- Siglo XIX -EN SOLOLÁ
martes, 24 de marzo de 2020
COLONIAL---DATOS ESPAÑOLES GUATEMALA
lunes, 27 de abril de 2020
ALGUNOS REGISTROS DE LADINOS CIUDAD HUEHUETENANGO 1927
6-3-20
MI PROTECCIÓN CONTRA EL COVID -19
1. Protección espiritual de Jesucristo
2. Fortalecer pulmones y respiración sana
3. Lavarse bien las manos con jabón y agua limpia.
Efe 6:14 Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia,
Efe 6:15 y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz.
Efe 6:16 Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno.
Efe 6:17 Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios;
2Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío;
2. FORTALECER PULMONES Y RESPIRACIÓN SANA
APLICACIÓN PERSONAL DE 15 MINUTOS A MEDIA HORA.
1. Enfrente de un espejo,e pararse en posición de "firmes", es decir
a. erguido," saco el pecho"-torax-
b. Echar los hombros y omoplatos hacia atrás.
c. Bajar los hombros.
e. "Hundir" el estomago
2. Inspirar profundamente.
3. Contener la respiraciónlo más que se pueda.Esto
ayuda a que el oxigeno inhalado se introduzca lo más posible en las
células, llevando vida y vitalidad a las mismas y al organismo.
4.Hombros y brazos tensionados hacia atrás.-Conteniendo la respiración
5. Lentamente empiezo a subirlos hacia arriba- Procurando no inclinandose hacia adelante, sino permaneciendo erguido en posición recta. para no perder efectividad en los ejercicios.
3. LAVARSE BIEN LAS MANOS CON JABON Y AGUA LIMPIA
El pueblo judío en la antiguedad salía bien librado de las pestes, a diferencia de los pueblos gentiles, peroel secreto no era más que el buen lavamiento de manos y buenas normas de higiene en cuánto a los desechos corporales.
4, TOMAR UNA TAZA DE BUEN CHOCOLATE
He aprendido que antes de bañarme en agua fria, me ayuda el hacer ejercicios de respiración,no soaamente para fortalecer mi sistema inmunologico, sino para generar calor corporal, y al tomar antes una taza de chocolate caliente, siento el calor en mi espalda. Antes de recibir el agua fria o templada, inspiro profundamente y contengo la respiración. Notablemente esto ha reducido los resfrios y gripes en mi cuerpo.
Investigadores japones han confirmado que la bebida de chocolate,
mientras mas natural mejor, sirve para que nuestros células encargadas
de combatir a los virus, estén al máximo para combatir los terribles
virus. Además el chocolate crea la misma sensación de bienestar que
cuándo se esta enamorado, por lo cuál ayuda a combatir la depresión. Sin embargo debemos investigar y proceder de acuerdo a nuestra seguridad y riesgo personal, por ejemplo si el agua fria afecta mi organismo o bien si el tomar chocolate en lo personal es adverso a alguna persona-
LA AMÉRICA CENTRAL ANTE LA HISTORIA
ANTONIO BATRES JÁUREGUIAl saberse en Guatemala ese plan imperial, pu-
blicado en México, dio a luz el gobernador, don
Gabino Gaínza, un Manifiesto impreso, con fecha
10 de abril de 1821, pidiendo lealtad al pueblo para
el rey, y calificando, como ya dijimos, de ingrato,
pérfido y traidor a Iturbide; echándole además, en
rostro, el robo de medio millón de pesos, con inten-
ciones siniestras ; concluía amenazando — como mi-
litar resuelto y de carácter — al infame que traicio-
nase al rey de España. El 15 de septiembre, de ese
año memorable, apareció tipografiada la proclama
famosa del propio Gaínza, anunciando, con júbilo,
la independencia de la América del Centro. Termi-
naba aquella arenga en estos términos : "Vuestra
voluntad (hablaba al pueblo soberano) decidirá del
Gobierno; y yo, sensible a los votos que me ha dado
la nación, juré hoy, y juraré cuando se decrete vues-
tra Carta Fundamental, ser fiel al régimen centro-
americano, y defenderle con las fuerzas que habéis
puesto a mi mando". El 18 de aquel mismo mes,
como jefe del pueblo de Guatemala, se dirigió Gaín-
za a Iturbide, felicitándolo por el Plan de Iguala.
El jefe español y capitán general, que criticaba a los
traidores, convirtióse en traidor, al jurar la indepen-
dencia y ser jefe de ella. . .
El 28 de noviembre del año 1822, recibió don
Gabino un oficio, fechado el 19 de octubre, en el
que el emperador Agustin I manifestaba : "que Gua-
temala no debia quedar independiente de México,
sino formar con aquel virreinato un gran imperio,
bajo el Plan de Iguala y tratados de Córdoba; e indi-
caba, además, que una división de tropa numerosa
y bien disciplinada, marchaba ya sobre nuestra fron-
tera, para proteger el movimiento de anexión. Este
imperativo procedimiento no tenía el carácter de
una oferta dirigida a un país libre e independiente,
sino que era una verdadera amenaza de fuerza ar-
mada, manu militari, como dijeran los conquistado-
res romanos. Ante la perspectiva de una guerra
desastrosa, prevaleció aquí la opinión general, tanto
de fiebres como de moderados, de no poder oponerse
a aquella inesperada arbitrariedad. En los tiempos
subsiguientes a la independencia de los países ibe-
roamericanos, en las primeras décadas, las personas
ilustradas, y hasta los mismos libertadores — con
excepción de Artigas, en la Argentina, José Fran-
cisco Córdova, en Guatemala, y algunos más — , la
generalidad no tenía un principio arraigado, una
convicción profunda, sobre la democracia y la repú-
blica. Algunos ansiaban la autonomía y la libertad;
pero no todos desdeñaban la monarquía constitu-
cional. Hoy, que la meta está en la acción directa
popular, es difícil comprender el temor que la pala-
bra democracia inspiraba, hace un siglo. Aún para
los propios fundadores del sistema constitucional
en los Estados Unidos, ese vocablo era sinónimo de
"régimen del populacho"; y el sincero amor que
aquéllos profesaban a las instituciones republica-
nas, iba acompañado de un antagonismo pronuncia-
do contra la democracia. Hasta la segunda mitad
del siglo XIX, no empezó a ser evidente que el fun-
cionamiento efectivo de las prácticas republicanas,
requiere una organización popular. Mientras la
mayor parte de un país dependa económicamente de
una minoría rica y poderosa ; mientras que lo que se
llama pueblo sea analfabeto, lo que resultará ha de
ser una oligarquía predominante, o una dictadura
y caciquismo. Serán pequeños grupos de hombres
interesados, los que se arroguen de hecho el poder,
con frases más o menos transparentes. Sin pueblo
preparado, consciente y patriota, no habrá república.
Mitre ha dicho que : "la Constitución boliviana era
el falseamiento de la democracia, con tendencias
monárquicas. El bastón del dictador perpetuo valía
más que el cetro del rey. Bolívar, como César y"
Cromwell, era más que un monarca, y con su corona
cívica llevaba delante de sí, por atributos de su mo-
nocracia, su espada de Libertador y su Constitución
boliviana".
