LA CODORNIZ- SAMANIEGO
SAMANIEGO
FÁBULA IV
LA CODORNIZ
Presa en estrecho lazo
La Codorniz sencilla
Daba quejas al aire,
Y tarde arrepentida.
¡ Ay de mí miserable,
Infeliz avecilla,
Que ántes cantaba libre,
Y ya lloro cautiva !
Perdí mi nido amado,
Perdí en él mis delicias ;
Al fin perdílo todo,
Pues que perdí la vida.
¿ Por qué desgracia tanta
¿ Por qué tanta desdicha
Por un grano de trigo :
Oh cara golosina !
/ El apetito ciego
Á cuántos precipita,
Que por lograr un nada,
Un todo sacrifican !
EL ULTIMO JUDIO-ESPAÑOL
EL ULTIMO JUDIO
NOAH GORDON
CAPÍTULO
3
Un
judío cristiano
El
padre Sebastián era el tipo de persona más peligrosa que existe: un hombreprudente
y necio al mismo tiempo, pensó Bernardo, alejándose a lomos de su
montura.
Bernardo Espina sabía que él era el hombre menos indicado para
obtener
información de los judíos o de los cristianos, pues ambas comunidades lo
despreciaban
por igual.
Bernardo
conocía muy bien la historia de la familia Espina. Contaba la
ley
enda que el primer antepasado suy o que se había asentado en la península
ibérica
era un sacerdote del templo de Salomón. Los Espina y otros judíos habían
sobrevivido
bajo los rey es visigodos, los musulmanes y los cristianos de la
Reconquista.
Siempre habían obedecido escrupulosamente las ley es de la
monarquía
y de la nación, siguiendo las indicaciones de sus rabinos.
Los
judíos habían alcanzado las más altas posiciones en la sociedad hispana.
Habían
servido a los rey es y a los emires por igual, y habían prosperado como
médicos,
diplomáticos, prestamistas y financieros, cobradores de impuestos y
mercaderes,
campesinos y artesanos. Al mismo tiempo, casi en todas las
generaciones
habían sido victimas de matanzas a manos de muchedumbres
alentadas
directa o indirectamente por la Iglesia.
—Los
judíos son peligrosos e influy entes y siembran la duda entre los buenos
cristianos
—le había advertido severamente el sacerdote que lo había convertido.
Durante
siglos, los dominicos y los franciscanos habían incitado a las clases
bajas
—a las que llamaban el pueblo menudo—, provocando en ellas un odio
implacable
contra los hebreos. Desde las matanzas del año 1391, en las que
habían
muerto nada menos que cincuenta mil judíos, en la única conversión en
masa
de la historia judía, centenares de miles habían aceptado a Cristo, algunos
para
salvar la vida y otros para prosperar en sus oficios en una sociedad que
aborrecía
a los de su religión.
Algunos,
como Espina, habían acogido a Jesús en su corazón, pero muchos
cristianos
sólo de nombre habían seguido adorando en privado al Dios del Antiguo
Testamento.
Éstos eran tan numerosos que, en 1478, el papa Sixto IV había
aprobado
el establecimiento de la Santa Inquisición para el descubrimiento y la
destrucción
de los cristianos descarriados.
Espina
había oído a algunos judíos llamar « marranos» a
los conversos y
señalar
que éstos serían condenados por toda la eternidad y no resucitarían en el
Juicio
Final.
Con
más caridad, otros llamaban a los apóstatas, anusim,
los obligados, y
señalaban
que Dios perdonaba a los que habían sido forzados a convertirse y
comprendía
su necesidad de sobrevivir.
Espina
no figuraba entre los obligados. El personaje de Jesús lo había
intrigado
en su infancia desde que entreviera fugazmente a través del pórtico
abierto
de la catedral la figura de la cruz, a la que su padre y otros judíos
llamaban
a veces « el hombre colgado» . Cuando estaba
aprendiendo el oficio de
médico
y trataba de aliviar el sufrimiento humano, se había sentido atraído por
los
sufrimientos de Cristo y poco a poco su inicial interés había madurado en una
ardiente
fe y convicción que, finalmente, había desembocado en un deseo de
alcanzar
la pureza cristiana y el estado de gracia.
Una
vez sellado el compromiso, se enamoró de una divinidad y le pareció
que
su devoción era mucho más fuerte que la de alguien que y a fuera cristiano
desde
su nacimiento. El ardiente amor hacia Jesús de Saulo de Tarso no podía
haber
sido más fuerte que el suy o, inamovible y seguro, más intenso que
cualquier
anhelo que sintiera un hombre por una mujer.
Se
había convertido al cristianismo al cumplir los veintidós, un año después de
haber
alcanzado el título de médico. Su familia se había puesto de luto por él y
había
rezado un kaddish como si hubiera muerto.
Cuando su padre, Jacobo
Espina,
antaño tan lleno de orgullo y de amor, se cruzaba con él en la plaza, le
negaba
el saludo y no daba la menor señal de reconocimiento. Por aquel
entonces
Jacobo Espina estaba viviendo el último año de su vida. Llevaba una
semana
enterrado cuando Bernardo se enteró de su muerte. Bernardo rezó una
novena
por su alma, pero no pudo resistir el impulso de rezar también un kaddish,
llorando
solo en su dormitorio mientras recitaba la oración por el difunto sin la
consoladora
presencia del minyan
el grupo de nueve hombres necesario para
que
se pudieran celebrar las funciones religiosas.
La
nobleza y la burguesía aceptaba a los conversos acaudalados o prósperos,
y
muchos de éstos se casaban con cristianas viejas. El propio Bernardo Espina
había
contraído matrimonio con Estrella de Aranda, hija de una aristocrática
familia.
En medio del primer revuelo de la aceptación familiar y del nuevo
arrebato
religioso, había abrigado la irracional esperanza de que sus pacientes lo
aceptaran
como a un correligionario, un « judío completo»
que había aceptado a
su
Mesías; sin embargo, no se extrañó de que lo siguieran despreciando como
judío.
Durante
la juventud del padre de Espina, los magistrados de Toledo habían
aprobado
un estatuto:
«Declaramos que los llamados conversos, vástagos de perversos
antepasados judíos, deben ser considerados por ley infames e
ignominiosos,
ineptos e indignos de ostentar cargos públicos o beneficios en la
ciudad de
Toledo o en el territorio de su jurisdicción, o actuar como
testigos de
juramentos o en representación de notarios, o ejercer cualquier
autoridad
sobre los verdaderos cristianos de la Santa Iglesia Católica».
Bernardo
pasó por delante de otras comunidades religiosas, algunas casi tan
pequeñas
como el priorato de la Asunción y otras tan grandes como una pequeña
aldea.
Bajo la monarquía católica se había popularizado el servicio en la Iglesia.
Los
segundones de las familias de la nobleza, excluidos de la herencia en virtud
de
la ley del may orazgo, se entregaban a la vida religiosa, en la que la
influencia
de
su familia les aseguraba un rápido ascenso. Las hijas menores de las mismas
familias,
debido a las cuantiosas dotes que exigía el casamiento de las
primogénitas,
eran enviadas a menudo a un convento. La vida religiosa atraía
también a
los campes
LA MADRE Y EL HIJO-GLORIA
GLORIA
BENITO PEREZ GALDOS
XXVII -
La madre y el hijo
En la noche del Viernes Santo la madre y el hijo
estaban juntos y solos en la habitación de este. Sobre la mesa, en la cual
apoyaba su codo Daniel, había una lámpara. Esther, sentada en un sofá junto a
la pared miraba a su hijo en silencio. Por la disposición de su pantalla, el
rostro de Daniel estaba inundado de luz, el de su madre en la sombra.
-Si tu terquedad -dijo Esther con
serena voz-, no cede, como espero... si la autoridad de tu padre, la mía, tu
decoro y la fidelidad que debemos a nuestra Ley no significan nada en tu
espíritu, padeceré desde mañana el más grande dolor de mi vida, porque mi
querido hijo primogénito habrá muerto.
-No, madre, esto no es morir -dijo
Morton lúgubremente-. Quiero resucitar a esa pobre mujer que adoro. Lo he decidido, después
de meditarlo mucho. He formado un propósito que ninguna razón, ningún afecto
podrán detener.
-Pues yo he venido a impedir ese propósito.
Cuando huiste de nuestra casa hace quince días, saliendo de ella sin decirnos
nada, comprendía que venías a este horrible pueblo. Al punto tuvimos el
presentimiento de que ibas a consumar una gran locura. Tu padre quiso venir...
Disputamos, vencí yo. Al partir hice juramento de arrancarte de aquí... Yo
volveré quizás sola y llena de luto, volveré tal vez sin ti a nuestra casa; en
este caso le diré a tu padre: «nuestro hijo ha muerto». No tendré valor para
decirle: «nuestro hijo es cristiano».
-Ese valor que a ti te falta lo he
tenido yo -repuso Daniel mostrando en su semblante desencajado una serenidad
heroica-. Hago esto por convicción, no por despecho ni por capricho. He trazado
a mis acciones un plan, y este plan se cumplirá, porque debe cumplirse; ¿lo
entiendes, lo entiendes, madre?
Esther miró estupefacta a su hijo
como si deseara hallar en el rostro de él la aclaración de tenacidad tan
abrumadora.
-Bien -dijo al fin, conociendo que
su hijo no cedería atacado de frente-. Haz tu gusto; realiza esa gran locura; desprecia el
amor de tus padres, de tus hermanos; olvida todas las leyes, la ley santa de
Dios y las de la sociedad, el decoro, el deber, la estimación; despréciate a ti
mismo y envilécete más. Nosotros, traspasados de dolor por la pérdida del que
fue nuestro amado hijo, te lloraremos muerto, no te lloraremos apóstata, porque
apóstata no te podemos llorar, porque un renegado no puede ser, no puede haber
sido nuestro hijo.
-Siempre lo soy y lo seré. No
cambiaréis las leyes de la Naturaleza -dijo Morton sobreponiéndose a su
amargura-. Aunque no lo queráis, vosotros me amaréis siempre, como yo os amo.
-Daniel, Daniel -exclamó Esther con
solemne acento levantándose-. Ya no tienes madre. Si la tienes, si la quieres
tener, yo no lo soy. Me avergüenzo de haberlo sido. En hora menguada te di a
luz y de aquella triste hora debe decirse: «aféanla tinieblas y sombra de
muerte».
-Cruel, engañas a tu corazón con
palabras estudiadas -dijo el joven con brío-. No podrás, aunque lo quieras, ser
dueña de tus sentimientos de madre, y me amarás aunque sea en silencio; me
consagrarás todos tus pensamientos, me tendrás siempre en la memoria, aunque sólo sea para orar por mí. Antes
de que hubiera religiones, hubo Naturaleza...
-No puedo tener serenidad -exclamó
Esther con grandiosa ira-; no puedo. ¿Por qué te deshonras, por qué te haces
cristiano?
-Tú lo sabes bien. Hay aquí una
víctima inocente, una mujer dotada de las más altas y bellas cualidades, y
adornada con los atributos de los ángeles. Está en mi mano levantar a esa alma
superior del lodazal en que yo mismo la arrojé con vileza, y debo hacerlo. El
universo entero, Dios mismo, el Dios de todos los hombres me grita que lo haga.
Esto es como la luz, madre. Si no lo comprendes, di que estás ciega, pero no
niegues la luz.
Esther, sentándose en su asiento e
inclinando la frente, cayó en meditación profunda.
-¿Callas, madre, callas? -dijo
Morton después de una pausa-. Te he convencido.
-Mas para abrazar una religión es
preciso creer en ella -objetó Esther-. Esto no puede depender de un capricho
amoroso. ¿Crees en Jesucristo?
Daniel repuso lúgubremente:
-Debo y quiero ser cristiano.
Te
avergüenzas de decirlo claramente, te avergüenzas de decir: «Creo en
Jesucristo», porque tu conciencia te grita más alto que tu flaca razón, clamando contra esta
apostasía deshonrosa. Daniel, Daniel, ¿qué has hecho del amor inmenso de tus
padres, qué de la santa Ley que te enseñaron desde la cuna, qué del recuerdo de
tus venerables antepasados, en cuyo nombre han estado vinculados el amor y el
prestigio que quedan a la raza judía? ¿Qué has hecho de esto, desgraciado?
Hemos conservado hasta ahora al través de tantos siglos la dignidad de nuestra
desgracia, hemos dado a todos los hebreos del mundo un ejemplo de constancia,
de firmeza, de rectitud, en medio de los mil peligros por que ha pasado nuestro
pueblo; y ahora, tú, el que parecía nacido para enaltecer más y más todavía
nuestro nombre; ¡tú, mi hijo, el amado entre los amados, el predilecto de Dios
y de los hombres, todo lo desprecias, todo lo pisoteas, tu nombre y tu familia,
tu pobre raza sin patria, la Ley santa tan antigua como el mundo, esa Ley y esa
tradición, Daniel, que existen desde que el primer hombre abrió sus ojos a la
luz acabada de hacer...! No, no te conozco, no eres tú mi hijo. Un hijo mío
morirá cien veces antes que arrodillarse delante de un sacerdote cristiano y
español por añadidura, y proclamar al Cristo en la misma tierra que impíamente
nos echó de sí, como a seres inmundos. ¡Tú sabes cuánto, cuánto aborrezco
a este país! Con la leche
mamé el odio a este potro de donde nos arrojaron cuando estaban cansados de
atormentarnos. El país que a mis abuelos inspiraba un recuerdo melancólico como
de patria perdida, a mí me ha inspirado siempre aversión, horror. ¡Y en él
abjuras y nos abandonas!... ¡Traición espantosa! Si cuando te tenía en mis
entrañas me hubieran dicho lo que ibas a hacer, en ellas te hubiera ahogado.
Esther hablaba con la inspiración de la ira. Se había levantado.
Movida de su primera posición la pantalla, caía de lleno la luz sobre la madre,
y su sombra, agrandada por la distancia, gesticulaba en la pared cercana. Las
sombras de los dos iracundos brazos, movidos sin cesar, corrían a veces por el
techo como grandes aves, a veces se deslizaban por el zócalo entre los muebles,
como cuadrúpedos que buscan un rincón. Daniel había quedado en la oscuridad.
Desde ella, cual de un abismo a donde se acaba de caer lanzado por el enemigo
vencedor, envió estas débiles palabras:
-Madre, me has hablado de honor, de vergüenza, de familia, en
fin, me has dado razones sociales, no religiosas. De todo me has hablado, menos
del fuego eterno.
-¡También, también! -gritó Esther cayendo sin aliento en el sofá y apoyando en un
cojín su frente abrasada-. Te he dicho lo primero que ha brotado de mi corazón
de madre, de este corazón que se ha abrasado en amor por ti, y que yo con mis
propias manos apretaré y estrujaré para ahogar la llama... porque no... no
puede ser, no puedo amarte ya... Se acabó la idolatría de nuestro hijo querido.
Adiós, vete, no existes ya para mí.
Diciendo esto, rompió en amarguísimo llanto. Daniel corrió hacia
ella, y poniéndose de rodillas la beso, tratando de levantar su cabeza.
-Madre, madre -murmuró-. Ni de tus labios, incapaces de mentir,
puedo creer que no me amas. No lo creeré aunque me lo digas tú, a quien siempre
he creído.
-Daniel, hijo mío -dijo la madre incorporándose-, yo no puedo
soportar este golpe. Soporté la temprana muerte de mis dos hijas; pero la tuya,
esta muerte en la forma más repugnante de la ignominia, no la puedo resistir.
Quiero morir antes de que caigas, quiero morir. Dame tú mismo la muerte, te lo
suplico, perdonándote. El crimen que cometas arrancándome la vida, no será tan
grande como el de tu apostasía.
-Estás delirando, madre querida -dijo Daniel haciendo fuerza con la cabeza en el seno
de su madre-. Tú sí que me matas a mí con tus palabras, con tus fieras amenazas
de no quererme.
-¡Ay, hijo de mi corazón! -exclamó Esther en un arrebato de
ardiente cariño, oprimiendo contra su pecho forzudamente la incomparable cabeza
del joven-. Hemos cometido una falta al quererte a ti más que a nuestros demás
hijos, y el Señor nos castiga por esto. Pero no me puedo resignar al castigo,
no me puedo resignar a perderte, no quiero; defiendo mi tesoro contra todos los
dioses extraños, contra todos los Nazarenos que me lo quieran quitar... Señor,
Dios de Abraham y de Jacob, antes que consentir esto, quita la vida a mi hijo y
a mí también, porque no puedo vivir sin él.
Daniel se sentó a los pies de Esther, apoyando sus
brazos en las rodillas de ella, le estrechó las manos y contemplándola con
amor, le dijo:
-Madre, madre, óyeme lo que voy a
decirte.
-¿Qué?
-La exaltación que veo en ti me
obliga a revelarte un secreto, mi secreto.
-¿Tu secreto?
-Hice propósito de que ningún nacido, a excepción de
mi padre a quien escribí ayer, lo supiese por ahora; pero siento el deseo y aun
la necesidad de revelártelo.
Esther oyó con la más viva ansiedad.
-Dímelo pronto.
-Es un secreto de esos que no se
dicen más que a Dios, porque sólo Dios puede juzgarlos.
-¿Y yo no?
-No: tú me juzgarás mal cuando lo
sepas. No penetrarás fácilmente mis móviles... Pero te confesaré esta idea por
el grande amor que te tengo, y confío en que la apoyarás.
-¿Cuál es?
-Yo no soy ni seré nunca cristiano.
XXVIII -
Delirio. Fanatismo
Hubo una pausa, durante la cual la
madre y el hijo se contemplaron.
-¿Pero no me has dicho, no has
resuelto...? -manifestó Esther llena de confusión.
-Usaré la palabra propia, aunque, a
primera vista me desfavorezca. Mi conversión es una impostura.
-Explícamelo bien, porque me vuelves
loca.
-Mi conversión es una mentira... ¿no
sabes lo que es una mentira?...
-Tú me lo has dicho.
-Es que determiné que este engaño no
fuera de nadie conocido. Lo he revelado por escrito a mi padre. A ti debo
revelarlo también.
-¿Luego engañas a esa pobre joven,
engañas a una honrada familia? -dijo Esther apartando de sí con ambas
manos la cabeza de su hijo-. ¡Daniel, impostor! ¡Oh! lo que ahora me revelas es
tan indigno de ti como la apostasía. ¡Tu corazón se ha corrompido! Tú no eres
tú... ¿Sabes lo que es la mentira, una mentira de esa magnitud? Daniel, vuelve
en ti.
-Si no sabes aún mi secreto, mujer,
¿para qué hablas? -repuso el joven con cierto enojo.
-Tu secreto es que finges hacerte
cristiano para salvar a esa joven de la tiranía de sus parientes, del
ascetismo, de la deshonra. Esta conducta es más vituperable que dejarla
abandonada a su suerte. Yo correré a casa de esa noble familia, y diré: «Mi
hijo os engaña: no le creáis».
-Me creerán porque los hechos
confirmarán mis palabras -dijo Daniel besándole las manos-. Óyeme, madre
querida. Ayer por la mañana vagaba yo por la playa, interrogando a mi
conciencia. ¡Ay! no puedes tener idea de aquellas terribles horas de duda. Yo
tenía dos conciencias igualmente poderosas, ¿comprendes esto?... dos
conciencias que daban la más horrenda batalla dentro de mí. ¡Renegar!...
¡Abandonar a un ser querido que me debe su dolor!... Ninguna de estas dos ideas
podía aniquilar a la otra, y cuanto más fiero se mostraba uno de los dos
dragones, con más rabia le
mordía el otro... Imploré a Dios, gritando en medio del estruendo del mar: «¡O
la solución o la muerte!...». Entonces una idea iluminó de improviso mi
espíritu. Sentí la alegría del que se ve rodeado de claridad celeste después de
haber vivido largo tiempo en horribles tinieblas... ¡Oh! madre mía, si es
cierto que el Espíritu creador y gobernador de todas las cosas habla alguna vez
directamente a la razón del hombre, el Señor, Jehová, o como quieras llamarle,
deslizó su palabra dentro de mí en aquel momento. Yo le sentía, sentía su voz,
un divino soplo entrando en mí y llenándome; yo le sentía penetrarme todo en la
forma de una convicción consoladora; y mi fatigada conciencia admitía aquel
sobrehumano aviso con la emoción grande, con la turbación piadosa que sólo
pueden ser producidas por la directa voz de Dios diciendo: «estoy contigo». La
idea de conquistar mi bien perdido, mi esposa, por medio de una fingida
conversión al cristianismo se clavó entonces en mi cerebro para no ser
arrancada jamás.
-¿Quieres hacerme creer que Dios,
que es la verdad, te sugirió esa indigna idea? -dijo Esther con incredulidad-.
Daniel, tu imaginación delirante fue la que te ha hablado.
-¡Oh! ¡si yo pudiera llevar a tu
espíritu la convicción que
hay en el mío!... Infame es la mentira; pero la situación especial de mi esposa
la disculpa. Aun este motivo no sería bastante poderoso; pero hay otro mucho
más grande. No te quede duda de que el Ordenador de todas las cosas habló a mi
alma. ¡Qué alborozo tan vivo inundó mi corazón! Mi pensamiento gustó las
delicias del más puro bien, cuando cruzaba por él esta idea inefable: «Gloria
dejará de ser cristiana».
MILAGROS EN ISRAEL-4-
Bibliografía: Doctor Steve Elwart, Koinonia Institute
Este mensaje fue traducido en memoria de nuestro querido
Pastor José Holowaty, quien amaba profundamente a Israel - el pueblo de
Dios
Una carta de triunfo propia
Ante la negativa del presidente de recibir a Weizmann, los judíos se decidieron a jugar su propia “carta de triunfo”. Llamaron
a Eddie Jacobson. Edward Jacobson era un judío de Nueva York que se
había trasladado a Missouri en 1893. Él y el presidente se conocieron
por primera vez cuando Eddie tenía 14 años y Harry 20. Eddie trabajaba
como encargado de la mercancía en una tienda de camisas, y Harry como
contador en un banco cercano. Sus diferencias de edad y religión: ya
que Harry era bautista y Eddie judío, no importaban. Harry dejó su
posición en el banco para hacerse cargo de la granja familiar, pero los
dos se mantuvieron en contacto.
La amistad se reanudó cuando descubrieron que ambos se habían unido a
la Guardia Nacional de Missouri, Harry como segundo teniente en la
artillería D, y Eddie como sargento en la artillería F. Con el
estallido de la Primera Guerra Mundial, sus unidades se fusionaron en
la artillería 129 de campaña. Truman fue puesto a cargo de la bodega
del regimiento, además de otras funciones, pero como tenía poco
conocimiento comercial, de inmediato pidió que el sargento Jacobson
fuera transferido a su unidad. Juntos administraron la bodega más
exitosa en la zona. Reconocido por su administración ejemplar, Truman
fue ascendido al rango de capitán y nombrado comandante de artillería.
Debido a la experiencia de ellos con la bodega, el par decidió abrir
una mercería después de la guerra, que prosperó por un par de años
hasta que llegó la depresión de 1921 y el negocio fracasó. Ese fracaso
empresarial dejó a los dos hombres con una deuda que les tomó años
pagar.
Cuando el negocio fracasó, Truman se dedicó a la política y Jacobson
se convirtió en un vendedor ambulante, una vocación que le permitía
ver a Truman a menudo, cuando visitaba Washington.
Por otro lado, como el presidente se negaba a recibirlo, Weizmann
reconoció que tenía que jugar la única carta que le quedaba: Eddie
Jacobson, así que lo contactó por medio de un intermediario. Eddie
quien se había enterado del rudo comportamiento de los sionistas en la
oficina del presidente, y quien además no era sionista, rehusó
involucrarse. Y le dijo: “En mis 37 años de amistad con el
presidente Truman, nunca le he pedido un favor, y si usted me dice que
él no desea que le vuelvan a mencionar la palabra Palestina,
ciertamente no voy a poner en peligro nuestra amistad convirtiéndome en
su antagonista”.
Después de un poco de persuasión, Jacobson accedió a regañadientes a
ir a ver al presidente, en nombre de Weizmann. Jacobson llamó a la
Casa Blanca y el presidente le dijo que estaría contento de verlo,
siempre y cuando no se mencionara el tema de Palestina
MILAGROS EN ISRAEL-5-
Bibliografía: Doctor Steve Elwart, Koinonia Institute
Este mensaje fue traducido en memoria de nuestro querido
Pastor José Holowaty, quien amaba profundamente a Israel - el pueblo de
Dios
Una reunión en la Oficina Oval
Finalmente Jacobson fue admitido por el presidente en la Casa
Blanca. Al llegar allí, fue escoltado hasta la Oficina Oval a través
de una entrada privada para evitar a los medios noticiosos. El
presidente lo recibió calurosamente y le señaló una silla. Jacobson se
sentó. Truman le preguntó por su familia. Él había visitado el hogar
de los Jacobson frecuentemente, y en una ocasión había tocado un dúo de
pianos con la hija de Jacobson. Jacobson le respondió amablemente,
preguntando a su vez por la señora Truman y Margaret su hija.
“Ellas están bien” - fue la respuesta del presidente. “¿Qué
te trae a Washington en esta ocasión?”. “Harry, tú me conoces. No
soy diplomático. No me gusta andar por las ramas. Por favor, quiero
pedirte que hables con el doctor Weizmann”.
“¿Queeé? ¡No puedo creer esto! ¿A pesar de mi objeción, te atreves a pedirme que vea a Weizmann?”. Y Jacobson respondió: “Bueno, señor presidente, al menos honré su petición, no mencioné a Palestina”.
Truman, lo interrumpió bruscamente: “Eddie, estoy harto, enfermo
y cansado de los sionistas, quienes piensan que pueden decirme qué
debo hacer. Finalmente perjudicaré a todos si trato de ayudarlos.
Ellos vinieron aquí y me gritaron, e hicieron amenazas concernientes al
apoyo futuro político, de los judíos norteamericanos”.
Colocando ambas manos sobre su escritorio, Truman se inclinó hacia delante y exclamó: “Si
Jesús no pudo complacerlos cuando estaba en la tierra, ¿cómo puedes tú
o cualquier otra persona, esperar que yo tenga alguna suerte?”.
Después de escuchar el arrebato del presidente, Jacobson se quedó
estupefacto. En todos sus años de amistad, nunca habían intercambiado
palabras desagradables; sin embargo, en este momento Harry Truman
estaba literalmente bramando ante él. En ese instante, Eddie Jacobson
sintió por primera vez que su querido y viejo amigo estaba próximo a
convertirse en antisemita, y permaneció estático helado en la silla con
los ojos llenos de lágrimas.
Entonces Jacobson vio en una mesa, una estatua en miniatura del
general Andrew Jackson montado sobre un caballo, una de las posesiones
más apreciadas de Truman. Jacobson colocó una mano sobre la estatua y
con la otra tocó el hombro del presidente y con una voz casi
inaudible, hizo su última petición: “¡Harry! Toda tu vida has
tenido un héroe. Probablemente sabes más acerca de Andrew Jackson que
nadie más en Estados Unidos. Recuerdo que siempre leías sobre él.
Luego cuando fuiste juez del condado, hiciste construir un nuevo
Palacio de Justicia en la ciudad de Kansas, y ordenaste colocar su
estatua de tamaño natural sobre el césped, al frente del palacio.
Bueno, Harry, yo también tengo un héroe. Un hombre que nunca he
conocido, pero quien es un real caballero y un gran hombre de estado.
Estoy hablándote de Chaim Weizmann. Él está muy enfermo, pero a pesar
de todo viajó miles de kilómetros sólo para verte y abogar por la causa
de su pueblo. Ahora tú te rehúsas a verlo debido a que unos
imprudentes norteamericanos sionistas te insultaron, a pesar de que ni
tú ni Weizmann tienen nada que ver con ellos. Esa actitud no parece
tuya, Harry. Yo pensé que podías ver las cosas de otra forma. Y no
estaría aquí sino supiera que lo ibas a ver, para que te informara de
manera adecuada acerca de la situación que existe en Palestina”.
Cuando Jacobson terminó, Truman no dijo una sola palabra; se volvió y
se quedó estático mirando hacia el jardín de rosas. Todo lo que
Jacobson podía ver era la parte posterior de la silla de su amigo.
Mientras estaban sentados en silencio, Jacobson recordó que Truman
le había contado de los dos días que estuvo a solas, mirando por una
ventana, antes de decidirse a lanzar la bomba atómica sobre Hiroshima.
Jacobson recordaba que “Entre más transcurría el tiempo que estuvieron sentados, él más oraba para que no fuera a dejar caer otra bomba sobre él”.
Luego el silencio en la sala fue roto por el sonido de los dedos de
Truman que tamboreaban en el brazo de su silla. Poco a poco se dio la
vuelta, se detuvo y miró directamente a los ojos de su viejo amigo, y
dijo: “Está bien, calvo... (y lanzó un improperio)... ¡lo veré!”.
Manteniendo su palabra, el presidente Truman invitó a Weizmann a la
Casa Blanca el 18 de marzo de 1948. Durante la reunión, le aseguró que
deseaba que se hiciera justicia en Palestina sin que hubiera
derramamiento de sangre. Le prometió, que sí se declaraba un estado
judío, con o sin la confirmación de las Naciones Unidas, Io reconocería
sin demora.
Fue gracias a Eddie Jacobson que el presidente Truman se entrevistó
con Chaim Weizmann. El resultado de esa reunión fue que Estados Unidos
reconoció el estado judío.
Esta historia no acaba aquí
CLÁSICO MUNDIAL- EL PEREGRINO- JUAN BUNYAN .CAP- 1
EL PEREGRINO
JUAN BUNYAN
VIAJE DE CRISTIANO A LA CIUDAD CELESTIAL
CAPÍTULO PRIMERO
Principia el sueño del autor. Cristiano, convencido de
pecado, huye de la ira venidera, y es dirigido por
Evangelista a Cristo.
Caminando iba yo por el desierto de este mundo, cuando
me encontré en un paraje donde había una cueva; busqué
refugio en ella fatigado, y habiéndome quedado dormido,
tuve el siguiente sueño: Vi un hombre en pie, cubierto de
andrajos, vuelto de espaldas a su casa, con una pesada carga
sobre sus hombros y un libro en sus manos. Fijando en él mi
atención, vi que abrió el libro y leía en él y según iba
leyendo, lloraba y se estremecía, hasta que, no pudiendo ya
contenerse más, lanzó un doloroso quejido y exclamó: —
¿Qué es lo que debo hacer?
En este estado regresó a su casa, procurando reprimirse
todo lo posible para que su mujer y sus hijos no se
apercibiesen de su dolor. Mas no pudiendo por más tiempo
disimularlo, porque su mal iba en aumento, se descubrió a
ellos y les dijo: — Queridísima esposa mía, y vosotros, hijos
de mi corazón; yo, vuestro amante amigo, me veo perdido
por razón de esta carga que me abruma. Además, sé
ciertamente que nuestra ciudad va a ser abrasada por el fuego
del cielo, y todos seremos envueltos en catástrofe tan terrible
si no hallamos un remedio para escapar, lo que hasta ahora
no he encontrado.
Grande fue la sorpresa que estas palabras produjeron en
todos sus parientes, no porque las creyesen verdaderas, sino
porque las miraban como resultado de algún delirio. Y como
1
la noche estaba ya muy próxima, se apresuraron a llevarle a
su cama, en la esperanza de que el sueño y el reposo
calmarán su cerebro. Pero la noche le era tan molesta como
el día.; sus párpados no se cerraron para el descanso, y la
pasó en lágrimas y suspiros.
Interrogado por la mañana de cómo se encontraba, — Me
siento peor — contestó — y mi mal crece a cada instante. — Y
como principiase de nuevo a repetir las lamentaciones de la
tarde anterior, se endurecieron contra él, en lugar de
compadecerle. Intentaron entonces recabar con aspereza lo
que los medios de la dulzura no habían conseguido; se
burlaban unas veces, le reñían otras, y otras le dejaban
completamente abandonado. No le quedaba, pues, otro
recurso que encerrarse en su cuarto para orar y llorar, tanto,
por ellos como por su propia desventura, o salirse al campo y
desahogar en su espaciosa soledad la pena de su corazón.
