martes, 8 de septiembre de 2026

WANG CHEN * MRS. GAMEWELL* 5--FIN

 SOLDADO—PASTOR MÁRTIR

WANG CHEN PEI

BY

MRS. F. D. GAMEWELL

NUEVA YORK

1900

WANG CHEN * MRS. GAMEWELL* 5--Fin

Allí, descubrieron que el señor Wang había enseñado a su familia el nuevo camino de salvación. El anciano anunció a los misioneros, recibidos con alegría, que todos en su casa esperaban la llegada del misionero para ser bautizados.

Chen Pei fue bautizado junto con los demás. También su madre, a quien luego llevó en carretilla a Pekín, a seiscientos kilómetros de distancia, para que aprendiera a leer la Biblia por sí misma. Esto ocurrió después de la muerte de su padre.

Su padre había deseado predicar, pero enfermó y supo que su sueño no se cumpliría, pero se alegró de tener un hijo que continuara la labor que él mismo habría realizado con gusto.

Chen Pei terminó el curso de la Escuela de Formación en Pekín y se convirtió en predicador y un ferviente defensor de la fe. No conocía el miedo físico y era un líder espiritual intrépido. A menudo acompañaba a las chicas de la escuela de Pekín en sus viajes de ida y vuelta a casa durante las vacaciones. Su imponente figura, su valentía y su porte majestuoso lo convirtieron en un pilar de fortaleza para las jóvenes y, más adelante, para los tímidos feligreses, al comienzo de la persecución de 1900, cuando se mantuvo firme durante días turbulentos a pesar de las amenazas y las manifestaciones.

Se encontraba en Pekín cuando se produjo el derrumbe final y comenzó el asedio de la ciudad, bajo una lluvia de balas que continuó hasta que llegaron los aliados y pusieron fin a la tormenta.

Los soldados japoneses que, junto con los italianos, custodiaban el recinto donde casi trescientos cristianos nativos habían recibido refugio, organizaron un cuerpo de lanceros y nombraron a Chen Pei capitán.

Las lanzas eran las únicas armas disponibles, así que Chen Pei y sus hombres fueron armados con ellas. Su misión era vigilar a cualquier enemigo que intentara cruzar el muro del refugio y disuadirlo a golpes. Un día, mientras dirigía a sus lanceros, Chen Pei recibió un disparo. Lo colocaron en una camilla y lo llevaron a la Legación Británica.

Habrían querido llevarlo al hospital, pero su agonía era tan extrema que lo tumbaron en el suelo, fuera de la puerta, y le hicieron una estera para cubrirlo y protegerlo del sol. Su hijo, el nieto del viejo señor Wang, se sentó a su lado y lo abanicó hasta que su espíritu encontró la paz.

Un amigo que conocía a Chen Pei desde los días de su conversión y durante todos sus días de servicio, se arrodilló junto a él y le preguntó con toda ternura: "¿Cómo estás ahora, Chen Pei?".

 Lentamente, con voz débil, respondió:

"Mi cuerpo sufre mucho, pero mi corazón está en paz, Jesús está aquí". ¿Qué no valía la pena haber participado en el envío de los misioneros que guiaron al padre de Chen Pel y al propio Chen Pei por el camino correcto?

 ¿Qué no valía la pena haber participado en la construcción de la capilla donde el Sr. Wang oyó hablar por primera vez de Dios y Jesús?

 ¿Qué no valía la pena haber participado en el suministro de folletos y Biblias para los carros de los misioneros, haber participado  en la construcción de la Escuela de Formación para capacitar a tales hombres para la predicación?

 Hay otros Sr. Wang. Hay otros Chen Pel, pero pocos misioneros. Hay muchas ciudades, y pocas capillas; muchos que aprender, y pocas escuelas; y el mandato sigue vigente: «Id por todo el mundo y enseñad

 

WANG CHEN * MRS. GAMEWELL* 1-5

 SOLDADO—PASTOR MÁRTIR

WANG CHEN PEI

BY

MRS. F. D. GAMEWELL

NUEVA YORK

1900

WANG CHEN * MRS. GAMEWELL* 1-5

Wang Chen Pei era un soldado en los primeros años de su juventud.

 De un metro ochenta de estatura y robusto, con la cabeza echada hacia atrás y una gran agilidad en sus movimientos, era la viva imagen de la juventud que se regocijaba en su fuerza.

