martes, 12 de mayo de 2026

CON LA BIBLIA EN BRASIL *GLASS*1-19

 CON LA BIBLIA EN BRASIL

 ES LA HISTORIA DE ALGUNOS DE LOS MARAVILLOSOS INCIDENTES SURGIDOS POR SU DIFUSIÓN EN ELLA

 POR FREDERICK C. GLASS

LONDRES

1914

 “LA ENTRADA DE TU PALABRA DA LUZ.”

CON LA BIBLIA EN BRASIL *GLASS*1-19

 CAPÍTULO I

 PEDRO FELIZ

LLEGANDO a Goyaz, el punto más alejado de la costa al que el Evangelio había llegado entonces en Sudamérica, mi compañero —un colportor brasileño— y yo nos pusimos a trabajar para establecer un centro de evangelización permanente entre los católicos, que también constituiría una base desde la cual avanzar hacia el territorio indígena.

Alquilamos un pequeño salón en el centro del pueblo, mandamos hacer algunos asientos y una plataforma, y ​​comenzamos sin formalidades. Celebrábamos reuniones nocturnas que contaban con una gran asistencia, a pesar de la oposición organizada de los sacerdotes dominicos, los leales hijos del gran Inquisidor.

 Fue una labor ardua, ya que las clases adineradas y oficiales pronto se retiraban cuando nos poníamos a hablar en serio y predicábamos el arrepentimiento. Nuestra asistencia se redujo a veinte o treinta personas. Pero entonces 14 LA BIBLIA EN BRASIL empezamos a ver resultados. Curiosamente, las primicias fueron todos soldados, seis de ellos.

***1 Tenemos una excelente labor entre los soldados, policías y bomberos de Brasil; y la gran mayoría de nuestros pastores, evangelistas y colportores nativos provienen de esta clase.***

Algunos de estos jóvenes enseguida se pusieron a trabajar, repartiendo folletos entre sus compañeros y ayudando a la causa de otras maneras. Fueron objeto de burlas, maltratados y apedreados en las calles, pero todos demostraron ser fieles.

 Un día, dos de ellos me trajeron una noticia extraordinaria. Mientras hacían guardia en la prisión, repartían folletos a los presos y encontraron a un hombre entre ellos que tenía en su poder una Biblia que había recibido hacía varios años, y que parecía haberse convertido. Entonces recordé cómo en una visita anterior a Goyaz había distribuido folletos en la prisión, una costumbre mía en cada ciudad a la que entraba. Uno de los presos allí compró una Biblia, y sin duda era el mismo hombre; pero apenas creí su relato de su conversión.

A la mañana siguiente me dirigí a la prisión para investigar. Tras obtener permiso para pasar a los centinelas y un segundo permiso del carcelero, subí los escalones y atravesé uno o dos pasillos sucios y oscuros, hasta que me encontré frente a una ventana fuertemente enrejada en la pared.

Al asomarme, descubrí que había una segunda ventana enrejada a unos sesenta centímetros más allá, para mayor seguridad. No había puerta; el único acceso a las celdas era mediante trampillas en el suelo de las habitaciones superiores. Durante un rato no pude distinguir nada en la oscuridad más allá de esa segunda ventana, aunque percibí con claridad un hedor nauseabundo y el crujido de una rata que cruzaba el espacio intermedio. Después de unos minutos, pude distinguir una celda grande, sucia y fétida hasta cierto punto, probablemente nunca lavada desde que la vieja y destartalada prisión fue construida en la época colonial, hace más de un siglo.

Pude distinguir a una docena de hombres o más tirados en el suelo; No había bancos, asientos ni camas, y las condiciones sanitarias eran prácticamente inexistentes. Algunas de estas pobres criaturas llevaban encarceladas en este calabozo entre diez y veinte años; y otras llevaban años allí, sin haber sido juzgadas jamás.

Las cárceles del interior de Brasil son una vergüenza para la humanidad; y lo digo con toda sinceridad, pues yo mismo experimenté la dureza de sus condiciones hace veinte años, con motivo de una revolución.

En el extremo de la celda, varios convictos caminaban de un lado a otro como bestias salvajes, y algunos de los presos eran locos que balbuceaban, una imagen común en las cárceles brasileñas.

Grité el nombre del hombre que buscaba, y tuve que repetirlo varias veces antes de llamar la atención de alguien; y entonces vi a una de las figuras oscuras acercándose, pasando por encima de los cuerpos tendidos de sus compañeros de prisión.

 Al acercarse a la ventana interior enrejada, la tenue luz que brillaba a mis espaldas iluminó su rostro: el hermoso, radiante y sonriente rostro de Pedro Feliz; y, al extender su mano a través del espacio que nos separaba, fue para estrechar la mano en señal de verdadera comunión y unión en Cristo.

¡Qué maravillosa fue aquella primera entrevista! ¡Qué maravillosamente le había enseñado Dios!

 ¡Cuánto conocía la Palabra de Dios, pues había leído la Biblia de principio a fin muchas veces!