En una de estas salidas le vi muy decaído de ánimo y
sobremanera desconsolado, leyendo en su libro, según su
costumbre; y según leía le oí de nuevo exclamar: — ¿Qué he
de hacer para ser salvo? — Sus miradas inquietas se dirigían
a una y otra parte, como buscando un camino por donde huir;
mas permanecía inmóvil, porque no le hallaba, a tiempo que
vi venir hacia él un hombre llamado Evangelista, y oí el
siguiente diálogo:
EVANGELISTA. —¿Por qué lloras?
CRISTIANO (tal era su nombre). — Este libro me dice
que estoy condenado a morir; y que después he de ser
juzgado, y yo no quiero morir ni estoy dispuesto para el
juicio.
EVANG. — ¿Por qué no has de querer morir, cuando tu
vida está llena de tantos males?
CRIST. — Porque temo que esta carga que sobre mí
llevo me ha de sumir más hondo que el sepulcro, y que he de
caer en Tofet (lugar de fuego). Y si no estoy dispuesto para ir
2
a la cárcel, lo estoy menos para el juicio, y muchísimo menos
para el suplicio. ¿No quieres, pues, que llore y que me
estremezca?
EVANG. — Entonces, ¿por qué no tomas una
resolución? Toma, lee.
CRIST. (Recibiendo un rollo de pergamino y leyendo.)
— "¡Huye de la ira venidera!". ¿Adonde y por dónde he de
huir?
EVANG. (Señalando a un campo muy espacioso.) —
¿Ves esa puerta angosta?
CRIST. —No.
EVANG. — ¿Ves allá, lejos, el resplandor de una luz?
CRIST — ¡Ah!, sí
EVANG. — No la pierdas de vista; ve derecho hacia
ella, y hallarás la puerta; llama, y allí te dirán lo que has de
hacer.
MARIA-Cap.IV - JORGE ISAAC FERRER SCARPETTA
El señor Isaacs vio la luz en Cali, y en el seno de las
comodidades buscadas por su padre, inglés activo, indus-
trial y caballeroso; pérdidas inmerecidas lo atrasaron, y
la muerte vino en seguida á completar la ruina, arreba-
tando al laborioso jefe de la familia. La larga y sangrienta
guerra del Cauca, desde 1860 hasta 1863, acabó la obra
comenzada por la desgracia, y los hijos de Isaacs, huér-
fanos hoy de padre y madre, han tenido que buscar otros
hogares y decir adiós al que fué el asilo de su infancia.
Por fortuna para el autor de María, le ha tocado en suerte
el hogar bogotano, cuna de su gloria, donde es profunda-
mente estimado, menos por sus notables obras que por
las buenas cualidades de su ser. Disputándose en él las
que son propias de las tres razas de que desciende : era
su padre inglés de nacimiento, pero de raza judía; el
amor lo inclinó á la religión de Jesucristo y le dio otra
patria, la nuestra, donde se estableció casándose con la
hija de un capitán español. Así es que Jorge tiene en su
apostura y en sus arranques, en sus ideas y en su pluma,
reminiscencias hebraicas, españolas é inglesas. No es un
lipo : es un original.
Es preciso tener en cuenta quién es el autor (y por eso
lo hemos dicho) para hablar de la obra que anunciamos.
JUICIO CRITICO. 3
MARÍA es, como su autor, un ser triple, indefinible; es una
Rebeca sajona viviendo en Sevilla. De la misma manera
su autor es un ser indefinible; en poesía no es un Quin-
tana, ni un Byron, ni un David; sino un David inglés ha-
blando en castellano. María pertenece en literatura al
Género sentimental, pero no tiene sino una sola hermana,
la Historia holandesa, porque es muy diferente de las
otras novelas de esta clase, como Átala y Pablo y Virgi-
nia. Pablo y Virginia es la historia de dos niños solitarios,
donde con poco esfuerzo pudo el autor pintar un amor
inocente ó, mejor dicho, infantil. María es la narración de
los amores de dos jóvenes, rodeados de muchas perso-
nas, viviendo en una misma casa y profundamente ena-
morados. Por lo tanto, la pintura de su amor es más
fecunda, más interesante, pero más delicada por más pe-
ligrosa. Y sin embargo es tan casta, que así como los dos
amantes no se dijeron una sola palabra que no pudieran
oir sus padres, así en el libro no hay una página que no
pueda leer una madre de familia. Virginia es la pintura de
un hogar excepcional, en que lo excepcional mismo cons-
tituye su principal encanto. No todos los días se ven dos-
madres viauas retiradas á una isla despoblada, teniendo
la una una hija y una negra; la otra un hijo y un negro.
Aquella simetría podrá ser, como es, muy bella; pero
tiene que ser, como es, muy rara. ç
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Mas sea lo que fuere lo que el destino guarde á Isaacs
en lo porvenir, lo felicitamos por ser autor de tal obra;
y al Estado del Cauca lo felicitamos por ser patria de tal
autor.
Bogotá, junio de 1867.
J. M. VERGARA Y VERGARA.
A LOS HERMANOS DE EFRAIN
He aquí, caros amigos míos, la historia de la
adolescencia de aquel á quien tanto amasteis y
que ya no existe. Mucho tiempo os he hecho
esperar estas páginas. Después de escritas me
han parecido pálidas é indignas de ser ofrecidas
como un testimonio de mi gratitud y de mi
afecto. Vosotros no ignoráis las palabras que
pronunció aquella noche terrible, al poner en
mis manos el libro de sus recuerdos :"Lo que
ahí falta tú lo sabes; podrás leer hasta lo que
mis lágrimas han borrado. " ¡Dulce y triste mi-
sión ! Leedlas, pues, y si suspendéis la lectura
para llorar, ese llanto me probará que la he cum-
plido fielmente.
Pags. 15
estando abiertas las hojas y rejas, entraban
por ella floridas ramas de rosales á acabar de enga-
lanar la mesa, en donde un hermoso florero de porce-
lana azul contenía trabajosamente en su copa azuce-
nas y lirios, claveles y campanillas moradas del río.
Las cortinas del lecho eran de gasa blanca atadas á
las columnas con cintas anchas color de rosa ; y cerca
de la cabecera, por una ñneza materna, estaba la
Dolorosa pequeña que me había servido para mis
altares cuando era niño. Algunos mapas, asientos
cómodos y un hermoso juego de baño completaban
el ajuar.
— ¡ Qué bellas flores ! exclamé al ver todas las que
del jardín y del florero cubrían la mesa.
— María recordaba cuánto te agradaban, observó
mi madre.
Volví los ojos paradarle las gracias, y los suyos como
que se esforzaban en soportar aquella vez mi mirada.
— María, dije, va á guardármelas, porque son
nocivas en la pieza donde se duerme.
16 SAACS.
- ¿Es verdad? respondió; pues las repondré ma-
ñana.
¡ Qué dulce era su acento !
— ¿ Tantas asi hay?
— Muchísimas ; se repondrán todos los días.
Después que mi madre me abrazó, Emma me tendió
la mano, y María, abandonándome por un instante la
suya, sonrió como en la infancia me sonreía : esa
sonrisa hoyuelada era la de la niña de mis amores
infantiles sorprendida en el rostro de una virgen de
Rafael.
CAPITULO IV
Dormí tranquilo, como cuando me adormecía en la
niñez uno de los maravillosos cuentos del esclavo
Pedro. '
Soñé que María entraba á renovar las flores de mi
mesa, y que al salir había rozado las cortinas de mi
lecho con su falda de muselina vaporosa salpicada de
florecillas azules.
Cuando desperté, las aves cantaban revoloteando
en los follajes de los naranjos y pomarosos, y los
azahares llenaron mi estancia con su aroma tan luego
como entreabrí la puerta.
La voz de María llegó entonces á mis oídos dulce y
pura : era su voz de niña, pero más grave y lista ya
para prestarse á todas las modulaciones dé la ternura
y de la pasión, ! Ay ! ¡ cuántas veces en mis sueños
un eco de ese mismo acento ha llegado después
á mi alma, y mis ojos han buscado en vano aquel
huerto donde la vi tan bella en aquella mañana de
agosto !
La niña cuyas inocentes caricias habían sido todas
para mí, no sería ya la compañera de mis juegos; pero
en las tardes doradas de verano estaría en los paseos,
á mi lado, en medio del grupo de mis hermanas ; le
ayudaría yo á cultivar sus flores predilectas; en las
veladas oiría su voz, me mirarían sus ojos, nos sepa-
raría un solo paso.
Luego que me hube arreglado ligeramente los ves-
tidos, abrí la ventana, y divisé á María en una de las
calles del jardín, acompañada de Emma : llevaba un
traje más oscuro que el de la víspera, y el pañolón
color de púrpura, enlazado á la cintura, le caía en
forma de banda sobre la falda ; su larga cabellera,
dividida en dos crenchas, le ocultaba á medias parte
de la espalda y pecho : ella y mi hermana tenían des-
calzos los pies, Llevaba una vasija de porcelana poco
más blanca que los brazos que la sostenían, la que iba
llenando de rosas abiertas durante la noche, des-
echando por marchitas las menos húmedas y lozanas.
Ella, riendo con su compañera, hundía sus mejillas,
más frescas que las rosas, en el tazón robosante. Des-
cubrióme Emma : María lo notó, y sin volverse hacia
mí, cayó de rodillas para ocultarme sus pies, des-
atóse del talle el pañolón, y cubriéndose con él los
hombros, fingía jugar con las flores. Las hijas nubiles
de los patriarcas no fueron mas 18 ISAACS. hermosas en las albo
radas en que recogían flores para sus altares.
Pasado el almuerzo, me llamó mi madre á su cos-
turero. Emma y María estaban bordando cerca de
ella. Volvió ésta á sonrojarse cuando me presenté:
recordaba tal vez la sorpresa que involuntariamente
le había yo dado en la mañana.
Mi madre quería verme y oirme sin cesar.
Emma, más insinuante ya, me preguntaba mil
cosas de Bogotá ; me exigían que les describiera bailes
espléndidos, hermosos vestidos de señora que estu-
vieran en uso, las más bellas mujeres que figuraran
entonces en la alta sociedad. Oían sin dejar sus labores.
María me miraba algunas veces al descuido, ó hacía
por lo bajo observaciones á su compañera de asiento;
y al ponerse en pie para acercarse á mi madre á con-
sultar algo sobre el bordado, pude ver sus pies primo-
rosamente calzados : su paso ligero y digno revelaba
todo el orgullo, no abatido, de nuestra raza, y el se-
ductivo recato de la virgen cristiana. Ilumináronsele
los ojos cuando mi madre manifestó deseo de que yo
diese á las muchachas algunas lecciones de gramática
y geografía, materias en que no tenían sino muy
escasas nociones. Convínose en que daríamos princi-
pio á las lecciones pasados seis ú ocho días, durante
los cuales podría yo graduar el estado de los conoci-
mientos de cada una.
Horas después me avisaron que el baño estaba pre-
parado y fui á el. Un frondoso y corpulento naranjo,
agoboadpo de frutos maduros formaba pabelllib sobre
el ancho estanque de canteras bruñidas : sobrenada-
ban en el agua muchísimas rosas : era un baño orien-
tal, y estaba perfumado con las flores que en la ma-
ñana había recogido María.
CAPITULO V
jueves, 28 de junio de 2018
MILAGROS EN ISRAEL-1-
El ejército egipcio lanzó un ataque a lo largo de la costa mediterránea contra el kibutz Yad Mordejai el
19 de mayo de 1948, como parte de una ofensiva para tomar Tel Aviv.
Se esperaba que la fuerza integrada por unos 5.000 hombres tomaría
posesión del kibutz de 130 residentes, a lo sumo en tres
horas. En lugar de eso la batalla se prolongó durante varios días.
Los defensores judíos mantuvieron a raya a todo el ejército egipcio, más
de lo que nadie esperaba, usando armas de fabricación casera que en la
mayoría de los casos no hacían nada más que ruido. Incluso utilizaron
soldados hechos de madera, los que movían de trinchera en trinchera,
para dar la apariencia de un mayor número. En lugar de tomar el kibutz en horas, los egipcios capturaron su objetivo sólo después de varios días con su moral bastante maltrecha.
En el norte, los árabes estaban firmemente atrincherados en la parte
superior de Har Canaán que domina desde lo alto a Safed. Mientras
ellos estuvieran allí, los judíos no podían tomar el control de la
carretera, mucho menos de la ciudad de Safed. Fue entonces cuando los
israelíes trajeron el Davidka, un mortero de artillería de grueso
calibre y pequeña longitud, que disparaba proyectiles explosivos o
granadas incendiarias, que además era extremadamente impreciso y de
poco valor táctico, pero que sin embargo hacía muchísimo ruido. Ese
viernes por la tarde, los israelíes dispararon el Davidka varias veces y
luego ocurrió un milagro: comenzó a llover. Nunca llueve allí en
mayo o junio. Ante esto, los árabes quedaron convencidos de que los
judíos tenían la bomba atómica. Ya que pensaron... “¿Qué otra cosa podría provocar un aguacero torrencial súbito?”. En
consecuencia, abandonaron sus posiciones en la parte superior de Har
Canaán y los israelíes capturaron Safed y expulsaron a los árabes de
toda la zona norte de Galilea.
Bibliografía: Doctor Steve Elwart, Koinonia Institute
Este mensaje fue traducido en memoria de nuestro querido
Pastor José Holowaty, quien amaba profundamente a Israel - el pueblo de
Dios
BODA PANIAGUA CON CONTRERAS 1866
AÑO DE 1866
EN CHIANTLA A OCHO DE ENERO---LICENCIA PARROQUIA DE SAN SEBASTIAN DE LA NUEVA GUATEMALA A DON CAYETANO PANIAGUA VIUDO DE DOÑA FRANCISCA MATAMOROS CON DOÑA TERESA CONTRERAS GALVEZ, TESTIGOS EL SEÑOR CORREGIDOR DON MANUEL LORANCA, DON MARTIN QUEZADA Y DON FRANCISCO BERMUDES.
ARMAS Y NOBLEZA APELLIDO LORANCA:
Las referencias de esta familia parecen precisarse con más frecuencia
desde el siglo XV al XIX en especial los hechos de la negociación con
los franceses en el Tratado de la "Devolución" de los Países Bajos a
Francia en 1662, reinando Felipe IV. Todo ello parece coincidir con la
memoria familiar de algunos de los miembros de la rama de la familia
Loranca. Son sus armas: En gules, una cota, de plata,
surmontada de un
casco del mismo color.sus armas: En gules, una cota, de plata,
surmontada de un casco del mismo color. pregonan los siguientes valores:
el Gules es el símbolo de la fuerza,
del poder, del amor ferviente a Dios y al prójimo, tal es el significado
de este esmalte, a lo que habría que añadir el afán de dominio, el
coraje, la audacia, la fortaleza y la magnanimidad,
FUENTE. HERALDRYS INSITUTE OF ROMA- ITALIA-
GLOR
MARIA-Ester--Jorge Isaac-Historia real de amor
MARIA
Por Jorge Isaac
CAPITULO V.
Habían pasado tres días cuando me convidó mí padre á visi-
tar sus haciendas del valle, y fué preciso complacerle ; por
otra parte, yo tenia ínteres real á favor de sus empresas. Mi
madre se empeñó vivamente por nuestro pronto regreso. Mis
hermanas se entristecieron. María no me suplicó como ellas,
que regresase en la misma semana; pero me seguía ince-
santemente con los ojos durante mis preparativos de viaje.
MARÍA. 17
En mi ausencia, mi padre habia mejorado sus propiedades
notablemente : una costosa y bella fábrica de azúcar, muchas
fanegadas de caña para abastecerla, estensas dehesas con ga-
nado vacuno y caballar, buenos cebaderos y una lujosa casa de
habitación, constituían lo mas notable de sus haciendas de
tierra caliente. Los esclavos, bien vestidos y contentos hasta
donde es posible estarlo en la servidumbre, eran sumisos y
afectuosos para con su amo. Hallé hombres á los que niños
años antes me habian enseñado á poner trampas á las chila-
coas y guatines en la espesura de los bosques : sus padres y
ellos volvieron á verme con inequívocas señales de placer.
Solamente á Pedro, el buen amigo y fiel ayo, no debia encon-
trar: él habia derramado lágrimas al colocarme sobre el ca-
ballo el dia de mi partida para Bogotá, diciendo: « amito mió,
.yo note veré mas.» El corazón le avisaba que morirla antes
de mi regreso.
Pude notar que mi padre, sin dejar de ser amo, daba un
trato cariñoso á sus esclavos, se mostraba celoso por la buena
conducta de sus esposas y acariciaba á los niños.
Una tarde, ya á puestas del sol, regresábamos de las la-
branzas á la fábrica, mi padre, Hijinio (mayordomo) y yo.
Ellos hablaban de trabajos hechos y por hacer ; á mi me ocu •
paban cosas menos serias : pensaba en los dias de mi infancia.
El olor peculiar de los bosques recien derribados y el de las
piñuelas en sazón ; la greguería de los loros en los guaduales
y guayabales vecinos ; el tañido lejano dei cuerno de algún
pastor, repetido por los montes ; las castrneras de los esclavos
que volvían espaciosamente de las labores con las herramien-
tas al hombro ; los arreboles vistos al través de k^s cañavera-
les movedizos : todo me recordaba las tardes en que abusando
mis hermanas, María y yo de alguna licencia de mi madre,
obtenida á fuerza de tenacidad, nos solazábamos recojiendo
guayabas de nuestros árboles predilectos, sacando nidos de
piñuelas, muchas veces con grave lesión de brazos y manos,
y espiando nidos de pericos en las cercas de los corrales.
18 MABIA.
Al encontrarnos con un grupo de esclavos, dijo mi padre
á un joven negro de notable apostura :
— Con que, Bruno, ¿todo lo de tu matrimonio está arreglado
para pasado mañana?
— Sí, mi amo; le respondió quitándose el sombrero de
junco y apoyándose en el mango do su pala.
— Quiénes son los padrinos?
— Ña Dolores y ñor Anselmo, si su morced quiere.
— Bueno. Remijia y tú estaréis bien confesados. ¿ Compraste
todo lo que necesitas para ella y para ti con el dinero que
mandé darle?
—Todo está ya, mi amo.
— ¿ Y nada a mas deseas ?
— Sumerced verá.
— El cuarto que te ha señalado Hijinio, es bueno ?
—Sí, mi amo.
— Ah ! ya sé. Lo que quieres es baile.
Rióse entonces Bruno, mostrando sus dientes de blancura
deslumbrante, volviendo á mirar á sus compañeros.
— Justo es ; te portas muy bien. Ya sabes, agregó, dirijién-
dose á Hijinio : arregla eso, y que queden contentos.
— Y sus mercedes se van antes? preguntó Bruno.
—No, le respondí yo ; nos damos por crnvidados.
En la madruada del Sábado próximo se casaron Bruno y
Remijia. Esa noche á las siete montamos mi padre y yo para
ir al baile, cuya música empezábamos á oir. Cuando llega-
mos, Julián, esclavo capitán de la cuadrilla
salió á tomarnos
el esíribo y á recibir nuestros caballos.Estaba lujoso con su
vestido de Dominico lo pendia de la cintura el largo machete
de guarnición plateada, insignia de su empleo. Una sala de
nuestra antigua casa de habitación habia sido desocupada de
los enseres de labor quo contenia, para hacer el baile en ella.
Habíanla rodeado de tarimas : en una araña de madera sus-
pendida de una de las vigas, daba vueltas media docena de
luces : los músicos y cantores, mezcla de agregados, esclavos
y manumisos, (1) ocupaban una de las puertas. No habia sino
dos flautas de caña, un tambor improvisado, dos alfandoques
y una pandereta ; pero las finas voces de los negritos entona-
ban los bambucos con maestría tal ; babia en sus cantos tan
sentida combinación de melancólicos, alegres y lijeros acor-
des ; los versos que cantaban eran tan tiernamente sencillos,
que el mas culto aficionado hubiera escuchado en éxtasis
aquella música semi-salvaje. Penetramos en la sala con
zamarros y sombreros. De los bailarines eran en ese mo-
mento Remijia y Bruno: ella con follado de boleros azules,
tumbadillo de flores lacres, camisa blanca bordada de negro y
gargantilla y zarcillos de cristal color de rubí, danzaba con toda
la gentileza y donaire que eran de esperarse de su talle cim-
brador. Bruno, doblados sobre los hombros los paños de su
ruana de hilo, calzón de vistosa manta y camisa blanca aplan-
chada, y un cabi blanco nuevo á la cintura, zapateaba con des-
treza admirable.
Pasada aquella mano, que así llaman los campesinos cada
pieza de baile, tocaron los músicos su mas hermoso bam-
buco, porque Julián les anunció que era para el amo. Remi-
jia, animada por su marido y por el capitán, se resolvió al
fin á bailar unos momentos con mi padre ; pero entonces no
se atrevía á levantar los ojos, y sus movimientos en la danza
eran menos espontáneos. Al cabo de una hora nos reti-
ramos.
Quedó mi padre satisfecho de mi atención durante la visita
que hicimos á las haciendas ; mas cuando le dije que en ade-
lante deseaba participar de sus fatigas quedándome á su lado,
me manifestó casi con pesar, que se veia en el caso de sacri
ficar su bienestar á favor mío, cumpliéndome la promesa que
(1) L08 hijos de esclaTos pero nacidos libres por la ley boliviana.
me tenia hecha de tiempo atrás, de enviarme á Europa á con*
cluir mis estudios de medicina, y que debia emprender viaje,
amas tardar dentro de cuatro meses. Al hablarme asi, su fiso-
nomía se revistió de una seriedad solemne sin afectación que
se notaba en él cuando tomaba resoluciones irrevocables.
Esto pasaba la tarde en que regresábamos á la sierra. Empe-
zaba á anochecer, que á no haber sido así, habría notado la
emoción que su negativa me causaba. El resto del camino se
hizo sin que anudásemos la conversación. ¡ Cuan feliz hu-
biera yo vuelto á ver á María, si la noticia de ese viaje no se
hubiese interpuesto desde aquel momento entre mis
esperanzas y ella !
IA-XXVIII - Delirio. Fanatismo
GLORIA
BENITO P. GALDOS
-¡Qué extraña y loca idea!
-Madre querida -exclamó Daniel con
cierto desvarío-, comprende al fin la grandeza de un plan en que se conciertan
el amor más ardiente y la religiosidad más valerosa. Yo traeré al reino de la
verdad esa alma que ha debido estar siempre en él, esa alma cuyo único defecto
es hallarse ligada al vano sentimentalismo del Crucificado, y a la engañosa
filosofía del supuesto Mesías... Tú sabes cuáles son mis ideas y su admirable
extensión. Ya comprenderás que mi conquista no ha de reducirse a tener un
adepto al rito hebraico, que considero estrecho e insuficiente. No, yo adoro al
Dios grande, al Jehová primitivo y augusto, al que dio los diez mandamientos y
desde entonces no dijo más porque no había más que decir; al que en su grandeza
no exige ofrendas de
verdad, justicia y bondad, no formas de culto idolátrico; nos exige
pensamientos, amor, acciones y esa mirada interna que purifica, no palabras
rezadas, ni retahílas dichas de memoria. A ese Dios pienso llevar a la que amo,
porque Él es digno de ella y ella digna de Él. ¡Admirable triunfo y conquista
preciosa! Será necesaria una superchería; ¿pero qué importa? ¿qué vale esto en
comparación del bien que resulta? La salvo de su familia, del convento, del
ascetismo que es la tisis del espíritu; le devuelvo la salud del cuerpo, la
arranco de este horrible país, la hago mi esposa, la salvo de la idolatría del
Nazareno y de ese fetichismo vacío, indigno de la elevación y pureza de su
alma... ¡Oh! tengo inmensa fe en el éxito de mi empresa. No puedo equivocarme,
es imposible que me equivoque. Siento el divino acento en mi oído; y el
resuello a cuyo influjo existieron los mundos llega a mí y penetra como
tempestad en mi corazón.
Esther le miró atentamente y con
espanto, diciendo para sí con acento de vivísima amargura: -Señor, Señor, ¿has
quitado la razón a mi hijo?
-¿No hallas bastante justificada mi
impostura con estas razones de conciencia?
-¡Donosas razones!...
-Tu ironía me mata. ¿Quieres una razón que es de
conciencia y además mundana? Estos son los argumentos que a ti te convencen.
Óyela. Has de saber que yo tengo un hijo.
Esther moviose sacudida
violentamente por el asombro.
-Un hijo que se llama Jesús
-añadió Daniel con sarcasmo parecido al de aquellos que decían: Si eres hijo
de Dios, baja de esa cruz.
-¡Un hijo! -gritó madama Spinoza-.
¡De esa mujer!...
-¿Concibes tú que la abandone?
¿Concibes tú que deje en manos de los católicos a ese infeliz niño, reproducción
de mí mismo? Él ha encendido en mi corazón los sentimientos más delicados y más
puros. Me ha bastado saber que existía para reconocerme otro, creyéndome capaz
de los mayores sacrificios. Veo en él al heredero de mi nombre, de mis
creencias, de mi persona toda; y la idea de que no ha de vivir al lado mío, de
que recibirá de persona extraña el pan de la instrucción, me aterra, madre
querida. Supón que cuando yo era niño me hubieran arrancado los papistas de tu
seno, cual otro niño Mortara, criándome en el odio de nuestra raza y
enseñándome a maldecir tu nombre.
-No digas eso -exclamó la madre con espanto.
-¿No hace fuerza en tu mente esta
razón?
-Alguna -repuso Esther con
perplejidad-; pero nada justifica el engaño.
-Dios ve mi conciencia. ¿Qué importa
engañar al Nazareno? ¿Acaso él, que se llamó Dios sin serlo, merece la
verdad?... Mi conciencia está tranquila. Ha penetrado en mí, dulce y elocuente
como cosa del cielo, el convencimiento de que obro bien y de que agrado a mi
Dios en esto. Él me dice: «Realiza tu engaño; pero me has de traer al reino de
la verdad a la madre y al hijo».
-¡Fanático! ¡Fanático incorregible!
-exclamó con agitación Esther, clavando los ojos compasivamente en su hijo-.
Quieres dar un tinte religioso a tu acción, cuando lo que te mueve es el torpe
egoísmo del amor mundano. Es común en todas las religiones que los enamorados
se vuelvan místicos o por astucia o por candidez, y que sean arrastrados por su
pasión a las mayores locuras, suponiendo que les inspira una idea religiosa.
Hacen de la religión un madrigal, engañando a todos y a sí mismos.
-Por tu vida, ¿me crees de esos?
-Sí, porque siempre tuviste
demasiado entusiasmo por la Escritura, y has pasado parte de tu vida comentándola y ahondando en
ella, buscándole sus secretos, sus más impenetrables misterios, es decir,
echándola a perder. Últimamente, cuando volviste a casa después de tu
naufragio, te engolfaste de tal modo en la teología rabínica, que tuvimos que
tapiar tu biblioteca, como la del gran caballero español. Vivías exaltado y
melancólico... ¡Pobre hijo mío! ¡Cuán cierto fue mi presagio de que tu mente se
desquiciaba!... En todo lo que hoy meditas y proyectas noto los extravíos del
visionario y los delirios más absurdos. No puedo decir que no haya cierta
grandeza en tus concepciones; pero lo que sí aseguro es que no hay en ellas
sentido común.
-Yo creí -dijo Morton con
desaliento-, que tu superior inteligencia las comprendería y las estimaría.
-A nosotros nos han educado en lo
práctico, hijo querido. Esta costumbre de vivir y pensar en lo práctico me hace
ver muchos inconvenientes en tu proyecto. El principal es que no podrás
quebrantar la firme fe de la que llamas tu esposa. Deséngañate, ningún católico
se convierte a nuestra pobre ley olvidada y sin prestigio, ni tampoco a ese
deísmo vago y sin culto, grande si quieres, pero que todo lo dice a la razón y
es mudo para la fantasía, para el
corazón y para los sentidos. Aun considerando en esa joven el amor más ardiente
hacia ti, no concibo que reniegue de la religión de sus padres, de esa religión
viva y que salta a la vista y se oye y se habla. La nuestra y tu deísmo son
como el idioma hebreo, una lengua sublime, pero que nadie entiende. ¡Infeliz
hijo mío, infeliz mozo, extraviado por los delirios de la mente! No supongas en
ese Dios grande, como dices, en ese Dios frío y sencillo como las ideas, una
atracción que no tiene. ¡Esperas desencantar a una cristiana, a una mujer que
ha nacido enamorada ya del hombre clavado en la cruz! Antes saldrá el sol por
Occidente.
-Madre, tú no tienes entusiasmo. Tus
ideas religiosas son rutinarias. La rutina no hará ninguna maravilla en el
orden moral.
-Pasó el tiempo de las predicaciones
y de las guerras por la fe. Cada cual debe arreglarse con lo que tiene, sin ir
a buscar nada a casa del vecino... ¡Cómo te engaña tu fanatismo! Ya verás cómo
te desprecia esa mujer cuando descubra tu taimado plan, obra no sé si de la
voluptuosidad más loca, o del misticismo más insensato.
-Tú no sabes bien cuánto me ama ni
conoces el fatal encadenamiento que tiene su alma con la mía. La viveza de su
entendimiento y la misma
elevación de su espíritu que propende a las cosas extraordinarias, superiores
al criterio del vulgo, la someterán fácilmente a mí. Además, Gloria no es
católica.
-¿Qué no es católica?
-No, porque no pertenece a esa
religión quien no se somete ciegamente a la autoridad, quien de los dogmas
escoge el que más le agrada y rechaza los demás. Sus creencias no pueden ser
más endebles: lo sé yo que he recibido los más íntimos secretos de su
conciencia, la cual el amor ha puesto transparente y clara ante mis ojos. Es un
alma llena de dudas, y de dudas acerca de lo más fundamental. Me ha confiado
las rebeldías de su razón, y oyéndola, ¡cuántas veces he deseado tener ocasión
de sembrar en aquel espíritu una semilla nueva! Toda su doctrina religiosa
vendrá abajo de un soplo, madre mía. En ella no existe de sólido y temible más
que la fascinación de Cristo, de aquel hombre extraordinario que supo presentar
las antiguas verdades con forma encantadora. Tiene Gloria aquel sentimiento
fervoroso fundado en la compasión y en la admiración, porque nada es tan
conmovedor como el padecimiento ni nada conquista los corazones como el
espectáculo de una víctima. Esa simpatía por el mártir constituye el nervio de
la religión cristiana. Más
prosélitos ha hecho la compasión que todos los principios y todas las ideas,
porque la humanidad es así. Hace muchos siglos que se ha vuelto mujer,
dejándose dominar por los llorones.
-Pues yo te digo -replicó Esther con
energía-, que antes te beberás todo el océano que arrancar del corazón de una
mujer cristiana la fascinación del hombre clavado, la simpatía del mártir, la
compasión por la víctima. ¡Oh! los que idearon esa historia ya supieron lo que
hacían... conocían el corazón humano y el gran flaco de la humanidad, es decir,
lo que esta tiene de mujer.
-Yo confío en que lo arrancaré,
madre -afirmó Daniel con balbuciente voz-. Todo cuanto vive en mí me dice que
venceré. ¡Esta idea, madre, es demasiado grande para ser mía! Es de Dios.
La gravedad de su acento y su
emoción afligieron a Esther. Comprendió al punto que la mente de Daniel se
hallaba en estado de vivísima sobreexcitación, y no quiso contrariarle.
-La revelación de tu secreto -le
dijo abrazándole con ternura-, ha modificado un poco mi juicio. Quizás logres
convencerme. ¿Por qué no aplazas tu determinación?
-No puede ser, madre, no puede ser
-dijo Morton bruscamente
levantándose con muestras de agitación.
-Un día, un solo día... Hablaremos.
-Ni un día, ni una hora. Mañana,
mañana.
-Pues sea. Yo no he de contrariarte
ya -dijo la madre con resignación-. Pero necesitas descanso. Temo por tu salud.