"San Martín, con su plan monárquico (son pa-
labras del inmortal Ricardo Palma) hijo de una
conciencia honrada y de verdadera sensatez, con-
sultaba el estado del Perú, que aunque nos duela
decirlo, en 1821, para todo estaba preparado, menos
para la vida republicana." (1)
Podría fácilmente citar mucho de Monteagudo,
García del Río y Paroissien, que comprueba la ver-
dad, no muy sabida, de que en 1821, si bien había
en toda la América hispana tendencia a la libertad,
no se tenía apego a la democracia. A eso fué debi-
do que Valle no fijara, en el Acta de Independencia
de Guatemala, el carácter político constitucional del
gobierno nuevo.
Lograda la emancipación, comenzaron a sentir-
se las dificultades producidas por la patria recién
nacida. Vino la fuerza militar a imponer la anexión
a México. Así se explica que, patricios como Maria-
no Gálvez, Cirilo Flores, Antonio Corzo, y muchos
otros del bando liberal, se hayan adherido, por las
circunstancias, al imperio de Iturbide ; en pos de
resguardo y seguridad, y ante la amenaza de un
ejército que sentó sus reales en Guatemala, a la
sazón débil, pobre, desconcertada y víctima de har-
tas calamidades. Cuando Chiapas estaba separada,
Tegucigalpa, Los Llanos, y otros puntos de Hondu-
ras, divididos, Quezaltenango adherido a México,
Nicaragua en pugna con Guatemala, separada Costa
Rica, y El Salvador solicitando agregarse a los Esta-
dos Unidos de América, ¿qué se podía hacer para
evitar mayores males? La anexión a México, decre-
tada el nefasto 5 de enero de 1822, no fué obra de
partido alguno; cachurecos y fiebres, tradicionalis-
(1) "Tradiciones".
tas y revolucionarios, viéronse arrastrados por la
fuerza del torrente de los acontecimientos ; León,
Cartago y la villa de Heredia, Comayagüela, Quezal-
tenango, y otras ciudades, anexionistas fueron.
Cuando el 12 de junio de 1822, llegó a Gua-
temala Filisola, a la cabeza de seiscientos soldados,
con lucidos oficiales, se les recibió en esta ciudad
cordialmente. A los diez dias se hizo cargo aquel
mexicano del mando político, por haber sido llamado
el general Gaínza a México. Con razón decía el
doctor don Pedro Molina, en sus Memorias, "que
don Gabino parecía una veleta, por lo versátil y tor-
nadizo; y que se apresuró a aceptar el Plan de
Iguala, cuando poco tiempo antes, como ya lo diji-
mos, había llamado a Iturbide, "el infiel, el ingrato,
el intruso", sin sospechar siquiera que pronto lle-
garía hasta convertirse en uno de sus edecanes más
humildes y sumisos, que había de concurrir a la
coronación, lleno de entusiasmo". El sesudo letrado
Larreinaga, su émulo el ilustrado Valle, a la par de
los Aycinenas, Beltranenas, y demás corifeos del
partido conservador, se empeñaron, con muchos
liberales, de buena fe todos, en la anexión a Méxi-
co. (1) Fueron pocos los que siempre estuvieron por
mantener nuestra independencia absoluta, y deben
consignarse los nombres de aquellos patriotas que
llevaban una escarapela con la palabra Democracia;
eran: don José Francisco Barrundia, don José Fran-
cisco Córdova, don Pedro Molina y don Manuel
(1) Véase lo que dice, en sus Memorias, García Granados.
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Ibarra, que figuraron como los principales. (1) No
por eso, aquel desaguisado depresivo deja de man-
char nuestra historia. "Llorad, llorad hermanos ; to-
s en él pusisteis vuesras manos", como dijera Lis-
ta, aludiendo a los judíos que sacrificaron a Cristo.
Las tropas mexicanas salieron de Guatemala el 3 de
agosto de 1823; y doce días antes, se habían decre-
tado el escudo y la bandera federales. Guatemala,
unida al imperio, en fuerza de apremiantes circuns-
tancias, siguió, por poco tiempo, la suerte de aquel
efímero gobierno, y hubo de enviar diputados al
Congreso mexicano. Cuando el 18 de octubre de
1822, se disolvió dicha asamblea, por el cetro de Itur-
bide, hizo sufrir al eminente don José Cecilio del
Valle una prisión arbitraria; y al salir de la barto-
lina, lo nombró Ministro de la Corona, al punto que
ya se desmoronaba. Las tropas mexicanas se fueron
de Guatemala el 3 de agosto de 1823, y la víspera se
decretó la bandera y el escudo de los Estados Unidos
del Centro de América. Todo aquel modo de ser
no auguraba bonanza.
Entre los oficiales distinguidos, que con las tro-
pas de Filísola vinieron, citaré al coronel don José
María Navarro, joven esbelto y decidor, de modales
gallardos, que contrajo matrimonio con una seño-
rita de las principales familias guatemaltecas. Ella
(1) A los nombres de aquellos patriotas, es de justicia agregar
los de don Mariano Bedoya y don Remigio Maida, asesinados por los
anexionistas la noche del 30 de noviembre de 1821, frente a la igle-
sia de San José, a la salida de una de las juntas de la Tertulia
patriótica, por vivar a Guatemala libre. (M. G.)
(2) En México le llamaban, y aún le llaman "Filisóla"; en Gua-
temala le decían, y pronuncian *'Filísola". Hasta su nombre sufría
cambios.
se llamaba Maria de la Cruz A , cuyo apellido
no consigno, por consideración a sus parientes, que
viven en la actualidad. El casamiento se celebró,
pocos días antes de salir el ejército mexicano a la
campaña contra El Salvador, provincia cuscatleca
que había pretendido declararse anexa a los Estados
Unidos de América, por un acto que parecería
increíble, si no fuera que muchos de nuestra
historia lo han sido más todavía, acaeciendo los
principales por chiripa (casualidad) a virtud de la
fuerza ciega de los acontecimientos, como acostum-
braba decir un amigo mío, que presumía de esta-
dista, sin haber estudiado nunca nada a derechas,
como ha habido muchos, en los tiempos pretéritos.
Pero ello fué que, el 2 de diciembre de aquel
año, el imperio de Iturbide se deshizo como el humo,
cuando el infortunado Gaínza, viejo ya, aunque
siempre con ínfulas de mozo, era sumiso edecán de
Agustín I, y pasó buenas crujías, teniendo el pobre
de don Gabino, que estar a salto de mata, durante
mucho tiempo. El general Filísola, en medio de
aquella emergencia, por sí y ante sí, expidió aquí
en Guatemala, un decreto célebre, el 29 de marzo de
1823, convocando a la Asamblea Constituyente, de
acuerdo con el acta de 15 de septiembre de 1821,
que resucitó, después de estar sepultada más de-un
año. Las Provincias Unidas, que formaban la Fede-
ración, estaban más disgregadas que nunca, en po-
breza suma, cuando, tras los enhiestos volcanes,
salió el sol del 24 de junio de 1823, para alumbrar
la solemne instalación del memorable Congreso, que
hace más de un siglo que se celebró. El acta de l9
de julio de 1823, debe considerarse como la de nues-
tra verdadera independencia. La Corte Suprema de
Justicia de la República de Centroamérica, se instaló
en esta capital, el 29 de abril de 1825, presidida por
don Ignacio Palomo, que habia sido decano de la
antigua Audiencia.
