Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras;
Estoy maravillado,
Y mi alma lo sabe muy bien.
SALMOS 139. 14-16
`Juan tiene 47 años de edad y es un
próspero hombre de negocios. Otros órganos de
su cuerpo ya han
contado su historia en números anteriores de SELECCIONES.
Como "construcción" quizá no
sea muy hermosa, pero soy uno de los órganos más complejos de Juan, y le sirvo en formas que él ni siquiera
sospecha.
SOY LA
NARIZ DE JUAN
SELECCIONES DEL READER'S DIGEST
OCTUBRE DE 1983
POR J.D. RARCLIFF
SOY LA prominencia
que se eleva en el centro de la
cara de Juan:* su nariz. Así como
a los ojos, a los oídos y al
tubo digestivo les presta Juan mucha
atención, a mí me considera
sólo una molestia. En invierno
me escurre líquido, estornudo en los momentos más inoportunos, me
tapono con los catarros y suelo salir
aplastada en los accidentes. Hay alusiones poéticas y llenas de colorido a otros rasgos faciales, como los ojos, las orejas, los labios. A mí
me cantan con mucho menor frecuencia. Suele decirse de alguien (podría ser el mismo Juan) que
no ve más allá
de sus narices o que lo dejaron con un palmo
de narices, o bien que me mete a mí en todo.
Como órgano importante del cuerpo de
Juan, creo que merezco mejor suerte. Cumplo muchas tareas de las que Juan ni
siquiera se percata. Si se acuesta sobre el lado izquierdo, por ejemplo, se me tapa poco a poco la
ventana izquierda. Al
cabo de dos horas, más
o menos, envío una señal silenciosa (pues no quiero
despertarlo) que
lo hace volverse. Este es uno de varios
mecanismos que utilizo para lograr que se mueva, lo que evita que sus músculos
estén acalambrados por la mañana.
Automáticamente
olfateo los alimentos de Juan antes de que
los coma, para protegerlo de los descompuestos, que podrían intoxicarlo. Una gran parte del placer que Juan encuentra en la comida me lo debe a mí. En
cuanto huelo un bistec a la parrilla,
movilizo las glándulas salivales de
Juan (es decir, "se le hace agua la boca") y hago
que segregue jugos
digestivos. Como ya Juan ha notado, cuando mis facultades se hallan
embotadas a causa de una enfermedad, como el
catarro, por ejemplo, la comida le resulta insípida, pierde el apetito y
enflaquece. Sin mi estímulo, Juan nada más pica de aquí y de allá, pero no come.
Otra cosa: la voz de Juan es agradable, profunda. En
gran parte me la debe a
mí. Yo favorezco su resonancia. Si se aprieta la nariz al hablar, posiblemente se dará
cuenta de la diferencia de que soy causa.
Desde el punto de
vista de mi forma y constitución, no soy algo de qué
presumir. Mi parte
interna está metida entre el paladar de Juan
y su cerebro. En realidad soy dos narices, ya que un tabique me
divide' por la mitad. Encima
de la boca de Juan está una parte interna, más bien cavernosa: es mi taller. También tengo unos
huecos pequeños en los huesos de ambos lados
(en las mejillas) y en los huesos
frontales, situados encima de los
ojos, en la pared que me separa de
estos y al fondo de mi cavidad
principal. Estos espacios huecos
componen mis ocho senos, que aportan algo del líquido necesario para humedecer el aire, modulan ligeramente
la voz y aligeran el cráneo de Juan, pero, sobre todo,
son causa de dificultades. Las bacterias se introducen en ellos y
ocasionan infecciones y el bloqueo de los estrechos canales que desembocan
en mis principales conductos. En tales circunstancias, a Juan le esperan las molestias típicas del dolor de
cabeza.