 Luego me contó su historia. Siendo aún joven, un rufián del lugar lo había aterrorizado para que lo ayudara una noche a cometer un robo. Esto se llevó a cabo, pero le horrorizó tener que presenciar el asesinato de una pobre anciana durante la comisión del crimen. Ambos fueron arrestados y enviados a prisión a la espera del juicio. Luego, el asesino murió; y, tiempo después, cuando se celebró el juicio, Pedro, como cómplice, recibió la condena completa de treinta años de prisión. Tras quince largos años (¡y oh, la indescriptible agonía que sufrieron!), en medio de la miseria de aquella terrible vida, llegó una Biblia. Les enseñó a su familia y a sus discípulos la verdad de Dios, tal como es en Jesús, con su poder sanador y transformador.

 Lo que tuvo que soportar a causa de su fe es difícil de imaginar en tales circunstancias. Casi todos sus compañeros eran insensibles, FELICES PEDRO 17 crueles asesinos, criminales de la peor calaña; pero allí estaba él, el mayor milagro de la gracia de Dios que jamás había visto.

 Aquella fue la primera de muchas visitas con breves charlas bíblicas y oraciones a través de los barrotes de hierro. Esto continuó durante aproximadamente un mes más, cuando recibí noticias inesperadas de la costa: mi único compañero restante abandonaba la obra. Esto me obligó a dejar Goyaz y regresar a nuestro cuartel general en São Paulo. Acabábamos de celebrar nuestro primer bautismo, en el que cinco de los soldados mencionados obedecieron el mandato del Señor.

Cuando visité la prisión para despedirme de Pedro, lo encontré triste y afligido, aunque aún se esforzaba por sonreír. Pero su pesar no se debía a mi partida, pues exclamó con voz afligida: «Así que te vas, señor Federico, y yo nunca he sido bautizado; y quién sabe si volveré a verte. He observado que en los viejos tiempos los creyentes siempre eran muy devotos, así que tenían que asistir a una ceremonia religiosa, la cual los había bendecido enormemente».

 «Bueno, Pedro», respondí, «no es el bautismo lo que salva, sino el arrepentimiento y la fe en el Señor». Pedro replicó que lo sabía, pero que quería ser bautizado.

Le dije que era perfectamente lógico que lo deseara, pero que, dadas las circunstancias, dentro de aquellas rejas, era imposible; sin embargo, 3 18 LA BIBLIA EN BRASIL no obstante, viendo que deseaba sinceramente obedecer este mandato, estaba seguro de que el Señor aceptaría la voluntad por la acción, que él podría considerar la cuestión como si realmente fuera bautizado, y estar completamente tranquilo al respecto.

¡No! Pedro no estaba tranquilo y no podía ver las cosas desde esa perspectiva; así que nuestra despedida final fue bastante triste.

Unas horas más tarde, mientras hacía mis últimos preparativos para el largo viaje de regreso a la costa, un soldado se asomó por la ventana y me entregó una nota. Era de Pedro, explicando que poco después de mi partida, el carcelero principal había visitado su celda y había seleccionado a dos de los reclusos para llevar los desechos de la prisión al río a la mañana siguiente; y que uno de los dos elegidos era él mismo.

De vez en cuando, barren la prisión, o, en el mejor de los casos, solo algunas partes de ella; y la inmundicia resultante tiene que ser transportada por los convictos hasta un punto del río Vermelho, a una milla de distancia, para verterla en las aguas. «Nos vemos mañana por la mañana en la orilla del río, a las seis», escribió Pedro, indicando el lugar. No hacía falta explicar el propósito de la cita. Dios le había abierto maravillosamente un camino para cumplir el deseo de su corazón.

A la mañana siguiente, antes de la hora señalada, encontré un lugar adecuado para el bautismo; y puntualmente a las seis, vi a un pequeño grupo marchando FELIZ PEDRO 19 por los campos en dirección al río.

Allí estaban los dos prisioneros, con cinco soldados, cuatro de los cuales, eran hombres convertidos y bautizados, que para mi sorpresa, habían sido elegidos para esa tarea.

Se formaron en fila y se celebró una pequeña ceremonia. Bauticé a Pedro; y con un rostro radiante, se despidió de mí, regresando con una alegría indescriptible a la perspectiva de pasar quince años más encarcelado en aquella lúgubre celda.