La caída del emperador Iturbide consolidó, en
Costa Rica, la paz, alterada por la discordia entre
monárquicos y republicanos, que produjo la guerra
de 1823. El 8 de octubre de ese año, figuró como
parte del antiguo reino de Guatemala, representada
en el Congreso, el cual había decretado el l 9 de julio,
la creación de las "Provincias Unidas del Centro de
América". (1)
El señor Navarro, víctima de aquellos sucesos
políticos, casado aquí en Guatemala, y padre de
una preciosa niña, llamada Josefita, se hallaba en
la más triste inopia. Vivía en el "Portal del Mar-
quesado de Aycinena", en la segunda tienda, que
por entonces producía un alquiler de cinco pesos
mensuales... Tantum mutatur ab illo. Mas como
nunca un mal llega solo, tuvo aquel pobre joven la
desgracia de ver morir a su consorte, lo cual le
trastornó el juicio. Hay momentos de desolación,
en que todo se derrumba; en que el hombre, como
herido del rayo, cierra los ojos del alma y va a tien-
tas, agitando las manos, acuciado por la muerte, que
rasga impía las ilusiones de su pasión infinita...
(1) Ricardo Fernández Guardia: "La Intentona de Zamora". — Es
muy recomendable la obra de este distinguido historiador: "Estudios
sobre la Independencia de Costa Rica".
Una mañana, encontraron a Navarro casi sin vida,
en su mísera vivienda, con un dogal al cuello. Hubo
de acudir presto al sitio del siniestro, el doctor don
Mariano Larrave, cirujano del Hospital de San Juan
de Dios, y jefe del partido político que llamaban
del Gas. Este notable médico había sido Alcalde
Primero de la Capital, y ante él juraron nuestros
proceres sostener la independencia de Guatemala.
Es fama que, cuando el galeno se solía achispar,
pensaba que lo perseguía la Tatuana; pero en la
crítica vegada del suicidio, hallábase el cirujano en
pleno estado de juicio y de salud. Quiso la casuali-
dad que pasara frente al Portal, cuando le llamaron,
con urgencia suma. Luego se apeó de la muía que
montaba, recogió la capa que siempre le servía, y
penetró al recinto de la desgracia. Pudo, al fin,
revivir al coronel mexicano, quien al encontrarse
con aliento, exclamó : "¡ Dios mío, mi hijita ha sido el
ángel de mi guarda; ella me ha salvado!" La des-
venturada niña, con sus gritos, había pedido socorro.
Personas compasivas abrieron inmediatamen-
te una suscripción, para que Navarro se fuera a
México. Consiguieron además, que la infeliz Jose-
fita, que apenas contaba 5 años de edad, fuera reci-
bida, como interna, para educarla, por la monjas de
Santa Teresa, quienes, aunque ello no era de su
instituto, aceptaron a la niña, en secreto, por cari-
dad. ¿Quién creyera que tal obra misericordiosa
habría de llegar a ser piedra de escándalo y ocasión
de grandes desazones, para uno de los más virtuo-
sos y honorables proceres de nuestra independen-
cia; para un sacerdote ejemplar y meritísimo? La
tristeza del bien ajeno y la maledicencia, se buscan
y se juntan, complaciéndose en el mal, que como
sierpe aletargada, anida en el seno de las sociedades,
sobre todo cuando son pequeñas. En esta emer-
gencia, fué víctima de la murmuración calumniosa
el célebre canónigo don Antonio Larrazábal; y a tal
punto se espumó la maledicencia, que no hubo de
respetar al patriota eximio, prominente figura de
nuestra historia. Sus mismos méritos le atrajeron
enemigos gratuitos, ya que siempre los tienen aque-
llos más encumbrados. Corrió la voz de que la niña,
recogida en Santa Teresa, era hija sacrilega de la
Madre Priora y del Padre Larrazábal. Fué tal el
escándalo protervo, que la Curia Eclesiástica se vio
en el caso de abrir una información ad inqairendum.
La lucha desesperada por la vida, lo negro de la
suerte, lo árido y pérfido del mundo, hicieron que,
al llegar a su patria el pobre Navarro, fuese a sepul-
tar sus desventuras a un cenobio, poniendo el sayal
de penitencia sobre sus perdidas ilusiones. Se hizo
trinitario descalzo; y después, ordenóse de pres-
bítero.
Más tarde, fué requerido canónicamente para
presentarse en Guatemala a declarar, a fin de es-
clarecer si era el padre de Josefita, nacida del matri-
monio legítimo; y única tabla salvada del naufragio
del amor de aquel gentil militar, perseguido por el
Destino, hasta el punto de que, ni en un monasterio,
pudo hallar tranquilidad y olvido. Mas como al
monje no le era dado prescindir de la clausura, tuvo
que secularizarse, para poder venir aquí, en calidad
de sacerdote, a fin de que prevaleciera la verdad,
contra la calumnia infame ; pregón del escándalo
por toda la república. . .
Al volver a Guatemala, el redivivo José María
Navarro debe de haber sentido, de nuevo, desan-
grarse la herida que llevaba en el corazón; la nos-
talgia de sufrimientos desgarradores. Huelga decir'
que declaró, paladina y claramente, que la niña, que
se hallaba educándose en el convento de Santa Te-
resa, era su hija legítima. Muchos años vivió, entre
nosotros, aquel presbítero ejemplar e ilustrado. Fué
cura de varias parroquias. Escribió un libro intere-
sante, con el título de Memorias de Villa Nueva,
impreso en la tipografía "La Aurora", del licenciado
don Javier Valenzuela y Batres.
Ya bastante viejo, bajó al sepulcro aquel 18--2-20 LA AMÉRICA CENTRAL ANTE LA HISTORIA
ANTONIO BATRES JÁUREGUI
Carrera, con gran fama, se hizo después
cargo de la presidencia, pero por esa época experi-
mentó una pesadumbre intensa, motivada por el
fallecimiento del general Francisco Cascaras, acaeci-
do el 30 de marzo de 1851. Estimaba en alto grado
al viejo servidor de la nación, que por largo tiempo
habia sido un leal e instruido militar. "Cascaras
era originario de Cerdeña, donde nació, el año 1777.
Había estado en el ejército de Napoleón el Grande.
Cascaras vino, en tiempo de Arce, a principios del
siglo XIX, a Guatemala. En 1826 estuvo en la cam-
paña contra el coronel Pierson, y en 1827 libró la
acción de Santa Ana, contra las fuerzas salvadoreñas
del coronel Merino." (1)
Se hizo célebre Cascaras,* que sirvió varios co-
rregimientos departamentales ; era rígido y orde-
nancista; no tenía ningún vicio, y llegó al grado de
mariscal. Evitó, con gran serenidad que entrara
Agustín Guzmán a esta capital, en donde casi no
había tropa, y entonces fué a la plaza el mismo Cas-
caras, que era ministro de la Guerra, tomó un cañón,
y le mandó poner cebas falsas, después de la ver-
dadera. Venía Guzmán a la cabeza de su ejército,
por la calle de San Sebastián. A Cascaras le ayuda-
ban algunos paisanos, entre ellos don Joaquín y don
José Arzú, muy jóvenes por ese tiempo. Le decían:
"Vea que ya viene cerca", y Cascaras, con su flema
característica, sólo contestaba: "Aún no es conve-
niente"; y prendían una ceba falsa, lo cual hacía
creer a los enemigos que el cañón no daba fuego ;
entonces se arrojaban con más ímpetu sobre la
plaza. Cuando ya se hallaban los invasores a unos
(1) "Vida militar de Centroamérica", por el general Zamora
Castellanos, página 266.
cincuenta metros de ella, sonó el disparo, por orden
de Cascaras, cayendo muertos, entre otros, el jefe
Guzmán(del ejército del Estado de los Altos,
Nota de Sam López 18-febrero 2020)
y el tambor de órdenes, lo cual hizo que
aquellos soldados desmoralizados, volvieran caras
hacia el camino que traían al venir y, en gran confu-
sión, salieran huyendo temerosos de que se les per-
siguiera.
