CARTAS
LITERARIAS
A UNA MUJER
GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER
PUBLICADO : 1860
CARTA PRIMERA
1-
En
una ocasión me preguntaste:
-¿Qué es la poesía?
¿Te
acuerdas? No sé a qué propósito había yo hablado
algunos momentos antes
de mi pasión por ella.
-¿Qué es la poesía? - me dijiste.
Yo,
que no soy muy fuerte en esto de las definiciones te respondí titubeando:
- La poesía es..., es...
Sin
concluir la frase, buscaba inútilmente en mi memoria un término de comparación,
que no acertaba a encontrar.
Tú habías adelantado un poco la
cabeza para escuchar mejor mis palabras;
los negros rizos de tus cabellos, esos cabellos que tan bien sabes dejar a su
antojo sombrear tu frente, con un abandono tan artístico,
pendían de tu sien y bajaban rozando tu mejilla hasta descansar en tu seno; en tus pupilas húmedas y
azules como el cielo de la noche brillaba un punto de luz, y tus
labios se entreabrían ligeramente al impulso de una respiración perfumada y
suave.
Mis ojos, que, a efecto sin duda de la turbación que experimentaba, habían errado un instante sin fijarse en ningún sitio,
se volvieron entonces instintivamente hacia los tuyos, y exclamé, al fin:
-¡La poesía..., la poesía eres
tú!
2-
¿Te
acuerdas? Yo aún tengo presente el gracioso ceño de curiosidad burlada, el acento
mezclado de pasión y amargura con que me dijiste:
-¿Crees que mi pregunta sólo es hija de una vana curiosidad de
mujer?
Te equivocas. Yo deseo
saber lo que es la poesía, porque deseo pensar lo que tú piensas, hablar de lo
que tú hablas, sentir con lo que tú sientes; penetrar, por último, en ese misterioso
santuario en donde a veces se refugia tu alma y cuyo umbral no puede traspasar
la mía.
Cuando
llegaba a este punto se interrumpió nuestro diálogo. Ya sabes por qué.
Algunos
días han transcurrido. Ni tú ni yo lo hemos vuelto a renovar, y, sin embargo, por mi parte no he dejado de pensar en
él. Tú creíste, sin duda, que la frase con que contesté a tu extraña
interrogación equivalía a una evasiva galante.
¿Por
qué no hablar con franqueza? En aquel momento di aquella definición porque la sentí,
sin saber siquiera si decía un disparate. Después lo he pensado mejor, y no dudo al repetirlo; la
poesía eres tú. ¿Te sonríes? Tanto peor para los dos.
3-
Tu
incredulidad nos va a costar: a ti, el trabajo de
leer un libro, y a mí, el de componerlo.
¡Un libro! - exclamas, palideciendo y dejando
escapar de tus manos esta carta -.No te
asustes. Tú lo sabes bien: un libro mío no puede ser muy largo. Erudito, sospecho
que tampoco. Insulso, tal vez; mas para ti,
escribiéndolo yo, presumo que no lo será,
y para ti lo escribo.
Sobre la poesía no ha dicha nada casi ningún poeta;
pero, en cambio, hay bastante papel emborronado por muchos que no lo son.
El que la siente se apodera de
una idea, la envuelve en una forma, la arroja en el estudio del saber, y
pasa.
Los críticos se lanzan entonces sobre esa forma, la examinan, la
disecan y creen haberla entendido cuando han hecho su análisis.
La
disección podrá revelar el mecanismo del cuerpo humano; pero los fenómenos del alma, el secreto de
la vida, ¿cómo se estudian en un cadáver?
No obstante, sobre la poesía se
han dado reglas, se han atestado infinidad de
volúmenes, se enseña en las universidades,
se discute en los círculos literarios y se explica en los ateneos.
Cartas
literarias a una mujer Gustavo Adolfo Bécquer
No
te extrañes. Un sabio alemán ha tenido la humorada de reducir a notas y encerrar en las
cinco líneas de una pauta el misterioso lenguaje de los ruiseñores.
Yo, si he de decir la verdad,
todavía ignoro qué es lo que voy a hacer; así es
que no puedo anunciártelo anticipadamente.