¿Por qué no duermes?
-No puedo dormir.
-¿No te acuestas?
-No... necesito estar en vela,
meditar...
-¿Más todavía?
Esther, llena de amargura, contempló
a su hijo como se mira un bien próximo a perderse, y estrechándole en sus
brazos y cubriéndole de ardientes besos, le dijo:
-Ya que te pierdo mañana, hijo de mi
corazón, conságrame esta noche; no te separes de mi lado, inclina tu cabeza
sobre mi regazo y descansa; reposa tu cerebro que hierve como un volcán.
Quiero meditar -repitió Morton
cediendo a la atracción de su madre y sentándose junto a
ella.
-Medita aquí sobre mi pecho
lleno de amor por ti -dijo Esther obligándole a reclinarse en el
sofá y a que recostara su cabeza sobre el regazo de ella-. Sea esta una
noche de despedida.
Hablemos de nuestra casa, de nuestro
jardín, de tus hermanos, de tu padre, de Altona, donde todos hemos
nacido... Hijo querido, no me niegues este consuelo.
-No te lo puedo negar. Hablemos de
todo eso tan caro a mi corazón. Hablemos toda la noche hasta que venga
el día, hasta que llegue la hora.
Largo rato se oyeron las voces de la
madre y el hijo en sereno coloquio. Por último, ya muy tarde se fueron
extinguiendo; la voz de Daniel dejó de oírse. Suspiraba la madre
y él dormía.
¡Oh! ¡cuánto
deploró Isidorita que todos los humanos no hablasen un mismo idioma!
¡Con cuánta rabia vituperó los pecados de los hombres que
trajeron la pícara multiplicación de las lenguas!... Porque si
Esther y Daniel no hubieran hablado en inglés, ella, Isidorita la del
Rebenque, se habría enterado de todo para contarlo a sus amigas.
EN NINGÚN----
Y en ningún otro hay
salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres,
en que podamos ser salvos. HECHOS DE LOS APÓSTOLES 4.12Y EN NINGUN OTRO HAY SALVACIÓNNO HAY OTRO NOMBRE, EN QUE PODAMOS SER SALVOS- SOLAMENTE EN CRISTO, SOLAMENTE EN ÉL-
ENTRE ONCE MIL TE LEVANTARÁS
91:7
Caerán a tu lado mil,
Y diez mil a tu diestra;
Mas a ti no llegará.
CAMBIARÁ EL DESFILADERO POR LLANURA
LIBRO DE ISAÍAS
42:16 Y guiaré a los ciegos por camino que no sabían, les haré andar por
sendas que no habían conocido; delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz,
y lo escabroso en llanura. Estas cosas les haré, y no los desampararé.
42:17 Serán vueltos atrás y en extremo confundidos los que confían en ídolos,
y dicen a las imágenes de fundición: Vosotros sois nuestros dioses.
42:18 Sordos, oíd, y vosotros, ciegos, mirad para ver.
EN EL PRINCIPIO
En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
GÉNESIS 1.1
¿QUÉ VIÓ EL CENTURIÓN?
Cuando el centurión vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios,
diciendo: Verdaderamente este hombre era justo.
NO TE AGRADA LA MALDAD
5:4 Porque tú no eres un Dios que se complace en la maldad;
El malo no habitará junto a ti.
EL ULTIMO JUDIO-6
EL ULTIMO JUDIO
NOA GORDON
CAPÍTULO 6
Los cambios
Abraham Seneor tenía ochenta años y, aunque conservaba una mentepreclara y perspicaz, su cuerpo y a estaba muy cansado. Su historia de duros ypeligrosos servicios a los monarcas había comenzado con la concertación de lasnupcias secretas que el 19 de octubre de 1469 habían unido en matrimonio a dos
primos: Isabel de Castilla, de dieciocho años, y Fernando de Aragón, de
diecisiete.
La ceremonia había sido clandestina porque contravenía los deseos del rey
Enrique IV de Castilla, quien deseaba que su hermanastra Isabel se casara con el
rey Alfonso de Portugal. La infanta se había negado a obedecer y le había
pedido que la nombrara heredera de los tronos de Castilla y León, prometiéndole
que sólo se casaría con su consentimiento.
Enrique IV de Castilla no tenía hijos varones (sus súbditos se burlaban de él
llamándole Enrique el Impotente), pero tenía una hija llamada Juana que, según
se creía, no era suy a y de su esposa Juana de Portugal, sino fruto de los amores
de ésta con Beltrán de la Cueva. Cuando el Rey quiso nombrar heredera a Juana,
estalló el conflicto. Los nobles retiraron su apoy o a Enrique y reconocieron como
soberano a Alfonso, que por entonces tenía doce años y era el único hermano de
Isabel. El muchacho fue encontrado muerto en su cama, presuntamente
envenenado, dos años más tarde.
Isabel no había sido criada ni educada como futura reina, pero poco después
de la muerte de su hermano, le pidió a Abraham Seneor que pusiera en marchaunas negociaciones secretas con unos influyentes cortesanos aragoneses, lascuales desembocaron en su boda con Fernando, príncipe de Aragón. El 11 de
diciembre de 1474 Enrique IV murió repentinamente en Madrid, estando Isabel
en Segovia. En cuanto la infanta se enteró de la noticia, ésta se proclamó de
inmediato reina de Castilla. Dos días más tarde, rodeada por una muchedumbre
que la vitoreaba, desenvainó su espada, la sostuvo en alto por encima de su
cabeza y se dirigió a la catedral de Segovia, al frente de un cortejo. Las Cortes de
Castilla le juraron inmediatamente lealtad.
En 1479 murió el rey Juan II de Aragón y su hijo Fernando le sucedió en el
trono. En los diez años que siguieron a su boda secreta, los regios esposos libraron
constantes batallas, luchando contra las invasiones de Portugal y Francia y
aplastando las revueltas internas. Tras haber vencido en todas aquellas campañas,
decidieron concentrar sus esfuerzos en los moros.
Durante todos los años de luchas, Abraham Seneor había trabajado fielmentea sus órdenes, reuniendo fondos para el costoso negocio de la guerra,desarrollando un sistema de tributos y guiándolos a través de los escollos políticosy económicos que se interponían a la unión entre Castilla y Aragón.
Los soberanos lo habían recompensado generosamente, nombrándolo rabinoy juez supremo de los judíos de Castilla y asesor sobre impuestos judíos en todoel Reino. Desde el año 1488 era tesorero de la Santa Hermandad, una instituciónque Fernando había creado para el mantenimiento del orden y la seguridad enEspaña.
Sin embargo, antes de que los judíos de muchas zonas del Reino le
encargaran a Seneor la presentación de una petición a Fernando, el ilustre judíoy a había actuado por su cuenta. Su primer encuentro con los monarcas estuvopresidido por el mutuo afecto y la amistad, pero su petición de revocación deledicto de expulsión recibió una fría negativa que lo dejó consternado.
Varias semanas después solicitó otra audiencia, esta vez en compañía de su
yerno el rabí Meir Melamed, que había sido secretario de Fernando y era el
principal administrador de las recaudaciones de impuestos del Reino. Amboshombres habían sido nombrados rabinos por el rey y no por sus propios
correligionarios, pero habían sido unos eficaces defensores de los judíos en la
Corte. Los acompañaba Isaac ben Judah Abravanel, el responsable de la
recaudación de impuestos en el centro y el sur del país, que había prestadoingentes sumas de dinero al Tesoro real, incluyendo un millón y medio deducados de oro para asegurar la victoria en la guerra contra Granada.
Los tres judíos volvieron a presentar su petición y esta vez se ofrecieron a
recaudar fondos para el Tesoro. Abravanel declaró que él y sus hermanosestarían dispuestos a condonar las elevadas deudas de la Corona a cambio de que
se revocara el edicto de expulsión.
Fernando no pudo disimular su interés cuando se habló de las sumas que se leofrecían. Los tres peticionarios esperaban un decreto inmediato de tal forma que
Torquemada y otros clérigos que llevaban años tratando de expulsar a los judíos
no tuvieran la oportunidad de influir en la decisión del soberano. Sin embargo,
Fernando quiso tomarse las cosas con calma y cuando una semana más tarde los
tres volvieron a comparecer ante su presencia, el Rey les informó de que su
petición había sido rechazada: había decidido que se llevara a efecto el edicto de
expulsión.
Al lado de su marido estaba Isabel, una severa y regordeta mujer de
mediana estatura, pero porte extremadamente regio. Tenía unos grandes yautoritarios ojos de un azul verdoso y la boca pequeña y perennemente fruncida.
Su cabello rubio rojizo, el rasgo más bello de su persona, estaba empezando a
mostrar alguna que otra hebra de plata.
La Reina les hizo más amargo el momento, citando un texto del Libro de los
Proverbios de Salomón, 21, I:
—«Como el agua que fluye es el corazón del rey en mano de Yavé, que
Él dirige a donde quiere».
—¿Creéis que eso os viene de nosotros? Es el Señor el que lo ha puesto en el
corazón del Rey —les dijo desdeñosamente a los tres judíos. Con estas palabras
dio por finalizada la audiencia.
En su desesperación, los judíos convocaron consejos en todo el reino.
En Toledo, el Consejo de Treinta trató de elaborar un plan.
—Estimo esta tierra. ¡Si tengo que abandonar el amado lugar en el quedescansan mis antepasados —dijo finalmente David Mendoza—, quiero ir a unlugar donde jamás se me acuse de haber matado a un niño para hacer matzos[8]con su tierno cuerpo, o de haber apuñalado una forma consagrada o de insultar ala Virgen o de burlarme de la misa!
—Tenemos que ir a un lugar en el que el pueblo inocente no se encienda
como una mecha —intervino el rabí Ortega.
Se oy ó un murmullo de aprobación.
—¿Y dónde está este lugar? —preguntó el padre de Yonah.
Se produjo un prolongado silencio mientras todos se intercambiaban miradas.
Pero a algún sitio se tendrían que ir, por lo que la gente empezó a forjar planes.
Arón Toledano, un hombre corpulento y de hablar pausado, se presentó en
casa de su hermano Helkias y ambos se pasaron varias horas proponiendo y
descartando destinos mientras Yonah prestaba atención, tratando de comprender.
Tras haber discutido largo y tendido, llegaron a la conclusión de que sólohabía tres posibles destinos. Al norte, el Reino de Navarra. Al oeste, Portugal. Aleste, la costa, donde unos barcos los podrían trasladar a tierras más lejanas.
No obstante, unos días más tarde averiguaron nuevos datos que redujeron sus
posibilidades de elección. Arón regresó con su rostro de campesino
ensombrecido por la preocupación.
—Tenemos que descartar Navarra: sólo aceptará a los conversos
Menos de una semana después se enteraron de que don Vidal ben Benvenistede la Cavallería, que había acuñado las monedas de oro de Aragón y Castilla,había visitado Portugal y había recibido permiso para que los judíos españoles setrasladaran allí. El rey Juan II de Portugal vio en ello una buena oportunidad y
decretó que su Tesoro impondría un tributo de un ducado por cada inmigrantejudío, más una cuarta parte de las mercaderías que éstos llevaran a su reino. A
cambio, los judíos serían autorizados a permanecer seis meses en el país.
Arón sacudió la cabeza en gesto de hastío.
—No me fío de ése. Al final, creo que seríamos tratados con menos justicia
de la que hemos recibido de la Corona española.
Helkias se mostró de acuerdo. Sólo les quedaba la costa, donde podríanembarcar.
Helkias era un hombre de elevada estatura y amables y pausados modales.
Meir era más bajo y corpulento, como su tío Arón, y Eleazar y a empezaba a dar
muestras de una complexión parecida. Yonah era alto como su padre, a quien
miraba con respeto y afecto.
—Así pues, ¿qué rumbo tomaremos, abba?
—No lo sé. Iremos a un lugar donde hay a muchas naves, probablemente al
puerto de Valencia. Después veremos qué embarcaciones hay disponibles y a
qué destinos se dirigen. Tenemos que confiar en que el Todopoderoso nos guíe ennuestro camino y nos ayude a tomar una sabia decisión. ¿Tienes miedo, hijo
mío? —preguntó Helkias, mirando a Yonah.
Éste trató de contestar, pero no se le ocurrió ninguna respuesta.
—No hay que avergonzarse de tener miedo. Es prudente reconocer que lastravesías por mar están plagadas de peligros. Pero seremos tres hombres altos yfuertes, Arón, tú y y o. Los tres podremos velar por la seguridad de Eleazar y de
tu tía Juana.
Yonah se alegró de que su padre lo considerara un hombre.
Fue como si Helkias le hubiera leído el pensamiento.
—Sé que durante los últimos años has asumido responsabilidades propias de
hombre —dijo éste en voz baja—. Quiero que sepas que otros han reparado
también en tu carácter. Me han hecho proposiciones varios padres de hijas
casaderas.
—¿Has hablado de boda? —preguntó Yonah.
—Todavía no. Ahora no. Pero cuando lleguemos a nuestro nuevo hogar,
habrá tiempo para que nos reunamos con los judíos de allí y concertemos una
buena boda, cosa que sospecho será de tu agrado.
—Lo será —reconoció Yonah mientras su padre se echaba a reír.
—¿Crees acaso que no he sido joven en otros tiempos? Recuerdo muy bien lo
que es eso.
—Eleazar se pondrá muy celoso. Él también quiere una esposa —dijo Yonah,
y ahora ambos se rieron juntos—. Abba, no tengo miedo de ir a ningún sitio
mientras tú estés conmigo.pues el Señor estará con nosotros.
—Yo tampoco tengo miedo estando contigo, Yonah. Contigo no tengo miedo,
todo aquel tumulto, su mente estaba confusa y su cuerpo había cambiado. Por la
noche soñaba con mujeres y, en medio de todos los trastornos, soñaba despiertocon su amiga de toda la vida, Lucía Martín. Cuando ambos eran unos chiquillos
curiosos, en varias ocasiones se habían explorado el uno al otro. Ahora se veía
que, bajo la ropa, la joven había adquirido la madurez de la feminidad y una
nueva turbación presidía el trato que ambos mantenían.
Todo estaba cambiando y, a pesar de sus temores y recelos, Yonah
experimentaba una extraña emoción ante la perspectiva de viajar finalmente alejanas tierras. Se imaginaba la vida en un nuevo lugar, la clase de vida que losjudíos no habían conocido en España en el transcurso de los últimos cien años.
En un libro que había encontrado entre los tratados religiosos de la casa de
estudios, escrito por un autor árabe llamado Khordabbek, había leído un
comentario sobre los mercaderes judíos:
Se embarcan en la tierra de los francos, en el mar Occidental, y zarpan
rumbo a Farama. Allí cargan sus mercancías a lomos de camellos y se dirigen
por tierra a Kolzum, que se encuentra a cinco días de viaje a lo largo de una
distancia de veinticinco farsakhs. Embarcan en el mar Rojo y zarpan de Kolzum
rumbo a Eltar y Jeddah. Después viajan a Sind en la India, y a China.
Le hubiera gustado ser mercader. Si fuera cristiano, preferiría ser un
caballero, pero de los que no mataban a los judíos, claro. Semejantes vidas
debían de estar llenas de prodigios.
Pero, en momentos más realistas, Yonah comprendía que su padre tenía
razón. De nada servía perderse en los sueños. Había muchas cosas que hacer
pues los cimientos de su mundo se estaban derrumbando
DOMINACION DE LOS ARABES EN ESPAÑA. SACADA DE VARIOS MANUSCR1TOS
HISTORIA
DE LA
DOMINACION DE LOS ARABES
EN ESPAÑA.
SACADA DE VARIOS MANUSCR1TOS Y MEMORIAS ARABIGAS
POR EL DOCTOR
DON JOSÉ ANTONIO CONDE.
CAPITULO VIII
Propuesta e intentos de pasar á España.
En este tiempo algunos Cristianos de Gezira Alandalus , que es la
península de España , ofendidos de su rey Ruderic , que era señor de
toda España desde la Galia Marbonense hasla dentro de la Mauritania
ó tierra de Tanja , vinieron á Muza ben Noscir , y le incitaron á pasar
con tropas á España , apartada de Africa por un estrecho de mar llama-
do Alzacác, ó de las angosturas : representábanle aquella empresa
como fácil y segura, y ofrecieron que le ayudarían en ella con todas
sus fuerzas : tanto puede el deseo inconsiderado de venganza. Era
Muza emprendedor ambicioso; pero tan prudente como amante de
gloria , no despreció la propuesta, y disimuló con ellos algún tiempo
sus intenciones : informóse con secreto del estado de España , de su
gente y calidad de la tierra , de las divisiones de su gobierno , del poder
del rey , y de los bandos y desavenencias que á la sazón habia entre sus
señores. Se cuenta que un principal cristiano de Tanja le refirió con
mucha verdad cuanto convenia saber de la condición y estado de los
pueblos , del mal gobierno del rey Ruderic, de su falta de justicia , y
como por esta causa era muy poco amado de sus gentes, que todos le
tenían por un injusto usurpador del reino de los godos.
Excitaban el ánimo de Muza para emprender esta conquista las apa-
cibles descripciones que hacían de España los moradores de Tanja y
otros africanos : hablaban de su delicioso temperamento, de su claro y
sereno cielo, de sús muchas riquezas , de la calidad y virtud maravi-
llosa de sus plantas y frutos, de la sucesiva bondad del tiempo en todas
Lis estaciones, sus oportunas lluvias , sus rios y copiosas fuentes , los
magníficos restos de sus antiguos monumentos, sus vastas provincias y
muchas y ricas ciudades. En suma, que las amenidades de España no
las puede igualar ni expresar el mas elegante discurso , ni en la carrera
de sus excelencias hay quien se la adelante, que en es La competencia
aventaja á todas las regiones de oriente y occidente : que España es
Siria en bondad de cielo y tierra, Yemen ó feliz Arabia en su tempe-
ramento, India en sus aromas y flores, Hegiáz en sus frutos y produc-
ciones , Catay ó China en sus preciosas y abundantes minas, Adena en
las utilidades de sus costas que en ella hay ciudades y magníficos mo-
numentos de sus antiguos reyes y de los jOnios que fueron siempre
pueblo sabio , y que todavía se conservan restos de ellos en España , co-
mo de Hércules el grande en la estatua de Gczira Cadis , y el Ídolo de
Galicia, y las grandes ruinas de Mérida y Tarracona, que no se ha
visto cosa semejante.
Persuadido Muza , y resuello con la esperanza de tan rica y gloriosa
conquista , escribió al califa y le propuso la importancia de esta empre-
sa : decíale como con ayuda de Dios habia hecho tributarios á los zenetes
y otras tribus berberíes , de Záb y Derár, Salira , Mazamuda , y Sus ;
que los vencedores muslimes tremolaban las banderas del Islam cu las
torres de Tanja ; que de esta ciudad hasta la opuesta costa de Andalucía,
no hay mas que un estrecho de mar de doce millas , que con su licencia
y mandamiento haría pasar en España los conquistadores de Africa ,
para llevar á ella el conocimiento de Dios y la ley alcoránica. El califa
aplaudió este intento, fundado asi en las tradiciones que había del en-
viado de Dios , que prometía la extensión de la ley en el último occi-
dente , y la conquista de las últimas regiones , como en la confianza de
su constante fortuna.
CAPITULO IX.
Entrada de Taric en España.
Habida licencia del califa , ordenó Muza ben Noseir que el caudillo
Taric ben Zeyad con escogida caballería desembarcase en la opuesta
costa de Andalucía , para recouocer la tierra y asegurarse de lo que habia
informado el señor de Tanja. Con ayuda y consejo de este , pasó Taric
con quinientos caballeros árabes en cuatro barcos grandes de Tanja á
Sebta, y de esta á Andalucía , y el paso fue muy venturoso 1 : entraron
en su compañía cou otros nobles caudillos Abdelmelic el Moaferi de
Wasit, que se estableció después en Gezira Alhadrá , y Almondnr ben
Méascmai de H entesa y Zaide ben Kesid el Sekseki. Corrieron estos va-
lientes muslimes aquella tierra de las marismas de Andalucía , tomaron
algunos ganados y gente sin que nadie se les opusiese. Con esta presa y
feliz suceso tornó Taric á Tanja con sus caballeros , y fueron recibidos
con general contento : fue esto en la luna de Ramazan , año 91 .
Consideró Muza esta entrada como feliz presagio de la futura pros-
peridad de sus armas en España , y con la mayor diligencia y presteza ,
aderezadas las barcas necesarias para pasar un buen ejército , encargó
su mando al caudillo Taric ben Zeyad , dejando en su lugar en el pre-
sidio de Tanja á su propio hijo Meruán ben Muza. Todos los arabes
querían pasará la expedición, y todo dispuesto atravesaron venturo-
samente el estrecho , y desembarcaron en Gezira Alhadrá, la isla Verde,
* Esta primera entrada ó reconocimiento que hijo Taric en España fué en el mes de Julio del
año 710 : el Edobi , maltratado en esta parle do su historia , no menciona sino la eutrada del
año «, y á este copiaron lo» mas do lo» historiadores arabos.
que con su situación favoreció el desembarco. Opusieron los cristianos
alguna resistencia por impedir el que desembarcaran ; pero fueron
vencidos y se retiraron atemorizados. Fortificóse Taric con su gente en
el monte de la punta de Gezira A 1 liad r A , que desde entonces en honor
suyo y para perpetua memoria se llamó Gcbal Taric ó monte de Taric,
y también monte de la Victoria ó Entrada, por la que felizmente se
abrió por alli á la conquista de España . fue esto el dia jueves cinco de
la luna de Regeb del año 92 (711), y cuenta Xerif Edris que Taric
quemó sus navios para quitar á sus tropas toda esperanza de fuga : de-
fendían aquel monte y paso mil y setecientos cristianos mandados por el
caudillo Tadmir, que era de los principales caballeros del rey Ruderic,
y con esta gente hubo algunas escaramuzas en los tres primeros dias ¡
peni vencidos y puestos en fuga no osaron ya presentarse contra los
muslimes.
CAMINO DE LA SUPERVIVENCIA - WILLIAM VOGTH
La sentencia escrita en los muros de cinco continentes nos advierte que nuestros días están contados.
CAMINO DE LA SUPERVIVENCIA
WILLIAM VOGTH
Selecciones del Readers Digest ´
Mayo de 1949
1949 CAMINO DE LA SUPERVIVENCIA 93
dense
están muy lejos del índice del resto del mundo, y además se han
obtenido en gran parte al precio del agotamiento y el deslave de la
tierra misma. Exceptuadas unas cuantas áreas pequeñas del viejo mundo,
los bosques no se aprovechan mediante un sostenido sistema de
retribución, sino que se les arrasa inexorablemente. Casi en todas partes los pastaderos se recargan de ganados. El nivel de aguas subterráneas va mermando y los ríos decrecen.
La verdad pura y limpia es que en el mundo entero no hay tierras
cultivables suficientes para compensar el aumento neto de 50,000
estómagos diarios que van sumándose a la actual población mundial.
Es igualmente cierto que
casi en ninguna parte del mundo se destinan las tierras a las siembras
más adaptadas a sus condiciones, y sobre bases permanentes. En vez de proceder así, se siembra lo que produzca la mayor cantidad de dinero posible al costo más bajo posible y en el menor tiempo posible.
Es decir, el mismo sistema que .exaltan los fabricantes. En otras
palabras, la tierra es tratada sobre la base de las llamadas leyes
económicas y con general desprecio de las leyes físicas y biológicas a las que está sometida. Presume el hombre que lo que es bueno para la industria, por fuerza ha de ser bueno para la tierra. De aquí puede resultar la más costosa de las equivocaciones que registre la historia.
Al
meditar en la decadencia futura de la capacidad productora de la mayor
parte de la tierra, y tomando en consideración al propio tiempo el
rápido aumento de la población, no debemos prescindir de examinar
también el descenso muy acentuado en lo que se refiere a nuestro nivel
de vida. En efecto, aun cuando pocas personas se dan cuenta de ello,
ya ese descenso de nivel se hace apreciable y, seguramente, seguirá
acentuándose. La inflación, por lo que se refiere a la renta real, es un
síntoma, y las grandes dádivas necesarias para poner puntales a, la
economía mundial son otro.
Nunca ha habido una crisis que exija más serena meditación ni más alta inteligencia directiva. Afortunadamente nos hallamos armados de conocimientos tales como antes nunca los poseyó el hombre; si
no nos faltan la inteligencia ni el valor requeridos para hacer uso de
aquellas armas, todavía podemos prevenir la bancarrota de nuestra
civilización.
Pero tal resultado no lo alcanzaremos sólo por
medios «políticos» y «económicos. » Debemos considerar a todos los
hombres en general, y el medio en que se mueven. Principalmente debemos
darnos cuenta de que no sólo cada área tiene una capacidad limitada para el sostén de la vida humana, sino también que tal capacidad va menguando y
los milagros que se le piden van creciendo. Mientras este conocimiento
no haga parte intrínseca de nuestro modo de pensar e influya
poderosamente sobre la política nacional e internacional, difícilmente
podremos ver hacia dónde caen en esta dirección los destinos del hombre.
En la tragedia humana de la destrucción del suelo corresponde el papel del peor de los villanos a la lluvia incontrolada. Hemos roto el ciclo hidrológico—el
movimiento del agua del aire hacia la tierra y su consiguiente vuelta
al punto de partida por la evaporación de los océanos—y al hacer tal,
hemos reducido en forma peligrosa las fuentes de nuestra provisión de
agua, provocado inundaciones y causado la progresiva erosión del suelo.
En
su estado natural, buena parte de la tierra está cubierta por detritus
vegetales que absorben el agua de la lluvia y la dejan luego ir
penetrando lentamente el suelo por acción de la gravedad. En los bosques, por ejemplo, esta capa superficial o mantillo retiene tal cantidad de agua que por ello es de gran valor como control de las avenidas. Cuando se destruyen árboles, pastos y plantas por la acción del hacha, el arado, el fuego o el apacentamiento de ganados, el mantillo o acumulación vegetal empieza a desaparecer. Poco
después la capa superior del suelo mismo va siendo lavada por las
lluvias ó arrastrada por el viento, v la que al principio es una
imperceptible superficie de erosión será seguida por hondas zanjas, final del drama erosivo.
Contribuyen a este proceso los cambios de estructura del suelo. El
suelo ideal, tal como el que se encuentra en las llanuras, es granular y
permite la más completa infiltración de las aguas lluvias. Cuando
se rompen los gránulos por efecto de cultivos inadecuados y por la
destrucción de la materia orgánica, el suelo se compacta y se hace cada
vez más denso.
Al sobrevenir las fuertes lluvias, los intersticios que ahora son muy
pequeños se inundan rápidamente, y puesto que el agua no halla salida
hacia abajo por penetración del terreno, tiene que correr por la
superficie. Esto no solamente trae como consecuencia las inundaciones sino que arrastra la riqueza de los suelos para llevarla como sedimentos que obstruyen los depósitos de abastecimiento de agua.
Una
de las más poderosas fuerzas que tienen influencia sobre la
infiltración, el deslizamiento del agua lluvia y el consiguiente proceso
erosivo, es la sustitución de las plantas naturales por las siembras agrícolas.
Ciertos granos pequeños como el trigo, la avena, la cebada y el centeno
consumen de 16 a 40 veces más riqueza del suelo que los arbolados, los
bosques y las plantas silvestres de las llanuras intocadas: otros
cultivos como la soya, el algodón. el tabaco y el maíz consumen cien veces más.
Yo creo que el maíz ha sido una gran contribución de la América a las desgracias del mundo. Este cereal hoy en día forma un anillo alrededor de la tierra y adondequiera que ha ido ha aniquilado el suelo. De la Ciudad del Cabo hasta Korea, especialmente en las vertientes de las colinas en países retrasados, los maizales han procurado canales para que las aguas lluvias corran rápidamente hacia el océano, apresurando la erosión y menguando la provisión de aguas subterráneas. Estas sementeras secan pozos situados a una distancia de 80 kilómetros.
CAMINO DE LA SUPERVIVENCIA "NUESTROS DIAS ESTAN CONTADOS"-
La sentencia escrita en los muros de cinco continentes nos advierte que nuestros días están contados.
CAMINO DE LA SUPERVIVENCIA
WILLIAM VOGTH
Selecciones del Readers Digest ´
Maypo de 1949
"Camino de la supervivencia le causará austed una conmoción y acaso
llegur a irritarlo", escribe H.C. Cook en el New York Times, "pero es la visión anticipada de lo que está por venir, tal como lo ve un hombre de ciencia , valeroso, honrado y competente.
EN EL PUENTE de un buque de carga que surca el Mar de Tasmania, el capitán observa que una sutil cortina de polvo cae a
través del aire. El viento es de popa, pero en tal dirección no hay
tierra en una extensión de 1000 millas. Con un sentimiento de incredulidad se da cuenta de que el polvo viene de Australia. Sacude la cabeza y piensa con espanto: «El maldito continente tiene que estar desmoronándose. »
Al otro lado del mundo, en el estado mexicano de Michoacán, una cansada indiecita llevando en equilibrio sobre
la cabeza un viejo tarro de gasolina desocupado trota en dirección al
manantial donde acostumbra recoger su provisión de agua: una jornada de 16 kilómetros diarios, ocho de ida y ocho de vuelta. No sabe leer ni escribir; ni tampoco que cuando se erigió su pueblo quedaba cercano a un manantial claro y fresco que manaba del costado del cerro. El estéril paisaje que la rodea, gris salpicado a trechos de pasto ralo y plantas de maguey, nada le dice de las ricas selvas que otro tiempo enriquecían el suelo por extensión de leguas al rededor de su pueblo.
Tendido
a la vera de un polvoriento camino de la China, está Wong muriéndose de
inanición como ha visto ya morir a cientos en ese gran mundo del
hambre. Aparenta una edad de 60 años cuando sólo cuenta 34. Raro fue el día de su vida en que supo qué cosa es escapar a los dolores del hambre.
Ahora ya no los padece y es esta nueva experiencia lo que le hace
esperar casi complacido la próxima llegada de su muerte. En la otra
mitad del mundo hombres y mujeres se hallan empeñados en recoger grano
suficiente para mantener esas pavesas de vida que aún arden en Wong y en
millones como él. Pero éste lo ignora y, aunque lo supiera, nada le
importaría porque está convencido ahora, al renunciar a toda esperanza
de vida, que no puede existir en parte alguna del mundo comida suficiente para alimentar a tantos seres hambrientos.
Estos
retratos de una galería de ficción pudieran multiplicarse millones de
veces. Como muestra de la humanidad actual, cada uno de ellos representa
una parte del gran drama de la carestía que va extendiéndose por el
globo con la amenaza de anonadarlo.
Durante los últimos 300 años el hombre ha procedido como si los recursos de la tierra fueran ilimitados. Salvo en muy contadas áreas ha manenido una economía puramente extractiva, aprovechando la liberalidad de la tierra y cuidándose poco o nada de resarcirla.
En donde no ha perdido el suelo fértil y el agua, ha sobrecargado el
apacentamiento y las siembras, y con la remoción de animales y plantas
ha mermado minerales de primera necesidad, echado a perder la importantísima estructura del suelo y
agotado de modo general el medio que lo rodea. Al propio tiempo ha
multiplicado temerariamente el número de personas que de tal medio
dependen para su sostenimiento.
Debido a la excesiva multiplicación y al abuso de la tierra, la humanidad se ha metido dentro de una trampa ecológica. Ha estado viviendo al fiado, firmando pagarés. Y ahora en el mundo entero los pagarés están venciéndose. No podemos posponer su pago por más tiempo.
Cuando digo «no podemos» no me refiero a un determinado número de personas;
aludo a todo el que lee un periódico impreso en la pulpa extraída de
los bosques que van desapareciendo; a todo hombre y mujer que consume
alimentos sacados de esos suelos que van apocándose gradualmente; a todo aquel que no se da cuenta de que, al arrojar esos despojos humanos que por fuerza van a correr por las cloacas y a contaminar el agua de un río, desperdicia materia orgánica fértil y empobrece cierta cantidad' de agua potable. Me refiero a todo aquel que usa ropas de lana que tienen origen en las dehesas atestadas, donde los
cortantes cascos de los rebaños contribuyeron con las lluvias a excavar
las cárcavas por donde rueda la capa superior del suelo hacia los ríos,
cuya corriente va a causar inundaciones en lejanas ciudades.