Durante la enfermedad del mariscal Cascaras,
ministro de la Guerra, estuvo varias veces Carrera
a verlo, y mandó a su médico, doctor don Francisco
Aguilar, al doctor Flessu y al doctor don José Luna,
a curarlo. Con solicitud lo asistieron personas de
importancia. Los funerales y el sepelio los costeó el
gobierno. El cadáver quedó sepultado en el antiguo
cementerio. Las exequias se celebraron solemne-
mente en la Catedral.
El viejo Cascaras tenía a su servicio una coci-
nera, llamada Lorenza Custodio, que lo atendía muy
bien. Esta buena mujer fué, años después, niñera
de mi esposa, y nos contaba — cuando yo me casé,
y la tomamos en la casa, como sirvienta especial,
por el gran amor que profesaba a mi señora — que
Cascaras era de buena índole, en lo privado, a pesar
de que sufría dolores reumáticos; que cuando murió,
le encontraron las piernas envueltas con papel enco-
lado, a guisa de botas, lo cual era costumbre entre
algunos del pueblo italiano, en época friolenta; que
tenía Cascaras un perro enano, negro, muy fiel,
como que, cuando se efectuó el sepelio del mariscal,
fué Tucurú, que así se llamaba el perro — en memo-
ria del famoso ladrón, de ese nombre indígena,
que por aquellos tiempos asustaba a los tranquilos
habitantes de esta naciente ciudad- — . Que a los dos
días de ver que Tucurú no regresaba, fueron al
cementerio, y allí lo encontraron, junto al sepulcro
de su amo. Le hicieron volver a la casa mortuoria,
y Nana Lencha, como nosotros decíamos cariñosa-
mente a aquella antigua servidora — que tenía un
bellísimo corazón — lo recogió y tuvo cuidado del
fiel amigo de su amo.
Cascaras, ya anciano, visitaba a mi padre que
era auditor de guerra. Llegaba a caballo el maris-
cal, en un rocinante, que ya tenía color indefinible.
Para poder bajar de la silla en que montaba, daba
orden marcial al asistente, diciéndole : "¡ Guíndate !",
para que hiciera fuerza en el pico de la montura, a
efecto de evitar que diese vuelta, cor su dueño,
quien naturalmente ya no tenía la agilidad de sus
juveniles años, cuando militara
bajo las victoriosas águilas del gran Napoleón.
En el año infausto de 1918, en que los terremo-
tos acabaron de deteriorar intensamente nuestra
querida capital de Guatemala, la impía furia de los
sismos llegó hasta el triste sitio donde duermen los
muertos el postrero de los sueños. La tumba del
mariscal de campo don Francisco Cascaras, desapa-
reció del antiguo cementerio, como también se per-
dieron, para siempre, las de otros hombres notables,
cuyas cenizas arrojó el fragor inclemente de las
ruinas. . .
iVec qua tuta petat culmina montes habet.
Omnia prcecipiti volvuntur lapsa ruina.
(Raphaelis Landívar.) UN ¡HOLA! QUE ME SUPO A MIEL
LA AMÉRICA CENTRAL ANTE LA HISTORIA
ANTONIO BATRES JÁUREGUICAPÍTULO VII
El Sexto Estado de los Altos. — El licenciado don
Marcelo Molina. El licenciado Marcelo Molina y sus dignos com-
pañeros, durante el gobierno de Los Altos, proce-
dieron con actividad, decoro y prudencia; pero ante
10 inevitable de los acontecimientos, no eran sufi-
cientes los esfuerzos del patriotismo. Más que a
las querellas de los partidos históricos, y a los erro-
res políticos, debióse la revolución, que fué general
a toda la América hispana, a raíz de la independen-
cia, a la violenta mudanza de una autoridad omní-
moda, sacra, real y cesárea, cual fuera la de Felipe
II y todos sus sucesores, pasando a una democracia
imposible, por falta de aptitudes para el self gov-
ernment, en conglomerados vernáculos, analfabetos,
fanáticos y miserables. "Sobre aquel mísero fun-
damento de la democracia — dijo el insigne José
Enrique Rodó — se alzaba la clase directora escasa,
dividida, y en su mayor parte inhabilitada también,
por defectos orgánicos, para adaptarse a los usos de
la libertad. Lo verdaderamente emancipado, lo ca-
paz de gobierno propio, no formaba número ni
fuerza apreciable. Hay en esas tierras unos termi-
tas o carcomas, que llaman comejenes] en espesos
enjambres se desparraman por las casas, anidan en
cuanto es papel o madera, y todo lo roen y consu-
men por dentro, de tal modo, que del mueble, del
tabique, del libro en apariencia ilesos, queda final-
mente un pellejo finísimo, una forma vana, que al
empuje del dedo cae y se deshace. Si hay expresiva
imagen de aquella minoría liberal y culta — como
más o menos se compuso en la América española —
la caricatura de una civilización republicana es la
capa falaz del objeto ahuecado por el termita."
No bastó al señor licenciado don Marcelo Moli-
na, su honorabilidad a toda prueba, su civismo reco-
nocido, su ilustración y virtudes, para que la intran-
sigente pasión política le negara la alteza de carácter,
que siempre tuvo y se le calificara de débil* y falto
de entereza. La aberración llegó a llamar conducta
desatentada y candorosa confianza, a lo que era en
realidad procedimiento enérgico, juicioso y noble.
Como en estos rasgos biográficos no cabe recorrer
detalladamente la historia de aquella época, me bas-
tará citar sólo dos hechos, entre muchos otros que
pudiera aducir, para poner en relieve la grandeza
de alma, la serenidad y el valor cívico del señor Mo-
lina. Sabido es que cuando el general Carrera entró
a Quezaltenango, todos aconsejaban a don Marcelo
que huyera presto, en semejantes momentos de an-
gustia, porque de seguro sería inmolado por las hues-
tes enemigas; pero él, heroico, se mantuvo en la
sala del gobierno, sin abandonar su autoridad y su
deber. Allí lo encontró Carrera, que, aunque iba
mal prevenido, ante semejante actitud, moderó sus
ímpetus, respetando la vida del inerme patricio de
conciencia limpia y ánimo resuelto.
Cuando más tarde, apagadas las pasiones agres-
tes e inhumanas, fué llamado por el mismo gobierno
de Carrera a ocupar una magistratura, en la Corte
de Justicia, aquel general, recordando la serenidad,
hombría de bien y aptitudes del honorable perso-
naje, dijo que el letrado probo y justiciero, iba a
servir a Guatemala, como una garantía de acierto.
Antes de esa época, y en medio de la tempestad
que amenazaba al país entero, apareció la célebre
proclama del gobierno áltense, de 10 de mayo de
1838, redactada por Molina, en que se decía: "Con-
ciudadanos : cuando la patria peligra es un deber,
y un deber muy sagrado de todo ciudadano, correr
a alistarse bajo sus banderas y ofrecer en sus aras
hasta el sacrificio de su existencia. No ha muchos
días que el gobierno se complacía en ver que ardía
en los pechos quezaltecos el fuego sagrado de la
patria, y que sentimientos nobles y generosos ani-
maban a sus hijos. ¿Por qué, pues, de un momento
a otro ha habido un cambio tan súbito y una incom-
prensible metamorfosis? ¿Por qué a la decisión y
entusiasmo han sucedido la apatía, la languidez y
el decaimiento? Nunca, menos que ahora, debéis
abrigar sentimientos mezquinos y miserables, ni
ideas equivocadas de localismo. Los males que ame-
nazan son generales para todo Centroamérica. Nues-
tra patria no está circunscrita a Quezaltenango, ni
a Los Altos. Lo es toda la nación, próxima a des-
plomarse y a sepultarse en sus ruinas, si sus hijos,
sordos a sus acentos doloridos e indiferentes a su
suerte, no nos apresuramos a ir a unir nuestras fuer-
zas para aniquilar y destruir la ominosa facción que,
con mengua y oprobio, de la América Central, ha
puesto en peligro al hermoso Estado de Guatemala.