Sólo
te diré, para tranquilizarte, que no te inundaré en
ese diluvio de términos que pudiéramos llamar facultativos, ni te citaré autores
que no conozco, ni sentencias en idiomas que ninguno de los dos entendemos.
Antes
de ahora te lo he dicho. Yo nada sé, nada he
estudiado; he leído un poco, he sentido bastante y he pensado mucho, aunque no
acertaré a decir si bien o mal. Como sólo de lo que
he sentido y he pensado he de hablarte, te bastará
sentir
y pensar para comprenderme.
Herejías históricas, filosóficas y literarias, presiento que voy
a decirte muchas.
No importa. Yo no pretendo enseñar a nadie, ni erigirme en
autoridad, ni
hacer que mi libro se me declare de texto.
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Quiero hablarte un poco de
literatura,
siquiera no sea más que por satisfacer un capricho tuyo, quiero decirte lo que
sé de una manera intuitiva, comunicarte mi opinión y tener al menos el gusto de saber que, si
nos equivocamos, nos equivocamos los dos; lo cual, dicho sea de
paso, para nosotros equivale a acertar.
La poesía eres tú,
te he dicho, porque la poesía es el sentimiento,
y el
sentimiento es la mujer.
Cartas
literarias a una mujer Gustavo Adolfo Bécquer
La poesía eres tú,
porque esa vaga aspiración a lo bello
que la caracteriza, y que es una facultad de la inteligencia en el hombre, en
ti pudiera decirse que es un instinto.
La poesía eres tú,
porque el sentimiento, que en nosotros es un fenómeno accidental y pasa como
una ráfaga de aire, se halla tan íntimamente unido a tu organización especial
que constituye una parte de ti misma.
Ultimamente la poesía eres tú, porque
tú eres el foco de donde parten sus rayos.
El
genio verdadero tiene algunos atributos extraordinarios, que Balzac llama femeninos,
y que, efectivamente, lo son. En la escala de la
inteligencia del poeta hay notas que pertenecen a
la de la mujer, y éstas son las que expresan la ternura, la pasión y el
sentimiento. Yo no sé por qué los poetas
y las mujeres no se entienden mejor entre sí. Su manera de sentir tiene tantos
puntos de contacto... Quizá por eso... Pero dejemos digresiones y
volvamos al asunto.
Decíamos ¡Ah, sí, hablábamos de
la poesía!
La poesía es en el hombre una cualidad puramente del
espíritu; reside en su alma, vive con la vida incorpórea de la idea, y para revelarla necesita darle una forma. Por eso la escribe.
En la mujer, sin embargo, la poesía está como encarnada
en su ser; su aspiración, sus presentimientos, sus pasiones y Destino son
poesía: vive,
respira, se mueve en una indefinible atmósfera de
idealismo que se desprende de ella, como un fluido luminoso y magnético; es, en una palabra, el verbo
poético hecho carne.
Cartas
literarias a una mujer Gustavo Adolfo Bécquer
5-
6
Sin
embargo, a la mujer se la acusa vulgarmente de prosaísmo. No es extraño; en la mujer es poesía
casi todo lo que piensa, pero muy poco de lo que habla. La razón, yo
la adivino, y tú la sabes. Quizá cuanto te he dicho lo habrás encontrado
confuso y vago. Tampoco debe maravillarte. La poesía es al saber de la
Humanidad lo que el amor a las otras pasiones. El amor es un misterio. Todo en él son
fenómenos a cual más inexplicable; todo en él es ilógico, todo en él es vaguedad
y absurdo.
La
ambición, la envidia, la avaricia, todas las demás pasiones, tienen su explicación
y aun su objeto, menos la que fecundiza el sentimiento y lo alimenta.
Yo, sin embargo, la
comprendo; la comprendo por medio de una
revelación intensa, confusa e inexplicable.
Deja esta carta, cierra tus ojos
al mundo exterior que te rodea, vuélvelos a tu alma, presta
atención a los confusos rumores que se elevan de ella, y acaso la
comprenderás
como yo.
CARTA SEGUNDA
En
mi anterior te dije que la poesía eras tú, porque tú eres la más bella personificación del
sentimiento, y el verdadero espíritu de la poesía de otro.
A
propósito de esto, la palabra
amor se deslizó en mi pluma en uno de los
párrafos de mi carta.