Una de mis tareas
principales consiste en limpiar y acondicionar el aire que pasa a los pulmones de Juan. Todos los días debo filtrar aproximadamente
quince metros cúbicos de aire; es decir, el que
contiene una habitación
pequeña. Si Juan está a la intemperie
un día frío y seco, a sus
pulmones no les agrada el aire que
aspiran. Prefieren el que se
encontraría en un húmedo día
de verano: con un 75 a un 80 por ciento de
humedad, a la temperatura de 30 a 35 grados C. También requieren aire
exento casi totalmente de bacterias, de polvo, de humo y de otros agentes irritantes. El aparato para acondicionar el aire en una habitación de medianas proporciones tiene el
tamaño de un baúl pequeño. Mi sistema para
el acondicionamiento del aire está reducido a una superficie mínima de sólo
unos centímetros de largo.
Para cumplir mi labor de humectación, segrego diariamente
cerca de un litro de líquido. La mayor parte es una mucosidad pegajosa
producida por la membrana roja y esponjosa que tapiza mis conductos. Aunque el pesado
trabajo de limpieza está a cargo de los vellos que hay en mi interior, es el moco el que
desempeña la labor más importante, pues cumple las funciones de una especie de papel para atrapar
moscas; esto es, detiene las bacterias y partículas que atraviesan la barrera de los vellos. Naturalmente, no
puedo permitir que esta capa de moco se estanque, pués en pocas horas estaría contaminada totalmente. Por eso, cada
veinte minutos, poco más o menos, fabrico una nueva capa de mucosidad limpia.
Para eliminar el moco ya usado, tengo cientos de miles de
escobas microscópicas: los cilios. Estos diminutos
vellos empujan la capa de mucosidad otra
vez hacia la garganta para que Juan la trague, y luego vuelven lentamente a su posición original. Los fuertes ácidos del estómago destruyen casi cualquier bacteria que se ingiera. Mis incansables cilios ejecutan ese movimiento unas diez veces por segundo. Juan, por supuesto, no tiene conciencia de esta actividad, que continúa noche y día. Sólo cuando hace frío se percata de ella, porque las
temperaturas muy bajas
paralizan mis cilios parcialmente y provocan una excesiva acumulación de moco. Entonces, en vez de ir el líquido hacia la
garganta, pasa hacia adelante, y escurre por mis
ventanas.
Además de atrapar
mecánicamente las bacterias, dispongo de otra protección contra ellas: una sustancia que
las mata, llamada endolisina, y que es la
misma que protege los ojos de Juan de las infecciones. La endolisina hace de mí uno de los órganos más
limpios; tan limpio, en verdad, que
se pueden practicar muchas
operaciones de la nariz sin necesidad de complicados preparativos antisépticos.
También resulta
una tarea laboriosa calentar el
aire que respira Juan. Esto lo hago en gran parte con
ayuda de mis cornetes. Tres de estas laminitas
óseas, la mayor de unos tres centímetros de longitud, sobresalen de las paredes laterales de cada una
de mis mitades. En realidad, esos cornetes funcionan como radiadores pequeños. Están cubiertos de un tejido eréctil con una provisión sanguínea relativamente enorme, que
podríamos considerar como el vapor de mis radiadores. La sangre fluye
generalmente por arterias diminutas y por un lecho capilar pasa hasta las venas.
En mis cornetes los capilares están conectados por una especie de cisternas
diminutas de mi tejido eréctil. Al almacenarse más sangre, se hinchan esas
cisternas. Es lo que sucede cuando Juan
aspira aire frío: me hincho, y así proporciono una mayor superficie de
calentamiento.
Mi otra misión importante, por supuesto, es percibir los olores. Juan, como la mayoría de las
personas, puede reconocer 4,000 000 olores diferentes. Y una nariz realmente sensible puede llegar a distinguir
hasta
10,000. Como en la actualidad la
supervivencia rara vez depende de mí, mis grandes facultades se encuentran
adormecidas, desaprovechadas. Si
Juan hubiera nacido sordo y ciego, habría apreciado mis enormes posibilidades.
Como ínstrumento esencial de identificación,
yo hubiera
podido reconocer personas y habitaciones por el olor.
¿Cómo percibo los olores? En la parte
superior de cada una de mis cavidades nasales
tengo una mancha de tejido pardo
amarillento, del tamaño aproximado de un sello de correos. En cada mancha tengo
unos diez Millones de células receptoras, de las que salen de seis a ocho delicados vellos sensorios. Todo este aparato está conectado por fibras nerviosas al cerebro de
Juan, que se encuentra a unos dos centímetros de distancia.