Creer que reconcentrándonos en nosotros mismos,
salvamos del naufragio político, es un error muy per-
nicioso".
Cuando el cónsul inglés Chatfield — a quien
se le consideraba aqui con fueros de embajador,
y a Centroamérica se le veía al nivel de los países
berberiscos — pretendió, el orgulloso representan-
te comercial británico, obligar al gobierno de Los
Altos a que cambiara los términos de un tratado
que había concluido con el gobierno de El Salvador,
y hasta llevó su audacia a amenazar al Ejecutivo
del Sexto Estado, enviándole el borrador de lo que
debía pactarse inmediatamente; entonces, el licen-
ciado Molina redactó una enérgica respuesta, rebo-
sante de dignidad y alteza. Es uno de los documen-
tos diplomáticos que se debían popularizar, a fin de
que se comprenda que, por pequeño que sea un Es-
tado, si lleva la razón y la justicia, debe resistir, ante
el mundo civilizado, y triunfará, porque ninguna
cancillería quiere desopinarse en sus procedimien-
tos, procediendo con temeridad. El señor don Mar-
celo Molina era modesto, afable y* caballeroso, pero
en más de una emergencia siguió las huellas del
varón justo de Horacio. Si fracíus ilabatur orbis,
impavidum ferient minee.
En 1840 emigró el licenciado Molina para Méxi-
co, a consecuencia de la disolución del Estado de
los Altos, volviendo hasta el año 1847. Allá se ganó
la vida con holgura, ejerciendo su profesión de abo-
gado, si bien tuvo que gastar, para la emigración y
el sostenimiento de su familia, el haber paterno que
había recibido. En aquellos tiempos fueron muy
aceptados en la vecina república, los guatemaltecos
que, desde el año 1829, fueron en gran número, de-
bido a la conflagración política.
Cuando pudo regresar a su patria don Marcelo
Molina, algún tanto suavizadas las pasiones y cal-
mados los odios y ya fundada la paz, fué llamado
a la Corte Suprema de Justicia, puesto que sirvió
durante dos años, con la constancia, ciencia y hono-
rabilidad que le eran características. En 1856 volvió
a la magistratura, hasta septiembre de 1874, en que
obtuvo su jubilación, después de largos y muy im-
portantes servicios a la patria, sin que las suspicacias
políticas y las pasiones funestas fueran parte a
obstaculizar el derecho de aquel ilustre patricio.
Cuando un jurista, como el señor Molina, alcanza
en la madurez de la vida y de sus facultades intelec-
tuales, la plenitud de la ciencia, que es luz, y de la
experiencia, que es garantía del acierto, sostiene y
difunde la justicia sin vacilaciones, ni temores, con
espíritu recto, embelleciendo sus vigilias y gastando
sus fuerzas, convirtiéndose así en un augusto sacer-
dote, merecedor de profunda veneración y alto
respeto.
Murió aquel notable patriota en la ciudad en
donde había nacido, en la bella e histórica Quezalte-
nango, el 20 de mayo de 1879, a los 79 años y tres
meses de edad. Al bajar al sepulcro, casi octoge-
nario, dejó una familia respetable. El ilustre juris-
consulto, el hombre público, el servidor de la nación
fué enseñanza y ejemplo, modelo de modestia, dig-
nidad y patriotismo.
LA AMÉRICA CENTRAL ANTE LA HISTORIA
ANTONIO BATRES JÁUREGUI
CAPÍTULO VII
El Sexto Estado de los Altos. — El licenciado don
Marcelo Molina.
SUMARIO
Cómo se hizo la declaratoria del Sexto Estado de
los Altos. — Quiénes quedaron mandando. — El secreta-
rio general. — El 5 de junio se legitimó la formación de
dicho Sexto Estado Federal. — El patriota y distinguido
letrado don Marcelo Molina, fué el que más trabajó
patrióticamente. — De todas las pasiones, quizá es la
política la más vehemente. — El licenciado Molina tenía
cualidades relevantes. — Datos biográficos de aquel ciu-
dadano proba e ilustrado. — Lamentable situación del
país en el primer tercio del siglo XIX. — Breve historia
del Sexto Estado de los Altos. — Nació bajo malos
auspicios. — La Asamblea Constituyente, de la cual fué
presidente el famoso sabio don Miguel Larreynaga. —
Acta de instalación. — Levantamientos de pueblos indí-
genas. — Valor cívico del señor Molina. — Al llegar Ca-
rrera a Quezaltenango, lo encontró sentado en el salón
de la Jefatura, sin abandonar su puesto. — Fusilamien-
tos lamentables que hizo el general montañés en tal
ocasión. — Más tarde, apagados los odios, el gobierno
de Carrera nombró magistrado al señor Molina. — Con-
ducta censurable del cónsul inglés Chatfield.— Emi-
gración de don Marcelo Molina a México. — Su regreso
a Guatemala. — Sus buenos servicios en la Corte de Jus-
ticia. — En 1874 obtuvo su jubilación. — Falleció en Que-
zaltenango el 20 de mayo de 1879.
El día 2 de febrero de 1838, en medio del des-
barajuste en que se encontraba el gobierno de Gua-
temala, la ciudad de Quezaltenango, representada
por su municipalidad y algunos de los principales ve-
cinos, proclamó el Estado de los Altos, compuesto de
los departamentos de Quezaltenango, Totonicapán
y Solóla, e invitaron al partido de Soconusco.
Fué electo provisoriamente, jefe del Sexto Es-
tado de la Federación Centroamericana, el honorable
ciudadano y letrado don Marcelo Molina, en unión
de don José María Gálvez y don José Antonio Agui-
lar, quienes convocaron a elecciones para un con-
greso, y demás autoridades. El Ejecutivo designó
para secretarío'general a don Manuel José Fuentes,
quedando la entidad política bajo la protección de
las autoridades federales, mientras el Congreso re-
conocía aquel hecho trascendental. El vicejefe, don
Pedro J. Valenzuela, que estaba en precaria situa-
ción, se limitó a manifestar: que era al Congreso
Federal, reunido en San Salvador, a quien tocaba
conocer de la creación del nuevo Estado, y que mien-
tras resolvía, no podía hacer otra cosa el Gobierno
de Guatemala, sino observar una conducta cordial
con el de los Altos.
El 5 de junio del mismo año, se legitimó el Es-
tado recién nacido, que no tenía las mejores apa-
riencias de viabilidad, a pesar de las cualidades rele-
vantcs del señor Molina, cuya biografía, que hace
algún tiempo publiqué, reproduzco ahora, porque
fué aquel probo jurisconsulto quien encarnó las
aspiraciones populares e hizo cuanto pudo por des-
arrollar la aspiración patriótica, pero tardía, ya que
estaban para desmoronarse los Estados Unidos del
Centro de América, que nunca hubieran podido sub-
sistir tal como se organizaron.
