GUIDO DE BRESS
NO APARECE AUTOR NI FECHA
Capítulo I
EL HACHA, LA CUERDA Y EL FUEGO
El
anciano rey estaba traspasando su corona v todo el pueblo
de Bruselas se preparaba para los festejos. Las banderas ondeaban al
viento, las tiendas estaban cerradas y los ciudadanos vestidos con largos
vestidos de seda y pomposos lazos, se agolpaban por las calles. Era en el mes
de octubre del año 1555.
Carlos V, el anciano emperador, había decidido cambiar su
Imperio por la celda de un monasterio.
Nadie
conocía la razón; pero todo el mundo estaba contento de tener una fiesta. Algunos
eran
incluso bastante ilusos para pensar que el nuevo rey Felipe pudiera ser más
tolerante
que
su padre.
Las
estrechas calles de Bruselas ascienden desde el río hasta el palacio en la
cresta de la colina.
Allí.
en el gran salón principal se habían juntado los príncipes v nobles para oír el
discurso de despedida del rey; quien hizo de la ocasión un gran espectáculo.
Cojeando por la gota y respirando con dificultad por el asma, Carlos V se
apoyaba en el fuerte brazo del príncipe de Orange, mientras contaba la historia
de sus cuarenta años como emperador Era un muchacho
de negros cabellos, en sus 15 abriles, cuando recibió el cetro v la corona.
Pronto,
mediante victoriosas batallas y astuta política, vino a ser el más poderoso
gobernante de su tiempo. Emperador de Alemania, de España y los Países
Bajos, (Holanda, Belgica) y señor de todos
los países conocidos en África, Asia y América, montando su magnífico caballo blanco, había dirigido
sus ejércitos en cuarenta expediciones guerreras, desde Inglaterra al África.
¡Qué
César había sido!, ¡Qué hombre tan poderoso presidiendo parlamentos o Dietas,
firmando tratados y proclamando edictos que. tenían que ver con la vida de
todos los súbditos de su granImperio!
«Ha
sido un largo y duro camino el de estas victorias -dijo el elocuente v anciano
emperador convoz temblorosa, que trajo lágrimas a los ojos de los príncipes.- Y
ahora, por amor a mi pueblo y al Imperio corono a mi bien amado hijo Felipe,
como rey en mi lugar».
Hubo
unas pocas cosas que el emperador de blancos cabellos prefirió omitir en su
discurso de
despedida.
Podía haber hablado de las derrotas de sus últimos años. De como el joven príncipe alemán, Mauricio le había atacado
por sorpresa v hecho huir en un carromato labriego a través de la baja neblina
en las montañas. Como el rey francés le había hecho retroceder en una derrota que
le costó sesenta mil guerreros. Asimismo su majestad el rey Carlos podía
haber contado la sanguinaria historia de como sus edictos contra la herejía, habían llevado al cadalso
y a la hoguera a 50.000 protestantes que creyeron en las verdades
re-descubiertas en la Biblia.
Pero
esto no lo dijo el Emperador. Por el contrario, con su amabilidad usual refirió
a sus príncipes v nobles cuanto les amaba y como desecha que ellos sirvieran a
su hijo con la misma
lealtad ore le habían servido a El.
Cuando
terminó la ceremonia v las fiestas, tomó un barco rara España v el Monasterio
de Yuste.
Allí
pasó los últimos tres años de su vida. redactando mensajes para su hijo;
regañando a los
cocineros,
y atracándose de
tortillas de sardina, perdices rellenas, y guisados de anguila, adobados con
vasos del mejor vino; después que su
doctor limpiara una y otra vez sus intestinos con grandes dosis de ruibardo y
hojas de sen.
Así
empezó a gobernar Felipe II. El pueblo de los Países Bajos se preguntaban que
clase de rey sería. Ciertamente no tenía nada de simpático. Pequeño, ceñudo,
con una mandíbula inferior
saliente,
no poseía ninguno de los atractivos de su padre, Mientras que Carlos bahía
podido hablar a sus pueblos en sus diversos idiomas,
Felipe hablaba sólo el español su lengua nativa. A los 28 años era un
hombre frío, astuto, cruel y vanidoso. Tenía pocas ideas propias, pero una gobernaba su
vida: Quería ser recordado como el rey que aplastara totalmente la herejía protestante.
El
anciano emperador bahía combatido la Reforma porque amenazaba su Imperio. Había asesinado a
50.000 protestantes para mantener la unidad de sus dominios; pero
también había hecho al Papa prisionero, cierta vez, por estar en desacuerdo con
él. Pero Felipe fue
más allá. Su ardiente pasión era matar a toda persona que no fuera fiel a la
Iglesia de Roma, la cual si significaba en su vida más que su mismo
Imperio.