Esta es, pues, mi
organización, que no explica, sin embargo, cómo identifica Juan el olor de un bistec a la
parrilla. Sólo tenemos teorías al respecto. Se sabe que cualquier cosa olorosa
tiene olor porque despide moléculas. La sopa
de cebolla caliente las despide en
abundancia; el acero frío, casi ninguna. Una de las teorías sostiene que
mis células
receptoras pueden distinguir el tamaño y forma de diferentes moléculas. La diferencia se registra de
algún modo y se genera una diminuta corriente de electricidad que se trasmite al cerebro. La
señal eléctrica resulta familiar al cerebro de Juan, que da su fallo: vinagre, o rosa, o caucho
quemado.
En realidad esto no
es tan sencillo. Es posible que existan olores primarios, lo mismo que hay tres colores primarios. En el
cerebro, como en una paleta, se mezclan los olores
y producen uno solo ya conocido.
Sí me siento envuelta en un olor determinado,
al poco tiempo no puedo ya percibirlo. Pasados los primeros momentos, la mujer de Juan apenas nota el perfume que lleva. Si Juan
consigue un trabajo en una curtiduría, en
una fábrica de cola o en un corral de
ganado, al principio le molestarán
mucho los olores. Sin embargo,
pronto estará tan agobiado por el áspero tufo, que apenas lo percibirá. Pero conservará su sensibilidad a otros olores. Aun en medio de la
pestilencia de una curtiduría, el aroma de una
rosa resulta tan delicioso como siempre.
Como soy uno de los órganos del cuerpo más expuestos al medio exterior, no es raro que sea blanco de una larga serie de padecimientos. Algunos microbios ( especialmente los de la
sífilis y de la tuberculosis ) pueden atacar mi cartílago y estropearme la
forma. En mí membrana mucosa brotan pólipos
o protuberancias pequeñas que pueden tener desde el tamaño de un guisante hasta el de una uva. A veces, bloquean el paso de aire o los canales de mis
senos y causan una gran variedad de
molestias.
Los alergenos, el
humo del tabaco y el polvo, irritan mis mucosas: se
hinchan y producen líquido excesivo que
gotea hacia la garganta. Este es el
escurrimiento retronasal; otras veces los conductos del aire se inflaman
y se tapan con un catarro. Juan trata a menudo de destapárselos sonándose
con fuerza. Esto resulta peligroso, pues podría hacer
llegar la infección a mis senos o, por la
trompa de Eustaquio, hasta el oído medio. También a veces recurre Juan a las gotas nasales, sustancias diversas que hacen que se contraigan los tejidos. Más vale que tenga
cuidado, porque esas gotas provocan el efecto contrario: a la temporal contracción de los tejidos sigue una hinchazón mayor que la original. Los
especialistas recomiendan abstenerse de usar
gotas nasales, pues agravan el trastorno, en vez de curarlo.
Juan tiene ahora 47
años de edad y mi agudeza está
empezando naturalmente a
declinar. El café ya no le huele tan bien como antes, y otros olores ya no le resultan tan molestos.
Todo esto es perfectamente normal y,
aunque puede haber sido un estorbo en
cierta fase de la evolución del ser
humano, ya no lo es. Mientras siga yo
calentando y limpiando hasta el
último aliento de Juan, continuaré desempeñando mis funciones en bien suyo. Y en defensa de mi modesta condición, añadiré que,
cuando Juan sea viejo, seguiré cumpliendo
con mis obligaciones mucho mejor que
sus ojos o sus oídos.
ESTE ARTICULO corresponde a
la serie de órganos de Juan y María, y se publicó por
primera vez en noviembre de 1972.
Un vistazo al
interior de ese órgano esencial y delicado, merecedor de un trato más considerado que el que suele
recibir.
SOY EL
PULMÓN DE JUAN
EN BUENA parte,
este artículo está basado en las entrevistas que tuvo el autor con los doctores Alton Ochsner y Hurst
Hatch, de la afamada Clínica Ochsner, en Nueva Orleáns (Luisiana).