El
mínimo común denominador que controla nuestras vidas es la relación que
existe entre la población humana y la cantidad de recursos naturales
tales como suelo, agua, plantas y animales.
Cada grano de trigo o de centeno, cada remolacha, cada huevo, cada
trozo de carne, cada cucharada de aceite de oliva y cada vaso de vino, todo ello proviene de irreductible mínimum de tierra que lo produce. La tierra no puede estirarse. A medida que crece el número de seres humanos, decrece la potencia productiva del suelo en igual proporción.
Los hombres de buena voluntad abogan por obtener un alto nivel de vida para el mundo entero. «Libertarlos de la escasez» fue
como una especie de añagaza que se puso ante los ojos de los pueblos
menos prósperos para contar con su apoyo durante la guerra. Cuán
monstruoso fue tal engaño puede verlo claramente quienquiera que tome
en consideración la capacidad productora de las tierras del globo.
Esa
capacidad varía extensamente. Un hacendado en determinada región puede
vivir cómodamente y aun hacerse rico con una propiedad de sólo 60
hectáreas, mientras que otro, igualmente trabajador e inteligente,
necesita de 500 a 600 hectáreas para mantener a su familia en un decente
nivel de vida. El hecho de que este último necesite mucha más tierra es índice de la menor capacidad productora de ésta.
Tales diferencias de capacidad existen en todo el inundo. No hay dos algodonales, no hay dos dehesas que produzcan, ni siquiera en teoría, la misma cantidad de fibra o de alimento. Además, esa productividad varía más extensamente por razón de las enormes diferencias culturales que prevalecen entre los agricultores de los distintos países.
El
hecho crudo es que hay demasiados habitantes para que el mundo con sus
limitados recursos pueda proporcionarles a todos un alto nivel de vida.
Con el empleo de las máquinas y por la explotación de los recursos de la
tierra sobre base puramente extractiva, hemos pospuesto el momento de hacer frente a este hecho básico. La sentencia escrita en los muros de cinco continentes nos advierte que nuestros días están contados.
Más bocas hambrientas
EN LOS TIEMPOS modenos la población del mundo ha aumentado enormemente. Antes, cuando el exceso de la procreación rebasaba la
capacidad local de mantenimiento, la gente moría porque no se contaba
con medios de trasporte en grande ni con facilidades para almacenar
comestibles. La revolución industrial al multiplicar las oportunidades para el trabajo puso al alcance nuevos medios de trasporte, y creó grandes ciudades a las que alimentó con recursos extraídos del Nuevo Mundo. La
Europa industrial echó raíces profundas en esas nuevas tierras. y
cambiando sus manufacturas por alimentos y materias primas—es decir, pór
el suelo y los recursos de las nuevas tierras—se puso en capacidad de
sostener más y más gentes. la presión causada por el aumento de
habitantes en el Viejo Mundo fue cada vez mayor.
Vino entonces
el descubrimiento de los microbios y de su parte en las enfermedades,
hecho por el farmaceuta francés Louis Pasteur. Ya las posibilidades
favorables a la conservación de la vida
habían ascendido en Europa por razón de mejor régimen alimenticio,
perfeccionamiento de alcantarillados y acueductos y más abundancia de
víveres. Con el descubrimiento de Pasteur adquirió el hombre el control de una larga serie de enfermedades y
empezó a desaparecer la más efectiva causa que obstaculizaba el
desarrollo de la población. Había llegado la revolución sanitaria.
Era
esto cuanto se necesitaba para prender la chispa explosiva generadora.
En los cien años anteriores a 1940 llegó a duplicarse c6n creces la
población del mundo: de mil millones de habitantes ascendió a los mil
doscientos millones.
Calculan los especialistas en materia de nutrición que se requiere cuando menos una hectárea de tierra por persona para mantener un adecuado nivel de vida. Pero las tierras agrícolas del mundo apenas alcanzan a poco menos de inedia hectárea por individuo y van disminuyendo rápidamente. Los excedentes de la agricultura estadouni-
EL ULTIMO JUDIO-SEFARDI
EL ULTIMO JUDIO
NOAH GORDON
CAPÍTULO
3
Un
judío cristiano
El
padre Sebastián era el tipo de persona más peligrosa que existe: un hombreprudente
y necio al mismo tiempo, pensó Bernardo, alejándose a lomos de su
montura.
Bernardo Espina sabía que él era el hombre menos indicado para
obtener
información de los judíos o de los cristianos, pues ambas comunidades lo
despreciaban
por igual.
Bernardo
conocía muy bien la historia de la familia Espina. Contaba la
ley
enda que el primer antepasado suy o que se había asentado en la península
ibérica
era un sacerdote del templo de Salomón. Los Espina y otros judíos habían
sobrevivido
bajo los rey es visigodos, los musulmanes y los cristianos de la
Reconquista.
Siempre habían obedecido escrupulosamente las ley es de la
monarquía
y de la nación, siguiendo las indicaciones de sus rabinos.
Los
judíos habían alcanzado las más altas posiciones en la sociedad hispana.
Habían
servido a los rey es y a los emires por igual, y habían prosperado como
médicos,
diplomáticos, prestamistas y financieros, cobradores de impuestos y
mercaderes,
campesinos y artesanos. Al mismo tiempo, casi en todas las
generaciones
habían sido victimas de matanzas a manos de muchedumbres
alentadas
directa o indirectamente por la Iglesia.
—Los
judíos son peligrosos e influy entes y siembran la duda entre los buenos
cristianos
—le había advertido severamente el sacerdote que lo había convertido.
Durante
siglos, los dominicos y los franciscanos habían incitado a las clases
bajas
—a las que llamaban el pueblo menudo—, provocando en ellas un odio
implacable
contra los hebreos. Desde las matanzas del año 1391, en las que
habían
muerto nada menos que cincuenta mil judíos, en la única conversión en
masa
de la historia judía, centenares de miles habían aceptado a Cristo, algunos
para
salvar la vida y otros para prosperar en sus oficios en una sociedad que
aborrecía
a los de su religión.
Algunos,
como Espina, habían acogido a Jesús en su corazón, pero muchos
cristianos
sólo de nombre habían seguido adorando en privado al Dios del Antiguo
Testamento.
Éstos eran tan numerosos que, en 1478, el papa Sixto IV había
aprobado
el establecimiento de la Santa Inquisición para el descubrimiento y la
destrucción
de los cristianos descarriados.
Espina
había oído a algunos judíos llamar « marranos» a
los conversos y
señalar
que éstos serían condenados por toda la eternidad y no resucitarían en el
Juicio
Final.
Con
más caridad, otros llamaban a los apóstatas, anusim,
los obligados, y
señalaban
que Dios perdonaba a los que habían sido forzados a convertirse y
comprendía
su necesidad de sobrevivir.
Espina
no figuraba entre los obligados. El personaje de Jesús lo había
intrigado
en su infancia desde que entreviera fugazmente a través del pórtico
abierto
de la catedral la figura de la cruz, a la que su padre y otros judíos
llamaban
a veces « el hombre colgado» . Cuando estaba
aprendiendo el oficio de
médico
y trataba de aliviar el sufrimiento humano, se había sentido atraído por
los
sufrimientos de Cristo y poco a poco su inicial interés había madurado en una
ardiente
fe y convicción que, finalmente, había desembocado en un deseo de
alcanzar
la pureza cristiana y el estado de gracia.
Una
vez sellado el compromiso, se enamoró de una divinidad y le pareció
que
su devoción era mucho más fuerte que la de alguien que y a fuera cristiano
desde
su nacimiento. El ardiente amor hacia Jesús de Saulo de Tarso no podía
haber
sido más fuerte que el suy o, inamovible y seguro, más intenso que
cualquier
anhelo que sintiera un hombre por una mujer.
Se
había convertido al cristianismo al cumplir los veintidós, un año después de
haber
alcanzado el título de médico. Su familia se había puesto de luto por él y
había
rezado un kaddish como si hubiera muerto.
Cuando su padre, Jacobo
Espina,
antaño tan lleno de orgullo y de amor, se cruzaba con él en la plaza, le
negaba
el saludo y no daba la menor señal de reconocimiento. Por aquel
entonces
Jacobo Espina estaba viviendo el último año de su vida. Llevaba una
semana
enterrado cuando Bernardo se enteró de su muerte. Bernardo rezó una
novena
por su alma, pero no pudo resistir el impulso de rezar también un kaddish,
llorando
solo en su dormitorio mientras recitaba la oración por el difunto sin la
consoladora
presencia del minyan
el grupo de nueve hombres necesario para
que
se pudieran celebrar las funciones religiosas.
La
nobleza y la burguesía aceptaba a los conversos acaudalados o prósperos,
y
muchos de éstos se casaban con cristianas viejas. El propio Bernardo Espina
había
contraído matrimonio con Estrella de Aranda, hija de una aristocrática
familia.
En medio del primer revuelo de la aceptación familiar y del nuevo
arrebato
religioso, había abrigado la irracional esperanza de que sus pacientes lo
aceptaran
como a un correligionario, un « judío completo»
que había aceptado a
su
Mesías; sin embargo, no se extrañó de que lo siguieran despreciando como
judío.
Durante
la juventud del padre de Espina, los magistrados de Toledo habían
aprobado
un estatuto:
«Declaramos que los llamados conversos, vástagos de perversos
antepasados judíos, deben ser considerados por ley infames e
ignominiosos,
ineptos e indignos de ostentar cargos públicos o beneficios en la
ciudad de
Toledo o en el territorio de su jurisdicción, o actuar como
testigos de
juramentos o en representación de notarios, o ejercer cualquier
autoridad
sobre los verdaderos cristianos de la Santa Iglesia Católica».
Bernardo
pasó por delante de otras comunidades religiosas, algunas casi tan
pequeñas
como el priorato de la Asunción y otras tan grandes como una pequeña
aldea.
Bajo la monarquía católica se había popularizado el servicio en la Iglesia.
Los
segundones de las familias de la nobleza, excluidos de la herencia en virtud
de
la ley del may orazgo, se entregaban a la vida religiosa, en la que la
influencia
de
su familia les aseguraba un rápido ascenso. Las hijas menores de las mismas
familias,
debido a las cuantiosas dotes que exigía el casamiento de las
primogénitas,
eran enviadas a menudo a un convento. La vida religiosa atraía
también a
los campes
FRUTOS OPIMOS DEL HUERTO «ABANDONADO»-
Por medio del «abandono científico»
de su tierra, este hortelano
duplicó la cosecha.
.FRUTOS OPIMOS DEL HUERTO «ABANDONADO»
(Condensadod¿
«Country Gentleman »)
Por Frank J. Taylor
SELECCIONES DEL READER'S DIGEST
JUNIO DE 1947
HACE ya doce años que ni arado ni cultivadora tocan el suelo del huerto de perales de Rory A. Collins en Hood River, estado de Oregón. Las lozanas ramas de los árboles cuelgan sobre un suelo enmarañado, donde la maleza crece tanto y tan tupida en verano, que es casi impenetrable. Según los horticultores ortodoxos, el terreno no debería ser bueno ahora sino para devolvérselo a los indios. Sin embargo, es el huerto más productivo del estado.
Cuando a Collins le piden que explique su técnica, fundada al parecer en la pereza, hunde la pala en el suelo, saca
un poco de tierra y enseña el rico mantillo que ha fabricado con su
«abandono científico». Calcula que, poco más o menos, ha agregado otro
tanto al mantillo que la naturaleza le dio, y duplicado así la
productividad del suelo.
«Lo que la mayor parte de los agricultores necesitan », dice, «no son más fanegadas, sino más mantillo en las que tienen. »
Collins ideó su sistema hace unos quince años, durante un período aciago para los cultivadores de Hood River. Los
horticultores estaban gastando grandes sumas de dinero prestado en
podar y rociar los árboles, darles las labores y abonar el suelo.
Los precios bajaron hasta diecinueve dólares y cincuenta centavos por
tonelada métrica, que era menos de lo que costaba la producción de peras
y manzanas. Fue entonces cuando Collins cerró sus libros de agricultura
y echó por su propio camino.
«Es un disparate», dijo, disgustado con los métodos corrientes, «quitar
con la poda los vástagos más nuevos y vigorosos, y arrastrar por el
suelo arados cuyos discos cortan las raíces de los árboles. En mi tierra
ya no hay poda, ni arado, ni labores.»
Hasta entonces, su
huerto había tenido poco más o menos la misma apariencia que los otros.
En él no había maleza. Los árboles estaban bien podados y todos tenían
una misma altura. El primer año de «abandono científico», Collins
dejó crecer la hierba y la maleza y sembró trébol, alfalfa y arveja. De
una hacienda de ovejas llevó estiércol y lo extendió debajo de los
árboles sobre la hierba, a razón de unas veintitrés toneladas métricas
por hectárea, agregando como cuatro kilos de nitrato (salitre) por
árbol. Otros horticultores le hicieron presente que eran la hierba y la maleza las que aprovechaban el abono, y no los árboles.
«Así está bien», contestó Collins. «Cuanto más
abono aprovechen la hierba y la maleza, así como las plantas nacidas de
las semillas que sembré, tanto más humus producirán después para los árboles.»
Todos los veranos, Collins echaba más estiércol alrededor de los árboles. Cada dos años agregaba superfosfatos para estimular el desarrollo de las siembras de abono (trébol, alfalfa, etc.). En el verano, antes de la cosecha, le
pasaba al huerto una especie de aplanadera hecha de dos troncos en cruz
y arrastrada por un tractor, para abatir las plantas de abono y las
hierbas, que a veces eran más altas que Collins. Así permanecían verdes,
al paso que, si eran cortadas, se secaban. Con el tiempo, las plantas de abono desalojaban las hierbas. En el invierno se podrían y se convertían en rico humus, en que las raíces de los árboles se extendían y multiplicaban, formando una gran red alimentadora.
«Estas raíces que llevan el alimento a los árboles son las que solíamos cortar con los discos del arado», dice Collins
La
capa de mantillo formada por su sistema tiene unos treinta centímetros
de espesor y absorbe toda el agua de riego como papel secante. Ni una gota se pierde por desagüe. Un
año Collins, para aumentar el poder absorbente del mantillo, roció
aserrín debajo de los árboles, formando una capa de varios centímetros
de espesor. El aserrín contribuyó además a la formación de mantillo, el
cual retenía el abono agregado al suelo hasta que se descomponía en
sustancias solubles alimenticias.
«Si a un huerto de
perales desmalezado y escarificado se le echaran los montones de abono
que yo le echo al mío», dice Collins, «las hojas de los árboles se
abrasarían. Pero obsérvense los de mi huerto. ~Dónde se vieron nunca árboles de mejor color? Es porque su alimento está almacenado en el mantillo, y las raíces lo toman cuando el árbol lo necesita.»
Toda la poda que hace Collins se reduce a cortar las ramas secas y las que han cesado de fructificar. Deja en el suelo las ramas cortadas, que se pudren y sirven de abono.
Collins
no corta los renuevos que brotan en la copa de los árboles. Otros
horticultores los cortan en sus podas, por la dificultad de coger las
frutas que producen. Al cabo de un año,
estos renuevos, cargados de peras, se doblegan hacia abajo hasta
apoyarse en las otras ramas. Todas las peras están en la parte de afuera
del árbol, donde les da el sol. Al principio, todo el mundo predijo que las ramas se quebrarían bajo el peso de las frutas; pero no se quebraron.
«Así fue como la naturaleza ordenó que los árboles crecieran y produjeran», dice Collins. «Dénseles a las ramas alimento apropiado y suficiente, y déjense crecer, sin temor de que se quiebren. Desmochando los árboles se forman junturas débiles.»
Algunas frutas pueden estar demasiado altas para cosecharlas fácilmente. Collins no las cosecha. Al
año siguiente las ramas que las producen, habiendo crecido, se doblegan
al peso de las peras hasta llegar a las ramas de abajo, donde las
frutas pueden cogerse sin dificultad.
Los vecinos de Collins predijeron que sus árboles serían destruidos por insectos dañinos criados en los raigambres del suelo. Sin embargo, él no rocía sino cuatro veces al año, al paso que la mayor parte de los otros horticultores rocían más a menudo. En su huerto hay ahora menos insectos destructivos que cuando lo cultivaba por los métodos corrientes. «Actualmente debe de haber allí más bichos que se comen los bichos dañinos», dice.
Collins tiene seis hectáreas de árboles que ya producen, y dos hectáreas de árboles que aún no han empezado a fructificar. ¡Y qué árboles! Al fin del verano, cuando a los de los huertos vecinos empiezan a secárseles las hojas, los de Colins ostentan hojas lustrosas de color verde oscuro.
A los cinco años de plantados en su nuevo huerto, los árboles tienen
entre 3,7 y 4,6 metros de alto y están ya fructificando. Según Collins, a
no ser por su método de «abandono científico», los árboles no llegarían
en ese tiempo sino a la mitad de la altura a que ahora llegan.
Actualmente,
Collins cosecha entre dos mil quinientos y tres mil setecientos cestos
de peras por hectárea. Pero se propone continuar fabricando mantillo
y«abandonando» su huerto hasta que produzca cuatro mil setecientos
cestos por hectárea, o sea, tres veces más que lo que por término medio
producen los mejores huertos de Oregón.
«No pretendo que mi método sea el único método eficaz de cultivar huertos de árboles frutales», dice Collins; «pero sí me parece que es un método racional.»
Y así me pareció a mí. Cuando visité su finca, calculé que el valor de la cosecha de 1946 ascendería a 40.000 dólares.
Así se escribe la historia
N mi carácter de fotógrafo al servicio del estado mayor del general McArthur, participé en los arreglos que se hicieron para tomar las películas de la rendición japonesa a bordo del Missouri.
Se convino entre los fotógrafos de las naciones aliadas que aquélla
sería una cuestión de «todos para uno y uno para todos», y que
formaríamos una especie de fondo común para uso mundial. Las películas
se enviarían todas a Wáshington por la vía aérea, y allí las distintas
embajadas—la inglesa, la rusa, la francesa, la china, etc.—recibirían no
sólo las tomadas por sus propios fotógrafos sino, también, las de los
otros países. Pero después de la ceremonia, un coronel ruso se acercó a
mí para decirme:
—Tengo que enviar nuestras películas a Vladivostok.
—Pero
así no tendrán ustedes sino una vigésima parte de lo que se tomó.
Nuestra idea es dar a cada uno todas las películas del fondo común.
—Lo sé, pero ésa es la orden que he recibido—contestó.
Meses después, cuando tuve ocasión de conocer a un famoso corresponsal estadounidense que acababa de regresar de Moscú, comprendí por qué los rusos no quisieron dar sus películas para el fondo común. Según aquél me contó, al
pueblo ruso se le estaba exhibiendo una película de la victoria en la
cual los soviets tomaban a Berlín y ganaban la guerra europea sin el auxilio de nadie. Luego la misma película mostraba la invasión de Manchuria—y al general Derevyanko recibiendo la rendición japonesa a bordo de un barco de guerra cuyo nombre no se mencionaba.
Los comentarios implicaban que los soviets habían ganado también esa guerra sin la ayuda de nadie. Aparentemente
los fotógrafos rusos a bordo del Missouri tomaron solamente las
películas de Derevyanko y la delegación japonesa, arreglando sus cámaras
de tal manera que todo lo demás aparecía como un fondo
fuera de foco. Colaboración de Bertrana Kalish
EL SUEÑO DEL JOVEN ALEXANDER DUFF
EL SUEÑO DEL JOVEN ALEXANDER DUFF
Un joven escocés que yacía al pie de
un arbusto junto a un arroyo, se quedó dormido y tuvo un sueño
maravilloso. El cielo se tornó glorioso con una luz radiante y
dorada. En medio de esta luz emergió una carroza tirada por caballos
de fuego.
Con una rapidez cada vez
más creciente la carroza descendió del cielo y cuando llegó cerca del
muchacho, escuchó una voz tan dulce como el arroyo murmurante que
descendía de la montaña que decía: “Ven aquí, tengo trabajo para ti”. Cuando se puso de pie para obedecer, se despertó y descubrió que era un sueño.
La impresión no le abandonó y un día el joven fue a su habitación, se puso de rodillas al lado de su cama y oró: “Señor, sabes que no tengo ni oro ni plata. Y lo que tengo te lo entrego a ti. Me ofrezco yo mismo. ¿Aceptarás mi regalo?”.
Dios aceptó su regalo y ese joven se convirtió verdaderamente en uno
de los más grandes misioneros. Su nombre era Alexander Duff,
misionero en India.Old Testament Leaders
RAMIO, LA FIBRA SIN PAR
RAMIO, LA FIBRA SIN PAR
La máquina que tiene un gran porvenir para una fibra que tiene un gran pasado.
(Condensado de
« The Toronto Star IVeekly»)
Por Edwin J. BECKER
SELECCIONES DEL READER´S DIGEST
JUNIO DE 1947
HACEE miles de años que el hombre conoce una fibra ideal para hilo,
cuerdas y tejidos de casi toda clase, como alfombras y géneros
destinados a hacer ropa, desde los más burdos hasta los más finos. Esta
fibra maravillosa es el ramio. Tiene el brillo suave de la seda, es más
fresca y más absorbente que el lino, y no necesita blanqueo, pues es
naturalmente de color blanco puro. Se lava con la misma facilidad que el algodón, pero no deja las hilachas que éste deja a menudo. No se encoge, ni se estira ni se destiñe con el tiempo. Es más resistente que el cáñamo, y aun que el nylón.
¿Por qué, entonces, no se usa universalmente? Porque es demasiado costosa.
El ramio se saca de la parte interior de la corteza de una planta
perenne que, en climas cálidos, con buen suelo y abundancia de lluvia,
crece hasta una altura de dos metros en sesenta y cinco días. Su cultivo es fácil y poco costoso;
pero el segarla, quitarle la corteza, que es correosa y resistente, y
separar de las fibras el flúido pegajoso que las rodea y se les adhiere,
ha sido siempre trabajo de mano sumamente laborioso. Aun producido en China y en la India, donde los salarios son los más bajos del mundo, el ramio ha resultado demasiado costoso y no ha podido competir con otras fibras,
salvo para unos pocos usos especiales. Con todo, la China producía como
veinte mil toneladas por año antes de la guerra mundial pasada.
En la actualidad, tras largos años de esfuerzos infuctuosos, se ha
logrado perfeccionar máquinas adecuadas para cortarlo y prepararlo. Varios
comerciantes emprendedores y tenaces de la Luisiana tienen 2800
hectáreas de tierra sembradas de ramio, en tanto que en la Florida,
donde las tierras pantanosas de las vastas ciénagas llamadas Everglades
resultan ideales para el cultivo, se han sembrado ya varios miles de
hectáreas. Hay una compañía que espera producir trescientos sesenta mil kilos de fibra en 1947.
Las estaciones agrícolas experimentales de los estados norteamericanos
del golfo de México creen que con el tiempo habrá en esa región como
cuatro millones de hectáreas sembradas de ramio, el cual será allí el
producto principal de la agricultura.
Gilbert Brercion, canadiense de origen irlandés, inventó
una máquina muy eficaz para cortar y descortezar ramio, y una para
separar la fibra de la sustancia gomosa que la rodea. De paso
en Londres cuando el bombardeo aéreo de 1939, le llamó un dia la
atención una manguera de apagar incendios que tenía aspecto extraño y resistía enormes presiones y tratamiento duro. Estudiándola, vio que estaba hecha de ramio (el cual resiste más cuando mojado que cuando seco). Luego supo por qué se conocía y usaba tan poco este excelente material, y resolvió idear maquinaria para la producción barata de la fibra.
Afortunadamente, Brereton tenía la audacia de la ignorancia. No sabía cuántos inventores, aun antes que él naciera, se habían devanado los sesos y habían fracasado tristemente buscando solución al problema. En 1869, el gobierno inglés había ofrecido un premio de cinco mil libras esterlinas por una buena descortezados, pero nadie lo había ganado. En los archivos de la oficina de patentes de los Estados Unidos hay más de mil para máquinas de cortar y elaborar ramio.
Brereton
viajó por varios países estudiando el cultivo de la valiosa planta y la
extracción y preparación de la fibra. Luego, en un taller de Nueva
Orleáns, proyectó, construyó, desbarató y reconstruyó máquina tras máquina durante dos años, hasta
que al fin varias de ellas se probaron con buen éxito en una granja
agrícola de Alabama perteneciente a una penitenciaría; granja que a la
sazón cultivaba el ramio por vía de experimento.
La segadora
descortezados de Brereton se asemeja a la segadora combinada que se
emplea para granos. Corta la planta y la descorteza a medida que avanza
en el sembrado movida por su propio motor. Después, en la instalación
central, se le quita la materia gomosa a la corteza.
Durante la última guerra mundial, el ramio fue sumamente útil para jarcias de barcos, mangueras de apagar incendios y cuerdas de paracaídas.
Su resistencia a la tensión es cuatro veces mayor que la del lino, tres
veces mayor que la del cáñamo, y ocho veces mayor que la del algodón.
Ya hace un año que se vende ropa de ramio, y algunos fabricantes esperan
emplearlo en la fabricaci5n de varias prendas de vestir, sobre todo
para deportes y veraneo, que aun no se han hecho de él. Se tienen
proyectos para aplicarlo a muchos otros artículos, desde sábanas y
tapicería hasta redes de pescar.
Los antiguos egipcios envolvían las momias en una tela blanca que ha durado cuatro mil años. Esa tela es de ramio. Un fabricante de tejidos dijo sonriendo: «Lo peor del ramio es que es demasiado bueno y durable. Tendremos que mezclarlo con algodón para que no dure tanto».
______________
DURANTE el tiempo que estuve trabajando con Scotland Yard, aprendí, entre otras cosas, que para
hacerle contestar a un hombre la verdad, los ojos del que lo interroga
deben estar a un nivel más alto que los del interrogado.
En mi cuarto había una silla de brazos cuyo asiento estaba escasamente a
treinta centímetros del suelo. Allí era donde sentábamos a todo
sospechoso para interrogarlo. Una y otra
vez noté que cuando se le hacía una pregunta comprometedora, el
interrogado trataba de levantarse de la silla apoyándose en los codos. Un
colega mío, que había notado la misma cosa, me hizo sentar allí por vía
de experimento y me sometió a un severo interrogatorio. Cada vez que me hacía una pregunta difícil, yo experimentaba el impulso de ponerme a su mismo nivel. Si mi observación es acertada, como creo que lo es, en los tribunales del crimen no se procede acertadamente cuando se exige al testigo que suba a una elevada plataforma, quedando así mucho más arriba del que lo interroga.
Sir Basil Thomson en The Story of Scotand Yard (Doubleday, Doran)
ASÍ ESTÁ EL MUNDO
Fragmentos tomados de la revistadigital LLAMADA DE MEDIANOCHE Agosto de 2018
¿Quiénes son los perros descritospor Pablo? En aquel entonces,los perros eran distintosa los perros que conocemoshoy. En nuestra sociedad, el perroes un animal domésticoconsiderado agradable, amable,e incluso el mejor amigo.En aquel entonces, los perroseran salvajes, se trasladaban enmanadas y su única meta eraconseguir una presa. De la mismamanera, se comportan los falsos maestros que logran meterseen las iglesias: buscan aquién devorar, cuándo poderaprovechar un punto débil.ACONTECIMIENTOS DEL TIEMPO PRESENTEJudas Iscariote yel cristianismomodernoEl traidor de nuestro Señor es, almismo tiempo, una imagen del Israelanticristiano de los tiemposdel fin y de un cristianismo que escada vezmás anticristiano.Por Norberth LiethLlamada de MedianocheAgosto 2018
Mahoma es levantadoy Jesús rebajado, al Corány la Sharia se le hace concesiones,y la Biblia es expulsada.
Las conversiones al islam sonaprobadas, y en parte, ejemplificadaspor lugares cristianos. A su vez,las mismas iglesias critican al primerministro bávaro por querercolgar cruces en las oficinas. Unalumno fu emultado con 300 eurospor no participar en una excursiónsobre el islam, y los padres comparecenen juicio por negar la visita ala mezquita y por temer un adoctrinamientoreligioso.Estado y medios de comunicacióndan la impresión como si elterrorismo islámico fuera inofensivoy equiparable con la evangelizacióncristiana.Quien va a las calles en manifestacionesa favor de la vida, esatacado, insultado masivamente yestorbado; quien oficialmente luchaa favor del aborto, es celebradoen losmedios de comunicación (finalmente,Bono, estrella de U2, sesubió al tren del espíritu del tiempopresente y públicamente está a favordel aborto como derecho humano).En escuelas británicas, desde2015, parece estar expresamenteprohibido, enseñar otra cosa sobreel origen del mundo que no sea lateoría de la evolución.
Christopher-Street-Day (manifestación de homosexuales,lesbianas, etc), y el PapaFrancisco comenta, que no habríadiferencia entre la Biblia y el Corán.Bill Gates pide por un gobiernomundial, y el SchwarzwälderBote pregunta preocupado, dóndeestaría el nuevo policía mundial.La sexualización temprana delos niños está en su auge; el plande enseñanza 21 de Suiza fomentala tendencia anticristiana por la víade la formación; el matrimonio paratodos se ha convertido en normasocial; Alemania y Europa estánsiendo totalmente “descristianizados”;el mainstream de género–hace algunos años totalmenteimpensable– ha llegado al centrode la sociedad; inseguridad y terrorismo
MI LÁMPARA
Tú encenderás mi lámpara; Jehová mi Dios alumbrará mis tinieblas.
Salmo 18.28
¿LIBERTAD RELIGIOSA EN AMERICA LATINA? JORGE P. HOWARD
¿LIBERTAD RELIGIOSA EN AMERICA LATINA?
JORGE P. HOWARD
ARGENTINA
1946
POR QUE HE ESCRITO ESTE LIBRO
En junio de 1942 llegué a los Estados Unidos de Norte
América invitado por diversos centros culturales, organizaciones
e iglesias para dar conferencias sobre la América Latina. Inme-
diatamente de empezar a cumplir el extenso programa que se
me había preparado, me encontré frente al problema de la in-
tensa campaña que realizaba la iglesia católica en los Estados
Unidos en contra de la obra de las iglesias evangélicas o pro-
testantes en la América Latina. Ale hallé en una situación un
tanto difícil: conocía la tradicional tolerancia del pueblo norte-
americano y el respeto que ese pueblo guarda para todas las
expresiones de fe religiosa, y no quería yo chocar con esa
actitud tan generosa. Además, por naturaleza y educación me
repugna la controversia religiosa. No he tenido nunca la cos-
tumbre de atacar a los católicos romanos. Me había formado
en una escuela de amplia tolerancia. Quise esquivar el problema,
pero fué vano intento. El público norteamericano estaba viva-
mente interesado en el asunto y me obligó por medio de sus
insistentes preguntas a encarar el problema. Arreciaban en las
revistas católicas de los Estados Unidos los ataques a la obra
misionera protestante. En sermones y conferencias los oradores
católicos arremetían contra el protestantismo sin consideración
ni moderación. Me hallé frente a una campaña tan descarada
y de tan mala fe, que no fué posible pasarla por alto. Aparecían
6 ¿LIBERTAD RELIGIOSA EN LA AMERICA LATINA?
en la prensa acusaciones y declaraciones tan descomedidas que
resultaban ser no sólo falsas, sino insultantes para la fe evangélica
que profeso.
Era evidente que se iniciaba una campaña mundial tendiente
a hacer triunfar en el período de la post-guerra el plan de aus-
piciar la más completa libertad de cultos doquiera estuviese en
minoría el catolicismo, pero en cambio, asegurar el monopolio
para esa iglesia en aquellos lugares donde tuviera el poder para
suprimir la rivalidad de otras comuniones religiosas. La guerra
que ha sido desatada contra las misiones protestantes en la
América Latina es evidentemente el primer movimiento estra-
tégico hacia la realización de aquel plan. Los evangélicos en la
América Latina, que en un 90 % son nacionales de los diversos
países hispanoamericanos, son las primeras víctimas de la invec-
tiva y tergiversación católicas.