 No es fácil vivir como cristiano en medio del terrible pecado y la blasfemia de una prisión brasileña; pero desde el momento en que se declaró valientemente del lado del Señor, Pedro se esforzó con sus palabras y su vida por atraer a sus compañeros de prisión a Jesucristo. Algunos recibieron sus palabras con aprecio; otros se burlaron y lo insultaron, haciéndole la vida aún más difícil: pero él perseveró y pronto tuvo la sumamente gratificante satisfacción de ver a otros dos prisioneros pasar a la luz gracias a su testimonio.

domingo, 10 de mayo de 2026

AVENTURAS CON LA BIBLIA EN EL BRASIL

AVENTURAS CON LA BIBLIA EN EL BRASIL

POR FEDERICO C. GLASS

EL MENSAJERO VALDENSE

ROSARIO-URUGUAY

15 DE MARZO DE 1932

UNA GRAN LIBERACIÓN

Por regla general los curas de la América del Sur tienen pocos escrúpulos en cuanto a los métodos que emplean para impedir que la Biblia llegue al pueblo. Es cuestión de vida o muerte para ellos, pues su influencia y autoridad y la capacidad lucrativa de sus mercancías eclesiásticas, dependen de su habilidad en guardar a la gente en absoluta ignorancia de las enseñanzas apostólicas; por lo tanto, es preciso exterminar la Biblia, cueste lo que cueste, y con este fin, les anuncian que dicho libro es fuente de todas las herejías. Hay pocas cosas que el cura sepa hacer con tanta habilidad como descubrir el paradero de las Biblias, y para esto sus instrumentos favoritos son el confesionario y los niños. Por métodos honrados y deshonrados, arrebata los libros del pueblo, Palabra de Dios son quemados y de vez en cuando se celebra un auto de fe en el cual muchos ejemplares de la Palabra de Dios, son quemados públicamente con execraciones y maldiciones. Si no queman también a los creyentes, es únicamente porque las leyes del país no lo permiten.

Todavía tienen a su disposición al asesino alquilado, y de vez en cuando se valen de él para hacer cerrar la boca al colportor o evangelista. Casi todos los ataques mortíferos que se han hecho a los predicadores y creyentes evangélicos en el Brasil, han tenido su origen en los curas. Esto es bien conocido, y podría citar muchos casos que han ocurrido en diferentes partes del país.

Con pocas excepciones, evitan una controversia o discusión pública, mayormente si saben que la gente tiene Biblias.

En un .sitio donde me quedé por varios meses y donde muchas personas fueron convertidas, el cura, cuando venía al pueblo, solía tronar en contra de mí, desde su púlpito, procurando de una manera sensacional, difamarme a mí y a los libros que repartía.

Esto continuó por algún tiempo, hasta que por fin le escribí una carta diciéndole que habían llegado a mis oídos los ataques que él me lanzába desde su puesto privilegiado, donde yo no le podía contestar, y pidiendo que los repitiera, si se atrevía, en cualquier lugar donde yo pudiera estar presente, para refutar sus acusaciones, para lo cual estaba bien preparado.

 También lo cité a una discusión pública en la plaza del pueblo, dejándole a él la elección del asunto o doctrina que se había de debatir, con la condición de que la Biblia “aprobada” por la Iglesia Romana, fuese empleada como base de la misma.

Para poner más énfasis en el asunto escribí una copia de mi desafío en letra, clara, y la clavé en una puerta en el centro del pueblo, para que todos la vieran, y esto, desde luego, despertó un gran interés entre los habitantes.

Al rayar el alba, al día siguiente, vi al cura escabullirse del pueblo después de haber amenazado con toda clase de terrores futuros, incluso una visita de su obispo. Nunca le volví a ver, pero poco después supe que había caído enfermo de viruela mientras celebraba misa en un pueblo vecino, siendo el primer caso de esta enfermedad que se había conocido en el Estado de Goyaz, y luego desapareció de aquella parte del Brasil.

En otra ocasión, cuando acompañado de dos compañeros entré en la pequeña villa de San Francisco, hallamos que casi todo el pueblo nos demostraba hostilidad, — una experiencia bastante rara.

Era evidente que el cura local había recibido noticias de nuestro trabajo bíblico en otras poblaciones que habíamos visitado en nuestro viaje a través del país y que había de tal manera envenenado las mentes de la gente que nos cerraron las puertas en la cara, sin dejarnos ocasión de hablar. Otros huían al vernos, y otros nos amenazaban abiertamente con palos y piedras.

Visitamos al cura, el cual nos recibió con indiferencia, y evitando la discusión, nada dijo en contra de nuestros libros. En todo el trabajo de aquella tarde, sólo vendimos dos o tres Testamentos y media docena de Evangelios.

Cansados y algo desalentados, nos retiramos a dormir en una choza tosca de barro, a unos dos kilómetros del pueblo, siendo éste el mejor hospedaje que pudimos conseguir.

Eran cerca de las once de la noche, y acabábamos de empaquetar nuestros libros y efectos para poder emprender la marcha al pueblo próximo, temprano, por la mañana, cuando fuimos sorprendidos al oír un fuerte golpe en la puerta.

 Al abrirla, un joven entró con la cara pálida, agitado y sin aliento, al parecer, por haber corrido mucho.

.—¿Tienen fusiles? — exclamó.

—¡ Fusiles! — respondimos, atónitos. —No, nunca llevamos tales cosas. ¿Por qué pregunta eso?