Cartas
literarias a una mujer Gustavo Adolfo Bécquer
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De
aquel párrafo hice el último. Nada más natural. Voy a decirte el porqué.
Existe
una preocupación bastante generalizada, aun entre las personas que se dedican a dar formas a lo que piensan, que, a mi modo de ver, es, sin parecerlo, una de
las mayores.
Si
hemos de dar crédito a los que de ella participan, es una verdad tan innegable que
se puede elevar a la categoría de axioma el que nunca se vierte la idea con tanta
vida y precisión como en el momento en que ésta se levanta semejante a un gas
desprendido y enardece la fantasía y hace vibrar todas las fibras sensibles, cual
si las tocase alguna chispa eléctrica.
Yo
no niego que suceda así. Yo no niego nada; pero, por lo que a mí toca, puedo asegurarte
que cuando siento no escribo. Guardo, sí,
en mi cerebro escritas, como en un libro misterioso, las impresiones que han
dejado en él su huella al pasar; estas ligeras y ardientes hijas de la sensación duermen allí agrupadas
en el fondo de mi memoria hasta el instante en que, puro, tranquilo,
sereno y revestido, por decirlo así, de un poder sobrenatural, mi espíritu las evoca, y
tienden sus alas transparentes, que bullen con un zumbido extraño, y cruzan
otra vez por mis ojos como en una visión luminosa y
magnífica.
Entonces
no siento ya con los nervios que se agitan, con el pecho que se oprime, con la
parte orgánica natural que se conmueve al rudo choque de las sensaciones producidas
por la pasión y los afectos; siento, sí, pero de una manera que puede llamarse
artificial;
escribo como el que copia de una página ya escrita; dibujo como el
pintor que reproduce el paisaje que se dilata ante sus ojos y se pierde entre
la bruma de los horizontes.
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LITERARIAS
A UNA MUJER
GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER
PUBLICADO : 1860
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Todo el mundo siente.
Sólo á algunos seres les es dado
el guardar, como un tesoro, la memoria
viva de lo que han sentido.
Yo creo que estos son los poetas.
Es más, creo que
únicamente por esto lo son.
Efectivamente,
es más grande, más hermoso, figurarse al genio ebrio de sensaciones y de inspiraciones, trazando, á grandes rasgos, temblorosa
la mano con la ira, llenos aún los ojos de lágrimas ó profundamente conmovido por la piedad, esas tiradas de poesía que más tarde son la
admiración del mundo; pero, ¿qué quieres? No siempre la verdad es lo más
sublime.
¿Te acuerdas? No hace mucho que te lo dije á propósito
de una cuestión parecida.
Cuando un poeta te pinta en magníficos versos su amor, duda.
Cuando te lo dé á conocer en prosa, y mala, cree.
Hay
una parte mecánica, pequeña y material en todas las obras del hombre, que la
primitiva, la verdadera inspiración desdeña en sus ardientes momentos de
arrebato.
Sin saber cómo, me he distraído del asunto.
Como
quiera que lo he hecho por darte una satisfacción, espero que tu amor propio
sabrá disculparme.
¿Qué mejor intermediario que éste para con una mujer?
No te enojes. Es uno de
los muchos puntos de contacto que
tenéis con los poetas, ó que éstos tienen con vosotras.
Sé,
porque lo sé, aun cuando tú no me lo has dicho, que
te quejas de mí, porque al hablar del amor detuve mi pluma, y terminé mi primera carta como enojado de la
tarea.
Sin
duda ¿á qué negarlo?
pensaste que esta fecunda idea se esterilizó en mi mente por falta de sentimiento.
Ya
te he demostrado tu error.
Al
estamparla, un mundo de ideas confusas y sin nombre se elevaron en tropel en mi
cerebro, y pasaron volteando alrededor de mi frente como una fantástica ronda
de visiones quiméricas.
Un vértigo nubló mis ojos.
¡Escribir!
¡Oh! Si yo pudiera haber escrito entonces, no me cambiaría
por el primer poeta del mundo.
Mas…
entonces lo pensé, y ahora lo digo. Si yo siento lo que siento para hacer lo
que hago, ¿qué gigante océano de luz y de inspiración no se
agitaría en la mente de esos hombres que han escrito lo que á todos nos admira?