Se encontraba en su pueblo natal cuando su padre partió de viaje a Pekín. Fue un viaje arduo de trece días en carreta. El tiempo de ausencia previsto transcurrió y el padre no regresó. Los días se convirtieron en semanas y entonces Chen Pei hizo una promesa. Juró que si los dioses devolvían a su padre a su ansiosa familia, llevaría a toda la familia en una peregrinación a la montaña sagrada de Tai,  donde se postrarían y darían gracias. La promesa se cumplió: el padre regresó. Hubo alegría y le contaron la promesa.

 El padre dijo: —No, no, hijo mío. Sin duda daremos gracias, pero no en Tai ni en ninguna otra montaña, ni ante ninguno de los dioses que hemos conocido en el pasado. He encontrado al verdadero Dios. A él le daremos gracias.

El anciano reunió a su familia, que lo miraba con asombro, y con palabras y gestos que silenciaron todas las preguntas, el padre contó la historia de cómo, en Pekín, había encontrado al verdadero Dios.

¿Quién puede imaginar que se contara en una aldea pagana, a oídos acostumbrados a relatos de muchos dioses, que ahora oían por primera vez hablar del único Dios y su Hijo?

 La esencia de la historia era la siguiente: El venerable señor Wang, mientras recorría una gran avenida de la capital china, observó una multitud que entraba y salía de un pequeño edificio que daba a la calle. Al acercarse, supo que un extranjero estaba hablando dentro. Entró para observarlo. Como buen caballero, se sentó en silencio y miró a su alrededor.

 Pronto, lo que el extranjero decía captó su atención. Se sentó en primera fila y escuchó con atención.

 Aquí estaba la respuesta a muchas preguntas. Aquí estaba el sustento para muchas necesidades. ¿Podía ser cierto?

El señor Wang esperó a que el predicador se sentara, pues este extranjero era un misionero metodista y este edificio era una capilla metodista callejera

 Entonces el señor Wang se acercó y formuló preguntas sobre lo que había oído. El misionero se interesó por el inteligente interrogador y lo invitó a la misión ubicada en una calle cercana y quedarse unos días hasta que pudiera satisfacer sus inquietudes tanto mentales como espirituales.

 El misionero le ofreció al señor Wang una habitación, una Biblia y ayuda para su estudio. El anciano leyó y estudió, y cuestionó a los misioneros en entrevistas diarias.

 Mientras meditaba sobre la maravillosa historia, día tras día, esta caló hondo en su alma y se convirtió. Entonces recordó que los días de su ausencia de casa se habían prolongado más de lo esperado, y temiendo que su familia se preocupara, se despidió de los misioneros, asegurándose primero de que le prometieran visitarlo en su pueblo, y se apresuró a regresar con su familia.

Pasaron cuatro meses, pues había mucho por hacer en aquella misión de Pekín, y nunca había suficientes trabajadores para hacerlo todo; Entonces, los misioneros cargaron una carreta con Biblias y folletos, ropa de cama y comida, montaron en sus caballos y partieron hacia Au Chia en Shang Tung, la casa del Sr. Wang.

Se detuvieron en aldeas a lo largo del camino y predicaron en las calles, distribuyeron folletos y Biblias, celebraron reuniones informativas en las posadas y, finalmente, llegaron a Au Chia

AGENTES SECRETOS

 LOS ANGELES  AGENTES SECRETOS DE DIOS

BILLY GRAHAM

1975

Capítulo 1

Por qué escribí este libro,

Mi esposa, que nació y se crió en China, recuerda que en su niñez había tigres en las montañas. Un día una pobre señora fue hasta las estribaciones a buscar hierba. A sus es­paldas llevaba atado un niño, y otro mayor caminaba a su lado. En las manos llevaba una afilada hoz para cortar la hierba. Apenas llegó a la cima de una colina escuchó un rugido. Muda de espanto se volvió para ver cómo una tigresa .se lanzaba sobre ella, seguida de dos cachorros.

 Aquella madre china analfabeta jamás había ido a la escuela ni asis­tido a una iglesia. Jamás había visto una Biblia.

Pero hacía como dos años un misionero le había hablado de Jesús, "quien puede ayudarte cuando estás en apuro".

Mientras las garras de la tigresa le rasgaban el brazo y las espaldas, la Mujer exclamó desesperada:

—¡Jesús, ayúdame!

La feroz bestia, en vez de atacar de nuevo para devorar a su fácil presa, de pronto dio media vuelta y se fue.