Porque el cura, — dijo, — ha reunido un grupo de los peores sujetos del pueblo los ha llenado de aguardiente, y ahora están en camino para acá, para asesinaros. Como este lugar pertenece a mi padre, creí que debía intentar vuestra protección, pero si no tienen fusiles, no hay esperanza. Con estas palabras desapareció.

Nos miramos unos a los otros y escuchamos. Todo estaba quieto, no se percibía ningún sonido y había, una luna hermosa. Con todo, no podíamos dudar del hecho por el semblante de aquel joven; de manera que nos arrodillamos y nos encomendamos al cuidado de Aquel que puede librar.

Antes de levantarnos, ya oíamos el sonido horrible de la turba que se acercaba y que parecían más bien demonios que seres humanos. Cerramos las puertas y ventanillas y nos echamos en nuestras hamacas. Todavía el camino estaba abierto delante de nosotros en una dirección; podíamos haber escapado, pero quedarían todos esos libros, —- los libros de Dios, — además de las sillas de montar y otros efectos. ¿Debíamos escapar y dejar que todo esto se destruyera? No, no podíamos tolerar la idea: habría sido demasiado claramente una confesión de derrota.

El ruido acrecentaba, ya podíamos oír lo que nuestros agresores decían. Muerte respiraban sus corazones, y eso con la aprobación eclesiástica. Mientras los primeros golpes caían sobre nuestra frágil puerta y ventanillas, cerramos los ojos y esperamos lo inevitable. En pocos momentos, pensé, todo habrá terminado. Con todo, no sentí ninguna gran perturbación ni miedo: Dios, con su gracia, me proveyó del valor que necesitaba.

Cuando ya parecía que habíamos de ser muertos, oímos como una contrademostración afuera y una discusión vehemente se armaba.

En el último momento nuestro joven amigo había regresado con un revólver y después de altercar vanamente con los que deseaban ser asesinos, exclamó: ‘ ‘ Para entrar, habéis de pasar sobre mi cadáver”, y levantando el brazo dirigió su arma a la cabeza del caudillo, el cual puso pies en polvorosa sin demora.

Otro joven que esgrimía una navaja, de un salto se echó tras de su jefe, y ante el valor (?) de estos dos, la turba vaciló y se deshizo en desorden, regresando al pueblo y nosotros estábamos salvos.

Entonces oímos golpes en la puerta y voces que exclamaban¡ Abran la, puerta! ¡Abran! ¡Todo está bien! ¡Ya estáis seguros!

Al abrir la puerta vimos, a la luz de la luna, un grupo de jóvenes muy excitados y sorprendidos: “¿Qué quiere decir todo esto ? ’ ’, exclamó uno. ‘ ‘ ¿ Por qué está tan furioso el cura? ¿Qué hay en esos libros, que le ha hecho rabiar tanto?”

Entonces, encendiendo una vela, uno de nosotros tomó un Nuevo Testamento v sencillamente leyó varios pasajes del precioso Mensaje, mientras escuchaban atónitos.

No veo nada malo en eso, dijo uno.

—Yo quisiera uno de estos libros, dijo otro. Así se llevaron, entre ellos, una media docena de Testamentos, y nosotros nos retiramos a descansar, cansados, pero muy agradecidos a Dios.

Dentro de media hora, mis compañeros ya estaban bien dormidos, pero yo me hallaba desvelado e inquieto, y justamente a la media noche oí de nuevo aquel horrible ruido. El enojado cura había dado al pueblo más alcohol y les había enviado de nuevo.

Pero de nuevo el Señor nos protegió. Hicieron tanto ruido, que al llegar a nuestra choza, ya se había reunido un buen número de hombres dispuestos a ponerse de nuestra parte, y después de una guerra de palabras, los rufianes cedieron y volvieron por segunda vez por el camino en que habían venido.

A las tres de la madrugada nos levantamos, cogimos nuestros animales, y en una hora los teníamos todos ensillados, cargados y nos márchamos, justamente a tiempo, según supimos después, para evitar el tercer ataque.

De manera que, sin levantar un dedo en nuestra propia defensa, el Señor nos salvó tres veces en aquella noche memorable.

(De “El Testigo”, febrero 1932.


viernes, 1 de mayo de 2026

CARTAS LITERARIAS A UNA MUJER*BEQUER* 1-14

CARTAS LITERARIAS

A UNA MUJER

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

PUBLICADO : 1860

CARTA PRIMERA

1-

En una ocasión me preguntaste:

-¿Qué es la poesía?

¿Te acuerdas? No sé a qué propósito había yo hablado algunos momentos antes

de mi pasión por ella.

-¿Qué es la poesía? - me dijiste.

Yo, que no soy muy fuerte en esto de las definiciones te respondí titubeando:

- La poesía es..., es...

Sin concluir la frase, buscaba inútilmente en mi memoria un término de comparación, que no acertaba a encontrar.