Después de la toma de Guatemala por Carrera,
el 13 de abril de 1839, se dirigió a Quezaltenango
rápidamente, t derrotando en las alturas de Panaja-
chel, a las tropas que mandaba el general Agustín
Guzmán. Entró en seguida a Quezaltenango, el 27
del mismo mes; fusiló a varios de los municipales,
pero respetó la vida de Molina, como se verá en el
relato de la siguiente biografía.
La pasión es llama que sofoca y asfixia, mien-
tras que la entereza de carácter y la honorabilidad,
constituyen en todas las circunstancias de la vida,
un áncora de salvación en los azares del destino. La
suerte pérfida como la onda, hace surgir a las veces,
escollos que ponen a prueba la virtud acrisolada en
el cáliz de dolorosas amarguras. De todas las pa-
siones, acaso la más intensa y resbaladiza sea la
pasión política, que lleva casi siempre por mira el in-
terés rastrero, el miraje seductor, que petrifica el
alma, quemando el corazón, aunque después pugne,
como los tallos de las flores destrozadas, por echar
brotes al beso de la primavera y a las caricias del sol.
Tales pensamientos vienen a mi mente al evocar
una época lejana, haciendo el recuento de los actos
más someros de la vida pública de un hombre nota-
ble, de un benemérito guatemalteco que por las mo-
dalidades de nuestra historia, convencional muchas
veces, y en no pocas apasionada, se ha visto sin el
interés que su actuación merece, y hasta ha habido
quién trate de esfumar su entereza y honorabilidad
irreprochables.
Si figuró en alta escala como politico, fué sin
buscarlo, y nunca por móviles que no saliesen del
crisol del más puro idealismo, cediendo a las exigen-
cias premiosas de los intereses del lugar en que
habia nacido, hasta verse a punto de perder la vida.
Si ocupó puestos elevados en la magistratura, debió-
se a que su nombre y sus actos fueron garantía de
justicia, a todo trance, sin temor a riesgos y sin más
objetivo que la ley. Y al decir todo esto, refirién-
dome al varón intachable, al ilustrado y probo juris-
ta don Marcelo Molina y Mata, no me mueve otra
consideración sino poner a flote un ejemplo de al-
teza de sentimientos y de hombría de bien, dignas de
elogio, en la época más turbulenta para la América
Central.
El licenciado Marcelo Molina nació en Quezal-
tenango el 22 de febrero de 1800, hijo legítimo de
don Miguel Faustino de Molina y de doña Inés de
Mata. A los trece años de edad, vino a esta capital
de Guatemala, a continuar sus estudios, después de
haber cursado la lengua latina en su ciudad natal,
dirigido por los padres dominicos, que tenían esta-
blecido un colegio de segunda enseñanza y una es-
cuela de primeras letras. En 1817 se graduó en de-
recho civil y canónico, bajo los auspicios del letrado
que servía la clase de Prima, que era el famoso ju-
risconsulto don José Mariano Jáuregui, bisabuelo
del que estas líneas escribe. Por su fina educación,
gentil carácter, inteligencia despejada y constante
asiduidad, pudo aquel joven granjearse la estima de
cuantos le trataban. Hizo la pasantía de su ca-
rrera en el bufete del patricio y filántropo letrado,
señor José Antonio Larrave, fundador que fué y
director de la Sociedad Económica de Amigos del
País. El 24 de enero de 1824 obtuvo el título de
abogado el señor Molina, después de haber soste-
nido lucidamente sus exámenes y llenado todos los
requisitos de ley. Al poco tiempo sirvió las judica-
turas de Quezaltenango, Suchitepéquez y San Mar-
cos, tomando particular interés por el progreso de su
tierra nativa cuando desempeñó la sindicatura de
la municipalidad, y la reputación que llegó a adqui-
rir como letrado, le llevó a la fiscalía de la Suprema
Corte de Justicia, cargo que aumentó su crédito,
merced a la rectitud y acierto con que hubo de ser-
virlo.
La situación del país en los comienzos de la
última centuria fué muy lamentable. Cuando era
estudiante don Marcelo, estaba al frente de la capi-
tanía general el truculento don José de Bustamante
y Guerra Estrada Cobo y Zorlado, atrabiliario y ti-
ránico. Era terrible el Sonto Bustamante, como le
llamaban por faltarle una oreja. Desplegó crueles
actos de dureza contra los independientes. Después
de infundir terror en estas tierras, murió en un nau-
fragio, viajando para Buenos Aires. Sic transit
gloria mundi.
A pesar de esos obstáculos, el joven Molina, que
recibía de sus distinguidos padres cuanto necesitaba
para sus estudios y una vida arreglada, sobresalió
entre sus compañeros, consagrándose de lleno a sus
clases y teniendo una particular, que bondadosamen-
te le daba el reputado y erudito doctor don Santos
Sáenz de Tejada; así logró, desde temprano, sólida
reputación en el ramo de justicia.
Después de la caída del doctor Mariano Gálvez,
como jefe del Estado de Guatemala, el 2 de febrero
de 1838, continuó con más intensidad el desorden
anárquico. La división del Partido liberal y la in-
contrastable influencia de la sublevación de la mon-
taña, junto con los terrores del cólera morbus, pu-
sieron a Guatemala al borde del abismo. Los errores
políticos, los censurables desmanes y desafueros, la
suma pobreza, todo causó deplorables males.
Los odios exacerbados, los ultrajes bárbaros,
el despotismo absoluto, ¿qué habían de producir?
El caos, la miseria y la corrupción, "un sangriento
costal de gatos", si es lícito valerse de la gráfica
frase de Octavio Bunge (Nuestra América^ pági-
na 283).
Tal estado de cosas puso a la rica zona de Los
Altos, que desde eJ gobierno español se había dis-
tinguido por su laboriosidad, progreso relativo y
amor al trabajo, en el caso de constituirse en estado
de la Federación, uniendo sus fuerzas, con vida pro-
pia. La historia de ese hecho trascendental a todo
Centroamérica, se explica, a la luz de la sociología,
como un fenómeno lógico, y debido, más que todo,
a la fuerza de los acontecimientos. En efecto, era a
la sazón una necesidad, impuesta por lo crítico
y grave de las circunstancias. No fué aquella de-
claratoria, consecuencia de la lucha de contrarios
partidos políticos, ni de intereses de mala ley. Fué
popular impulso, causado por la funesta anarquía,
que puso al borde de la disolución los intereses más
vitales de los ciudadanos, en esta tierra, en donde
tan perezosamente penetran las reformas, las inno-
vaciones y las ideas nuevas, que contrarían costum-
bres y fanatismos de antaño, porque tienen que lu-
char con masas analfabetas apegadas a sus usos y
manera de vivir. Es que, como explica el publicista
Adolfo Posada, en su magnífica obra sobre sociolo-
gía : "cuando los pueblos se ven a punto de perecer,
se contraen, juntan sus energías, pugnan por la vida,
asiéndose a sus raíces, como el árbol, arrastrado por
el huracán, se apega al terruño donde nació." "Es
ley sociológica — dice el autor de la célebre Psicolo-
gía de las multitudes — que en las grandes crisis no
tienden las colectividades a ensancharse, sino a se-
pararse de aquello que las debilite y agote. Es uno
de esos recursos vitales extremos, en la lucha por
la existencia." Pero la Federación estaba minada
de muerte, desde que el general Morazán no la sal-
vó, cuando Gálvez vióse en el caso de impetrar su
auxilio.