La Biblia dice: "A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos" (Salmo 91:11). ¿En­vió Dios a un ángel a proteger a aquella china pobre e igno­rante? ¿Existen seres sobrenaturales hoy día que pueden ejercer influencia sobre los hombres y las naciones?

AGENTES SECRETOS DE DIOS

Cualquier trabajo evangelístico ha de expresar urgencia en la misma forma en lo concerniente al evangelio.

No tene­mos tiempo que perder porque el tiempo no se recupera. Quizás no volvamos a tener la oportunidad de proclamar el evangelio si nos descuidamos en la primera.

El hundimiento del Titanic nos ilustra esto. Era el ma­yor barco de aquel tiempo, pesaba 46.000 toneladas, y se consideraba a prueba de hundimiento. Pero en la noche del 14 de abril de 1912, cuando surcaba el océano a 22 nudos, chocó con un témpano de hielo. Como apenas tenía salva­vidas para la mitad de los pasajeros, cuando se hundió 1.513 personas se ahogaron.

Uno de los pasajeros, John Harper, viajaba para pre­dicar en una gran iglesia de Chicago. Mientras trataba de mantenerse a flote en el océano fue arrastrado hacia un joven que flotaba en un tablón.

Joven, ¿eres salvo? —le preguntó Harper.

—No —le respondió el joven.

Una ola los separó. Minutos después volvieron a estar al habla, y de nuevo Harper le gritó:

—¿Has hecho ya las paces con Dios?

—Todavía no —le respondió el joven.

Una ola cubrió a John Harper y no se le vio más, pero las palabras ¿Eres salvo?" siguieron resonando en los oídos del joven.

Dos semanas más tarde un joven entró en una iglesia de Nueva York, contó su historia y dijo:

Yo soy el último convertido de John Harper.

Capítulo 15 Angeles en nuestra vida

En los primeros días de la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas aéreas de la Gran Bretaña la salvaron de la in­vasión y la derrota. En su libro Tell No Man [No lo digas a nadie], Adela Rogers St. John describe un extraño as­pecto de aquella guerra aérea que duró varias semanas.

 Obtu­vo la información en un acto que se celebró varios meses des­pués de la guerra en honor del primer mariscal del aire, Lord Hugh Dowding.

 El Rey, el Primer Ministro y un sinnúmero de dignatarios estaban presentes. En sus comentarios, el pri­mer mariscal del aire ofreció el relato de su legendario con­flicto en que su conmovedoramente pequeña dotación apenas dormía y sus aviones jamás dejaban de volar.

 Contó de unos aviadores que, tras recibir el impacto de un proyectil, esta­ban o incapacitados o muertos. Sin embargo sus aviones si­guieron volando y peleando; por cierto hubo ocasiones en que los pilotos de otros aviones vieron que una figura todavía operaba los controles. ¿Cómo se explica?

El primer mariscal del aire dijo que en su opinión los ángeles habían piloteado algunos de los aviones cuyos pilotos yacían muertos en la cabina.

Que los ángeles hayan piloteado los aviones de pilotos muertos en la batalla de Inglaterra no se puede demostrar conclusivamente. Pero hemos visto en la Biblia algunas de las cosas que los ángeles han hecho, pueden hacer, a estar haciendo a medida que la historia vaya llegandp su culminación. Lo importante para nosotros es cómo pueden los ángeles ayudarnos a nosotros ahora mismo, pueden ayudarnos a triunfar sobre las fuerzas del mal, y es nuestra relación continua con ellos.

Sabemos que Dios nos ha encomendado a los ángel que sin su ayuda no podríamos triunfar sobre Satanás. apóstol Pablo dice: "Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes" (Efesieos 6:12). Veamos cómo podemos obtener ayuda de Dios por medio de los ángeles.

El Dios de esta edad

Lucifer, nuestro archienemigo, posee una de las más poderosas y bien aceitadas maquinarias de guerra del uni­verso. Tiene bajo su mando principados, potestades y do­minios. Toda nación, ciudad, pueblo e individuo ha sentido el cálido aliento de su perverso poder. Ya él está reuniendo a las naciones del mundo para la gran batalla final de la guerra contra Cristo: Armagedón. Jesús nos asegura que Satanás es ya un enemigo derrotado (Juan 12:31, 16:11).