Tú habías adelantado un poco la cabeza para escuchar mejor mis palabras; los negros rizos de tus cabellos, esos cabellos que tan bien sabes dejar a su antojo sombrear tu frente, con un abandono tan artístico, pendían de tu sien y bajaban rozando tu mejilla hasta descansar en tu seno; en tus pupilas húmedas y azules como el cielo de la noche brillaba un punto de luz, y tus labios se entreabrían ligeramente al impulso de una respiración perfumada y suave.

Mis ojos, que, a efecto sin duda de la turbación que experimentaba, habían errado un instante sin fijarse en ningún sitio, se volvieron entonces instintivamente hacia los tuyos, y exclamé, al fin:

-¡La poesía..., la poesía eres tú!

2-

¿Te acuerdas? Yo aún tengo presente el gracioso ceño de curiosidad burlada, el acento mezclado de pasión y amargura con que me dijiste:

-¿Crees que mi pregunta sólo es hija de una vana curiosidad de mujer? Te equivocas. Yo deseo saber lo que es la poesía, porque deseo pensar lo que tú piensas, hablar de lo que tú hablas, sentir con lo que tú sientes; penetrar, por último, en ese misterioso santuario en donde a veces se refugia tu alma y cuyo umbral no puede traspasar la mía.

Cuando llegaba a este punto se interrumpió nuestro diálogo. Ya sabes por qué.

Algunos días han transcurrido. Ni tú ni yo lo hemos vuelto a renovar, y, sin embargo, por mi parte no he dejado de pensar en él. Tú creíste, sin duda, que la frase con que contesté a tu extraña interrogación equivalía a una evasiva galante.

¿Por qué no hablar con franqueza? En aquel momento di aquella definición porque la sentí, sin saber siquiera si decía un disparate. Después lo he pensado mejor, y no dudo al repetirlo; la poesía eres tú. ¿Te sonríes? Tanto peor para los dos.

3-

Tu incredulidad nos va a costar: a ti, el trabajo de leer un libro, y a mí, el de componerlo.

¡Un libro! - exclamas, palideciendo y dejando escapar de tus manos esta carta -.No te asustes. Tú lo sabes bien: un libro mío no puede ser muy largo. Erudito, sospecho que tampoco. Insulso, tal vez; mas para ti, escribiéndolo yo, presumo que no lo será, y para ti lo escribo.

Sobre la poesía no ha dicha nada casi ningún poeta; pero, en cambio, hay bastante papel emborronado por muchos que no lo son.

El que la siente se apodera de una idea, la envuelve en una forma, la arroja en el estudio del saber, y pasa.

Los críticos se lanzan entonces sobre esa forma, la examinan, la disecan y creen haberla entendido cuando han hecho su análisis.

La disección podrá revelar el mecanismo del cuerpo humano; pero los fenómenos del alma, el secreto de la vida, ¿cómo se estudian en un cadáver?

No obstante, sobre la poesía se han dado reglas, se han atestado infinidad de volúmenes, se enseña en las universidades, se discute en los círculos literarios y se explica en los ateneos.

Cartas literarias a una mujer Gustavo Adolfo Bécquer

No te extrañes. Un sabio alemán ha tenido la humorada de reducir a notas y encerrar en las cinco líneas de una pauta el misterioso lenguaje de los ruiseñores.

Yo, si he de decir la verdad, todavía ignoro qué es lo que voy a hacer; así es que no puedo anunciártelo anticipadamente.

Sólo te diré, para tranquilizarte, que no te inundaré en ese diluvio de términos que pudiéramos llamar facultativos, ni te citaré autores que no conozco, ni sentencias en idiomas que ninguno de los dos entendemos.

Antes de ahora te lo he dicho. Yo nada sé, nada he estudiado; he leído un poco, he sentido bastante y he pensado mucho, aunque no acertaré a decir si bien o mal. Como sólo de lo que he sentido y he pensado he de hablarte, te bastará

sentir y pensar para comprenderme.

Herejías históricas, filosóficas y literarias, presiento que voy a decirte muchas.

No importa. Yo no pretendo enseñar a nadie, ni erigirme en autoridad, ni hacer que mi libro se me declare de texto.

4

Quiero hablarte un poco de literatura, siquiera no sea más que por satisfacer un capricho tuyo, quiero decirte lo que sé de una manera intuitiva, comunicarte mi opinión y tener al menos el gusto de saber que, si nos equivocamos, nos equivocamos los dos; lo cual, dicho sea de paso, para nosotros equivale a acertar.

La poesía eres tú, te he dicho, porque la poesía es el sentimiento, y el

sentimiento es la mujer.

Cartas literarias a una mujer Gustavo Adolfo Bécquer

La poesía eres tú, porque esa vaga aspiración a lo bello que la caracteriza, y que es una facultad de la inteligencia en el hombre, en ti pudiera decirse que es un instinto.

La poesía eres tú, porque el sentimiento, que en nosotros es un fenómeno accidental y pasa como una ráfaga de aire, se halla tan íntimamente unido a tu organización especial que constituye una parte de ti misma.