Si
tú supieras cómo las ideas más grandes se empequeñecen al encerrarse en el
círculo de hierro de la palabra; si tú supieras qué diáfanas, qué ligeras, qué
impalpables son las gasas de oro que flotan en la imaginación, al envolver esas
misteriosas figuras que crea, y de las que sólo acertamos á reproducir el
descarnado esqueleto; si tú supieras cuan imperceptible es el hilo de luz que
ata entre sí los pensamientos más absurdos que nadan en su caos: si tú supieras… pero, ¿qué digo? Tú lo sabes, tú debes
saberlo.
¿No has soñado nunca?
Al
despertar, ¿te ha sido alguna vez posible referir, con toda su inexplicable
vaguedad y poesía, lo que has soñado?
El espíritu tiene una manera de
sentir y comprender, especial, misteriosa, porque
él es un arcano: inmensa, porque él es infinito; divina, porque su esencia es
santa.
¿Cómo la palabra, cómo un idioma grosero y mezquino, insuficiente á
veces para expresar las necesidades de la materia, podrá
servir de digno intérprete entre dos almas?
Imposible.
Sin
embargo, yo procuraré apuntar, como de pasada, algunas de las mil ideas que me
agitaron durante
aquel sueño magnífico, en que ví al amor envolviendo la humanidad como
en un fluido de fuego, pasar de un siglo en otro,
sosteniendo
la incomprensible
atracción de los espíritus, atracción semejante á la de los astros,
y revelándose al mundo exterior por medio de la poesía, único idioma que acierta á balbucear algunas
de las frases de su inmenso poema.
Pero
¿lo ves? Ya quizá ni tú me entiendes ni yo sé lo
que me digo.
Hablemos
como se habla. Procedamos con orden, ¡El orden! ¡Lo
detesto, y sin embargo, es tan preciso para todo!…
La
poesía es el sentimiento, pero el sentimiento no es más que un efecto, y todos
los efectos proceden de una causa más ó menos conocida.
¿Cuál
lo será? ¿Cuál podrá serlo de este divino arranque
de entusiasmo, de esta vaga y melancólica
aspiración del alma, que se traduce al lenguaje de
los hombres por medio de sus más suaves armonías, sino el amor?
Sí; el amor es el manantial perenne
de toda poesía, el origen fecundo de todo lo grande, el principio eterno de todo lo bello; y digo el amor,
porque la religión, nuestra religión, sobre todo,
es un amor también, es el amor más
puro, más hermoso, el único infinito que se conoce, y sólo á estos
dos astros de la inteligencia puede volverse el
hombre, cuando desea luz que alumbre su camino, inspiración que fecundice su
vena estéril y fatigada.
El amor es la causa de
sentimiento;
pero… ¿qué es el amor?
Ya
lo ves, el espacio me falta, el asunto es grande, y…
¿te sonríes?… ¿Crees que voy á darte una excusa fútil para interrumpir mi carta
en este sitio?
No;
ya no recurriré á los fenómenos del mío para disculparme de no hablar del amor.
Te lo confesaré ingenuamente;
tengo miedo.
Algunos días, sólo algunos, y te lo
juro, te hablaré del amor á riesgo de escribir un millón de disparates.__
-¿Por
qué tiemblas?
- dirás sin duda -. ¿No hablan de él a cada paso gentes
que ni aún lo conocen? ¿Por qué no has de
hablar tú, tú que dices que lo sientes?
¡Ay! Acaso
por lo mismo que
ignoran lo que es, se atreven a definirlo.
¿Vuelves a sonreírte?... Créeme: la vida está llena
de estos absurdos.
CARTA TERCERA
12- ¿Qué es el amor?
A pesar del tiempo transcurrido
creo que debes acordarte de lo que te voy a referir.
La fecha en que aconteció, aunque no la consigne la
Historia, será siempre
una fecha memorable para nosotros.
Nuestro
conocimiento sólo
databa de algunos meses; era verano y nos hallábamos en Cádiz. El rigor de
la estación no nos permitía pasear sino al
amanecer o durante la noche.