¿Qué es lo que alega la prensa católica en los Estados Uni-
dos en contra de la obra evangélica en la América Latina? Que
la presencia de pastores y maestros protestantes despierta un
profundo resentimiento en los pueblos de nuestra América.
Que la obra religiosa protestante es el mayor obstáculo para
la realización de la política de "buen vecino". Que los pueblos
de la América hispana son un 99 % católicos y que el proseli-
tismo protestante no hace más que destruir la fe de aquellos
que escuchan su prédica.
¿Sería verdad todo esto? Soy argentino de nacimiento y
durante treinta y cinco años consagrados a la extensión del
cristianismo, he vivido en diversas repúblicas sudamericanas.
En todo ese tiempo yo no había visto señales de semejante re-
sentimiento o antagonismo. En ciertos círculos, claro está, se
suele vilipendiar al protestantismo, acusándolo de ser agente de
ciertos imperialismos. Aquellos que quisieran ver un retorno a
la situación religiosa y al feudalismo de la época colonial, re-
POR QUÉ HE ESCRITO ESTE LIBRO
7
niegan del protestantismo. Aquellos que temen al pueblo y,
aun más, a las formas democráticas de vida, siempre serán
enemigos del protestantismo.
Pensaba, sin embargo, que quizás yo me hubiera equivo-
cado y que, en realidad, estaba viviendo engañado. ¿Sería
verdad que la vasta mayoría de los pueblos sudamericanos odia-
ban al protestantismo? ¿Cómo podría cerciorarme de los ver-
daderos sentimientos que se abrigaban hacia los evangélicos?
Había una sola manera de descubrir la realidad de estos senti-
mientos: regresaría a los países de mi América; me dirigiría
con todo candor a las personas influyentes en la vida moral,
social y política y trataría de requerir la opinión de ellos acerca
del asunto. A los escritores, educadores y miembros de la banca
y del comercio, les preguntaría: ¿Qué piensa usted de los pro-
testantes? ¿Somos un obstáculo para las buenas relaciones entre
las dos Américas? ¿Cree usted que la obra docente y religiosa
de los evangélicos debe ser suprimida? ¿Considera usted que
sería benéfico para la América del Sud cerrar las fronteras a
toda otra fe religiosa que no sea la católica romana?
Pensé que sería interesante entrevistarme con aquel comer-
ciante en La Paz, Bolivia, que una vez, sin conocerme ni saber
quién era yo, me relató una experiencia que acababa de tener.
Dos indios se habían presentado en el negocio para hacer com-
pras. Habían venido de una remota colonia en el altiplano.
Uno compró una máquina de coser y el otro varias piezas de
género.
—Estaban limpios y no masticaban coca, me decía el comer-
ciante. Tenían dinero con qué pagar sus compras. Iban a esta-
blecer un pequeño negocio en la colonia donde vivían. Antes
habían sido socios en una venta de coca. Pero se habían con-
vertido al evangelio en una misión protestante, habían suprimido
sus vicios y hecho los consiguientes ahorros con que ahora
8 ¿LIBERTAD RELIGIOSA EN LA AMERICA LATINA?
inauguraban un pequeño negocio. ¡Parece imposible! No creía
yo que fuera posible obrar semejante transformación en nues-
tros indios.
¿Sería posible que este comerciante se sintiera agraviado
u ofendido por la presencia de misioneros protestantes que rea-
lizaban obra de tan indiscutible beneficio para Bolivia?
Pensé que sería interesante preguntar al gobierno boliviano
por qué distinguió con la más alta condecoración al médico
misionero evangélico, doctor Francisco D. Beck, y al gobierno
brasileño por qué concedió en el año 1943 al doctor H. C.
Tucker, representante de la Sociedad Bíblica y misionero pro-
testante durante cincuenta y seis años en el Brasil, la honrosísima
condecoración o commenda da ordem do Cruzeiro do Sul. La
misma distinción que le fué concedida también al doctor Ben-
jamín H. Hunnicutt, rector del colegio evangélico Mackenzie
College, de San Pablo. Mientras que en Habana, Cuba, en 1943,
los misioneros doctores Bardwell y Neblett fueron declarados
"hijos adoptivos" de Cuba en reconocimiento de la actividad
religiosa que habían desempeñado durante largos años.
En vista de todo esto emprendí el viaje de regreso a la
América del Sud en setiembre de 1943. Me detuve en Chile,
Argentina, Uruguay, Brasil, Bolivia, Perú, Colombia y México.
La mayor parte de las personas con quienes celebré entrevistas
eran católicas. Varios de estos países experimentaban a la sazón
una grave tensión política o social. Las fuerzas reaccionarias
dominaban en algunos de ellos. Mis amigos me decían: No
pudo usted haber venido en un momento más inoportuno. No
es fácil decir hoy con franqueza lo que se piensa. Las personas
con quienes usted piensa entrevistarse le expresarán sus opinio-
nes en privado, pero no querrán que usted haga públicas y
notorias esas opiniones.
HACE PERFECTO MI CAMINAR
SALMO 18
18:32 Dios es el que me ciñe de poder,
Y quien hace perfecto mi camino;
18:33 Quien hace mis pies como de ciervas,
Y me hace estar firme sobre mis alturas;
18:34 Quien adiestra mis manos para la batalla,
Para entesar con mis brazos el arco de bronce.
18:35 Me diste asimismo el escudo de tu salvación;
Tu diestra me sustentó,
Y tu benignidad me ha engrandecido.
18:36 Ensanchaste mis pasos debajo de mí,
Y mis pies no han resbalado.
18:37 Perseguí a mis enemigos, y los alcancé,
Y no volví hasta acabarlos.
18:38 Los herí de modo que no se levantasen;
Cayeron debajo de mis pies.
18:39 Pues me ceñiste de fuerzas para la pelea;
Has humillado a mis enemigos debajo de mí.
18:40 Has hecho que mis enemigos me vuelvan las espaldas,
Para que yo destruya a los que me aborrecen.
18:41 Clamaron, y no hubo quien salvase;
Aun a Jehová, pero no los oyó.
18:42 Y los molí como polvo delante del viento;
Los eché fuera como lodo de las calles.
18:43 Me has librado de las contiendas del pueblo;
Me has hecho cabeza de las naciones;
Pueblo que yo no conocía me sirvió.
18:44 Al oír de mí me obedecieron;
Los hijos de extraños se sometieron a mí.
18:45 Los extraños se debilitaron
Y salieron temblando de sus encierros.
18:46 Viva Jehová, y bendita sea mi roca,
Y enaltecido sea el Dios de mi salvación;
APENDICE G-" LIBERTAD RELIGIOSA EN AMERICA LATINA"?
¿
"LIBERTAD RELIGIOSA EN AMERICA LATINA"?
GEORGE HOWARD
APENDICE G
¿Cuál es su opinión sobre el catolicismo en España y en
la Argentina?
Tendré que expresarme con cierta amplitud. Pero debo
empezar diciéndole que en ninguna respuesta mía habrá nada
que a la teología se refiera. Yo no soy teólogo ni sé nada sobre
la materia. Respeto íntegramente el dogma católico con inde-
pendencia de preocupaciones personales. Soy un apasionado
enamorado de la moral de Cristo. No me atrevo nunca a me-
terme en cuestiones dogmáticas, para las cuales mi preparación
no es suficiente. Acato las opiniones de la iglesia católica y
procuro circunscribir la expresión de la mía a aquellos puntos
que se me presentan con diáfana claridad y que iluminan por
entero mi conciencia. Téngase todo esto presente para com-
prender la situación de mi ánimo y para explicarse el porqué
suelo tratar estas cuestiones desde puntos de vista sociales, que
son los que puedo reputar más a mi alcance.
En el pueblo español, la situación de los católicos es ésta:
Una pequeña minoría mística, iluminada, convencida, pro-
fesa el catolicismo con absoluta limpieza, con fe ciega y merece
el más entero respeto porque, sean o no sean las gentes de
claro entendimiento, son sin duda alguna, sanas de corazón; otra
parte más grande ama y sigue las doctrinas de Cristo sin pensar
para nada en el catolicismo ni en el evangelio, pues lo que la
seduce es la maravillosa norma moral que viene del Calvario;
otra parte mucho más grande es la de los vividores de la religión,
que la invocan y dicen servirla, para proteger sus intereses, su
vanidad y sus comodidades; y la inmensa mayoría del pueblo
español, particularmente en las clases humildes, que es total-
APÉNDICE G
221
mente indiferente, no quiere tener nada que ver con Dios ni
con sus creaciones y no profesa ninguna religión positiva.
Esto parecerá un poco duro pero recuerde usted que son sabios
prelados y sacerdotes los que han hablado de la apostasía de
las masas. Luego las masas son apóstatas según esa definición.
Esto es una realidad y de ella hay un ejemplo recientísimo. Los
llamados católicos son los que hicieron la guerra de España.
Se titulan patriotas y hacen invadir su país por ejércitos extran-
jeros. Se apellidan creyentes de la ley de Dios y fusilan fría-
mente a sus hermanos durante cinco años después de la victoria,
encerrando en cárceles a otros cientos de miles. Se denominan
continuadores de la historia de España y todo lo que hacen es
la más viva contradicción de las honradas tradiciones españolas.
El clero ha prodigado ataques contra el régimen legítimo del
país, si se exceptúan los curas vascos, el Cardenal Vidal y
Barraquer, el Obispo Mújica, algunos sacerdotes aislados y los
cincuenta y tantos que se hicieron retratar presos en la cárcel
de Carmona, rodeando al seglar Julián Besteiro, socialista in-
crédulo pero lleno de bondades y virtudes.
Siendo así las cosas, reconocerá usted que en España el
catolicismo está atravesando una fuerte crisis cuyo resultado
nadie puede predecir. Si los católicos fueran humildes, vir-
tuosos, pobres, justicieros y contribuyeran con un inteligente
esfuerzo a la reforma social, en España el catolicismo alcanzaría
una culminación gloriosa. Como son todo lo contrario, el cato-
licismo español está hoy caído y pulverizado.
En cuanto al catolicismo en la Argentina, no tengo ele-
mentos bastantes para juzgarle y además mi situación de huésped
agradecidísimo a una benévola acogida, me dificulta un tanto
la expresión. Pero temo que aquí las cosas sean bastante pare-
cidas a España. El hecho de que todos los fascistas de por acá
sean católicos y persigan la libertad y la democracia ya nos
indica claramente que son más bien defensores de un interés
que prosélitos de un dogma. Añada usted a esto la riqueza
desconcertante del culto, los tesoros de las imágenes, el boato
222 ¿LIBERTAD RELIGIOSA EN LA AMÉRICA LATINA?
de los obispos, vestidos con oro, terciopelo, seda, zafiros, ama-
tistas y brillantes, el lujo de que se rodean, la gran acogida que
a la religión prestan los ricos y comprenderá el desvío de las
masas trabajadoras y menesterosas. Conste que no atribuyo esos
defectos únicamente a España y la Argentina sino a todos los
demás países en que los católicos actúan de la misma manera.
En una palabra, si el catolicismo vuelve a Cristo, plenamente a
Cristo, alcanzará una revivificación gloriosa, pero si persiste en
apartarse de Cristo, quedará condenado a la ruina.
¿Qué concepto tiene usted de los evangélicos?
Perdóneme usted que le hable con entera franqueza. Na-
cido en la Iglesia católica y habiendo pasado toda mi larga vida
en su ambiente, a los evangélicos les conozco mal y aun pudiera
decir mejor, que no los conozco. De sus afirmaciones, unas
me inspiran serias dudas y otras las encuentro totalmente equi-
vocadas. Compartir, no comparto ninguna. Unas porque no
me convencen y otras porque corresponden al campo teológico
en el cual ya he dicho que me abstengo de entrar. Pero de
esta serena actitud, a la enconada aversión de los católicos, hay
una distancia inmensa que yo no recorreré porque ello me
parecería contrario a la caridad cristiana. Lo que haré será
decirle a usted cuatro observaciones concretas mías sobre el
mundo evangélico.
Primera: En España no nos damos cuenta de que haya
protestantes. Hay algunas capillas que tradicionalmente fueron
perseguidas por los gobiernos. Hace unos años se inauguró un
bonito templo en el barrio de Salamanca de Madrid, templo que
yo veía siempre cerrado y al cual no acudía nadie, salvo una
vez que hubo un solemne funeral no sé por qué monarca
europeo.
En Alicante hubo un alcalde muy distinguido que era
evangélico.
Estos son detalles aislados, pero masa de la Iglesia refor-
mada, gentío que abultara y se conociera, yo no vi jamás
APÉNDICE G
223
ninguno. Diríase que en España no hay evangélicos. Mas una
vez en los Cuatro Caminos, que es una de las barriadas más
pobladas y humildes de Madrid, se elevó un gran edificio con
templo y escuela protestantes. Y aquello se llenó de chicos
de un modo desbordante hasta el punto de que los católicos
tuvieron que edificar al lado otra iglesia y otra escuela. Con
esto me quedé desconcertado. ¿Qué pasaba allí? ¿Es que había
una multitud protestante que estábamos lejos de sospechar o
es que los chicos necesitados de escuela iban a la protestante
como habrían ido a cualquiera otra? Quede en suspenso la
averiguación.
Segunda: Fui yo Gobernador civil de Barcelona, en los
años 1907, 1908 y 1909. Había en aquella provincia una ciudad
llamada Vich con sede episcopal y seminario. Un día de feria
fué allí un vendedor de Biblias protestantes y se instaló en el
lugar adecuado con sü mercancía. Los seminaristas se indig-
naron y, haciendo presión sobre el alcalde, que era, por cierto,
un abogado muy buena persona, le obligaron a quitar al ven-
dedor todas las Biblias y sus documentos personales y enviarle
detenido a mi disposición, conducido por una pareja de la
Guardia Civil. Excuso decir a usted cómo me quedé cuando
me lo presentaron en mi despacho. Inmediatamente le di toda
clase de satisfacciones, le devolví sus papeles y libros e impuse
al alcalde una corrección que le obligó a dimitir. El episodio
revela cuánta era la intransigencia de aquellos católicos y cómo
envenenaban un problema insignificante, porque es seguro que
en Vich no se hubiera vendido ni una sola Biblia. El caso fué
para mí aleccionador. Y que yo acerté en mi decisión lo re-
velan dos hechos: uno, que aquella misma noche había formu-
lado la Embajada inglesa una protesta ante el gobierno de
Madrid, que éste pudo atajar explicando que ya había yo en-
mendado el desafuero; y otro, que a los pocos días coincidí
en la inauguración de una fábrica con el obispo de Vich, que
era uno de los obispos más virtuosos y sabios que yo he cono-
cido —el doctor Torras y Bages— y llevándome a un rincón me
224 ¿LIBERTAD RELIGIOSA EN LA AMERICA LATINA?
pidió que le explicara lo sucedido. Se lo referí punto por punto
y el buen prelado me dijo estas palabras, que no he olvidado
nunca: "Yo lamento mucho que haya quien tenga el mal acuer-
do de venir a perturbar a mi rebaño, pero usted como autoridad
civil, tenía que velar por la libertad de todos y ha obrado usted
perfectamente, como corresponde en derecho". Si en España
fueran los católicos como ese obispo, no veríamos nada de lo
que vemos.
SUEÑO GRANDE PERO NO IMPOSIBLE- TELEFÉRICO AL MIRADOR DIEGUEZ OLAVERRI
Un hermoso sueño hecho realidad, sería
ver algún día funcionando a toda máquina un teleférico que
transportara a nosotros los huehuetecos, a los turistas nacionales y
extranjeros a la cumbre de la cordillera de los Cuchumatanes, especificamente al Mirados Juan Dieguez Olaverri. Vendría mucho turismo a subir la cordillera de los Cuchumatanes. El recorrido podría inciar en las Ruinas de Zaculeu , siguiendo la carretera rumbo a la dirección de Chiantla, y en un lugar adecuado al pie de los imponentes azules Cuchumatanes subirse a a las cabinas del teleférico. En algún lugar de Guatemala o del mundo estará la empresa qué algún día acometa esta gran visión de futuro.GRANDE, PERO NO IMPOSIBLE-
TIO DE BELISARIO DOMINGUEZ DE COMITÁN- ALG. BAUT. CHIANTLA
CON TODA PROBABILIDAD LA SEÑORA ESPINOSA ERA ORIGINARIA DE COMITÁN, CHIAPAS-ALGUNOS BAUTISMOS DE HISPANOAMERICANOS
VILLA DE CHIANTLA-HUEHUETENANGO
GUATEMALA-CENTROAMERICA
1-3-4
6
FRANCISCO HERRERA TELLO- SACADA PARA CASARSE EN GUEGUETENANGO EN 1855-
7
MARIA YNES FELICITAS MUÑOS HIJA DEL CIUD. JOAQUIN MUÑOS Y DE LA CIUD. BENANCIA BELASQUEZ ( EN PARTIDAS ANTERIORES ANOTADOS COMO ESPAÑOLES)
MARIA DEL CARMEN PALENCIA-HIJA DEL C. JOSE FRANCISCO PALENCIA Y DOLORES ESPINOZA- (EN PARTIDAS ANTERIORES ANOTADOS COMO ESPAÑOLES) FUE PADRINO EL CIUDADANO CORONEL Y COMANDANTE GENERAL DEL ESTADO DE CHIAPAS JOSE MARTINES- CON TODA PROBABILIDAD LA SEÑORA ESPINOSA ERA ORIGINARIA DE COMITÁN, CHIAPAS-
10
MONICO CANO- SACADA PARA ATITLAN 1851
ESTANISLAO RODRIGUEZ CANO- VISTA PARA TECPAN-GUATEMALA-
12-118
MARIA DE LA VISITACION GARCIA
1832
17
( TIO DE BELISARIO DOMINGUEZ PALENCIA, PERSONAJE DESTACADO DE COMITÁN. CHIAPAS- LA MADRE DE DE BELISARIO FUE MARIA DOLORES PALENCIA ESPINOSA, HIJA DE FRANCISCO PALENCIA Y MARIA DOLORES ESPINOSA-)
YDEFONSO YGNACIO FRANCISCO PALENCIA-ESPAÑOL- REGISTRADA PARA COMITAN EN 1855-HIJO DE C. JOSE FRANCISCO PALENCIA Y DE LA CIUD. MARIA DOLORES ESPINOSA-FIRMA- FERNANDO CORRAL-
MADRE DE BELISARIO DOMINGUEZ- COMITAN- DE CHIANTLA
ALG. BAUT. DE VILLA DE CHIANTLA
HUEHUETENANGO-GUATEMALA
CENTRO AMERICA
19
JOSE ESCOBEDO MATA
22-127
22
BENTURA ESCOBEDO CALDERON
23
ANA FRANCISCA MAZARIEGOS CASTAÑEDA-SACADA PARA SAN JUAN SACATEPEQUES- 1852
25
MARIA QUINTANILLA MORALES
FRANCISCO LOPES FUENTES
MARIA FRANCISCA DEL PILAR MERIDA TELLO
26
JOSE FRANCISCO TELLO MORALES- SACADA PARA CUYOTENANGO AÑO DE 1860-
CLAUDIA LOPEZ- 1850 SACADA PARA PATULUL-
27
UBALDO TORRES- PARA CASARSE EN GUEGUETENANGO- 1836
AÑO DEL SEÑOR DE 1833
28-135
NICANORA OLIBEROS
31
MANUEL DEL ESPIRITU SANTO LOPEZ LOPEZ
JUANA BAUTISTA GUERRA GALICIA
AÑO DE 1834
MANUELA FRANCISCO TELLO- PARA SAN PEDRO SACATEPEQUES-1 SEP-DIC 1853
32-40 INICIO
44 (3)
JOSE BALENTIN MUÑOS -HIJO DE JOAQUIN MUÑOS Y BENANCIA VELASQUEZ-
(EN PARTIDAS ANTERIORES ANOTADOS COMO ESPAÑOLES)PADRINOS JOAQUIN MONT Y BACILIA ANTONIA OCAÑA
MARIA DEL CARMEN PALENCIA-VISTA PARA CASARSE EN COMITAN 1857- JOSE FRANCISCO PALENCIA Y DE LA CIUD. MARIA DOLORES ESPINOSA ( EN PARTIDAS ANTERIORES ANOTADOS COMO ESPAÑOLES)-FUE SU PADRINO EL CIUDADANO PRESBITERO BERNABÉ LEMUS, CURA P. DE GUEGUETENANGO-
MARIA DE LA SUNCION FERNANDEZ
47
93-francisca LEIBA ARGUETA- PARA GUEGUETENANGO EN 1860-
49-50
51
JOSE ANTONIO CRISANTO PALENCIA ESPINOSA-PADINO EL CIUD. PRESBITERO JOSE YGNACIO SALDAÑA-
54
PABLO FRANCISCO OLIBEROS LOPEZ
56-58-59
HISTORIAS ESPELUZNANTES- "REY DEL ABORTO"
LA MANO DE DIOS
BERNARD NATHANSON
El llamado "Rey del aborto"
Historias espeluznantes de nuestros días
En
el condado de Queens de Nueva York falleció una mujer de treinta años
por una chapuza de aborto a manos del Dr. David Benjamin (también
conocido como Elyias Bonrouhi). ¿Cómo cayó en sus manos?
Al Dr.
Benjamin se le habían retirado las prerrogativas quirúrgicas en el
Hospital St. Elizabeth de Utica, Nueva York. Según Anthony Dardano,
Doctor en Medicina, antiguo jefe de servicio y ahora vicepresidente del
Departamento de Obstetricia y Ginecología de ese hospital, «no llegaba
ni siquiera a lo que denominaría el nivel mínimo exigible de cuidado».
En 1985, Benjamin fue acusado de operar sin anestesia, intentar realizar
partos complicados en su consulta (era incapaz de conseguir
prerrogativas de hospital) y coser juntas las partes equivocadas de la
anatomía de una mujer tras una operación. Esos cargos acabaron en casi
nada: tres meses de suspensión de licencia en 1986. Surgió entonces en
1993 en Corona, Queens, realizó un aborto de segundo trimestre en su
consulta, y se murió la mujer por su culpa en el curso del aborto. Por
fortuna, al fin se le revocó la licencia del estado de Nueva York.
El
Dr. Stephan Brigham fue aclamado como héroe cuando se ofreció para
reemplazar al Dr. John Britton, el abortista que fue asesinado por Paul
Hill en julio de 1994 en Pensacola. No cabe duda de que el asesinato del
doctor Britton fue un acto nefando. Sí que caben muchas dudas,
EL ABORTISTA
sin
embargo, en relación con el Dr. Brigham, que anunció
grandilocuentemente que saldría a pecho descubierto, frente a los
asesinos y cualquier otro tipo de criminales, al servicio de sus
ideales. Pero resulta que el Dr. Brigham tenía ya la licencia suspendida
en el estado de Nueva York y estaba acusado de negligencia e
incompetencia por el tratamiento a dos mujeres de Nueva Jersey y otra de
Pennsylvania que le habían pagado por realizar abortos en el segundo
trimestre. Perforó presuntamente el útero de una de las mujeres de Nueva Jersey que tenía un embarazo de veinticuatro semanas, y dañó no sólo el útero sino también el colon. La otra mujer de Nueva Jersey, con un embarazo de veintiséis semanas, sufrió
solamente laceración de cérvix, que supuestamente no supo descubrir y
suturar. Había sufrido una pérdida de sangre tal que cuando fue
ingresada en el hospital necesitó una histerectomía.
Antes
de las fanfarronadas de Brigham, un tal doctor Allen Kline se había
puesto valientemente en la brecha para sustituir al Dr. Britton. Se puso
un chaleco antibala, se hizo escoltar por la policía, y franqueó la
puerta principal de la clínica abortista Pensacola Women's Medical
Service, proclamando que estaba resuelto a continuar el heroico trabajo
del fallecido médico proporcionando «servicios reproductivos» para todas aquéllas en crisis como resultado de un embarazo no planificado. Desgraciadamente para la población paciente de Pensacola, el mismísimo Dr Kline había dirigido el aborto de la chica de trece años Dawn Ravenell con un embarazo de veintiuna semanas en la clínica abortista de la ciudad de Nueva York Eastern Women's Medical Center. La operación acabó en el coma y la muerte de la chiquilla. En el juicio de culpa que siguió, se indemnizó a la familia con 1,3 millones de dólares por daños. El jurado consideró que la insensible negligencia e indiferencia hacia la vida humana eran tan egregias
que calificaron el incidente como una «abominación». Por cierto, el
acta del juicio señala que el Eastern Women's Medical Center había
falsificado y alterado el historial médico en un intento de tapar la
tragedia.
En noviembre de 1991, el Dr. Robert Crist practicó un aborto a una chica de diecisiete años. Sangró abundantemente después de la operación y se la trasladó urgentemente al hospital Ben Taub en Houston, donde murió ese mismo día. Estaba embarazada de veintidós semanas. El Dr. Crist había estado implicado en otros dos casos desastrosos. Una mujer retrasada mental de St. Louis expiró dos días después de que le practicara un aborto, y una mujer de Texas afirmó que había dado a luz un bebé mutilado varios días después de que Crist le practicara un aborto. (De estos dos casos se informó al detalle en el Kansas City Star; Crist insiste en que se rechazó la demanda.)
El Dr. Milan Chepko fue condenado por un gran jurado federal en 1989 por enviar por correo y distribuir cintas de vídeo de niños realizando actos sexuales (orales y anales). Se le acusó de dos cargos de transporte interestatal de cintas de vídeo que incluían explotación sexual de niños. Si
resultara culpable de todos los cargos, se le condenaría a treinta años
de prisión y 1,5 millones de dólares en multas. La actividad
profesional del Dr. Chepko se limitaba a trabajar en dos clínicas abortistas de Mississippi.
El
Dr. Ming Kow Hah, que ejercía en Elmhurst, Nueva York, fue acusado en
1990 de un aborto chapucero y le fue suspendida la licencia médica por
el Comisionado de Salud del estado David Axelrod, que lo calificó de «un
peligro inminente para la salud de la gente de este estado». El aborto mal hecho acabó en histerectomía y arreglo de otras extensas heridas internas.
Al Dr. Hah, a quien evidentemente no se le apartaba fácilmente de su
vocación, se le había revocado su licencia médica en Michigan en 1975, y
la licencia de Illinois se le había revocado en 1978.
En enero de 1979, Ángela Sánchez, de veintisiete años, fue encontrada muerta después de haber recibido una inyección en la Clínica Femenina de la Comunidad, una clínica abortista del
condado de Orange (California); se dijo que estaba embarazada. La
propietaria de la clínica, Alicia Ruiz Hanna, fue detenida y registrada
en la cárcel del condado de Orange como sospechosa de homicidio. Hanna
afirmaba ser una enfermera titulada, pero las agencias estatales negaron
que Hanna tuviera licencia en el estado de California.
El líder de la manada de hienas abortistas
YO REALICE EL ABORTO D EMI PROPIO HIJO
LA MANO DE DIOS
BERNARD NATHANSON
El llamado "Rey del aborto"
me doy cuenta de que ahora podría tener nietos con esta bella y cariñosa mujer.
Yo realicé el aborto de mi propio hijo
¿Lecciones? Demasiadas y demasiado tristes como para hacer aquí un refrito. Bastará con decir que sirvió
de excursión iniciadora al mundo satánico del aborto.
Tampoco supuso para mí personalmente el punto final. A mitad de los años sesenta dejé encinta a una mujer que me quería mucho. Me rogó seguir adelante con el embarazo, y tener a nuestro hijo. Yo acababa de finalizar la residencia en obstetricia y ginecología,
y empezaba a construir una próspera consulta en esa especialidad. Ya
había tenido dos matrimonios malogrados, ambos destruidos sobre todo por
mi narcisismo egoísta y mi incapacidad de amar. (Creo que era el padre
Zósimo, de Los hermanos Karamazov, el que definía el infierno como el
sufrimiento de quien es incapaz de amar, y si eso es verdad, ya he
cumplido mi sentencia, y repetidamente.) No veía salida a la situación, y
le dije que no me casaría con ella y que de momento tampoco me llegaba
para mantener un hijo (un egregio ejemplo de la coacción ejercida por
los hombres en la tragedia del aborto), y no sólo exigí que acabara con el embarazo como condición de continuar nuestras relaciones, sino que también le informé fríamente de que ya que yo era uno de los más expertos practicantes de esas artes, yo mismo realizaría el aborto. Y lo hice.
¿A qué se parece acabar con la vida de tu propio hijo?
Fue aséptico y clínico. Se le anestesió en el quirófano de uno de los principales hospitales universitarios. Me
7lavé
las manos, en bata y guantes, intercambié algunas palabras con la
enfermera encargada, me senté en un taburete metálico justo enfrente de
la mesa de operaciones (tras haberla explorado una vez más para
verificar la duración del embarazo y el tamaño del útero), y situé el
espéculo de Auverd en la vagina tras acondicionar el sitiO,con un
preparado antiséptico. Entonces sujeté el cérvix con dos tenazas (ganchos), filtré
una solución de pitresina (un fármaco diseñados para fortalecer la
pared uterina de modo que pudiera cícular mejor los límites del útero y
evitar así perforarlo), sondé el útero (una sonda es un instrumento de
acero largo y estrecho marcado al centímetro, que sirve para comprobar a
qué distancia se puede emplazar el instrumental sin causar daños), y
dilaté entonces el cérvix con los dilatores graduados de acero
brillante. Cuando el cérvix se dilataba hasta llegar al diámetro
deseado, situaba la cánula de plástico vacía dentro del útero y con un
gesto de asentimiento a la enfermera indicaba que quería que se pusiera
en funcionamiento la succión. Cuando el indicador marcaba 55 milímetros
de presión negativa empecé a restregar la cánula por el interior del
útero, mirando los fragmentos de tejido pasar a través de la translúcida
cánula hueca hacia el tapón de gasa, donde se recogía, se examinaba y
se enviaba al laboratorio de patología para confirmar que el tejido del
embarazo se había -en nuestra jerga eufemística- evacuado.
El
procedimiento transcurrió sin incidentes, y sentí una momentánea
satisfacción por haber realizado mi trabajo como siempre de modo rápido y
eficaz, y dejé el quirófano mientras ella estaba empezando a salir de
la anestesia general. Como parte integral del procedimiento, todo
abórtista debe examinar el material de la bolsa de gasa para asegurarse
de que todo el tejido del embarazo ha sido evacuado -para estar seguro
de que no quedaba nada que pudiera causar más tarde hemorragias o
infecciones-. Abrí la bolsa como de costumbre, calculé mentalmente la
cantidad de tejido y me quedé satisfecho al comprobar que era
proporcionado a la duración del embarazo; no había quedado nada sin
quitar. Entonces me quité la
mascarilla, los guantes y la bata, tomé el historial clínico, y escribí
las órdenes postoperatorias y el escrito de descargo. Me fui hacia la
grabadora, grabé en un disco la cr5nica de la operación para ser
transcrito como una «nota de operación» en el registro del hospital, y
entonces me fui al vestuario para cambiarme de ropa mientras intercambiaba los alegres saludos y bromas acostumbradas con las demás enfermeras y médicos y auxiliares por los pasillos camino del vestuario.
7Sí, puede preguntarme: eso era un informe bré`ve y conciso de lo que usted hizo, ¿pero qué sintió?
¿No sentía tristeza, no sólo por haber acabado con la vida de un niño no nacido, sino sobre todo por haber destruido a su propio hijo? Le puedo jurar que no tenía más sentimientos aparte del sentido del logro, el orgullo de la propia pericia. Al inspeccionar el contenido de la bolsa sólo sentí la satisfacción de saber que había realizado una labor completa. Puede insistir: ¿quiere preguntar si quizá por un minúsculo momento sentí un parpadeo de arrepentimiento, un microgramo de remordimiento? No y no. Y ésa es, querido lector, la mentalidad del abortista: otro trabajo bien hecho, otra demostración de la neutralidad moral de la tecnología avanzada en manos de amorales.