Ultimamente la poesía eres tú, porque tú eres el foco de donde parten sus rayos.

El genio verdadero tiene algunos atributos extraordinarios, que Balzac llama femeninos, y que, efectivamente, lo son. En la escala de la inteligencia del poeta hay notas que pertenecen a la de la mujer, y éstas son las que expresan la ternura, la pasión y el sentimiento. Yo no sé por qué los poetas y las mujeres no se entienden mejor entre sí. Su manera de sentir tiene tantos puntos de contacto... Quizá por eso... Pero dejemos digresiones y volvamos al asunto.

Decíamos ¡Ah, sí, hablábamos de la poesía!

La poesía es en el hombre una cualidad puramente del espíritu; reside en su alma, vive con la vida incorpórea de la idea, y para revelarla necesita darle una forma. Por eso la escribe. En la mujer, sin embargo, la poesía está como encarnada en su ser; su aspiración, sus presentimientos, sus pasiones y Destino son poesía: vive, respira, se mueve en una indefinible atmósfera de idealismo que se desprende de ella, como un fluido luminoso y magnético; es, en una palabra, el verbo poético hecho carne.

Cartas literarias a una mujer Gustavo Adolfo Bécquer

5- 6

Sin embargo, a la mujer se la acusa vulgarmente de prosaísmo. No es extraño; en la mujer es poesía casi todo lo que piensa, pero muy poco de lo que habla. La razón, yo la adivino, y tú la sabes. Quizá cuanto te he dicho lo habrás encontrado confuso y vago. Tampoco debe maravillarte. La poesía es al saber de la Humanidad lo que el amor a las otras pasiones. El amor es un misterio. Todo en él son fenómenos a cual más inexplicable; todo en él es ilógico, todo en él es vaguedad y absurdo.

La ambición, la envidia, la avaricia, todas las demás pasiones, tienen su explicación y aun su objeto, menos la que fecundiza el sentimiento y lo alimenta.

Yo, sin embargo, la comprendo; la comprendo por medio de una revelación intensa, confusa e inexplicable.

Deja esta carta, cierra tus ojos al mundo exterior que te rodea, vuélvelos a tu alma, presta atención a los confusos rumores que se elevan de ella, y acaso la

comprenderás como yo.

CARTA SEGUNDA

En mi anterior te dije que la poesía eras tú, porque tú eres la más bella personificación del sentimiento, y el verdadero espíritu de la poesía de otro.

A propósito de esto, la palabra amor se deslizó en mi pluma en uno de los párrafos de mi carta.

Cartas literarias a una mujer Gustavo Adolfo Bécquer

7

De aquel párrafo hice el último. Nada más natural. Voy a decirte el porqué.

Existe una preocupación bastante generalizada, aun entre las personas que se dedican a dar formas a lo que piensan, que, a mi modo de ver, es, sin parecerlo, una de las mayores.

Si hemos de dar crédito a los que de ella participan, es una verdad tan innegable que se puede elevar a la categoría de axioma el que nunca se vierte la idea con tanta vida y precisión como en el momento en que ésta se levanta semejante a un gas desprendido y enardece la fantasía y hace vibrar todas las fibras sensibles, cual si las tocase alguna chispa eléctrica.

Yo no niego que suceda así. Yo no niego nada; pero, por lo que a mí toca, puedo asegurarte que cuando siento no escribo. Guardo, sí, en mi cerebro escritas, como en un libro misterioso, las impresiones que han dejado en él su huella al pasar; estas ligeras y ardientes hijas de la sensación duermen allí agrupadas en el fondo de mi memoria hasta el instante en que, puro, tranquilo, sereno y revestido, por decirlo así, de un poder sobrenatural, mi espíritu las evoca, y tienden sus alas transparentes, que bullen con un zumbido extraño, y cruzan otra vez por mis ojos como en una visión luminosa y magnífica.

Entonces no siento ya con los nervios que se agitan, con el pecho que se oprime, con la parte orgánica natural que se conmueve al rudo choque de las sensaciones producidas por la pasión y los afectos; siento, sí, pero de una manera que puede llamarse artificial; escribo como el que copia de una página ya escrita; dibujo como el pintor que reproduce el paisaje que se dilata ante sus ojos y se pierde entre la bruma de los horizontes.

CARTAS LITERARIAS

A UNA MUJER

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

PUBLICADO : 1860

8-9 Todo el mundo siente.

Sólo á algunos seres les es dado el guardar, como un tesoro, la memoria viva de lo que han sentido.

Yo creo que estos son los poetas. Es más, creo que únicamente por esto lo son.

Efectivamente, es más grande, más hermoso, figurarse al genio ebrio de sensaciones y de inspiraciones, trazando, á grandes rasgos, temblorosa la mano con la ira, llenos aún los ojos de lágrimas ó profundamente conmovido por la piedad, esas tiradas de poesía que más tarde son la admiración del mundo; pero, ¿qué quieres? No siempre la verdad es lo más sublime.