La derrota de Satanás

Si bien Satanás es en principio un enemigo derrotado, es obvio que Dios no lo ha eliminado del escenario mundial. La Biblia nos enseña, sin embargo, que Dios se valdrá de los ángeles para eliminarlo del universo. En Apocalipsis 12 leemos de la primera derrota de Satanás: "Miguel y sus án‑

LOS ANGELES  AGENTES SECRETOS DE DIOS

BILLY GRAHAM

1975

EL CIRUJANO LOCO

 ¿Quién es el autor'?

EL CIRUJANO LOCO

(Condensado de «The Saturday Review of Literature»)

Por Channing Pollock
Autor, dramaturgo, conferenciante

SELECCIONES DEL READER'S DIGEST DICIEMBRE DE  1941

ASI TODO lector asiduo suele ocurrirle que recuerda el asunto de varias narraciones pero que no puede identificar. Yo mismo recuerdo una que, si no me es infiel la memoria, fué escrita por Balzac. No he podido encontrarla, sin embargo, entre las obras del genial novelista.

 Lo propio me sucede con otra que vió la luz en una revista 20 ó 3o años ha. Me he esforzado ahincadamente en recordar el nombre de su autor y la fecha y revista en que se publicó, pero inútilmente. Tal vez algún lector menos desmemoriado que yo pueda identificar la composición, guiándose por este breve resumen:

AL DIRIGIRSE a casa de unos amigos que  los han invitado a cenar, dos recién casados que se hallan veraneando en la Nueva Inglaterra por primera vez cruzan una comarca enteramente desconocida para ellos. Empieza a hacérseles tarde; son dos ya las veces que han errado el camino. No obstante lo rápido de la marcha, el esposo repara en una vieja y destartalada casa de madera que hay a la vera del camino. Según la plancha que campea en la puerta, es la de un médico.

A cosa de un kilómetro de aquel lugar, el automóvil, a causa de un desperfecto en el volante de dirección, va a dar con­tra un árbol. El marido, que ha quedado ileso, advierte, con el sobresalto que es de suponer, que su esposa, gravemente he­rida, está sin sentido. Se hallan en un lugar solitario de la carretera. No hay en la vecindad casa ninguna.

 Recordando la casa del médico, de la cual se encuentra a cosa de un kilómetro, el marido toma en brazos a su desmayada compañera y, ora andando ora corriendo, se dirige allá. Por fin llega. Tira ansiosamente del cordón de la campanilla.

Un hombre de elevada estatura, desgarbado, con los cabellos grises y descuidado traje, abre la puerta y dice que es el médico. No hay otra alma viviente en la casa.

Entre los dos llevan a la mujer hasta un gabinete de consulta cuyos muebles se hallan empolvados y en desorden. La acuestan sobre la mesa de operaciones. No ha vuelto en sí. Examínala el médico y, terminado el reconocimiento, dice que tiene el cráneo fracturado y que, para salvarla, es menester operarla en seguida.

Así y todo, dice, las probabilidades de éxito son muy escasas. Mira en torno suyo el desolado esposo.

 El desorden en que yacen instrumentos y frascos, así como otras señales, son indicio harto elocuente de que nada de aquello se ha usado en larguísimo tiempo. Al darse cuenta de esto, el esposo vacila, se acongoja. Empero, no queda otra alternativa.

—Estamos completamente solosdice el extraordinario médico—; tendrá usted que servir de anestesista.

Débil, y conturbado, el esposo obedece; mas una vez cloroformada su com­pañera, da tales muestras de desmayo y aniquilamiento físico que el operador, bisturí en mano, dice:

— Más vale que espere afuera. Yo me basto para lo que hay que hacer ahora. Sale el esposo y empieza a medir a grandes pasos el portal, no sin atisbar de vez en cuando, por la ventana, lo que pasa en el gabinete.

Oye de pronto pasos y queda como clavado en su sitio al notar la presencia de tres hombres, dos de ellos armados y uno provisto de una cuerda, que avanzan lenta y sigilosa­mente hacia la puerta.

— ¡Por amor de Dios, aguardad! implora el esposo en el colmo del espanto.

 Acaban de abrirle el cráneo a su esposa; la más leve demora puede producirle muerte instantánea.

Uno de los hombres pregunta en voz apenas perceptible:

— Pero... ¿por quién me ha tomado usted?

— ¡Pues por ladrones!