Un día..., digo mal, no día aún: la dudosa claridad
del
crepúsculo de la mañana teñía de un vago azul el cielo, la luna se desvanecía en el ocaso, envuelta en una bruma
violada, y lejos, muy lejos, en la distante lontananza del mar, las nubes se
coloraban de amarillo y rojo, cuando la brisa, precursora
de la luz, levantándose del Océano, fresca e impregnada en el marino perfume de
las olas, acarició, al pasar, nuestras frentes.
La
Naturaleza comenzaba entonces a salir de su letargo con un sordo murmullo.
Todo
a nuestro alrededor estaba en suspenso y como aguardando una señal misteriosa
para prorrumpir en el gigante himno de alegría de
la creación que despierta.
Nosotros,
desde lo alto de la fortísima muralla que ciñe y defiende la ciudad, y acuyos
pies se rompen las olas con un gemido, contemplábamos con avidez el
solemne espectáculo que se
ofrecía a nuestros ojos. Los dos
guardábamos un silencio profundo, y, no obstante, los dos pensábamos una misma cosa.
Cartas
literarias a una mujer Gustavo Adolfo Bécquer
13
Tú formulaste mi pensamiento al
decirme:
¿Qué es el sol?
13-14
- En aquel momento, el astro, cuyo disco comenzaba a chispear en el límite del horizonte,
rompió el seno de los mares. Sus rayos se tendieron rapidísimos sobre su
inmensa llanura; el cielo, las aguas y la tierra se inundaron de claridad, y todo resplandeció
como si un océano de luz se hubiese volcado sobre el mundo.
En las crestas de las
olas, en los ribetes de las nubes, en los muros de la ciudad, en el vapor de la
mañana, sobre nuestras cabezas, a nuestros pies, en todas partes,
ardía la pura lumbre del astro y flotaba una atmósfera luminosa y transparente,
en
la que nadaban encendidos los átomos del aire.
Tus palabras resonaban aún en mi oído.-
¿Qué es el sol? me habías preguntado.
- Eso - respondí, señalándote su disco, que volteaba
oscuro y franjado de fuego en mitad de aquella diáfana atmósfera de oro; y tu pupila y tu alma se llenaron de luz, y en la indescriptible expresión de tu rostro
conocí que lo habías comprendido.
Yo
ignoraba la definición científica con que pude responder a tu pregunta; pero, de
todos modos, en aquel instante solemne estoy seguro de que no te hubiera satisfecho.
¡Definiciones! Sobre nada se han dado tantas como sobre las cosas indefinibles. La razón es muy sencilla: ninguna de
ellas satisface, ninguna es exacta, por lo cual cada cual se cree con derecho para formular la
suya.
¿Qué es el amor? Con
esa frase concluí mi carta de ayer, y con ella he comenzado la de hoy. Nada me
sería más fácil que resolver, con el apoyo de una autoridad esta cuestión que
yo mismo me propuse al decirte que es la fuente del sentimiento. Llenos están
los libros de definiciones sobre este punto. Las
hay en griego y en árabe, en chino y en latín, en copto y en ruso... ¿qué sé
yo?, en todas las lenguas, muertas o vivas, sabias o ignorantes, que se
conocen. Yo he leído algunas y me he hecho traducir otras. Después de
conocerlas casi todas, he puesto la mano sobre mi corazón, he consultado mis sentimientos y
no he podido menos de repetir con Hamlet:
¡Palabras, palabras, palabras!
Por
eso he creído más oportuno recordarte una escena
pasada que tiene alguna analogía con
nuestra situación presente, y decirte ahora como entonces:
-¿Quieres saber lo que es el
amor? Recógete
dentro de ti misma, y si es verdad
lo que abrigas en tu alma, siéntelo y lo comprenderás,
pero no me lo preguntes.
Yo
sólo te podré decir que él es la suprema ley del universo; ley misteriosa por la que todo se
gobierna y rige, desde el átomo inanimado hasta la criatura racional; que de él
parte y a él convergen, como a un centro de irresistible atracción, todas
nuestras ideas y acciones; que está, aunque oculto, en el fondo de toda cosa y
efecto de una primera causa: Dios es, a su
vez, origen de esos mil pensamientos desconocidos, que todos ellos son poesía
verdadera y espontánea que la mujer no sabe formular, pero que siente y
comprende mejor que nosotros.
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