Ello fué que, el 2 de febrero de 1838, quedaron
nombrados popularmente, casi por aclamación, los
triunviros Marcelo Molina, José María Gálvez y
José^Aguilar, en medio del júbilo y aprobación públi-
ca, por el gobierno local del Estado libre de los Al-
tos, con carácter provisorio, mientras se arreglaba
definitivamente la sanción de la asamblea federal.
Firmaron el acta de instalación los diputados a
la Asamblea constituyente: Miguel Larreynaga, por
Huehuetenango (presidente) ; Juan José Flores, por
Totonicapán (vicepresidente) ; José Ignacio Zaldaña,
por Huehuetenango; José María Quiñónez, por To-
tonicapán; Manuel José Fuentes, por Solóla; Maria-
no Altuve, por Quezaltenango; Francisco Estrada,
por Huehuetenango (suplente) ; Francisco Palencia,
(Ancestro de Belisario Dominguez Palencia, de Comitán
de Dominguez, Chiapas, México-Nota de Sam Lopez 18
de febrero de 2020)
por Huehuetenango; Félix Juárez, por Solóla; Ma-
nuel Aparicio, por Quezaltenango; Macario Rosas,
por San Marcos; Secundino Llerena, por Suchitepé-
quez (suplente) ; Lorenzo Mérida, por San Marcos;
José Antonio Azmitia, por Totonicapán (secretario) ;
José María Ramírez Villatoro, por Totonicapán (se-
cretario).
( Fue parte importante también el hacendado y comandante
catalan don Joaquin Mont y Prats, radicado en Huehuetenango
Nota de Sam Lopez 18 de febrero de 2020)
. Los prestigios y la honorabilidad de aquellos pa-
triotas fueron reconocidos hasta por los enemigos del
Sexto Estado, que desde un principio tuvo en con-
tra a México, porque se esperaba que Soconusco
aceptase adherirse a la nueva entidad que aparecía.
Muchos ministeriales, no pocos galvistas, algunos
molinistas y casi todos los conservadores, vieron de
reojo la desintegración del Estado de Guatemala.
En el acta de fundación, en el manifiesto que el
general Guzmán dirigió a los pueblos y en el men-
saje del gobierno provisional a la Asamblea consti-
tuyente del Estado de los Altos, al abrir sus sesio-
nes, en la ciudad de Totonicapán, el 27 de diciembre
de 1838 (imprenta del Estado de los Altos), se con-
signan los motivos y razones que se tuvieron en
cuenta para llevar a cabo tan importante suceso, que
no es dable juzgar en un escrito ligero, como es éste,
de rasgos biográficos del que fué jefe, en unión de
sus dignos compañeros, que formaron el gobierno
directo de aquel Estado. El señor Molina, y los otros
dos triunviros, trabajaron de buena fe, con verda-
dero ahinco cívico, en el desempeño de su alto pues-
to. El sabio Larreynaga, gloria del foro centroameri-
cano, coadyuvó, con sus luces y gran saber, dando
brillo su nombre a aquella institución. La respuesta
que, como presidente de la asamblea, dio al mensaje,
es un documento sencillo, como todo lo que salía de
la pluma del centroamericano ilustre, procer de la
independencia y literato de gran erudición. El licen-
ciado Molina, sus dignos compañeros en el gobierno,
la parte culta de aquella rica sección occidental, tra-
bajaban patrióticamente por el desarrollo, la paz y
el progreso de los departamentos que componían el
nuevo Estado, pero era humanamente imposible apa-
gar la tremenda hoguera que de años atrás había
venido encendiéndose, con elementos irreductibles.
Hasta los indígenas de Atitlán, San Pedro, San Juan,
Santa Catarina, San Marcos la Laguna, Joyabaj y
otros varios, se pronunciaron contra la naciente ins-
titución, constituyendo los sediciosos una terrible
amenaza, que podía unirse a las huestes, cada vez
más aguerridas de los montañeses. En vano don
Marcelo Molina dirigió una exposición contra las
actas de los aborígenes que, por medio del notable
poeta Juan Diéguez,( Autor de
"Poema a los Cuchumatanes"Nota de Sam Lopez 18 de febrero de 2020
habían presentado al Congreso,
el 20 de abril de 1838.
Desvirtuado el poder, nulificada la autoridad,
agotados los recursos por empréstitos y exacciones,
habiéndose visto el jefe Valenzuela obligado a dejar
el mando, entró por último el consejero Mariano Ri-
vera Paz a ponerse al frente del Ejecutivo, el 29 de
julio de 1838, en circunstancias harto difíciles. El
general Carrera, con gran actividad y suma presteza,
se apoderó de la plaza de Antigua Guatemala. Pasó,
con tres mil hombres, a Villanueva, en donde fué
sorprendido por el general Salazar, gracias a una
niebla, que produjo la derrota de los montañeses,
dejando 150 muertos en el campo y muchos heridos.
Después de episodios que aquí no sería posible refe-
rir, se vio el Estado de los Altos en el caso de
mandar una expedición a las órdenes del general
Agustín Guzmán, héroe de Omoa, en 1832; pero
triunfante Carrera, se celebró el convenio del Rin-
concito, reconociéndolo oficialmente como autoridad
militar, dejándole el mando del distrito de Mita y
casi todo el oriente, en donde era arbitro y señor de
los cabecillas y de los labriegos exaltados y valientes.
El historiador Marure, en sus efemérides dice:
"que el general Carrera, el 29 de enero de 1840, des-
pués de haber batido a las tropas de Quezaltenango,
que habían intentado cortarle el paso en las alturas
de Solóla, entró sin oposición a la capital del Estado
de Los Altos» que desde esa fecha dejó de serlo,
tomando el gobierno de Guatemala bajo su protec-
ción a los pueblos que lo componían y habían hecho
reiteradas solicitudes con tal objeto, declarándolos,
en esa virtud, reincorporados al Estado de Guatema-
la (decreto de 22 de febrero). El 19 de marzo del
mismo año, aquel general en jefe de los montañeses,
después de veintidós horas de vivo combate, obliga
al expresidente Morazán a evacuar precipitadamen-
te la plaza de Guatemala, de la que se había apode-
rado el día anterior, a la cabeza de mil trescientos
salvadoreños. Esta jornada, una de las más nota-
bles que conmemoran los fastos de Centroamérica,
tuvo una influencia decisiva en los destinos del país.
Por consecuencia de ella, Morazán, que por espacio
de diez años había mantenido en la República la
preponderancia de los partidarios de la Constitución
de 1824, tuvo que emigrar, en unión del vicepresi-
dente Vigil y otros treinta y cinco de sus principales
adictos. Todos se embarcaron en el puerto de La
Libertad, el 5 de abril siguiente, y se hicieron a la
vela para las repúblicas del sur, a bordo de la goleta
"Izalco". (continuará)15-2-20 EDISSA O LOS ISRAELITAS DE SEGOVIA
Ldo. CALIXTO DE ANDRÉS
CUENCA, ESPAÑAPublicado en 1875
CAPÍTULO II
Renovación de una promesa,
Junto a la puerta de la muralla, que llaman de San Juan,
existía una modesta y sencilla easa, cuyo escudo de deiedra en
su frontispicio indicaba que pertnecia á un noble Segoviano.
Su arqueada puerla daba entrada á un hermoso patio enlosado
con grandes y bien labradas piedras de las canteras inmediatas.
A la derecha estaba la escalera aue conducia á las habitaciones
interiores, mediante una espaciosa galería adornada de trecho
en trecgo con cuadros en la paieed y con tiestos en el antepecbo.