¿Te acuerdas? No hace mucho que te lo dije á propósito de una cuestión parecida.

Cuando un poeta te pinta en magníficos versos su amor, duda.

Cuando te lo dé á conocer en prosa, y mala, cree.

Hay una parte mecánica, pequeña y material en todas las obras del hombre, que la primitiva, la verdadera inspiración desdeña en sus ardientes momentos de arrebato.

Sin saber cómo, me he distraído del asunto.

Como quiera que lo he hecho por darte una satisfacción, espero que tu amor propio sabrá disculparme.

¿Qué mejor intermediario que éste para con una mujer?

No te enojes. Es uno de los muchos puntos de contacto que

tenéis con los poetas, ó que éstos tienen con vosotras.

Sé, porque lo sé, aun cuando tú no me lo has dicho, que te quejas de mí, porque al hablar del amor detuve mi pluma, y terminé mi primera carta como enojado de la tarea.

Sin duda ¿á qué negarlo? pensaste que esta fecunda idea se esterilizó en mi mente por falta de sentimiento.

Ya te he demostrado tu error.

Al estamparla, un mundo de ideas confusas y sin nombre se elevaron en tropel en mi cerebro, y pasaron volteando alrededor de mi frente como una fantástica ronda de visiones quiméricas.

Un vértigo nubló mis ojos.

¡Escribir! ¡Oh! Si yo pudiera haber escrito entonces, no me cambiaría por el primer poeta del mundo.

Mas… entonces lo pensé, y ahora lo digo. Si yo siento lo que siento para hacer lo que hago, ¿qué gigante océano de luz y de inspiración no se agitaría en la mente de esos hombres que han escrito lo que á todos nos admira?

Si tú supieras cómo las ideas más grandes se empequeñecen al encerrarse en el círculo de hierro de la palabra; si tú supieras qué diáfanas, qué ligeras, qué impalpables son las gasas de oro que flotan en la imaginación, al envolver esas misteriosas figuras que crea, y de las que sólo acertamos á reproducir el descarnado esqueleto; si tú supieras cuan imperceptible es el hilo de luz que ata entre sí los pensamientos más absurdos que nadan en su caos: si tú supieras… pero, ¿qué digo? Tú lo sabes, tú debes saberlo.

¿No has soñado nunca?

Al despertar, ¿te ha sido alguna vez posible referir, con toda su inexplicable vaguedad y poesía, lo que has soñado?

El espíritu tiene una manera de sentir y comprender, especial, misteriosa, porque él es un arcano: inmensa, porque él es infinito; divina, porque su esencia es santa.

¿Cómo la palabra, cómo un idioma grosero y mezquino, insuficiente á veces para expresar las necesidades de la materia, podrá servir de digno intérprete entre dos almas?

Imposible.

Sin embargo, yo procuraré apuntar, como de pasada, algunas de las mil ideas que me agitaron durante aquel sueño magnífico, en que ví al amor envolviendo la humanidad como en un fluido de fuego, pasar de un siglo en otro,

sosteniendo la incomprensible atracción de los espíritus, atracción semejante á la de los astros, y revelándose al mundo exterior por medio de la poesía, único idioma que acierta á balbucear algunas de las frases de su inmenso poema.

Pero ¿lo ves? Ya quizá ni tú me entiendes ni yo sé lo que me digo.

Hablemos como se habla. Procedamos con orden, ¡El orden! ¡Lo detesto, y sin embargo, es tan preciso para todo!…

La poesía es el sentimiento, pero el sentimiento no es más que un efecto, y todos los efectos proceden de una causa más ó menos conocida.

 

 

¿Cuál lo será? ¿Cuál podrá serlo de este divino arranque de entusiasmo, de esta vaga y melancólica aspiración del alma, que se traduce al lenguaje de los hombres por medio de sus más suaves armonías, sino el amor?

Sí; el amor es el manantial perenne de toda poesía, el origen fecundo de todo lo grande, el principio eterno de todo lo bello; y digo el amor, porque la religión, nuestra religión, sobre todo, es un amor también, es el amor más puro, más hermoso, el único infinito que se conoce, y sólo á estos dos astros de la inteligencia puede volverse el hombre, cuando desea luz que alumbre su camino, inspiración que fecundice su vena estéril y fatigada.

El amor es la causa de sentimiento; pero… ¿qué es el amor?

Ya lo ves, el espacio me falta, el asunto es grande, y… ¿te sonríes?… ¿Crees que voy á darte una excusa fútil para interrumpir mi carta en este sitio?

No; ya no recurriré á los fenómenos del mío para disculparme de no hablar del amor.

Te lo confesaré ingenuamente; tengo miedo.

Algunos días, sólo algunos, y te lo juro, te hablaré del amor á riesgo de escribir un millón de disparates.__

-¿Por qué tiemblas? - dirás sin duda -.  ¿No hablan de él a cada paso gentes que ni aún lo conocen? ¿Por qué no has de hablar tú, tú que dices que lo sientes?