POR J. D. RATCLIFF
SELLECIONES DEL
R.D. JUNIO 1969
USTEDES conocen a muchas personas semejantes a Juan. Tiene 47 años, es próspero y vive feliz con su esposa. Hace algún tiempo el corazón y el estómago
de Juan
contaron su historia en SELECCIONES.*
Ahora me toca a mí hacerlo. *Véase: Soy el corazón de Juan en Seleciones de julio de 1967; Soy el estómago de
Juan, en agosto de 1968.
Soy el pulmón
derecho de Juan, y me corresponde el privilegio de hablar porque soy algo más grande que mi compañero situado en el lado izquierdo del tórax. Yo tengo tres
lóbulos separados (o compartimientos),
mientras que el izquierdo sólo tiene
dos. Juan se llevaría una sorpresa si
me viera, pues piensa que soy una
especie de vejiga vacía, de color
rosa, que cuelga dentro del tórax.
Por el contrario, no estoy vacío; la
realidad es que, si me cortaran,
ofrecería el aspecto de algo semejante a la sección de una esponja de goma para baño. Además, mi color no es rosado. Lo fue cuando Juan
era un niño pequeño. En la actualidad, después de haber consumido un cuarto de millón de cigarrillos y de haberme inflado unos
quinientos millones de veces en la atmósfera
contaminada de las ciudades, tengo
un feo color gris pizarra,
moteado de negro.
En el tórax de Juan hay tres compartimientos separados y herméticamente cerrados: en uno me encuentro yo, en el otro se aloja el pulmón
izquierdo y en el último se
halla el corazón. Yo cuelgo holgadamente
en mi compartimiento, ocupándolo totalmente, y peso alrededor de medio kilo.
Como no tengo músculos, desempeño un papel pasivo en los movimientos
de la respiración. Hay un vacío parcial en mi compartimiento; por
consiguiente, cuando se dilata el
tórax de Juan, me dilato yo. Al exhalar Juan, yo me desinflo. Se trata
simplemente de un mecanismo de retroceso. Si llegara a ocurrir que
la pared del tórax se perforara en un accidente, dejaría de existir
el vacío parcial y yo quedaría colgando lacio, sin trabajar, hasta que
se curara la herida y se volviera
a hacer el vacío.
Veamos más de cerca cómo estoy constituido.
La tráquea de Juan, que mide
unos 12 centímetros de longitud, se divide en la parte inferior en dos conductos bronquiales principales:
uno unido a mí y el otro a mi compañero. Luego comienzo a
ramificarme como un árbol
invertido. Primero en las ramas bronquiales
y finalmente en los diminutos
bronquiolos, que miden un cuarto de milímetro de diámetro. Todos ellos son sencillamente conductos de aire. El verdadero trabajo lo
realizo en los alvéolos: los microscópicos sacos de aire que se agrupan
como racimos de uvas. Hay en mí unos 250 millones de
alvéolos que, extendidos,
cubrirían con su tejido aproximadamente
medio campo de tenis.
Cada alvéolo está cubierto por una
maraña de capilares. El corazón impulsa la sangre hacia un extremo de cada capilar, y los glóbulos rojos, uno por uno, lo recorren aproximadamente en un segundo. A
continuación ocurre algo asombroso. A través de la membrana finisima de la pared capilar, los glóbulos rojos descargan su desecho de anhídrido
carbónico en mis alvéolos. Simultáneamente, toman el oxígeno
que entra por el otro extremo. Es una especie de tienda de intercambio :
por un extremo de los capilares la sangre entra de color azulado y por el otro sale
de un vivo color rojo
cereza.
Los órganos más
importantes de Juan —señaladamente el corazón—funcionan por control
automático. Lo mismo ocurre conmigo la mayor parte dél tiempo, aunque también estoy sujeto al control voluntario de mi amo. De niño, cuando Juan
hacía berrinches, en ocasiones
contenía la respiración hasta ponerse un poco morado. Su madre se preocupaba, aunque innecesariamente,
pues mucho antes que sufriera
verdaderos perjuicios, la respiración automática se hubiera hecho
cargo y Juan comenzaría a respirar,
aunque no quisiera.