No
se trata de meter con calzador una vez más el Holocausto europeo en el
conflicto del aborto (he rechazado resueltamente trazar el tentador
paralelo entre los dos a la hora de argumentar la postura provida; son
fenómenos distintos y diferentes), pero lo que yo sentía en mi álma famélica y empobrecida
debía de ser algo muy similar a la inflada satisfacción de Adolf
Eichmann viendo sus trenes cargando judíos hacia los campos de
exterminio y programados al minuto, salir y llegar exactamente a la
hora, para mantener la máquina de exterminio funcionando con la célebre
eficacia teutónica.
He abortado los hijos no nacidos de amigos, colegas, conocidos e incluso profesores.
SERENATA DE MARIMBAS EN HUEHUETENANGO
SERENATA DE MARIMBAS EN HUEHUETENANGO
Por MANUEL JOSE ARCE
DIARIO DE UN ESCRIBIENTE
EDITORIAL PIEDRA SANTA 1979 Guatemala
Sólo podía haber sido el Chepe Ernesto Monzón (ave canora y canosa, jilguero en motocicleta, guardabarranca con anteojos) quien fuera nuestro guía en el viaje al milagro.
En donde termina octubre y comienza noviembre, los Cuchumatanes se dan un insólito baño de música: las calles friolentas de Huehuetenango queman en hogueras de música todas las marimbas. Las montañas se desvelan, se pasan la noche ojo pelado y oído despierto, alborotadas por las marimbas, cientos de marimbas, manifestaciones multitudinarias de marimbas que llegan, belicosas, a subvertir el orden establecido del silencio.
Todo se vuelve marimba esa noche. El agua de las pilonas de los patios huehuetecos suena
a marimba. El llanto de los patojos suena a marimba. Las costillas de
los chuchos callejeros, los besos calientes pero castos de las parejas
de traídos, el reuma de las viejitas, las jícaras de bebidas perfumadas y
los vasos de guaro, las piedras resobadas de las calles, los caites
chirriosos de tanto caminar (ora llanta con camión a tuto, ora caite con
indio a memeches) suenan a marimba. Hasta las campanas coloniales de amplias y sonoras naguas de bronce, se apean de las torres y se meten dentro de la multitud para cantar con dejos de madera.
Todo se vuelve marimba esa noche.
Las calles de Huehuetenango se transforman en abiertas cañerías de música que va, de ventana en ventana, con chorros abiertos.
Los "talalaguas" chiantlecos le echan el gallo al mundo al compás de las baquetas infatigables. Paco
Pérez se fuga de la sombra del tiempo y se va, por calles y callejones,
desgranando sus maravillosas ramplonerías en las ventanas florecidas de
traídas de ojos grandotes en los que cabe el cielo limpio y de bocas diminutas corno cunas de besos. La Luna de Xelajú emigra a Huehuetenango.
Esa noche hay más marimbas en la tierra que estrellas en el cielo.
Esa
noche todos los árboles tienen envidia del hormigo. Esa noche las
chiches de los tecomates amamantan los oídos de toda la gente. Esa noche Huehuetenango se transforma en un Vaticano de la grey de las canciones.
Y después, cuando ya mató el frío de la ciudad, la música se va, amorosamente, victoriosamente, a matar el frío de la muerte.
La
música se congrega en el cementerio y cada quien le canta a su muerto
la canción que más amaba el difunto cuando era parte de este mundo. Y
allá, en un rincón del nicho, bajo el frizer de la losa, una brasa se
enciende, crece, se vuelve vida instantánea, y los muertos reviven,
recuerdan, despiertan y a lo mejor hasta cantan quedito la vieja
cadencia amorosa y quién quita hasta bailan para desentumecerse de tanto
estar acostados.
En el Cielo, el Angel del Señor se queda baboso y
piensa: "Ay juey j no que era con una trompeta que yo tenía que
despertar a los muertos, pues? ¡Habérmelo dicho y habría aprendido a
tocar marimba! "
Porque la Serenata de Marimbas de Huehuetenango, verdaderamente, es cosa del otro mundo.
Es milagrote grande y alegre. Es transfusión de vida para los muertos y
para los vivos que vivimos mediomuertos. Aguacero fecundo en que los
tenores suenan a pájaro y los bajos retumban como volcán.
Y no son babosadas: toda la ciudad se vuelve Patria esa noche.
Y
a uno se le pone el corazón con piel de gallina. Y el que no tiene
novia se jode porque no halla qué hacer con tanto amor que florece
adentro. Hasta los mudos cantan. Hasta los huecos se sienten
muy machos. Hasta las piedras bailan. Hasta el cielo se agacha para oír
mejor. Y Dios le da Gracias a Dios. sábado, 1 de diciembre de 2018
PATRIA EN EL PALADAR
PATRIA EN EL PALADAR
Por MANUEL JOSE ARCE
DIARIO DE UN ESCRIBIENTE
EDITORIAL PIEDRA SANTA 1979
—I-
Estaban
sentados sobre un cúmulo de escombros. Había caliente alegría en la
risa y sereno amor en la mirada. El se había enjugado el sudor con su
pañuelo colorado. Ella había levantado cuidadosamente la pulcra
servilleta que cubría el contenido de la canasta con un gesto simple y
ceremonial a la vez, como quien devela una placa conmemorativa, como
quien abre el telón de una portentosa pieza teatral.
Y
ahí, entre la ternura de la canasta, redondos soles de albura nutricia,
el rimero de tortillas que del aplauso saltaron al comal, del comal a
las hojas conservadoras del calor. Y al lado, la ollita tripona,
sudorosa, preñada de aromas entrañables y milagrosos.¡Santo pepián! Los
trozos del pollo sacrificados en el ritual culinario, con su blancura
de nube sólida, con sus pellejitos erizos de pluma ausentes, con sus
huesos tiernos todavía medio cartílagos; los trozos de verduras
perfumadas, de suave consistencia que han juntado sus jugos de savia
quíntaesenciada a las grasas del pollo para conjura deliciosa del caldo;
hierbas de mi tierra y mi monte, escandalosas, de sabores gritones, que pasan desapercibidas a la vera del camino, pero que transfiguradas en la cocina, adquieren prestigio y dignidad señoriales.Y todo ello, nadando en la callosa salsa oscura del pepián, en donde fueron convocadas las pepitas de la pepitoria, tostada previamente en el comal para mejor sacarle punta a los sabores; fritas cuidadosamente en grasa de buen marrano montaraz,
para que penetraran hasta la médula del pollo hasta la más profunda
fibra del guisquil de tierno verdor, de la subversiva zanahoria, del
explosivo nabo escandaloso.Con el amoroso cuidado de la madre que
envuelve al niño en el pañal, así él y ella envolvían al condumio en la
eucarística beatitud de la tortilla. Y con el gesto de quien consagra o
bendice, derramaban sobre el sublime envoltorio las llamas pentecosteses
del polvillo rojo que agrede la lengua, exalta el paladar y abona
desmesuradamente el apetito: el chile seco.Fiesta de aromas y sabores. Liturgia vital. Asamblea de los sentidos. Santo pepián de mi tierra y mi gente, mestizo de viejos cuscuses africanos
en el que el arroz criollo --chiquita y crecedor- sustituye a la
sémola, y terrestres exaltaciones pituitarias que aun se miran en la
panza satisfecha de los viejos sacerdotes, detenidos en las estelas de
Tikal.Santo pepián: nada pudieron contra ti los terremotos ni las traslaciones ni el hot-dog industrial y alienante. Santo pepián popular que les tuerces las tripas a los que quieren conocerte con vísceras turísticas, con ascos y remilgos drycleanados, pero que al paladar que creció y se afirmó en tus sabores lo, premias con tus gloriosas agresiones felices.Santo pepián de mi pueblo, de la olla de barro, la leña y el amor compartido.PATRIA EN EL PALADAR— II —Perdón: empecé ayer y no puedo callar algunas verdades. Cierto es que vivo renegando de Guatemala y de los malos chapines. Cierto es que a veces pienso que mi país tiene cinco millones de defectos que somos sus habitantes. Y que no me gusta la cara que está "agarrando" la ciudad y tantas cosas. Pero hay un rasgo de Guatemala que me hace ser patriota a morir, nacionalista a rabiar, chauvinista a la enésima potencia: la cocina de mi gente.Hablaba ayer del Santo Pepián. Y se me pusieron celosas las Hilachas ilustres, y Su Excelencia el Revolcado, y el Honorabilísmo Jocón, y el Perínclito Cakic, y el dignísimo gremio de los Tamales - más que gremio, familia de las más ilustres -Porque un Jocón verde de allá por Huehuetenango,
o un Revolcado de cabeza con trocitos de oreja todavía con pelo o un
plato de buenas Tiras con su recado de miltomate y chile, o las
estilizadas Hilachas bañadas en su salsita colorada y caliente....
Porque el meterse entre las juruneras de la Antigua o de Cobán o de
Xcla, para darle al gaznate una de esas obras de arte --verdaderos
alardes sinfónicos-- con todo el sazón en su mero punto... Porque juntar
el hambre y empezar a saborear con los ojos, con la nariz, es la mera y
viva gloria para el buen chapín gastrónomo.Para eso se pinta sola nuestra tierra. Hasta los montecitos más humildes -el
apazote, el chipilín, los pitos, los lorocos -todo puede entrar a la
olla magnífica y, al arrimo perezoso del carbón en rescoldo, volverse
delicia y placer de Dioses.Por eso nuestros campesinos tienen tanta
dignidad de filósofos antiguos. No me presenten filósofos ni poetas con
hambre; no me den gente que vea en los alimentos sólo el medio
pragmático de conservar la vida y recuperar las energías; no propongan
cerca a los ascetas, a los macrobióticos, a los que se castran el goce
del paladar.En este país --del sacrosanto frijol omnipresente, protéico—,
en donde hasta el sabor del barro de la olla o del comal, en donde
hasta el paso de la mano de la tortillera en la masa del maíz pueden
detectarse "a simple vista", la dieta resulta el más terrible de los
castigos, la pena más dolorosa.Y eso que no hablamos ni del boj, ni
del caldo de frutas, ni del gato de monte, ni del ojo de sapo, ni del
San Chorro, ni de ninguno de esos licores mártires,, perseguidos y
clandestinos, que florecen sus encantos en los barrancos propicios, en
los ziguanes cómplices, a la orilla del delito y de la defraudación
fiscal.Y eso que no hablamos de los aguacates, ni de las cincuyas, ni de las anonas, ni de la seca explosión del guapinol polvoriento, ni de los chicozapotes, ni de tanta fruta excelsa.Perdón: pero a medida que escribo se me ha desatado un hambre feroz.PATRIA EN EL PALADAR— III—Si
en algún momento me produce ternura el ser humano es cuando lo veo que
está comiendo. No sé que tiene la actitud del que se alimenta, pero me
emociona a veces hasta las lágrimas. Me siento solidario con él, me dan
ganas de abrazarlo y decirle, de todo corazón, el "bon apetít" francés
previo y el "buen provecho" nuestro posterior.Y más me emociona mientras más es la gana de comer que le veo. Y depende también de qué es lo que come.Si algo me llega al alma es ver al que se está comiendo un tamal.Ah,
los tamales. El strip-tease estimulante que, al desnudarlo de las
hojas, deja el desnudo bocado a la vista, en toda su magnificencia.El señorial tamal de Nochebuena, que se nos vuelve cosmopolita con su carne de pavo, las aceitunas y las pasas,
verdadero "bocatto di cardenal¡" --con perdón de las sencillas
mojarritas de Monseñor—, que hace una suntuosa fiesta de cada mesa,
hasta el sencillo subán que reemplaza la tortilla en los tónicos climas
de Los Altos; desde el tamalito de elote, espigado, dulzón y aromático en su limpia sencillez de carne núbil, hasta el agresivo "pache" quetzalteco con un chilote así de largo y más bravo que la gran chucha; desde el "chuchito" con su trocito de marrano y su recadito colocarado, hasta el dulce tamalito de cambray, coqueto y femenino con su cintura de avispa y sus chapas pintadas de rosicler...El ilustre tamal latinoamericano, tiene sus variantes en cada país, en cada región: porque no es lo mismo un "poche" cobanero, que un nacatamal nicaragüense, de
tamaño familiar y hecho para compartirlo con toda la tribu y en el que a
veces, además de papas y arroz y arvejas, va carne de marisco junto a
la del chancho; o el tamal santanderino de Colombia, redondo,
rechoncho, amarrado como con "cola de macho" en la cabeza; o los
tamalitos ticos, cuadraditos y apachados como tarjetas de felicitación.El susto de mi vida me lo llevé en Francia cuando, conversando con una amiga senegalesa, me enteré de que el tamal —según la descripción hecha por ella— ha llegado hasta África. Y serias sospechas de un traslado de apariencias tuve al saborear las hojas de vid rellenas de arroz y de cierto caldillo con sabor de carne, tan frecuentes en la cocina balcánica y griega en particular.Sí.
mi corazón se emociona cuando veo o cuando vivo ese momento del que
mete la mano en la olla, aparta las ásperas hojas de xocón y, quemándose
los dedos, hace salir uno de esos paquetitos perfumados, desata el
mecate de corteza de platanar, aparta y desdobla las hojas de banano con
erotismo gástrico, y deja caer una mirada enamorada en la masa de maíz,
carne de nuestra carne que nos dio el Corazón del Cielo...
MENSAJE PARA EL MAÑANA
Alguién escribió en su cuenta un hermoso mensaje. No se si es
pensamiento propio o de otro autor. Lo cierto es que me ha estado
bendiciendo tremendamente.
"NO TEMAS DEL MAÑANA, PORQUE DIOS YA ESTA ALLÍ."
FAMILIA MOLINA RECINOS-MALACATANCITO- MIS ANCESTROS
FAMILIA MOLINA RECINOS MIS ANCESTROS
DE JOSEPH MARIANO MOLINA RESINOS Y JUAQUINA SANTHIAGO LÓPEZ, NACIÓ LUCIANA MOLINA SANTHIAGO.
DE SEFERINO MORALES Y LUCIANA MOLINA SANTHIAGO, NACIÓ MARÍA MORALES MOLINA
DE ELEUTERIO LÓPEZ VELÁSQUEZ Y DE MORALES, NACIO JOSE MARÍA LÓPEZ MORALES,
DE JOSÉ MARÍA LÓPEZ MORALES Y DE CANDIDA JOSEFA LETÓNA DE LÉON(DE SAN LUIS SALCAJÁ) NACIÓ SAVINO DE JESÚS LÓPEZ LETONA
DE SAVINO DE JESÚS LÓPEZ LETONA Y DE MARIA LUISA DE JESÚS PALACIOS SAMAYOA (DE LA FAMILIA SAMAYOA VILLATORO DE MALACATANCITO) NACIÓ MARTA CANDIDA LÓPEZ PALACIOS. MI SEÑORA MADRE-QUIÉN ESTÁ EN LA GLORIA DE MI SEÑOR JESUCRISTO-
La familia Molina Recinos aparece como oriunda de Huehuetenango- Joseph Mariano Molina Recinos tenía el grado de cabo de escuadra de la milicia colonial en el pueblo de Malacatancito-
"MARIANO MOLINA CON JUAQUINA SANTHIAGO- LADINOS-
EN ESTA STA YGLESIA PARROQUIAL DE MALACATÁN EN DOS DIAS DEL MES DE
SEPTIEMBRE DEL AÑO DE MIL SETECIENTOS SETENTA Y OCHO,-------------
VISTAS LAS PARTIDAS DE BAPTISMO DE ESTOS CONTRAYENTES, LA UNA POR
CERTIFICACION DE P. CURA DE GUEGUETENANGO DN. MIGUEL MUÑOS , Y LA OTRA POR EL LIBRO DE ESTA
PARROQUIA QUE ACABÓ EL AÑO DE MIL SERECIENTOS Y SE¿-?ENTA A FOXAS ,
--------CASE, Y VELÉ IN FACIE ECLESIE A JOSEP MARIANO MOLINA ESPAÑOL HIJO DE SILVESTRE MOLINA Y DE MARIA ANTONIA RECINOS , CON JUAQUINA SANTHIAGO , HIJA DE ANTHONIO SANTHIAGO, Y DE MANUELA LÓPEZ, FUERON PADRINOS TORIVIO CALDERÓN , Y PHELIPA RESINOS, TESTIGOS , MANUEL MONZÓN, DOMINGO MONZÓN , Y JUAQUÍN MONZÓN Y LO FIRME UT SUPRA "
"MANUEL ARRIAGA CON MA. MOLINA- ESPAÑOLES-
EN DOZE DEL MES DE JUNIO DE MIL SETECIENTOS OCHENTA Y
DOS,-------------CONSTANDO ASÍ MISMO LA SUFICIENTE EDAD DE ESTOS
CONTRAYENTES POR LAS PARTIDAS DE BAUTISMO QUE LA UNA CONSTA POR
CERTIFICACIÓN DEL SOR. CURA DE SAN JUAN OSTUNCALCO DN. JPH ANTONIO COLOMO , Y LA OTRA POR CERTIFICACIÓN DEL SOR. CURA DE GUEGUETENANGO DN. MIGUEL HERMENEGILDO MUÑOS, ------------CASE, Y VELÉ IN FACIE ECLESIE A MANUEL ARRIAGA , HIJO LEG DE CARLOS ARRIAGA , Y DE MARIA ESCOVEDO, CON MARÍA MOLINA, HIJA DE SILBESTRE MOLINA , Y DE MARIA ANTONIA RESINOS, TESTIGOS TORIVIO CALDERÓN, JACINTO XIRÓN, LAURIANO OLIVEROS, -------
BELLEZA Y EDUCACION DE MADAMA ESTHER
GLORIA
BENITO PEREZ GALDOS
Esther Spinoza, mujer de Moisés Morton, opulentísimo
negociante de Hamburgo, pero establecido en Londres, descendía lo mismo que su
esposo de una familia hebrea española; pero si el linaje de Morton aparecía
confuso por los enlaces con castas alemanas y holandesas, el de Spinoza
conservábase puro, y siguiendo su clara genealogía, podían los últimos vástagos
de él remontarse hasta Daniel Spinoza, judío de Córdoba, comprendido en la
proscripción de 1492. Esther Spinoza era española de sangre, si no de
nacimiento, española por la gravedad, por la vehemencia disimulada y contenida,
por la fidelidad de los deberes, española también por la luz y la expresión
melancólica de sus ojos negros, su esbelta figura y su gracioso andar.
Era además española por la lengua, y
desde la cuna aprendió a
hablar como Nebrija. Es sabido que todas las familias israelitas que proceden
de las expulsiones españolas conservan su lengua, aunque adulterada por la
falta de renovación; y todo el que viaje hoy por Constantinopla, Belgrado,
Jerusalén, Venecia, Roma, el Cairo, por todos los puntos en donde buscó refugio
aquel miserable polvo humano arrojado de España, oye hablar un castellano
arcaico que produce en su ánimo dulce y melancólica sorpresa, cual si oyera un
eco de la patria pasada y muerta, que aun después de cuatro siglos lanza desde
el fondo de la tierra su gemido. Los judíos españoles, la mayor parte
envilecidos, conservan la lengua de sus mayores y leen sus oraciones en los
libros rabínicos impresos en nuestro idioma. En ellos el amor a la patria
madrastra es tan vivo como el que tienen al suelo antiguo que no han de volver
a ver, y la lloran como lloraban hace dos mil quinientos años sobre los ríos de
Babilonia. En los judíos ricos, no se conservó tanto esa costumbre. Los
Spinozas amaban, sí, aquella triste memoria de la segunda patria perdida; pero
Esther la aborrecía de todo corazón, exceptuando tan sólo la lengua que cultivó
con esmero y enseñó a todos sus hijos.
No profesaba su religión con
entusiasta fervor, pero sí
con lealtad, es decir, con un sentimiento dulce y firme que era, más que
devoción, respeto a los mayores, amor al nombre y a la historia de una casta
desgraciada. Esta era objeto de su pasión más viva, de un fanatismo capaz de
reproducir en ella, si los tiempos lo consintieran, las grandes figuras de
Débora la mujer-juez, de Jael la que con un clavo mataba al enemigo, de la
trágica Judith y la dulce Esther. La moral la cautivaba; pero el rito no
merecía de ella el mismo amor, y si lo practicaba con sus hijos y deudos,
hacíalo por creer que convenía perpetuar aquel poderoso lazo de unión, especie
de territorio ideal, donde se congregaba por la fe un desventurado pueblo sin
patria. Esther era un modelo de las virtudes domésticas que son comunes en las
clases elevadas de aquella raza, y que no deben sorprendernos ni dar motivo a
comparaciones inconvenientes. Tampoco entraremos a dilucidar si el secreto de
ellas, antes que en la moral intrínseca está, como muchos suponen, en la
superior cultura y educación. Buena esposa y madre amorosa, había dado lugar a
que se dijese de ella que merecía ser cristiana.
Esther y su esposo poseían enormes
riquezas. De ellos podía decirse que Jehová había prosperado sus caminos.
Vivían en paz dichosa,
rodeados de los esplendores de las artes. Sus palacios hacían verosímiles las
fábulas de la corte de Haroum-al-Raschid. Eran estimados de todo el mundo y
distinguidos por los Reyes, que les sentaban a su mesa, porque habiendo
adquirido aquella gente un poder financiero que en cierto modo suplía su falta
de existencia política, sacaban de apuros a las Naciones. No tenían patria;
pero las patrias más orgullosas doblaban la rodilla ante sus arcas. Títulos,
honores, saludos, reverencias, consideración, respeto, adulación, todo lo que
tienen los poderosos, lo tenían ellos. Eran como dioses, a quienes incensaban a
porfía los Ministros de Hacienda de todos los países. Hasta el Papa, como Rey
de Roma, les dio títulos, cruces y jamás les llamó deicidas, sino honorables
señores. Hallándose en Roma Esther Spinoza, un cardenal le sirvió de cicerone
para ver los museos. Otro cardenal le regalaba mosaicos, cameas y cornarinas.
Otro le vendió un Cristo de marfil en mil libras, y en quinientas un Talmud
español del siglo XIII manuscrito en vitela.
No reinaban en ninguna parte y
reinaban en todas, porque el imperio de Baal es grande, y a él puede decirse
que pertenecen la Tierra, el mundo y su plenitud, el Aquilón y el Austro.
A la digna familia que nos
ocupa nadie osó preguntarle jamás, en la elevada esfera donde vivía, si había
dicho: Crucifica a este y suéltanos a Barrabás.
A pesar de estar cerca de los
cincuenta años, Esther conservaba su admirable belleza, fenómeno del cual
tenemos aquí no pocos ejemplos, y que se explica por el privilegiado temple de
ciertas naturalezas, unido al bienestar social y a las incomparables ventajas
de una vida sin agitaciones, sin trabajo físico ni más penas que las
indispensables para que no sea realidad el mito de la dicha completa. Usaba
pocos artificios de tocador, y estos, más que para quitarse años, empleábalos
para que tuvieran buen ver los suyos, como si le inspirara orgullo aquella
madurez tan primorosa, tan lozana, tan interesante, verdadero homenaje de la
juventud a la vejez. Viéndola se comprendía la larguísima primavera de aquellas
mujeres bíblicas que vivían ciento veinte y ciento treinta años como quien no
dice nada.
MADAMA ESTHER-GLORIA
GLORIA
BENITO PEREZ GALDOS
r-Te
horrorizarás; mas no importa. Dicen que a altas horas de la noche, cuando todos
duermen en nuestra casa y en la villa, sales... sí, dicen que sales ocultamente
para reunirte en un paraje solitario, allá junto al cementerio, con el
desgraciado autor de tu deshonra.
Gloria se quedó blanca, inmóvil y muda como mármol. Sin embargo,
aquel estupor no indicaba en modo alguno la turbación de una conciencia
sorprendida por la denuncia.
-Comprendo tu espanto -añadió la señora-. ¡Oh! ¡Cuántas lágrimas
he derramado hoy! Oír estas cosas yo, yo, que pondría cien veces mi mano en el
fuego de tu inocencia en este caso... Quise responderles; pero la lengua se me
entorpecía... Teresita se reía. ¡Si vieras con qué pérfida seguridad afirmaba
haberte visto ella misma!
-¡Ella misma!
-Sí; dice que el lunes te vio. Era más de media noche. Ella había
salido a asistir a una sobrina que estaba de parto, la hija mayor del escribano
D. Gil Barrabás... Dice que te vio
salir de la casa, tomar por la calle de la Poterna... En fin, no quiero
atormentarte más. ¡Qué calumnia tan infame!
__________
Desde el primer momento la
señora de la casa vio en su huésped un caballero
decentísimo, lleno de comedimiento, finura y generosidad. Esto unido a
la noticia de su conversión y a la insistencia con que Teresita aprobaba
el hospedaje, acalló poco a poco la alborotada conciencia de aquella
mujer. El primer día no pudo arrojar de su alma el recelo, y
permanecía delante de Morton con cierto espanto; el segundo buscaba
motivos de hablar con él, hallando su conversación bastante
agradable; el tercero no sabía qué hacer para complacerle.
Jamás voluntad alguna fue más prontamente conquistada.
_________
Tras cuatro guardias civiles que iban
despejando, pasó el negro pendón enarbolado por un hombre,
pasó la cruz negra, acompañada de los dos ciriales, siguió
el primero de los pasos que era la
Oración en el Huerto; y los que
conducían cruz, pendón, cirios e imagen, se quedaron mirando al
balcón de Lantigua, donde había una cosa extraordinaria,
inaudita,
el judío de rodillas, mirando la
procesión.
__________ -Cuéntamelo a mí que le
sentí entrar de madrugada en casa de Lantigua... -dijo Teresita
con animación-. Y traía en brazos a la joya de los
Lantiguas... ¡a las dos de la mañana, señoras!... Vamos,
digo que esa familia... ¡pero qué familia! Y oígales
usted... ¡Oh! ¡Ah!... La nobilísima, la inmaculada, la
celestial familia de Lantigua, la gloria de Ficóbriga... ¡En
qué mundo vivimos
__________
No
hay duda de que es un escándalo.
-Si se casa con el convertido, ¿apostamos a que sigue viviendo en
Ficóbriga?
-No lo quiero pensar... Pues qué, ¿no hay más que
rehabilitarse?... Esta villa se escandalizará y con razón. Pues no faltaba más.
La joya ha tenido un niño. Eso bien lo sabemos todas...
-¿Y dónde está?
-En una aldea. Yo lo he de averiguar. Ya lo tengo medio averiguado. Vaya, que los
Lantiguas saben ocultar muy bien sus secretos, es decir, cuando son
vergonzosos, porque si se trata de alguna limosna, ya la cacarean bien. Hasta
los periódicos de Madrid han de traer un parrafito. Ya sabemos que D. Silvestre
es el que manda a los papeles de la Corte esas recetas. No sé por qué no puso:
«En la noche de tantos de tal mes la Srta. D.ª Gloria de Lantigua, alias
la perla de Ficóbriga, sobrina del Eminentísimo señor Cardenal, dio a luz un
niño robusto, aunque sietemesino, hijo de padre desconocido, aunque se supone
que será de un judío a quien escupió el mar en Ficóbriga, y fue aposentado en
casa de Lantigua para edificación de los cristianos».
Las dos amigas soltaron la risa.
Siguieron hablando. Sus lenguas eran tres hachas y ellas tres
implacables leñadoras
________
Corrieron
a la sala. La Gobernadora y la Monja hicieron a madama Esther
(así se la llamó en Ficóbriga desde aquel día) los saludos muy reverenciosos.
Estaban ambas bastante cortadas y no podían expresarse con desembarazo. La
madre de Daniel les dio la mano, sonriendo con exquisita afabilidad, y las tres
se sentaron.
-Pido
a ustedes mil perdones por esta molestia -dijo Esther-. Soy forastera y siempre
que visito una población,
procuro relacionarme con las personas más principales de ella, para ofrecerles
mis respetos. En ninguna parte ha sido estorbo para esto la diferencia de la
religión, y espero que aquí no lo será tampoco
________
XXVI
-
Madama Esther
Esther Spinoza, mujer de Moisés Morton, opulentísimo
negociante de Hamburgo, pero establecido en Londres, descendía lo mismo que su
esposo de una familia hebrea española; pero si el linaje de Morton aparecía
confuso por los enlaces con castas alemanas y holandesas, el de Spinoza
conservábase puro, y siguiendo su clara genealogía, podían los últimos vástagos
de él remontarse hasta Daniel Spinoza, judío de Córdoba, comprendido en la
proscripción de 1492. Esther Spinoza era española de sangre, si no de
nacimiento, española por la gravedad, por la vehemencia disimulada y contenida,
por la fidelidad de los deberes, española también por la luz y la expresión
melancólica de sus ojos negros, su esbelta figura y su gracioso andar.
Era además española por la
lengua, y desde la cuna
aprendió a hablar como Nebrija. Es sabido que todas las familias israelitas que
proceden de las expulsiones españolas conservan su lengua, aunque adulterada
por la falta de renovación; y todo el que viaje hoy por Constantinopla,
Belgrado, Jerusalén, Venecia, Roma, el Cairo, por todos los puntos en donde
buscó refugio aquel miserable polvo humano arrojado de España, oye hablar un
castellano arcaico que produce en su ánimo dulce y melancólica sorpresa, cual
si oyera un eco de la patria pasada y muerta, que aun después de cuatro siglos
lanza desde el fondo de la tierra su gemido. Los judíos españoles, la mayor
parte envilecidos, conservan la lengua de sus mayores y leen sus oraciones en
los libros rabínicos impresos en nuestro idioma. En ellos el amor a la patria
madrastra es tan vivo como el que tienen al suelo antiguo que no han de volver
a ver, y la lloran como lloraban hace dos mil quinientos años sobre los ríos de
Babilonia. En los judíos ricos, no se conservó tanto esa costumbre. Los
Spinozas amaban, sí, aquella triste memoria de la segunda patria perdida; pero
Esther la aborrecía de todo corazón, exceptuando tan sólo la lengua que cultivó
con esmero y enseñó a todos
296 GLORIA
GLORIA
BENITO PEREZ GALDOS
Pero Morton, cansado, al fin, de
buscar en vano su caballo, decidió volverse a pie. Por no atravesar el centro
de Ficóbriga, dio un gran rodeo y pasó por detrás de la Abadía. Llegando al
callejón que da entrada por Oriente al atrio de ella, sintió gemir los viejos
goznes de la puerta. Miró y vio salir a la señorita de Lantigua. En presencia
de una visión sobrenatural, Daniel no hubiera experimentado tan vivo
sacudimiento en todo su ser. El primer impulso fue correr tras ella, pero se
contuvo y en uno de los huecos del carcomido muro se incrustó como estatua.
Gloria tomaba el camino de
su casa. Pasó como los pensamientos placenteros que al modo de relámpagos
cruzan la mente en horas de tristeza.
Morton la vio desaparecer en la
revuelta de una calle, e instintivamente salió de su escondite para correr tras
ella.
-¡Qué esté condenado a no verla
más!... -pensó-. ¡Ni una vez siquiera!...
Le siguió a mucha distancia,
deteniéndose cuando estaba demasiado cerca, adelantándose cuando se quedaba muy
lejos. Por fin, cuando Gloria entraba en el jardín de su casa, Morton dijo para
sí:
-Todo acabó. Ahora me marcharé.
Poco antes de decidirse a partir
estuvo media hora sentado sobre una piedra en cierta calleja que por un lado
salía a la plazoleta y por el otro a las pendientes que bajaban al mar.
Una pesada y tibia gota de agua,
cayendo sobre su mano, le sacó de su abstracción. Mirando al cielo, vio una
nube amarilla con intensos cambiantes grises, y pudo observar el aire
sofocante. Sopló un brusco viento que hizo remolinos de polvo, y empezaron a
caer gruesas gotas que manchaban el suelo con redondeles negros, como si
llovieran piezas de dos cuartos. Buscando donde guarecerse, salió Daniel de la
calleja, penetró en otra, y al fin pudo hallar una gran teja vana, bajo la cual se abrigó perfectamente.