— ¡No tema usted, hombre! Somos loqueros de un manicomio cercano. El hombre que está operando a su esposa de usted es un peligroso orate que se escapó de allí hace apenas dos horas.

Los tres loqueros convinieron en aguar­dar a que la operación estuviera termi­nada. Enteran al atribulado esposo de que el loco había sido un cirujano muy notable que había dado en extravagantes manías hasta tornarse violento y desman­dado. Años atrás había venido de cierta popular ciudad a establecerse allí; había comprado y amueblado aquella casa, y había ejercido allí hasta que se hizo nece­sario recluírlo.

— Impulsado por la fuerza de la cos­tumbre — añadió el jefe de los loque­ros — ha vuelto aquí; impulsado por esa misma fuerza es seguro que desempeña­rá magistralmente su cometido. De todos modos, no hay alternativa posible. Si interrumpiéramos ahora la operación, su mujer de usted moriría sin remedio.

Cuando, mirando por la ventana, vie­ron que se había concluido la operación, irrumpieron en la casa y, tras breve lu­cha, sujetaron y redujeron a obediencia al loco que forcejeó y gritó fieramente.

 El jefe de los loqueros prometió mandar en seguida médicos y enfermeras, lo cual hizo.

 La herida mejoró hasta el punto de que se pudiera trasladarla a Nueva York, donde ingresó en una clínica y quedó al cuidado de un cirujano famoso. Este, después de examinar atentamente el crá­neo fracturado, le dice al marido:

Su esposa quedará curada y será la misma de antes. Sólo que . . . no me lo explico. Lo único que podía salvar­la era una operación arriesgadísima. Y el único cirujano capaz de practi­carla perdió la razón hace años y está actualmente recluido en un manicomio de Nueva Inglaterra.

¿Quiere Usted Cinco Dólares?

SELECCIONES pagará cinco dólares en moneda de los Estados Unidos, o su equivalente en moneda de una república latinoamericana, a la persona que en cada república de habla castellana o en Puerto Rico sea la primera en indicarnos cuáles son el autor y la obra de donde se ha tomado este relato. Las contestaciones deben dirigirse a Selecciones del Reader's Digest (Concurso de diciembre)—Pleasantville, New York—Estados Unidos. Este concurso queda cerrado el 15 de enero de 1942. No se aceptarán las con­testaciones que lleguen después de esa fecha.

EL AMOR QUE PUDO MÁS QUE LA MUERTE

 Drarnas de la vida cotidiana

EL AMOR QUE PUDO MÁS QUE LA MUERTE

Por Edwin Balnier

Director de «Red Book Magazine»

SELLECCIONES DEL R.D.

ENERO DE 1944

E\ AQUELLOS tiempos, menos lejanos que olvidados, en que era la moda contorsionarse a los discordantes acordes del jazz, estaba en la orden del día alardear de cinismo, y la moral de nuestros padres atravesa­ba una crisis de laxitud, vino a vivir en nuestra vecindad de la costa norteña del lago Michigán una pareja de jóve­nes apasionados que se contaban entre los muchos matrimonios contraídos a toda prisa en la pasada guerra.

La vida conyugal de Clara y Federico había consistido hasta entonces en largos meses de anhelante ausencia y breves paréntesis de arrobadora felici­dad: la semana o el par de semanas que habían pasado juntos. Como a muchos otros recién casados, les llegaba ahora el momento de acomodarse a la tranquila rutina diaria de una existencia com­partida en circunstancias poco nove­lescas.

En la noche del segundo martes de septiembre de 1919, tuvieron un dis­gusto. No era el primero. Hacía meses discutían y se enojaban con frecuencia. Aunque seguían queriéndose, su matri­monio empezaba ya a peligrar. Habían convenido en que eso de salir siempre juntos era una antigualla. Esta noche, cada cual se iría por su lado: Clara, con Carlitos; Federico, con Elena.

Para hacer tiempo mientras llegaba Carlitos, se pusieron a beber cocteles. Habían apurado ya varios, cuando Federico tuvo la mala ocurrencia de repetir un chiste, poco halagador acerca de Carlitos, que le habían contado ese mismo día. No fué menester más para que empezara el contrapunteo entre los esposos. No llegaban todavía, en la discusión de esta noche, al rompimien­to; pero era evidente que iban hacia allá.

El estridente silbido de una locomo­tora cortó la agria discusión. No era el ordinario pitido de llegada. Rasgó súbitamente el aire, como una maldi­ción, y se ahogó también súbitamente. Ni Clara ni Federico podían saber lo que ocurría en las paralelas del ferro­carril a kilómetro y medio de allí.