¡Ay! Acaso por lo mismo que ignoran lo que es, se atreven a definirlo.

¿Vuelves a sonreírte?... Créeme: la vida está llena de estos absurdos.

CARTA TERCERA

12- ¿Qué es el amor?

A pesar del tiempo transcurrido creo que debes acordarte de lo que te voy a referir.

La fecha en que aconteció, aunque no la consigne la Historia, será siempre una fecha memorable para nosotros.

Nuestro conocimiento sólo databa de algunos meses; era verano y nos hallábamos en Cádiz. El rigor de la estación no nos permitía pasear sino al

amanecer o durante la noche. Un día..., digo mal, no día aún: la dudosa claridad

del crepúsculo de la mañana teñía de un vago azul el cielo, la luna se desvanecía en el ocaso, envuelta en una bruma violada, y lejos, muy lejos, en la distante lontananza del mar, las nubes se coloraban de amarillo y rojo, cuando la brisa, precursora de la luz, levantándose del Océano, fresca e impregnada en el marino perfume de las olas, acarició, al pasar, nuestras frentes.

La Naturaleza comenzaba entonces a salir de su letargo con un sordo murmullo.

Todo a nuestro alrededor estaba en suspenso y como aguardando una señal misteriosa para prorrumpir en el gigante himno de alegría de la creación que despierta.

Nosotros, desde lo alto de la fortísima muralla que ciñe y defiende la ciudad, y acuyos pies se rompen las olas con un gemido, contemplábamos con avidez el

solemne espectáculo que se ofrecía a nuestros ojos. Los dos guardábamos un silencio profundo, y, no obstante, los dos pensábamos una misma cosa.

Cartas literarias a una mujer Gustavo Adolfo Bécquer

13

Tú formulaste mi pensamiento al decirme:

¿Qué es el sol?

13-14 - En aquel momento, el astro, cuyo disco comenzaba a chispear en el límite del horizonte, rompió el seno de los mares. Sus rayos se tendieron rapidísimos sobre su inmensa llanura; el cielo, las aguas y la tierra se inundaron de claridad, y todo resplandeció como si un océano de luz se hubiese volcado sobre el mundo.

En las crestas de las olas, en los ribetes de las nubes, en los muros de la ciudad, en el vapor de la mañana, sobre nuestras cabezas, a nuestros pies, en todas partes, ardía la pura lumbre del astro y flotaba una atmósfera luminosa y transparente, en la que nadaban encendidos los átomos del aire.

Tus palabras resonaban aún en mi oído.-

¿Qué es el sol? me habías preguntado.

- Eso - respondí, señalándote su disco, que volteaba oscuro y franjado de fuego en mitad de aquella diáfana atmósfera de oro; y tu pupila y tu alma se llenaron de luz, y en la indescriptible expresión de tu rostro conocí que lo habías comprendido.

Yo ignoraba la definición científica con que pude responder a tu pregunta; pero, de todos modos, en aquel instante solemne estoy seguro de que no te hubiera satisfecho. ¡Definiciones! Sobre nada se han dado tantas como sobre las cosas indefinibles. La razón es muy sencilla: ninguna de ellas satisface, ninguna es exacta, por lo cual cada cual se cree con derecho para formular la suya.

¿Qué es el amor? Con esa frase concluí mi carta de ayer, y con ella he comenzado la de hoy. Nada me sería más fácil que resolver, con el apoyo de una autoridad esta cuestión que yo mismo me propuse al decirte que es la fuente del sentimiento. Llenos están los libros de definiciones sobre este punto. Las hay en griego y en árabe, en chino y en latín, en copto y en ruso... ¿qué sé yo?, en todas las lenguas, muertas o vivas, sabias o ignorantes, que se conocen. Yo he leído algunas y me he hecho traducir otras. Después de conocerlas casi todas, he puesto la mano sobre mi corazón, he consultado mis sentimientos y no he podido menos de repetir con Hamlet: ¡Palabras, palabras, palabras!

Por eso he creído más oportuno recordarte una escena pasada que tiene alguna analogía con nuestra situación presente, y decirte ahora como entonces:

-¿Quieres saber lo que es el amor? Recógete dentro de ti misma, y si es verdad

lo que abrigas en tu alma, siéntelo y lo comprenderás, pero no me lo preguntes.

Yo sólo te podré decir que él es la suprema ley del universo; ley misteriosa por la que todo se gobierna y rige, desde el átomo inanimado hasta la criatura racional; que de él parte y a él convergen, como a un centro de irresistible atracción, todas nuestras ideas y acciones; que está, aunque oculto, en el fondo de toda cosa y efecto de una primera causa: Dios es, a su vez, origen de esos mil pensamientos desconocidos, que todos ellos son poesía verdadera y espontánea que la mujer no sabe formular, pero que siente y comprende mejor que nosotros.

Cartas literarias a una mujer Gustavo Adolfo Bécquer