Entonces descargó una lluvia
tremenda, espantosa, un diluvio que parecía inundar la tierra y desleír a
Ficóbriga.
-Así llovía sobre el pobre Plantagenet
el día del naufragio -pensó Morton-. ¡Pobre de mí! Las tempestades me trajeron
y las tempestades me llevan. ¿Quién puede penetrar los designios del Señor?
Después, mirando al cielo que se
descuajaba en rayos y se vaciaba en chorros de agua, dijo así:
-«Viéronte las aguas, oh Dios,
viéronte las aguas, y temieron y temblaron los abismos... Las nubes echaron
inundaciones de agua, tronaron los cielos, y discurrieron tus rayos... Anduvo
en derredor el sonido de tus truenos; los relámpagos alumbraron el mundo; estremeciose
y tembló la tierra... En la mar fue tu camino, y tus sendas en las muchas
aguas; y tus pisadas no fueron conocidas»
La tempestad acabó de oscurecer la
tarde que ya se acababa. Morton miró a la casa de Lantigua, que frente a él
estaba por el costado del Oeste, y vio luz en las habitaciones altas.
-Ya están ahí todos los de la casa -pensó-. Gloria,
con sus encantos que la igualan a los ángeles, alegra las horas de los dos
ancianos... ¡Oh! Dios mío, ¡qué felices son!
Pasó algún tiempo más. Las calles
eran ríos. Los tejados vaciaban agua, cual si sobre ellos se rompiesen las
compuertas de un estanque; la lluvia azotaba con sus mil látigos las paredes;
corría la gente despavorida. Por fin, después de media hora de diluvio pareció
que se había concluido el agua de los cielos. Adelgazáronse los chorros. La
nube de verano pasaba y la Naturaleza tendía a serenarse con la rapidez del que
se encoleriza por broma.
-Me parece que podré seguir -pensó
Morton-. Pero, ¡cómo habrán quedado esos caminos!... Está escrito que no
naufragué yo una vez sola en Ficóbriga, sino dos.
Esto pensaba cuando sintió gritos y
voces en la plazoleta y también dentro del jardín de Lantigua. Mucha gente se
reunía allí. Daniel acudió tranquilamente primero, y a toda prisa cuando sintió
entre las distintas voces de alarma la voz de Gloria.
-¿Qué ocurre? -preguntó al primero
que encontró en la plazoleta.
-Que con la mucha agua se ha roto el
puente de Judas, y la
señorita Gloria está asustada porque el Sr. D. Juan y el señor obispo no han
vuelto todavía del Soto.
Morton halló abierta la puerta de la
verja y entró. Lo primero que vieron sus ojos fue a Gloria, que atravesaba el
jardín. Estaba envuelta en un mantón encarnado, y en su cara y en sus pestañas
brillaban algunas gotas de la escasa lluvia que aún caía. El frío y el espanto
la hacían temblar, cubriendo de palidez su hermoso rostro.
-¡Daniel! -exclamó sobrecogida-,
¿qué buscas aquí?...
Y corrió hacia la casa. Morton la siguió.
-¡Jesús crucificado! -añadió
Gloria-; ¿no sabes... no sabe usted lo que pasa? La lluvia ha destruido el
puente de Judas. Mi padre y mi tío deben de haber salido ya del Soto... Yo no
puedo vivir en esta incertidumbre...Yo corro allá.
Volvió a salir.
-Si no se puede pasar -dijo uno.
-Se puede pasar -afirmó otro-.
Francisquín el del cura acaba de venir del Soto. Hay un tramo medio roto; pero
agarrándose bien se puede pasar.
-¿Decís que ha venido Francisquín?
-preguntó Gloria con viva ansiedad.
-Sí, señorita; ahí está con un recado del señor.
-¡Francisquín, Francisquín! -gritó
Gloria desde la verja.
Un muchacho pequeño y colorado,
húmedo todo desde la cabeza hasta los pies, como una deidad de los ríos,
penetró en el jardín.
-¿Y mi padre, y mi tío? -preguntó la
señorita.
-No tienen novedad; pero no pueden
pasar para acá en coche, y a pie con mucho trabajo. La crecida es grande.
-¿Te dieron algún recado para mí?
-Sí, señorita; que esté usted sin
cuidado; que todos los señores se quedarán en el Soto esta noche, y vendrán
mañana, subiendo hasta Villamojada para coger el puente de San Mateo, aunque yo
creo que se podrá pasar mejor en lanchas.
-¡Gracias a Dios! -dijo Gloria-. Ya
estoy tranquila.
Entonces fijó sus ojos en Daniel
Morton. Desvanecido todos sus temores, su espíritu se ocupó por entero de
aquella aparición singular.
-Adiós -dijo el extranjero-. Puesto
que de nada sirvo aquí...
Gloria se detuvo un instante turbada y confusa.
-Adiós -repitió-. ¿No estabas ya en
camino de Inglaterra? ¿Ha naufragado otra vez el vapor? ¡Jesús! ¡Vienes siempre
con las tempestades!... ¿Por qué estás aquí?... ¿Cómo estás otra vez aquí?...
Daniel, por Dios, ¿qué es esto?
295-GLORIA
GLORIA
BENITO PEREZ GALDOS
Una curiosidad muy viva apareció en su semblante,
juntamente con claras señales del amor que la dominaba y que no se había
extinguido.
-Hazme el favor de darme la mano
-dijo el extranjero.
Los criados que estaban presentes se
alejaron uno tras otro.
-Pero yo quiero saber por qué estás
aquí y no en camino de Inglaterra. No pensé verte más... ¿Por qué has
vuelto?... Pero no quiero saberlo... no quiero saber nada.
-Dios ha querido que te vea esta
noche. Dame la mano.
-Tómala, y adiós.
Morton le besó ardientemente la
mano.
-Pero adiós de veras.
-De veras -repitió Daniel.
-¿Dónde está tu caballo? -dijo
Gloria.
-Lo he perdido.
-¡Perdido! Entonces...
-Me voy a pie.
-¿Por dónde, si no hay puente?
Morton pensó con profunda seriedad
en aquella singular ruptura del puente.
-Hay mucha distancia... -añadió la
señorita sondando con sus ojos el alma de su amigo.
-Me quedaré en la posada de
Ficóbriga.
-Es verdad. Adiós.
Morton estaba clavado en el suelo.
-Adiós. ¿Pero te retiras ya?
-exclamó-. ¡Oh! ¡Esto es espantoso! ¡Esto es inicuo!
Gloria estaba también clavada en el
suelo.
-Sí, es preciso... -dijo con voz
dolorida-. Este encuentro inesperado parece una cosa infernal. Amigo, vete.
-Me expulsas... Eso sí que es
infernal y horrible. Maldígame Dios si te obedezco -dijo Morton dando un paso
hacia la casa.
-¡Oh! Yo te echo de mi casa, porque es
preciso, porque Dios lo quiere así -dijo Gloria tratando en vano de echar
tierra sobre su pasión.
-¡Mentira! ¡mentira! -exclamó este
con febril ardor-. Tú no me amas, tú has hecho burla de mí, del pobre
extranjero arrojado aquí por los mares y que quiere huir y no puede.
-Tú no eres ya juicioso y bueno, como la última vez
que nos vimos. Amigo, si me estimas, si me amas, vete. Te lo suplico.
La pobre joven casi se ahogaba
hablando.
-¡No verte más!... Si cuando huyo,
Dios me trae otra vez aquí. ¡No verte más!... Me arrancaré los ojos antes que
obedecerte.
-Se ve mejor con el pensamiento que
con los ojos. Tú me aconsejaste que hiciéramos ambos un sacrificio, ¿por qué te
opones ahora?
-Porque mi Dios me impulsa hacia ti,
y me dice: «Anda y tómala, que es tuya y lo será por los siglos de los siglos».
-¿Quién es tu Dios?
-El tuyo. No hay más que uno.
Gloria sintió que a borbotones
manaba de su alma la sensibilidad. No pudo contenerla.
-Morton, amigo de mi alma -dijo con pasión-,
te suplico que te vayas. Vete, si quieres quedarte en mi corazón.
-¡No quiero, no quiero!
Lo dijo con tanta fuerza, que
causaba miedo.
Gloria sintió circular en derredor
de sus sienes un remolino ardiente que cegaba las claras facultades de su espíritu,
como el vértice de caliginosos vapores que oscurece la luz del sol.
-Amigo, si quieres que te ame más
que mi vida -exclamó con
delirio-, vete, y déjame en paz... ¿No creerás lo que te digo? Ausente, ausente
es como te quiero más.
-¡Falsedad, falsedad, falsedad!
-¡Oh, qué pequeño eres! -exclamó la
joven apelando desesperada a la razón-. Esto es indigno de ti. No eres como yo
creía, Daniel.
-Soy... como soy -murmuró Morton-, y
no de otra manera.
-Te aborreceré.
-Aborréceme. ¡Oh! lo prefiero... es mil veces
preferible.
-Todos los lazos están rotos -dijo
con viva agitación la señorita de Lantigua-. ¿Por qué no huyes de mí?
-Huí ya... pero el destino, Dios, o
no sé quién, me ha traído otra vez a tu lado.
-¡Dios, Dios! -exclamó ella con
desesperación.
-No creo en la casualidad.
-Yo creo en Satanás...
Furioso viento se levantó entonces,
como para secar la tierra inundada. Apenas se oían las palabras.
-¡Oh, por el Dios que hizo el cielo
y la tierra!-gritó Morton con frenesí-. Gloria, Gloria de mi vida, ven, huye
conmigo, sígueme.
-¡Jesús! -gritó la señorita de Lantigua horrorizada.
-Tú no entiendes las misteriosas
voces del destino, de Dios. El cielo y la tierra, todo me está diciendo: «es
tuya...».
-Adiós, adiós -exclamó Gloria
llevándose las manos a la cabeza y huyendo hacia la casa.
-Aguarda -dijo Daniel corriendo tras
ella.
Gloria entró y quiso cerrar la
puerta; pero Morton impidiendo con enérgica mano su movimiento, entró también.
XXXVII -
Al fin se supo
Gloria sintió frío en el
cuerpo y en el alma. Volvía lentamente al estado normal de su
espíritu. Cuando dirigió la primer mirada a su conciencia, se
horrorizó. Todo era negro y espantoso. Cuando trajo a la memoria su
familia, su nombre, creyose abandonada de Dios y de los hombres.
-¡Daniel, Daniel!
¿Dónde estás? -exclamó cerrando los ojos y
alargando la mano como si pidiera socorro.
Morton la estrechó entre sus
brazos.
-Aquí -dijo-, a tu lado, del
cual no me separaré jamás.
-¡Qué locuras dices!
Debes huir; pero por Dios, no me dejes ahora. Yo muero.
-Ahora -afirmó Daniel con
energía-, nadie, nadie me arrancará de tu lado.
-Mi padre... -murmuró ella.
-No me importa.
-Mi religión...
El extranjero calló, hundiendo
la cabeza sobre el pecho.
-¡Daniel, Daniel! -clamó
la joven llena de congoja-. ¿Qué tienes?
Morton no contestaba. Gloria puso su
mano en la barba de él tratando de obligarle a alzar la cabeza.
-Has pronunciado la palabra terrible;
ya no me acordaba de ella -murmuró el extranjero-. Has helado la sangre
en mis venas, has hecho saltar mi corazón como si hubieras dado sobre
él un latigazo.
-¿Por qué te espantas
así? -dijo la de Lantigua espantándose también-. Daniel,
amigo de mi alma, no aumentes el abismo que nos separa; al contrario, tratemos
de llenarle.
-¿Cómo?
-Hagamos un esfuerzo: reunamos
nuestras creencias en una sola; reconciliemos nuestras conciencias. ¿No
han concordado ya en el crimen? Pues hagámoslas una en el bien, en la
verdad. Daniel, examinemos bien lo que nos separa, y se verá que la
distancia entre los dos no puede ser grande.
-Ante el que hizo los cielos y la
tierra no; pero ante los hombres es inmensa...
-¡Dios mío!
-exclamó Gloria bañado el rostro en lágrimas-. ¿No
habrá para nosotros misericordia?
-Querido amor mío, esposa -dijo
Morton abrazándola con efusión-; ha llegado el momento de que
todo sea verdad entre nosotros.
-Y de que miremos cara a cara este
problema cruel.
-Sí, es indispensable.
-Nuestro remordimiento sale terrible y
amenazador del fondo de nuestra alma -dijo Gloria-, y nos grita: «Ya
estáis unidos para siempre».
-Para siempre -murmuró
él.
-La separación es
imposible.
-¡Imposible!... Pero la hora de
la verdad ha llegado.
-¡Oh! Daniel, Daniel
-exclamó la de Lantigua, sintiendo en su alma vivísima
irrupción de sentimiento religioso-; mi amigo de mi vida,
compañero de mi alma, esposo mío, arrodillémonos delante
de esa imagen de Nuestro Señor Jesucristo y hagamos voto solemne de
disponer esta noche misma nuestra reconciliación religiosa, haciendo
todos los sacrificios posibles tanto tú como yo. Hijos somos ambos de
Jesucristo: volvamos a Él los ojos... Daniel, Daniel, ¿por
qué huyes de mí?
Gloria arrodillándose delante
de la imagen, tiró del brazo de Morton para que hiciera lo mismo. Daniel
hundió la cabeza sobre el pecho. Nunca su rostro había estado
más hermoso ni más patético. Pálido y grave, sus
ojos azules se abatían con sombría tristeza, y vistas de perfil
la elegante línea de su nariz y de su frente y la graciosa barba
puntiaguda, su semejanza con el semblante carnal del Salvador del mundo era
perfecta.
-¿Por qué no me miras?
-preguntó Gloria llena de desconsuelo.
-No puedo más -gritó
Morton con súbito arranque-. Gloria, yo no soy cristiano.
-¿Qué dices?
¡Daniel, por Dios y la Virgen!
-Es preciso decírtelo al fin
-añadió el extranjero hondamente conmovido-, y te lo diré.
Gloria: yo no soy cristiano, yo soy judío.
-¡Jesús! ¡Padre y
Redentor mío!
Estas palabras las pronunció
Gloria con el espanto del que muere cosido a puñaladas; del que ve
abrirse bajo sus pies la tierra y salir las llamas del infierno.
Diciéndolas cayó sin sentido. Morton acudió hacia ella;
arrodillándose tomola en brazos, procuró reanimarla con amorosas
palabras; pero cuando ella abrió sus ojos y pudo ver junto a sí
el característico rostro semítico que tanto había
contribuido al cautiverio
de su corazón, le rechazó
severamente, diciendo:
-¡Impostor!... ¡Judas!...
me has engañado.
-Te he ocultado mi religión
-dijo Morton sombríamente-. Esa es mi culpa.
-¿Por qué has ocultado
tu religión? -dijo Gloria incorporándose vivamente.
Sus negros ojos echaban llamas.
-Por egoísmo, por temor a que
no me amases -repuso Daniel con timidez y sumisión-. Yo no mentí;
no hice más que callar: pero reconozco que callar fue gran falta.
-¡Infamia, infamia! No; es
mentira... -dijo Gloria con desesperación-. Tú no puedes tener fe
en esa doctrina.
-¡Quizás más que
tú en la tuya!- repuso Morton.
-Mentira, mentira -exclamó la
joven de rodillas en el suelo y retorciéndose los brazos-. Si fueses
tú judío, es imposible que yo te hubiese amado. ¡Ah! parece
que la lengua se me quema al decir esa palabra... Si el nombre solo de tu
religión es una blasfemia... ¿Es posible, di, que no creas en
Jesucristo, que no le ames?... Si esto es verdad, ¡qué horrible
engaño, qué vida tan espantosa, qué muerte de las muertes!
¡Creer yo en ti de este modo, amarte,
adorarte, y cuando
pensaba vivir unida a ti para siempre, descubrirme, Dios mío,
descubrirme este horrendo secreto!... ¿Por qué no escribiste en
la frente tu infame creencia? ¿Por qué cuando me viste correr
hacia ti, no me dijiste: «apártate que estoy maldito de Dios y de
los hombres»?
-¡A qué delirios te lleva
tu fanatismo! -dijo Daniel contemplándola con expresión
compasiva-. Acúsame por haberte ocultado la verdad; pero no injuries a
mi desgraciada raza, ni participes de un odio vulgar indigno de ti.
-Si es verdad lo que me has dicho,
¿por qué no tuviste mala la apariencia, como tienes mala
religión? ¿Por qué no fueron horribles tus palabras, tus
acciones y tu persona como lo es tu creencia? ¡Impostor, cien veces
impostor!
-Gloria, Gloria, amiga de mi vida,
refrena tu lengua. Tus injurias me matan.
-¿Por qué me has
engañado, por qué consentiste que te quisiera, sabiendo que
debíamos estar eternamente separados? -exclamó ella con el
desvarío de quien va a perder la razón-. Dime, ¿por
qué consentiste que te amara?
XXVI GLORIA
GLORIA
BENITO PEREZ GALDOS
ESPAÑA
-Tengo todas sus palabras tan presentes como si las
estuviera oyendo a todas horas, y nada, nada me dijo de usted.
Gloria se levantó.
-Aunque no lo necesitas -dijo-, yo
traje esto para ti, y aquí te lo dejo.
-Aunque no lo necesito, lo tomo por
ser de esas divinas manos,
y con la condición de darlo a otros pobres más pobres que yo... ¡Ah! ¡Qué feliz
soy, señorita mía! Si fuera malo me volvería bueno ahora. Trabajo sin cesar, y
el Sr. D. Juan no se arrepentirá de haberme dado esta choza, porque se la estoy
componiendo.
Gloria no miró las grandes obras de
carpintería que traía entre manos Mundideo.
-Adiós -dijo-. Abrázame.
-¡Señorita Gloria, por Dios!
-exclamó Mundideo retrocediendo.
-¿No te abrazó el del vapor? Pues yo
también.
Y antes de que Caifás pudiese
impedirlo, Gloria le estrechó entre sus brazos.
-Ahora tienes que ser hombre de bien
-gritó alejándose a buen paso de la choza.
Andando hacia su casa, no vio las
vacas que al pasar la miraban, ni el verde maizal, ni los cinco castaños
mutilados y generosos, que se cargaban de fruto en su vejez, como los
patriarcas bíblicos cargados de hijos; ni vio la torre de Ficóbriga, ni los
pájaros que volvían del horizonte en vagabundo grupo. No vio nada más que un
sol poderoso que había salido ha tiempo en su alma y que subiendo por la
inmensa bóveda de esta, había llegado ya al cenit y la inundaba de esplendorosa
luz.
- XXVI -
El ángel
rebelde
Por las noches, después de la cena que recrea y
enamora, se rezaba el rosario en el comedor, con la puerta del jardín
abierta si el tiempo era bueno. Durante este acto piadoso, Morton salía fuera,
pero permanecía sentado en el jardín con la cabeza descubierta.
Tras la cena venía un poco de grata
tertulia, y luego cada cual iba a su cuarto. Gloria subía la última. Poco
después de que resonara la fechadura de su cuarto al ser cerrada, todo era
silencio. Envuelta en sombras de sosiego, la casa dormía, callada y tranquila
como el justo.
Pero en la habitación de la esquina
velaba el pensamiento y seguían abiertos, fijos en la oscuridad, los ojos de
Gloria. El ruido de una cercana fuente, el chasquido de los sapos y a veces el amoroso silbo del viento,
formaban en torno al cerebro de la joven despierta un ritmo extraño que
favorecía la actividad de su imaginación. De su brazo derecho hacía una
aureola, dentro de la cual metía la cabeza, escondiendo el rostro como lo
esconde el pájaro bajo el ala; y sola allí, sin más testigo que Dios, abría de
par en par las puertas de su corazón para que a borbotones saliese la llama que
en él ardía; soltaba los diques al pensamiento para que sin detenerse corriese
fuera. Así estaba largas horas de la noche, primero inmóvil, inquieta después a
causa del febril insomnio, hasta que la vencía el sueño ya cercano el día, y
sobre el blanco lecho tranquilo flotaba su respiración.
Una de aquellas noches, cuando se
escondió dentro de sus alas y mató la luz, habló así:
-Hoy me dijo: «Yo he nacido con mala
estrella, Gloria, y preveo desgracias. El corazón me anuncia que no llegaremos
al complemento de nuestro destino. ¿Tienes tu confianza?...». Yo le respondí:
«Confío en Dios...». Y él dijo tristemente: «Muchas veces se le llama y no
responde, y otras muchas permite que los conflictos del corazón sean resueltos
por las maldades de los hombres...». ¿Qué quiso decir? ¡Dios mío, yo dudo, yo
soy feliz y estoy llena de zozobras, yo espero y temo! No ceso de pensar en las florecillas de los prados,
tan bonitas y tan felices, pero que, según me parece a mí, han de estar siempre
medrosas y temblando, no sea que las pise la planta del buey que ven
acercarse... Yo tiemblo, yo veo llegar el pesado pie del buey...
»Hoy, cuando salió a pasear a
caballo, ¡tardaba tanto!... yo creí que no volvería más, y una nube negra se
asentó sobre mi corazón, oprimiéndolo. Cuando le vi aparecer, cuando sentí las
herraduras del animal sobre las piedras del patio viejo, me parece que todo se
iluminaba. Yo no sé lo que es esto. ¡Qué cosa tan extraña! Yo recuerdo que
cuando he tenido épocas de estar muy triste, por ejemplo, cuando murieron mis
hermanitos, todo se revestía de mi pena. Los árboles y las casas y el cielo,
Francisca, mi padre, mi cuarto, mi vestido, el jardín, la escalera, la vajilla
del comedor, la jaula del pájaro, las magnolias, el camino, los palos del
telégrafo, el reloj de la Abadía, las nubes, los barcos, Germán, Caifás, el
cura, mi dedal, la estera, los prados, las teclas del piano, todo, todo está
vestido de mi tristeza. Ahora todo está vestido de él.
»Hace diez días me dijo lo que ya
presagiaba mi corazón... Hace seis que me exigió una respuesta. Bien claro
debía conocer, cuando me
dirigía la palabra, que el alma se me estaba saliendo por los ojos. Muchos días
hemos estado diciendo discreteos que en mí eran verdaderas tonterías. Al fin no
he podido disimular más, y las palabras, lo mismo que entra la luz por una
puerta cuando la abren, se me han arrojado fuera de la boca, y le he dicho que
le quiero con toda mi vida. No me avergüenzo de ello, y mi conciencia sigue
tranquila. Dios está conmigo, lo siento, lo conozco. Veo la mano inmensa que
traza en mi interior la cruz, bendiciéndome.
«Gloria, me ha dicho, maldito sea yo, malditos mi
padre y mi madre, si no te adoro. Mi corazón te adivinaba hace tiempo. Cuando
te vi no me pareció que te veía sino que te hallaba». ¡Ay! Mi corazón le
aguardaba también como al hermano que se ha ido para volver.
»Ni una sola palabra ha salido de
sus labios que no sea de mi agrado. Ni un solo movimiento he visto en él que no
me enamore más. Su persona es perfecta, su corazón lleno de bondades que nunca
se agotan, su entendimiento como el sol que todo lo alumbra, su genio suave y
dulce que jamás ofende, sus palabras delicadas. Me adora y le adoro... Pues
bien, yo pregunto al cielo y a la tierra, a los hombres y a Dios: ¿por qué este
hombre no ha de ser mi
marido? ¿Por qué no ha de estar unido a mí, siendo los dos uno solo en la vida
usual, como somos uno en la del espíritu, y lo seremos siempre, sin que nada ni
nadie lo pueda impedir?... ¿A ver por qué? respóndanme ¿por qué?
Como nadie le respondía, Gloria se
daba a sí misma la contestación diciendo, cual si no estuviera sola: -Mi esposo
serás».
Pero otra noche se expresaba el tono
distinto diciendo:
-Aquello que sólo existe para el
bien, aquello que viene de Dios, aquello que es la necesidad primera y la luz
toda del alma, la religión, es hoy para mí fuente de amargura. Entre los dos
cae el filo de una espada terrible. Nadie puede resolver esto, nadie puede
hacer polvo esta muralla que se nos pone en medio, y en la cual se hieren
desgarrados nuestros brazos cuando vamos a juntarnos para siempre.
»Conozco a mi padre. Es una roca.
Malditos sean Martín Lutero, la Reforma, Felipe II, Guillermo de Orange, el
elector de no sé dónde, la paz de Westfalia, la revolución de no sé cuántos, el
Syllabus, todo eso de que ha hablado mi padre esta noche... He aquí que ataja
nuestros pasos y corta el hilo de vida que nos une, no Dios, autor de los
corazones, de la virtud y
el amor, sino los hombres que con sus disputas, sus rencores, sus envidias, sus
ambiciones han dividido las creencias, destruyendo la obra de Jesús, que a
todos quiso reunirlos. No sé cómo hay alma honrada que lea un libro de
historia, laguna de pestilencia llena de fango, sangre, lágrimas. Quisiera que
todo se olvidase, que todos esos libros de caballerías fuesen arrojados al
fuego, para que lo pasado no gobernara lo presente, y tantas diferencias de
forma y de palabras murieran para siempre.
»Yo pregunto: ¿No es él bueno, no
practica la ley de Dios? ¿Le querría yo si así no fuera? ¿No tiene un alma
privilegiada? ¿Qué le diferencia de mí? Nada, un nombre vano, una palabrota,
inventada por los malvados, para cubrir sus rencores. ¡Ay! Los que se aman son
de una misma religión. Los que se aman no pueden tener religión distinta, y si
la tienen, su amor los bautiza en un mismo Jordán. Quédense las sectas
distintas para los que se aborrecen. Mirándolo bien, veo dos religiones, la de
los buenos y la de los malos. A todos los buenos les pongo con Jesús. Váyanse
con Barrabás todos los malos. ¡Concebir yo que Daniel no está con Jesús,
concebir yo que Daniel no es de la religión de los buenos... eso no puede ser!
»Pero si digo esto mañana a la luz del día se reirán
de mí. ¡Oh! ¡Dios poderoso, yo lo veo tan claro como la luz, como tu
existencia, como la mía, y no puedo decirlo sin pasar por tonta a los ojos de
tanto sabio!».
Y cuando esto pensaba, aquella voz
secreta de su alma que otras veces le daba consejos de orgullo, decíale ahora:
-«Levántate, no temas. Tu entendimiento es grande y poderoso. Abandona esa
sumisión embrutecedora, abandona la pusilanimidad que te ha oprimido, y haz
cara a las preocupaciones, a los errores, a las ideas falsas donde quiera que
se hallen. Tú puedes mucho. Eres grande: no te empeñes en ser chica. Tú puedes
volar hasta los astros; no te arrastres por la tierra».
Gloria oyendo esto decía:
-Sí, sí. Yo sé más que mi padre, yo
sé más que mi tío. Les oigo hablar, hablar mucho con el sabio lenguaje de los
libros, y en mis adentros digo: «con una palabra sola echaría abajo toda esa
balumba de palabras». Ellos son buenos, están llenos de buena fe; pero no
sienten el amor, que es el que ata y desata. Se fijan en la superficie; pero no
ven el fondo. Yo, iluminada, lo veo y lo toco. No puedo equivocarme, porque una
luz divina me acompaña, porque amo, porque las sombras que a ellos les
oscurecen la vista caen
delante de mí. ¡Oh! si me atreviera... Yo he sido hipócrita; yo me dejé cortar
las alas y cuando me han vuelto a crecer, he hecho como si no las tuviera... He
afectado someter mi pensamiento al pensamiento ajeno, y reducir mi alma,
encerrándola dentro de una esfera mezquina. Pero no: ¡el cielo no es del tamaño
del vidrio con que se mira! Es muy grande. Yo saldré fuera de este capullo en
que estoy metida, porque ha sonado la hora de que salga, y Dios me dice: «Sal,
porque yo te hice para tener luz propia como el sol y no para reflejar la ajena
como un charco de agua».
Gloria vertía lágrimas ardientes, su
cerebro relampagueaba, y en sus sienes vibraban las arterias como los bordones
de un arpa heridos por vigoroso dedo. Todo en ella gritaba:
-¡Rebélate, rebélate!... ¡Ay de ti
si no te rebelas!
Y no pudiendo permanecer en molesta
quietud, arrojose del lecho, para ir tentando en el vacío y adivinando con su
febril mano los objetos, envueltos en profunda oscuridad.
-¿Dónde estás, Señor y Dios mío?
-dijo.
Al fin puso la mano sobre el Cristo
de marfil que presidía en su cuarto.
-Señor -exclamó-. ¿Es posible que consientas esto?
¿Para esto valía la pena de que expiraras en esta afrentosa cruz? ¿Se ha
cumplido tu ley?
Después inclinó la cabeza sobre el
pecho, exhalando un gemido, y puesta la mano ante los ojos lloró al sentir la
amargura del cáliz. No tenía más que dos caminos: resignarse o rebelarse.
Las primeras luces de la mañana,
entrando por las rendijas que en las maderas de la ventana había, resbalaron
sobre el hermoso cuerpo medio vestido de la enamorada doncella. A un tiempo
mismo afectáronla el frío y el pudor, y se acostó temblando. Durmiose al fin.
XXVII -
Se va
Una mañana D. Juan de Lantigua dijo a su hermano:
-Veintiséis días hace que el
extranjero está en nuestra casa. Ya oíste lo que dijo anoche.
-Sí; aunque nos tiene buena amistad,
su delicadeza le ha impulsado a pedirnos la venia para marcharse. Bien se le
conoce que no tiene ganas; pero no quiere abusar de nuestra hospitalidad.
-Aunque le dije anoche que se
quedara algunos días más, no pienso instarle mucho. Conviene que se marche.
¿Qué te parece?
-Me parece bien.
-¿Y qué tal? -dijo D. Juan con
cierta ironía-. ¿Estás satisfecho de tu conquista? Estos protestantes, querido
hermano, mientras más
discretos son, más apegados viven a su herejía. Hay que dejarles.
-No creo lo mismo -objetó Su
Ilustrísima-. Debe intentarse atraer al rebaño la oveja extraviada; llamarla,
correr tras ella. Si a pesar de eso no quiere venir...
-Ya ves cómo tus esfuerzos no han
tenido éxito.
-¿Qué sabes tú? Yo no pierdo la
esperanza. Yo he hablado, él me ha oído. Derramé la palabra divina. ¿Puedes tú
asegurar que no fructifique algún día?
D. Juan movió la cabeza indicando
duda.
-Por de pronto -dijo-, bueno es que
se marche. No es nada conveniente que ese hombre esté más tiempo en mi casa.
Nos privamos de una excelente compañía; pero es preciso que salga de aquí. No
carece de atractivos superficiales. Hay en todo él cierto brillo que fascina y
encanta. Yo tengo una hija bastante impresionable...
-¿Pero qué, temes que Gloria?...
-No, no temo nada... ¿Cómo puedo
imaginar que mi hija?... Hay aquí un abismo insuperable, la religión, y ante
ese obstáculo creo que, no ya el buen juicio, sino la fantasía misma y la
sensibilidad de una muchacha educada en el catolicismo deben detenerse. No puede ser de otro modo... Pero con
todo, aunque es grande mi confianza en ella, bueno es alejar hasta la más
remota probabilidad.
-Me parece que has hablado
cuerdamente -dijo D. Ángel-. Por mi parte nunca sospeché que pudiera suceder lo
que tú temes. No concibo que existiendo el obstáculo religioso pudiera nacer el
amor en una joven verdaderamente piadosa.
-Querido Ángel, no debe olvidarse
que el amor es puramente humano.
-Y la religión divina, sí; pero...
D. Ángel se confundía.
-Nada que sea humano es imposible
-afirmó D. Juan-. Por consiguiente, alejemos las ocasiones.
-Dices bien; nada se pierde en ello.
Después de este breve coloquio, D.
Juan se dio la encerrona de costumbre, calentándose la cabeza con lecturas y el
continuo escribir. Por la tarde dijo a su hija:
-Ya sabes que se va el Sr. Morton.
Acaba de entregarme una cantidad considerable para los pobres de Ficóbriga.