Otro matrimonio joven de la vecin­dad iba a salir también aquella noche. Eran Guillermo y María Tanner. Llevaban más tiempo de casados que Federico y Clara, y habían salvado ya los escollos que se levantan en los primeros años de toda vida matrimo­nial. Guillermo y María Tanner se amaban entrañablemente.

Después de cenar se encaminaron a un cine. En el paso a nivel María tuvo la mala suerte de meter el pie derecho entre el carril y una tabla. Ni podía librar el pie de un tirón ni sacarlo del zapato.

 Un tren expreso se acercaba a toda velocidad.

Hubieran tenido tiempo sobrado de cruzar la vía, a no ser por el aprisionado pie. Forcejeaba ella desesperadamente. Ayudábala él con frenético afán. Vola­ban los segundos.

El maquinista no pudo ver la infortunada pareja hasta que la tuvo frente en medio de la vía. Tiró de la cuerda del silbato. Frenó violentamente. Al prin­cipio vió dos personas; luego tres. Era Juan Miller, el guarda del paso a nivel que se había lanzado en socorro de María.

Guillermo Tanner, de rodillas, se esforzaba por desatar el zapato de María. Era demasiado tarde. Entonces él y el guarda empezaron a tirar de María. El tren se precipitaba sobre ellos.

¡Imposible! —gritó el guarda—. ¡No la puede salvar!

María se dió cuenta de la horrible verdad. Le gritó al marido: —¡Déjame! ¡Guillermo, déjame!— Y trató de apartarlo de su lado.

Un segundo más, un solo segundo le quedaba a Guillermo, Tanner para es­coger en la pavorosa alternativa. No podía salvar a María pero él sí podía salvarse de un salto.

 Por encima del estruendo del tren rugiente, el guarda oyó la voz de Guillermo Tanner:

¡Me quedo contigo, María!

FALTARíA a la verdad si dijese que aquel silbido trágico acalló la disputa de Federico y Clara.

Lo que sí sucedió fué que el trágico percance im­pidió que cruzaran el paso a nivel los que pretendieron utilizarlo algo más tarde. Carlitos era uno de ellos y, en vez de llegarse a casa de Clara por otro camino, retornó a la suya y telefoneó. Federico contestó:

Supongo que quieres hablar con Clara.

—No, no, contigo... es lo mismo— contestó Carlitos con voz que trans­parentaba la emoción—. No iré a buscarla, Federico. Díselo.

Indagó Federico el motivo, pero

Carlitos no supo como explicárselo.

¿Conocías a los Tanner?—pre­guntóle a su vez.

¿Los Tanners?... ¿los Tanners ­repitió Federico, tratando de recor­dar—. Ah, sí, ya caigo; un matrimo­nio muy a la antigua.(*Amor, comprensión y fidelidad)*

Sí, muy a la antigua—fué todo lo que atinó a responder Carlitos.

Al cabo de un rato, unos vecinos en­traron en casa de Federico e hicieron el relato de la tragedia.

—...El marido pudo haberse salvado de un salto. Pero no quiso. Se abrazó a su mujer. Prefirió morir con ella.

Una de esas acciones grandes, su­blimes, pesa más, mucho más, en la balanza de la conciencia que innume­rables acontecimientos pequeños y, al hacer bajar el platillo pone al descubier­to, en el otro, la trivialidad de tantos y tantos menudos incidentes a los que hemos concedido desmesurada impor­tancia. Guillermo Tanner hizo con su muerte profesión de fe en un ideal que los demás negaban; y dió a los cínicos y desaprensivos un mentís de rotunda y dolorosa elocuencia.

« ¿He conseguido hacerme amar de algún hombre hasta ese extremo?» hubieran podido preguntarse todas las muchachas al oír el relato del suceso.

« ¿Qué sabes tú de amor, si no sientes vibrar en ti el sentimiento que impulsó a ese marido a hacer lo que hizo? debió preguntarse todo hombre.

Estoy cierto de que el cambio que se operó en Federico y Clara se inició aquella noche. Cambiaron, como tantos otros, porque la conducta de Guillermo Tanner les hizo sospechar que en el amor conyugal existen abismos de devo­ción y de sacrificio a los que ni siquiera (ellos aun ) se han asomado.