La acción automática de mis funciones
respiratorias está regulada por el bulbo raquídeo —la protuberancia
donde la médula espinal se
inserta en el cerebro—, que es
un detector químico asombrosamente sensible. Durante el ejercicio enérgico, los músculos consumen pronto el oxígeno y descargan el desecho de anhídrido carbónico. Conforme se acumula este gas, la sangre se pone ligeramente ácida. El centro de control de las funciones respiratorias
detecta esto de manera instantánea y me envía la orden de que trabaje más aprisa. Si la acidez aumenta
demasiado, como ocurre cuando Juan hace un ejercicio enérgico, el
centro de control me ordena que
también haga más profunda la
respiración: es lo que llamamos "el
segundo aliento".
Cuando Juan está
sentado necesita unos 16 litros de aire cada
minuto; en
la marcha, necesita unos 24; en la carrera, unos 50.
Recostado, tranquilamente, en la
cama, necesita unos
ocho litros de aire cada minuto. Para inhalarlos respira unas 16 veces por minuto, es decir, inhala poco menos de medio
litro de aire cada vez
que respira. (Yo puedo recibir ocho veces esa
cantidad, que sólo me infla en parte.) Aun así, no todo ese medio litro de
aire me llega a mí; un tercio se escapa sin rumbo fijo por la tráquea y otros conductos del aire.
El aire que
necesito me debe llegar poco más o menos tan húmedo y
cálido como el de una
marisma tropical. Para producir ese aire tan especial en el
trayecto de unos cuantos centímetros, se requiere todo un complicado sistema. Las mismas glándulas lagrimales que constantemente
bañan los ojos de Juan, junto
con otras glándulas que vierten secreciones
- mucosas en la nariz y en la garganta, producen hasta medio
litro de líquido por día para humedecer el aire que
recibo. A lo largo de la mucosa de esos mismos conductos, los vasos sanguíneos —que en los
días fríos se dilatan y en los
días cálidos se constriñen—realizan la labor de calentamiento.
Hay una lista casi
interminable de cosas que me pueden causar dificultades.
Cada día Juan inhala toda clase de bacterias y virus. La lisozima,
poderosa enzima antimicrobiana
existente en la nariz y la garganta, destruye a,casi todos ellos. Y, por lo general, yo
puedo combatir a los demás que llegan a penetrar hasta mis oscuros,
cálidos y húmedos conductos, que constituyen
un excelente coto de caza de microbios. Los
fagocitos vigilan en mis conductos y sencillamente
envuelven a los invasores y los engullen.
Desde luego, el
aire contaminado es mi mayor problema. Los demás
órganos viven resguardos; sin embargo, para las consecuencias
reales, daría lo mismo que yo estuviese afuera del cuerpo de Juan,
expuesto a los peligros del medio
ambiente y a sus impurezas. Aunque no lo parezca, soy
muy delicado, y es asombroso que pueda sobrevivir siquiera, obligado
como estoy a sufrir la presencia de compuestos como el anhídrido
sulfuroso, el benzopireno, el plomo,
el bióxido de nitrógeno. Como algunos pueden
fundir inclusive medias de nilón,
podrán ustedes imaginar qué efectos
surten en mí.
El proceso mediante
el cual se purifica el aire
que recibo comienza con los pelillos de la nariz, que detienen
las grandes partículas de polvo. Una
película adherente de materia mucosa, en la nariz, la garganta
y los bronquios, actúa en forma semejante a la del
papel matamoscas para atrapar las partículas más
pequeñas de polvo. Y por
último, la labor de limpieza propiamente
dicha la realizan los cilios: pelillos microscópicos
que cubren, en cantidad de decenas de millones, todos mis conductos respiratorios. Como trigo al
viento, los cilios se agitan hacia atrás y adelante cerca de
12 veces por segundo. Moviéndose hacia arriba,
empujan los desechos hacia la garganta, donde pueden ser deglutidos por Juan.
Si Juan pudiera observar mis cilios
al microscopio, vería que cuando se les arroja humo de
cigarrillo o aire muy
contaminado, dejan de agitarse y se
paralizan durante algún tiempo. De continuar
esta irritación durante
un periodo largo, los cilios se debilitan y mueren, sin que los puedan remplazar.