Entre tú, tu tío y yo la repartiremos.
Gloria no respondió nada, y a pesar
de sus esfuerzos para aparecer serena, D. Juan creyó ver alguna nube en aquel puro cielo del
espíritu de su hija.
-¿Qué tienes? -le preguntó
sorprendido y receloso.
-Nada -respondió-. Pensaba que no va
a haber pobres para tanto dinero.
172 GLORIA
GLORIA
BENITO PEREZ GALDOS
ESPAÑA
Gloria se acercó a su padre.
-¡Buena se ha armado en la Asamblea
de Francia! -exclamó de súbito el doctor Sedeño que leía un diario-. Esto es la
dispersión de gentes. ¡Oh! ¡Francia, Francia, bien merecido lo tienes! Oiga
Usía Ilustrísima y formará idea de cómo se acaba un país por abandonar las vías
del catolicismo.
D. Ángel miró a su secretario y al
periódico que leía.
Gloria puso la mano sobre el hombro
de su padre.
-¿Qué quieres, hija mía? -le dijo
este cariñosamente tomando
aquella mano-. ¡Ah! picarona, ya que estás aquí no te marcharás sin llevar un
buen sermón.
-¿Por qué?
-Porque no tienes formalidad. Hace
días te hablé de un asunto; me prometiste contestar pronto y esta es la hora...
-Pues bien, papá -indicó Gloria
inclinándose-. Voy a contestar.
D. Juan dejó la pluma.
-Y contesto que no -dijo la señorita
sonriendo y reforzando su frase negativa con un vivo movimiento de cabeza.
-¿Rehúsas?
-Rehúso... pero de todo corazón.
-¿Lo has pensado bien?
-Lo he pensado bien, y no puedo, no
puedo de ningún modo querer...
-¿Podrías darme alguna razón? -dijo
don Juan mostrando un sentimiento extraño que sólo podría llamarse severidad
benévola.
-Una no, mil -dijo Gloria con su
natural propensión a la hipérbole.
-Con una me contento. ¿Has
considerado bien las prendas de ese joven?
-Sí, y he visto que es un sepulcro
blanqueado.
-Mira bien lo que dices.
-¡Ah! usted mismo no tardará en reconocerlo. No es oro
todo lo que reluce. Verdad es que para mí nunca ha brillado el D. Rafaelito
sino como hojalata.
-¡Qué manera de juzgar! -dijo D.
Juan no disimulando que estaba contrariado-. Acaso tú, una chiquilla, puedes
juzgar... Pero silencio que viene aquí.
___________
XXIII -
Dos opiniones sobre el país más religioso del mundo
Daniel Morton no salvó sino una parte muy pequeña de
su equipaje, que era considerable; pero sí los fondos que traía en la caja de a
bordo a cargo del capitán. Este fue a visitarle el día en que partieron todos
los náufragos, y entregole lo que de él había recibido, descontando una
cantidad que Daniel destinó a auxiliar a la tripulación. Púsose luego este en
relaciones con el cónsul inglés de la capital de la provincia (situada a diez y
seis kilómetros de Ficóbriga por camino real), y recibió dos grandes baúles con
efectos. Al día siguiente de su primera salida de la casa, Morton tuvo la
abnegación de confiar su persona a un descuadernado cajoncillo, que usurpando
aleve el nombre de coche, iba todos los días a la capital de la provincia,
moliendo gente so pretexto
de llevarla y traerla. Por la noche Daniel volvió caballero en un gallardo
potro negro.
-Fui con intención de comprar un
caballo, aunque sin esperanza de encontrarlo -dijo al llegar junto a la verja
de la casa, donde se habían detenido los tres Lantiguas después de su paseo
vespertino-; pero he podido conseguir este animal, que no es un prototipo de
belleza ni agilidad, pero que anda.
-A mí me parece arrogantísimo y
digno de Santiago, si fuera blanco -dijo D. Ángel.
-Pues no creí yo que allá encontrará
usted tan buena pieza -indicó D. Juan examinando la bestia-. Es de lo poco
bueno que se suele encontrar por estas tierras.
Gloria no dijo nada.
Morton, después de dejar su caballo,
subió:
-Ya tengo caballo -dijo-. No me
falta más que escudero.
Y aquella misma noche cerró trato
con Roque, criado de la casa, para que un hijo de este, nombrado Gasparuco y
que parecía bueno, le sirviese de criado.
-Por lo visto, se despierta en usted
la afición a nuestro país -dijo el Sr. de Lantigua-. ¿Y le tendremos a usted
mucho tiempo por aquí?
-Es posible que sí -repuso Morton.
En pocos días el caballero
hamburgués visitó y conoció prolijamente toda Ficóbriga, en especial la Abadía,
curiosísima obra del duodécimo siglo, que no por estar tan dejada de la mano de
los hombres, toda destruida y ateada, carecía de encantos para el artista.
También vio el castillo desmantelado, el torreón o cubo señorial que se alza
más arriba de la huerta abacial, ogaño cementerio, y las casas infanzonas de la
villa, algunas de las cuales llaman con justicia la atención de los forasteros.
Los habitantes de esta miraron con
simpatía al joven extranjero, si bien le inundaron de comentarios. Varias
personas, como D. Juan Amarillo y dos de los indianos, hicieron amistades con
él.
En casa de Lantigua había ganado
Morton las simpatías de los dos hermanos por su trato afabilísimo y la amenidad
de su conversación. Demostraba un entendimiento privilegiado sin pedantería,
una sensibilidad exquisita sin afectación y el más acabado conocimiento de
todas las reglas sociales.
No se le cocía el pan a D. Ángel
hasta plantear de lleno la empresa que pensaba acometer, apretándole a ello su
tesón de apóstol cristiano
y el natural afecto que el extranjero le inspiraba, y un día enunció el tema
resueltamente.
Por desgracia para nuestra fe
sacratísima, las santas aspiraciones del prelado no tuvieron éxito. Pasaban horas
discutiendo sin que Morton revelase deseos de penetrar en la Iglesia católica,
y para que la pena del reverendo pastor de almas fuese mas honda, ni aun pudo
conocer de un modo claro las creencias religiosas del extranjero, que hablaba
siempre en términos generales y eludiendo su personalidad. Maravilló
ciertamente a D. Ángel en estas disputas, estériles por desgracia para el
aumento de la grey católica, el conocimiento que Daniel mostraba de todos los
libros santos desde el Génesis hasta el Apocalipsis. No ignoraba lo más selecto
de los Santos Padres, y conocía perfectamente toda la polémica religiosa del
presente siglo y de los tiempos más cercanos, con las disposiciones del Santo
Padre, el último concilio y los triunfos y persecuciones recientes de la Iglesia
de Cristo.
Mas de tanta erudición, hija de
formales estudios y afición a las cosas divinas, nada de provecho sacaba el
buen pastor, lo que le causaba amarguísima pena. Últimamente había pensado
desistir de su empeño, considerando que Dios elegiría, sin duda, otros caminos
y ocasión distinta para
llevar la luz al espíritu de aquel hereje.
En cuanto a D. Juan de Lantigua, si
al principio asistió con interés vivo a los diálogos religiosos, pronto se
apartó de ellos, por no permitirle perder ningún tiempo los trabajos que entre
manos traía. Devorado por un ansia fervorosa, entregábase sin descanso a las
lecturas y a la composición literaria, bebiendo en libros y derramando su
pensar en cuartillas. Estaba su espíritu tan por entero dado a aquel afán, que
no había fuerzas humanas que le arrancaran del despacho durante cuatro horas
por la mañana y otras tantas por la noche. Su hermano le reprendía
cariñosamente por esta tarea ardorosa y febril, que gastaba sus peregrinas
facultades y le iba irritando el cerebro y enflaqueciendo las fuerzas físicas
en términos que D. Juan se desmejoraba más cada día. Pero no hacía caso él de
los sermones episcopales y seguía erre que erre sobre los libros, sacándoles el
redaño para escribir después. ¡Admirable aplicación que debía dar por resultado
una de las más hermosas obras de la época presente!
BELLEZA -SABADO 14 JULIO DE 2018
Miré el desfile de las fiestas julianas desde un lugar situado al frente
de la plataforma de madera donde estaban sentadas algunas autoridades y
reinas de belleza de Huehuetenango. Entre ellas estaba una señorita muy joven y bella , con unos ojos de color azul que combinaban maravillosamente con su vestido de un color aproximado lavanda.
Tan solo el verla es en sí mismo un regalo a nuestra vista. Al
finalizar el desfile dí la vuelta , me acerqué a la plataforma y quedé
observando su rostro y su atractiva mirada de los ojos azules. Ella me miró y muy amablamente me saludó, Contesté su saludo.
Transcurrieron unos minutos y la bella señorita iba sola caminando por
el parque, yo detrás de ella a unos metros. Siguió caminando sola por
calle. Sentí el deseo de saludar y solicitarle tomar unas fotos, pero la verdad en el último momento no me atreví, y
ella siguió caminando sola. tomé otro rumbo, entrré a un salón
municipal y allí encontré a otra reina de belleza que estaba por allí,
le solicité tomarle una foto y ella amablemente accedió.
362- GLORIA
GLORIA
BENITO PEREZ GALDOS
Enteramente solos... ¿Por qué no duermes, amor mío?
-dijo el hebreo abrazando con pasión su hermosa cabeza.
-A eso voy, querido -dijo Gloria con
festiva confianza-. Y te aseguro que tardaré un ratito en despertar.
-Voy a llamar a esa mujer -repitió
Morton cada vez más inquieto.
-Si la llamas me voy a dormir a mi
casa -dijo Gloria deteniéndole por un brazo-. Para el mal que yo siento, tu
compañía sola y la de este niño es lo que más me agrada.
-¡Oh, qué benditas palabras estás
diciendo! -exclamó Daniel trastornado de júbilo y emoción-. ¡Y siendo como
eres, no puedo llamarte mi esposa! Esto es un crimen, un crimen horrendo, del
cual Dios, tu Dios o el mío, cualquiera de ellos, nos ha de pedir cuenta en la
otra vida.
-Ves esto con mirada baja y pequeña.
Yo llevo la idea de nuestros desposorios por caminos más altos. Tú la verás cuando seas
salvo, y entonces me darás las gracias, pobre ciego... Pero dime, ¿estamos en
efecto solos?
-Solos. ¡Oh! si pudiéramos estar así
toda la vida, si pudiéramos huir, romper con todo el mundo, labrarnos un mundo
para nosotros; si pudiéramos gozar de esta grata soledad perpetuamente, como es
nuestro destino, ¡cuán pronto, querida mía, derribaríamos los vanos altares en
cuya piedra nos han degollado, y levantaríamos en su lugar otro, uno solo para
los dos!
-Eso sucederá cuando tú vengas a
Jesucristo -repuso la joven con alegría-. Yo estaré entonces muy lejos; pero
por grande que sea la inmensidad infinita, te reconoceré en ella y te daré la
mano.
-Jesucristo!... ¡Siempre ese
nombre!...
-¡Siempre! Sé que entrarás en su
reino y ese es mi consuelo, es la idea que me ha salvado de la desesperación y
del infierno, es la idea que me proporciona una dulce muerte, la purificación
de mi alma y la seguridad de mi entrada en el Cielo. Por esa idea, la muerte es
dulce para mí, y ella basta a llenar de gozo mis últimos momentos.
-Por Dios, no hables de morir...
-dijo Morton-. Vivirás y serás mía. Dame la mano.
-¡El corazón te doy! -exclamo Gloria con la voz más
divina que puede oírse, tomando la mano de su amigo y oprimiéndola contra su
pecho-. Desde que al nacer dio el primer latido fue tuyo. Te amó judío lo mismo
que te habría amado cristiano, porque te amó en Jesucristo para quien todos los
hombres son iguales. ¡Esposo! te doy con la boca el mismo nombre que hace
tiempo y a todas horas te doy con mi pensamiento... He vivido en ti y en ti
muero.
-Y sin embargo, cruel, tuya es la
culpa de nuestra separación, porque siendo sin saberlo cómplice de mi madre,
has desbaratado juntamente con ella mi proyecto.
-Lo he desbaratado porque hubiera
tenido sobre mi conciencia la desesperación de tu madre. Al verla dije: «antes
moriré que poner discordia entre un hijo y una madre». Además tu conversión no
era sincera. Sobre todas las cosas me cautivaba en aquella hora la idea de que
este horrible conflicto en que se encuentran nuestras almas no había de
concluir sino por un gran sacrificio, y de que este sacrificio debía hacerlo
yo... Y no dará sus frutos en este mundo miserable, sino en otro, allá donde
brotan y se alzan llenas de aromas y bellezas las flores cuya semilla hemos
arrojado aquí.
-Yo admiro tu sacrificio, pero no lo comprendo -dijo
Daniel con amargura-. Esa solución de que hablas, ¿dónde ha de ser realidad?
¿en ese horrible convento donde te encerrarás desde mañana?
-No... en el Cielo -repuso Gloria
con angelical sonrisa-. Me alegro de que la muerte me impida ir al convento.
Así es mejor, mucho mejor. En el convento me habría sido imposible convertir el
amor que te tengo en la pasión mística que mi tía me presenta como modelo de la
perfección cristiana, me habría sido imposible olvidar a mi hijo y dejar de
consagrarle todas las horas. De este modo, muriendo después de haber renunciado
todos los goces, creo haber llevado bastante mi cruz, y expiro confiando en que
Dios ha de salvarnos a los dos.
-¡Oh! tú no morirás, Gloria, no
morirás todavía -exclamó Daniel besando su frente-; pero si murieras, tu muerte
sería un suicidio, habrías sucumbido a esa insensata mortificación moral, a esa
cruel renuncia de bienes legítimos. ¡Pobre ángel extraviado! Te has estado
matando lentamente, día tras día. El padecer será meritorio; pero el padecer
por el padecer no puede ser una religión. Has sacrificado un porvenir que podía
haber sido risueño; has ahogado una familia naciente. Siempre que se puede hacer el bien, debe hacerse en
vida, mayormente si se hace también a los demás. Tú impidiendo que nos
entendiéramos, impidiendo que nos uniéramos en vínculo civil, para poder llegar
a la reconciliación de nuestras ideas, te has matado a ti misma y me has matado
a mí, y difieres nuestra dicha y nuestra unión para la otra vida, pudiendo
haberla realizado en esta. Te entrometes en la obra de Dios, querida.
-No eres cristiano: ¿cómo has de
comprender esto? ¡Pero tú lo comprenderás!... En este mundo no podía ser yo tu
esposa, porque tu conversión era una falsedad. No hay que afligirse: el alma es
libre, y su inmortalidad le ofrece tiempo, caminos sin fin para alcanzar el
bien que desea... Yo muero con gozo, y muriendo siento inefable regocijo al
decirte: «Daniel, tú serás salvo, por mi mediación». Mi fe en Jesucristo me
inspira esta confianza.
Debilitándose su voz, empezó a
temblar con leves convulsiones.
-Tengo frío -murmuró-; abrígame. Que
estos últimos cuidados que me prestas sirvan para fijar más en ti mi memoria.
Dios me ha concedido el beneficio de morir en tus brazos, para que de este modo
mi muerte selle tu persona y quedes marcado para la redención que vendrá.
-No hables de morir, no hables de eso -exclamó Daniel,
arropándola con las mantas.
-Hace tiempo que estoy muriendo. Mi
corazón que es el que tiene la herida me anunció el fin. Ahora mismo parece que
él está tirando, tirando para arrancar sus propias raíces.
-Tu delirio te engaña. Vive, aunque
no seas para mí, aunque mueras de otra manera en esa equivocada perfección del
convento cristiano.
-¡Qué bueno ha sido Dios para mí!...
¡Sí, qué bueno! -dijo Gloria-. Bueno, porque me permite morir a tu lado, bueno
porque me evita entrar en el claustro, donde tu recuerdo y el de mi hijo no me
habrían permitido ser santa. ¡Oh, qué imperfecta soy! En mí todo es humano y el
misticismo, esa singular manera de amar a Dios con pasión, sobresalto y
congojas de enamoramiento no caben en mi espíritu. Muero sin poder desarraigar
de mi pecho lo mundano. Pero Jesucristo, a quien adoro, tendrá misericordia de
mí, me enseñará otros caminos mejores, y aprenderé el amor divino y me abrasaré
con gozo en esa pasión, siempre que en ella haya algo de ti y de mi hijo, pues
sin uno y otro no comprendo nada de amor.
Debilitándose más, añadió:
-Me siento morir. Yo creo que estoy
muerta ya y que hablo y te
miro por especial favor de Dios, para que no te quedes solo todavía. Todo en mi
ser se acaba. Toca mi corazón, verás cómo apenas late. Mi vista se turba ya...
¿En dónde está mi hijo?
-Aquí... ¿no lo ves?
Gloria se volvió sobre su derecha
para abrazar al pobre niño, que seguía durmiendo.
-Un favor te pido, segura de que me
lo has de conceder -dijo Gloria, tomando la mano de su amigo.
-Di.
-Que no robes a mi hijo, ni lo
compres, ni intentes arrebatarlo jamás a la patria y a la familia de su madre.
Quiero que sea educado entre cristianos.
Yo
te juro que se cumplirá tu deseo -repuso Morton con voz turbada.
-No te alejes, esposo mío, no te separes de mí ni un solo
momento.
-Si estoy aquí...
Daniel la observó con terror, y vio que sus facciones tomaban un
tinte lúgubre y que sus hermosos ojos se nublaban.
-¡Qué placer! -dijo cerrando los ojos y estrechando con su brazo
derecho al pobre niño, que seguía durmiendo-. Te suplico que ames mucho a mis
tíos; pues todos son buenos y han
deseado mi bien... Me enterrarán al lado de mi padre y de mis hermanitos.
El hebreo sintió la más horrible angustia. Comprendiendo la
gravedad del estado de Gloria, no se atrevía a separarse de ella. Y sin
embargo, era indispensable llamar, pedir socorro. Llamó a la dueña de la casa,
pero nadie le respondió.
-¿Están ahí mis tíos? -dijo Gloria abriendo los ojos-. Sí, les
veo, ahí están. Sentiría no despedirme de ellos... Ya, querida tía, estará
usted contenta de mí. El sacrificio que usted me pedía, ¿no está hecho? La
renuncia que usted me aconsejaba, ¿no está hecha?
Su espíritu, después del período de lucidez en que le hemos
visto, había sido de nuevo arrastrado a las tenebrosas corrientes circulares
del delirio, estado vertiginoso tan semejante a los remolinos del agua en la
tromba.
-Pero la idea de usted, querida tía -prosiguió la enferma-, no ha
podido triunfar completamente en mí, y al presentarme delante de Dios, le
presento las prendas de mi corazón y los nobles afectos de que no puedo
desprenderme... ¡Oh Dios mío! no me es posible amarte como a un novio. No te
veo grande y superior a todas las cosas, sino cuando veo bajo tu sombra a los
que he amado en el mundo. Por Ti
mi esposo y mi hijo subirán conmigo a descansar a la sombra de ese árbol
celestial en cuyas ramas cantan los ángeles
148-GLORIA
GLORIA
BENITO PEREZ GALDOS
ESPAÑA
-¡Protestante!
-Es decir, que se condenará -dijo
Gloria vivísimamente-. Es lástima que teniendo tan buen corazón...
-Sí que es una lástima... Te
confieso que estoy verdaderamente afligido, afligidísimo.
-Si da ganas de correr hacia él y
gritarle: «Caballero, por Dios, sálvese usted, a dónde va usted... Véngase
usted con nosotros».
-Justo, como cuando miramos a un
ciego que por no ver el camino se va a caer en un pozo. Has interpretado a
maravilla mi pensamiento. Yo estoy desasosegado desde que ese joven está en
nuestra casa, y el día en que le vea marchar tendré un disgusto... quiero
decir, si se marcha como ha entrado, ciego.
-Protestante.
-Cabal. Y me parece que soy indigno
apóstol de Cristo si no consigo...
-¿Convertirle? -preguntó la señorita
con incredulidad.
-¿Te parece difícil? Otras cosas más
difíciles se han visto realizadas. Es imposible que Dios haya creado un
ejemplar tan hermoso de la persona humana para dejarle perder. Quién sabe si su sabiduría infinita encaminó a
este hombre a nuestras playas abriéndole con el naufragio del buque el camino
de su salvación.
-¡Oh! ¡quién sabe! -exclamó Gloria
elevando sus ojos al cielo como para preguntarle si era verdad la suposición de
su tío-. ¡Dios dispone tan admirablemente las cosas!
-Él es la verdad, la vida, el
camino. Nada, yo estoy decidido a dirigirme a ese joven, a encararme atrevidamente
con él, como ministro que soy de Jesucristo, y decirle: «Morton, tú debes ser
católico».
-Muy bien, tío -exclamó Gloria
aplaudiendo con entusiasmo.
Sus ojos se humedecieron
ligeramente.
-Yo estoy decidido -continuó Su
Ilustrísima sintiendo en sí la inspiración evangélica que le hacia tan
admirable en el púlpito-, a decirle como Jesús a Lázaro: «¡Morton, despierta;
Morton, levántate! Tú no has nacido para vivir en la región de las tinieblas.
Arroja esa sacrílega venda y mira esta luz que tengo en la mano, esta luz
divina que el Señor se ha dignado confiarme para que te guíe, para que te
ilumine. Ven y reposa sobre mi corazón, hijo mío, ven a aumentar el reinado de
Jesucristo con tu preciosa inteligencia, con tu sensibilidad exquisita, con tu
noble aunque extraviado
espíritu». ¡Oh! y si viene, ese día será el más glorioso de mi vida, porque
habré arrancado de las manos de Satanás una víctima, habré rescatado un
miserable cautivo de las regiones infernales, habré conquistado una oveja al rebaño
de Cristo, y aumentado los celestes dominios de la Iglesia; y cuando Dios me
llame a juicio, Podré decirle: «¡Señor, he ganado una batalla al enemigo!».
-¡Oh! tío, tío de mi alma -exclamó
Gloria, besando con frenesí las manos del prelado, trémulas aún por la oración
oratoria-, usted es un santo.
-Santo no; pero al considerar este
caso de que ahora hablamos, no se aparta de mi mente el recuerdo de aquel
gentil llamado Saulo, que después fue gloriosísimo apóstol. Yo sería feliz
desempeñando el papel de Ananías, que por mandato de Dios corrió en busca del
perseguidor de la Iglesia, y le dijo: «Saulo hermano, el Señor Jesús, que se te
apareció en el camino por donde venías me ha enviado para que recobres la vista
y seas lleno del Espíritu Santo». Y al instante cayeron de sus ojos unas como
escamas y recobró la vista, y levantándose fue bautizado.
-San Pablo.
-Una de las más gloriosas conquistas
de la fe cristiana, sí.
Aquel hombre era tan despejado que Nuestro Señor quiso traerle a su servicio y le
trajo. Hace dos o tres días que no pienso más que en esto, y cuanto más trato a
este joven y oigo sus palabras y mido la altura de su discernimiento, más vivos
son mis deseos de decirle: Saulo hermano, Jesucristo me ha enviado a
devolverte la vista. En las empresas heroicas más energía y bravura
desplega el alma, cuanto más señalado es el mérito de la plaza que se quiere
conquistar y más grande la fama y destreza del enemigo.
-Y como Daniel parece...
-No parece, sino que es una de las
más acabadas hechuras de Dios. Cuando veo aquel admirable y soberbio vuelo de
su entendimiento, digo: «¡qué lástima, Señor, qué lástima!». ¿Recuerdas qué
bellísima explicación hizo de las fuerzas de la Naturaleza, relacionándola con
la previsión divina?
-Si, sí, lo recuerdo.
-¿Y aquella sencilla y patética
figura que trazó de las costumbres de su anciana madre?
-¡Oh! Sí, sí, lo recuerdo.
-¿Y las consideraciones que hizo
sobre la muerte de sus dos hermanas doncellas, contagiadas de la peste por
asistir a los enfermos?
-Sí, tío, sí... lo recuerdo bien.
-¡Y qué bien manifestó sus aficiones sencillas,
patriarcales, exentas de vicios, su admiración a las obras de Dios!
-También, también lo tengo presente.
-¿Y el cariño que tiene a nuestro
pobre país tan desgraciado?...
-Sí, sí, tío, todo lo recuerdo.
-Y yo al oírle y al verle, digo:
«¡qué lástima, Señor, qué lástima!».
-¡Qué lástima! -exclamó Gloria
cruzando las manos y elevándolas hasta apoyar en ellas la barba.
-Hoy mismo, hoy mismo pienso dar
principio a mi gran empresa -dijo el obispo con noble decisión-. Al fin haremos
algo grande en nuestra pobre vida.
-¿Hoy mismo?... pero si se marcha
pronto -dijo Gloria afectando naturalidad.
-No, porque tu padre y yo hemos
convenido en decirle que se quede en Ficóbriga y en nuestra casa quince días
más o un mes.
-Entonces, entonces, tío -dijo la
sobrinita no disimulando muy bien su alegría-, triunfará usted, triunfará la
Iglesia de Jesucristo... ¡Oh! ¡qué excelente idea han tenido papá y usted!
jueves, 16 de agosto de 2018
180-GLORIA
GLORIA
BENITO PEREZ GALDOS
ESPAÑA
Una
mañana era tanta su fatiga, que don Juan, sintiendo su cabeza más pesada que el
plomo, salió a ver si se le despejaba conversando con Morton. Cuando llegó al gabinete de
este, extrañó que no estuviese allí de visita D. Ángel, por ser costumbre
trabar las polémicas en aquella hora.
-Vamos -dijo-, veo que mi buen hermano se ha visto obligado a
levantar el sitio.
-El señor obispo -dijo Morton-, es tan bueno y tan sabio, que sin
duda ganará muchas plazas en el mundo. Las que él no tome es por que son
inexpugnables.
Tomando pie de esto, D. Juan le preguntó si sus creencias,
cualesquiera que fuesen, eran firmes. No vaciló en contestarle Daniel,
diciéndole que sus creencias no eran superficiales, rutinarias y frías como las
de la mayor parte de los católicos españoles, sino profundas y fijas; a lo cual
contestó D. Juan5 que más le
gustaba ver el tesón y la consecuencia en los sectarios de las falsas
religiones, que la tibieza y despreocupación en los que tenían la dicha de
haber nacido en la verdadera. Añadió que efectivamente se habían debilitado
mucho las creencias en nuestro católico suelo, pero que este mal ocasionado por
los excesos revolucionarios y la influencia de extranjeros envidiosos de la
Nación más religiosa del mundo, tendría fácil remedio en la predicación, en las
oraciones y en los trabajos
de la Iglesia si acertaba a encontrar un Gobierno piadoso que le ayudara.
Morton no estaba muy conforme con esta opinión. Sin embargo,
deferente con su generoso amigo, le dijo que confiaba en la regeneración
religiosa de este país, si abundaban en él pastores tan virtuosos y tan
ilustrados como D. Ángel de Lantigua y seglares como D. Juan.
-Yo conozco regularmente el Mediodía y la capital de España
-añadió-. Ignoro si el Norte será lo mismo; pero allá, querido señor mío, he
visto el sentimiento religioso tan amortiguado, que los españoles inspiran
lástima. No se ofenda usted si hablo con franqueza. En ningún país del mundo
hay menos creencias, siendo de notar que en ninguno existen tantas pretensiones
de poseerlas. No solo los católicos belgas y franceses, sino los protestantes
de todas las confesiones, los judíos y aun los mahometanos practican su
doctrina con más ardor que los españoles. Yo he visto lo que pasa aquí en las
grandes ciudades, las cuales parece han de ser reguladoras de todo el sentir de
la Nación, y me ha causado sorpresa la irreligiosidad de la mayoría de las
personas ilustradas. Toda la clase media, con raras excepciones, es
indiferente. Se practica el culto, pero más bien como un hábito rutinario, por
respeto al público, a las
familias y a la tradición que por verdadera fe. Las mujeres se entregan a
devociones exageradas, pero los hombres huyen de la Iglesia todo lo posible, y
la gran mayoría de ellos deja de practicar los preceptos más elementales del
dogma católico. No negaré que muchos acuden a la misa, siempre que sea corta,
se entiende, y no falten muchachas bonitas que ver a la salida; pero esto es
fácil, amigo mío; ¿no comprende usted que esto no basta para decir: «somos los
hombres más religiosos de la tierra?».
-Efectivamente no basta, no -dijo D. Juan con voz triste mirando
al suelo.
-Usted conoce muchas, muchísimas personas ilustradas, buenos,
leales, que no pueden menos de considerarse virtuosas; personas a quienes
usted, que es tan buen católico, no negará su amistad; personas de quienes
nadie se aparta con horror, personas amables...
-Ya, ya sé lo que usted me va a decir -indicó D. Juan
melancólicamente.
-Pues bien: de esas personas... (y yo supongo que conocerá usted
más de mil) de esas personas, ¿cuántas cree usted que cumplen el precepto
fundamental del catolicismo, la penitencia?
-¡Oh! tiene usted razón, tiene usted razón -dijo Lantigua con verdadera angustia-.
De cada cien, noventa y cinco no se han confesado en veinte años.
-Con la particularidad -añadió Morton-, de que la Iglesia manda
confesar una vez al año a lo menos. Los grandes e intachables
católicos, los que se pueden llamar vasos de elección (me refiero a los
varones, querido D. Juan), gracias que cumplan esa vez al año,
olvidando que la Iglesia aconseja una vez al mes y asegura que los que
no lo hacen viven una vida relajada y están en peligro de perderse. Si
tienen ustedes conciencia no deben suponerse en peligro, sino completamente
perdidos.
-El precepto, el precepto, Sr. Morton -dijo D. Juan con sequedad-,
no manda más que una vez al año.
-Hay otro síntoma -prosiguió Daniel-, que he observado muchas
veces. Cuando en una casa rezan el rosario, los hombres se echan fuera, sin que
por esto se alarme la familia femenina. He oído a algunos niños inocentes hacer
esta pregunta: «Dime, mamá, ¿por qué papá no reza?». Muchas veces no se sabe
qué contestar; pero en ocasiones se les dice: «Papá reza en su cuarto». Pero
donde reza papá es en el casino o en el café. Las mujeres aquí, por lo general
creen que siendo ellas rezonas, no importa que sus maridos sean blasfemos. Debo añadir, y no creo que usted se
ofenda por esto, que España es el país, no diré más blasfemo del mundo, sino el
país blasfemo y sacrílego por excelencia.
-En eso tiene usted razón -afirmó Lantigua con pesadumbre-.
También reconozco la irreligiosidad; pero usted parece indicar que las causas de
este grave mal están en otra parte que en la filosofía y en las libertades
modernas.
-No puedo creer que estas dos cosas hayan arrebatado al pueblo
español sus creencias. En otros países hay más, muchísima más filosofía que
aquí, más, muchísimas más libertades, y sin embargo, la fe religiosa no muere.
¡Hablan de revoluciones! Si en España no ha habido nada que merezca tal nombre,
amigo mío. Si en España todos los trastornos políticos han sido tempestades en
un vaso de agua. Por Dios, ¿qué idea hemos de formar del espíritu religioso de
un país si es tal que lo echan por tierra esos quince o veinte movimientos
políticos que se han sucedido desde 1812? Comprendo que los grandes edificios
caigan en el sacudimiento de un terremoto; pero ¿cómo han de caer con la
trepidación que producen las patadas de un regimiento de caballería?
Admitiendo, como no puede menos de admitirse, que ustedes no han tenido grandes
cataclismos, es preciso deducir que los edificios caídos no pueden haber sido muy grandes.
Fuéronlo, sí, en otros tiempos, pero al entrar este siglo todo estaba ya
carcomido. España, como la mujer rencillosa de que habla el Eclesiastés, es
ahora un tejado con muchas goteras.
-No admito eso de que no hayamos tenido revoluciones -dijo D.
Juan-. Las hemos tenido superficiales y profundas en el orden político; pero ¿y
la irrupción de libros, y la transformación social, esas oleadas de soberbia,
de amor al lujo, de concupiscencia, de materialismo que nos vienen de fuera?