En una sala con balcones A un lindo jardin, tapizada con li-
gera alfombra y decorada con muebles antiguos. se bailaba, la
tarde que dijmos en el capítulo nnlerior, una joven decente-
mente vestida, cuyas facciones revelaban candor y pureza y que se
ocupaba en leer en un libro bastante voluminoso con cubiertas
de pergamino. No estaba tan absorta en la lectura, que no le-
vantara de vez en cuando la cabeza, ya para observar que el
día finalízaba por momentos, ya para escucbar si sentía pa-
sos en la imnediata galería. Debía esperar á una persona de
su familia, que tal vez no solía tanto tardar tanto a venir, sintiendo
se aumentaba su ansiedad cada minuto que se retrasaba y no
aparecia por los umbrales de la puerta. Al fin se abre ésta y
entra el caballero de la escena anterior, dando las buenas tar-
des á su bermana. que le responde visiblemente conmovida.
— !Cuánto has tardado. Walonso! ¿Te ha sucedido algún mal?
— A mí no, querida Emilia; pero ha sido tal la escena que he
presenciado, que me ha detenido á mi pesar, llagando profun-
damente mi alma.
—¿Pues qué ha ocurrido, Walonso? preguntó Emilia.
— Atiende, respondió este, exhalando un profundo suspiro.
La lucha que parecía extinguida entre judíos y cristianos me
parece que vuelve á reproducirse con más fuerza. Sin ir más
lejos, esta tarde quería el populacho asesinar á dos hehreos.
porque casualmente atropellaron á un niño con sus cahallos.
Dios me condujo al sitio de la catástrofe y pude evitar un bor-
ron para el nomhre de cristiano.
— No esperaha menos de tu hondad, exclamó Emilia. El Se-
ñor te recompensará, porque has cumplido con tu deher.
— No solo he cumplido con mi deber, replicó Walonso, sino
que he llenado una promesa que tenemos hecha.
— ¿Yo también, Walonso, le dijo su hermana? No recuerdo
qué promesa es esa de que hablas.
— Y del autor de nuestros días, ¿le acuerdas algo, la pregun-
tó su hermano?
— Aunque débiles, respondió Emilia, conservo aún algunas
ideas. Paréceme que le veo todavía sentado en ese sillón, desde
donde me enseñaba con tanta dulzura los misterios de nuestra
santa Religión, ó paleándose por el jardín y pidiéndome que le
cortase alguna flor, para tener el gusto de percibir su olor.
— Y de su muerte, volvió á preguntarla su hermano, ¿tienes
algún recuerdo?
—Pocos, replicó Emilia, porque yo era muy niña y aquel su-
ceso pasó como un relámpago, que apenas se vé, desaparece
luego.
—¿Tendrás ahora valor para oír una detallada relación de
aquel lance, dijo Walonso á Emilia?
— Dios me la dará, hermano mío, contestó esta.
—Pues oye y graba en tu alma lo que voy á referirte.
Mientras este pequeño diálogo, la noche se había echado en-
cima y Veremundo, el escudero de la casa, había entrado una
vela encendida y cerrado los cristales de los balcones. El súbi-
to fulgor de la luz hirió las pupilas de los hermanos, que,
conociendo lo avanzado de la hora, se dispusieron á rezar las
oraciones de costumbre. Concluido este acto tan cristiano, que
dedica al Señor las primicias de la noche, como el de la maña-
na las del dia, reanudaron su conversación, expresándose así
el caballeroso Walonso.
Diez años hace hoy que me hallaba en mi cuarto limpiando
las armas que me ciñera nuestro buen padre, cuando he aquí
que llama mi atención un sordo rumor, interrumpido por los
pasos más precipitados de algunas personas y los débiles que-
jidos de alguno que padecía horriblemente. No pudiendo con-
tener mi ansiedad, salgo de mi estancia, atravieso la galería,
entro en esta sala y veo ahí, en esa alcoba, á nuestro querido
Padre, pálido y demacrado, pero lleno de resignación y oyendo
con docilidad cristiana las exhortaciones de un sacerdote. Ape-
nas reparó en mí, pide que le dejen solo por un momento, me
llama, me ruega que le lleve á tí también y, cuando nos tuvo
á su lado, nos dice con voz entrecortada por los sollozos: «Hijos
míos; os dejo una modesta fortuna, pero en cambio un honor
sin mancilla. os encargo más que améis á Dios sobre to-
das las cosas y al prójimo como á vosotros mismos. Aunque
sea vuestro mayor enemigo, no titubeis en hacerle bien, siem-
pre que podáis. ¿Veis esta sangrienta herida que atraviesa mi
pecho? Pues la acabo de recibir de un hombre á quien iba á
salvar; sin embargo le perdono y ruego á Dios no le impute
su pecado. ¿Vosotros me prometeréis obrar del nnsmo modo
con vuestros enemigos? — Sí lo prometemos, contestamos nos-
otros. — Pues ya no me resta más que morir tranquilo, reti-
raos para que me den los santos Sacramentos.» Llorosos y afli-
gidos nos retiramos, para hacer lugar al sacerdote, que le con-
fesó, le trajo el Sagrado Viático, le administró luego la santa
Unción, y concluido este acto, nos volvió á llamar para echar-
nos su bendición, durmiéndose luego plácidamente en el Señor.
Emilia, la preguntó Walonso después de este reíalo, ¿quieres
renovar ahora aquella promesa?
La jóven miró al crucifijo, que tenían sobre la mesa, y
ropuesUi de la emoción que la causara un recuerdo tan tris-
te, roplicó llena de cristiana resolución.
— Sí. Walonso, ahora repetiré con firmeza lo que entonces
pronunciara con balbucientes labios.
— Poro, ¿has considerado, le hizo observar este, los escollos
que rodean al cristiano en este mundo? Has pensado que te
procurarán impedir el cumplimiento de esa promesa el mundo
con su mentida honra, pues tacha de mentecatos á los que
no lavan con sangre las injurias recibidas, la carne con sus
pasiones de ira, venganza y satisfacción en la desgracia de su
enemigo y el demonio sobre todo haciendo levantarse el amor
propio herido contra todos los buenos propósitos? ¿Has pesado
bien todos estos inconvenientes?
¿Y qué, hermano mío, preguntó á su vez Emilia, no habrá
también incalculables ventajas en perdonar al enemigo?
— Sí, la contestó Walonso. Tienes en ese acto la victoria
más completa de tí misma y por consiguiente el placer que se
sigue al triunfo de las pasiones. Tienes la satisfaccjon de haber
hecho una obra de caridad con un tu hermano, de ía misma na-
turaleza, viviente como tú en el mismo valle de miserias y desti-
nado también al cielo, mediante su cooperación á la gracia.
Tienes la esperanza de ser perdonada por nuestro Salvador,
que ha dicho que seremos medidos con la misma medida que
midamos. ¿Te parece poco todo esto.^
— No, querido hermano mío, repuso Emilia, y mirando hás
cía el santo Crucifijo, añadió, vamos, pues, á renovarla, que
ya estoy resuelta, esperando cumplirla con la gracia de Dios.
En el momento estos dos justos arrodillados ante el Reden-
tor del mundo renovaban la promesa hecha á su padre mo-
ribundo de hacer bien á sus mismos enemigos, y la noche,
que vela tantos crímenes, encubría á los Segovianos la generosa
resolución adoptada por los descendientes de los Nuñez de
Teméz.