A los treinta años de fumador, Juan
ha perdido casi todos los cilios, y las membranas de los conductos que segregan materia mucosa han aumentado tres veces su espesor normal. Juan no lo sabe, pero corre el peligro de sofocarse. Si cae en mis sacos de aire demasiada materia mucosa, la
respiración cesa tal como si hubieran penetrado
en los pulmones varios litros de agua. Lo único que salva a Juan de ese riesgo es su ruidosa e
ineficaz tos de fumador que ha pasado a suplir la silenciosa función
de los cilios. Juan
debe tener presente que este es el único mecanismo
de limpieza que me queda, y deberá
guardarse de tomar medicamentos para
combatir la tos.
La mayor parte del
tiempo Juan me exige que inhale verdaderos desperdicios.
Algunas partículas obstruyen mis conductos más pequeños, y
otras queman mis tejidos. Las frágiles paredes de mis alvéolos pierden elasticidad y no se desinflan
como es debido cuando exhalo. (Por eso le es posible inhalar,
mas no exhalar.) El anhídrido
carbónico queda retenido en los alvéolos,
que dejan de proporcionar oxígeno a la
sangre y de tomar los desechos
de anhídrido carbónico. Así sobreviene el enfisema pulmonar, espantosa afección en que
cada respiración
constituye una lucha para
sobrevivir. Aunque Juan no lo sabe, varios millones de alvéolos míos se
hallan en esta situación. Como su capacidad pulmonar es unas ocho
veces mayor que la que necesita para el
trabajo sedentario, todavía le queda una
reserva suficiente. Sin embargo, a últimas fechas se ha percatado de
que incluso un esfuerzo menor
le causa una forma leve de sofocación. De esta manera lo estoy poniendo sobre aviso.
Juan debe tener
en cuenta el viejo adagio médico que
advierte: "El
que está consciente de tener pulmones, es
que ya está enfermo"; y debe darme un
mejor trato, lo que principalmente significa
un aire de mejor calidad. Lo más
importante, desde
luego, es que deje de fumar. Pero si es incapaz de renunciar
al cigarrillo, puede ayudarme por otros medios. Existe
una pequeña máquina, de precio moderado, que hace circular
el aire de la habitación a través de una capa de carbón activado —empleado en las
caretas de protección contra el gas—y absorbe
las sustancias químicas que atacan a mis tejidos. Si Juan colocara
una en su alcoba y otra en la
oficina, yo tendría 16 horas de protección
cada día.
También le aconsejo
que haga más ejercicio y observé un régimen alimenticio
más adecuado. Cualquier clase de ejercicio corporal, subir a pie las escaleras, pasear, salvar
distancias a trote lento, practicar
deportes— me obliga
a respirar con mayor profundidad, y eso
es muy conveniente. Además, hay ejercicios
especiales para las funciones
respiratorias. En condiciones normales la mejor manera de respirar es hacerlo profundamente, introduciendo en los pulmones mayor cantidad
de aire a un ritmo más pausado.
Juan podría practicar la respiración abdominal, como lo hacen los pequeños y los cantantes de ópera, que consiste en no inflar el tórax y en dejar caer el diafragma. De
este modo el aire penetra hasta mis alvéolos más recónditos.
Además, sería útil
que varias veces al día Juan empleara en mí
cierto recurso de limpieza. Juan
cree que con exhalar normalmente yo quedo vacío de aire. Pero está equivocado. Que abra la boca y exhale todo el aire que pueda. Luego, que frunza los
labios y sople: todavía le quedará bastante aire. Si lo hiciera fumando, observaría algo que debería
hacerlo reflexionar: de sus labios fruncidos saldría
humo que normalmente quedaría
encerrado, estancándose en mi interior.
Todo se resume en
lo siguiente: En su mayoría los órganos
vecinos míos pueden soportar sin queja
un trato muy rudo.
Desgraciadamente este no es mi caso. La Naturaleza no me ha
dotado de todos los medios de protección que necesito para vivir en el mundo de hoy. Por eso han adquirido proporciones de epidemia una serie de enfermedades de los pulmones. ¡Presta
atención, Juan!