Felipe no podía tocar a los seguidores de Lotero en Alemania. No
había heredada e1 imperio
alemán, aunque su padre hubiese sido emperador allí
por el voto de los príncipes alemanes independientes. Los gobernantes de
Francia tenían su propio programa contra la herejía. En
España,
su patria, Felipe tenía pocas preocupaciones de carácter religioso. El pueblo español
siempre había sido esclavo de sus reyes. Además
estaba allí la horrible Inquisición en plena
actividad.
v sus enmascarados ministriles no dejaban hereje suelta; encerrándoles en
oscuros
confesiones de sus labias.
Pero en los Países Basas las
casas eran diferentes. Felipe miró v vio un pueblo próspero, amante de la
libertad,
que había estado organizando sus 17 provincias durante siglos--De un, pantano cenagoso, entre los deltas de tres grandes
ríos que desembocan en el mar del Norte,
habían hecho un precioso prado verde. El
pueblo había conquistado el mar, reteniéndolo tras de sus diques.
Ahora
ellos viajaban y pescaban en una red de canales que algunas veces hacen de
calles. Un
pueblo que había vencido a tan poderoso enemigo como es el mar
embravecido, tenía en sí el espíritu de la lucha. Eran gente ingeniosa. La flota holandesa de buques que
navegaba en aquel tiempo por todos los mares, era superior a todas las otras flotas de Europa ¡untas. Estas naves se atrevían a viajar aun en las
tempestades invernales. Traían diamantes de Borneo y especies de Calcuta. La ciudad de Antwerp se había convertida en
e1 mayor huerto comercial de Europa.
Quinientos barcos entraban diariamente en sus diques. Cada
semana 2.000 carros de mercadería pasaban por sus puertas. Los
comerciantes de toda Enrona se daban rito en Antwerp. Y allí trajeron más que
mercadería. Con sus personas introdujeron sus ideas, las enseñanzas reformadas de
Lutero y Calvino. A1 pueblo de los Países Bajos, aquellas ideas de Libertad
Religiosa, les afectaron muy pronto profundamente.
Ya
en aquellos tiempos, cuando e1 analfabetismo era
común en Europa, los finlandeses y finmeneos podían leer y escribir.
Se alababan que
el más pobre pescador de sus costas, podía leer la Biblia dentro de la más
humilde cabaña, y podía discutir
inteligentemente de religión.
¿No
había nacido el arte de la imprenta en Holanda? Con orgullo la gente contaba la
historia de Los - bosques cerca de la corteza de un árbol, luego que había cortado
la corteza donde las letras se hallaban grabadas y las llevaba a sus niños. Cuando
al llegar a casa abrió el saco, halló que la verde savia había impreso algunas
de las letras en la tela, y así se le ocurrió la idea de la
impresión.
En el tiempo de Lutero -exactamente el mismo año que Lutero estuvo ante el emperador
Carices en la Dieta de Worms, en 1521 el nuevo Testamento fue publicado en Bélgica, y el
pueblo empezó a leer por si mismo el libro prohibido por el Papa.
Felipe,
pudo ver que esta gente no estaría para él ni aceptaría fácilmente sus ideas.
Eran tercos en el mantenimiento de sus libertades. Cada una de sus 17 provincias tenían su
Carta Magna y su gobierno dispuesto a mantener su derecho a vivir pensar v
adorar a Dios libremente. Y ahora la Reforma hahía entrado, con
rolas las herejías de Lutero y Calvino. Los 50.000 mártires asesinados por su
padre, no habían bastado para atemorizar al pueblo v arrancarle su nueva fe.
Bien
-se dijo Felipe desdeñosamente- yo acabaré la obra que mi padre ha comenzado; yo limpiaré los Países Bajos de herejes, aunque tenga que
matar a toda la población.
Felipe
era cauteloso y astuto, y nunca se apresuraba. Primeramente dijo al pueblo que
como
nuevo
rey honraría sus fueros, y respetaría sus gobiernos locales. Esto eran buenas
noticias para la gente; pero el golpe vino tres años después. Cuando Felipe se
sintió seguro, puso en vigor los edictos de su padre contra la herejía. El rey
Carlos los había casi suspendido para allanar el camino de Felipe al trono.
Todo el
mundo sabía lo que decían los edictos. El último y más terrible, publicado en
el año
1540 hacia
a la muerte en el cadalso, la más común tragedia para cualquier familia de Holanda, pues
condenaba a dicha pena a cualquier ciudadano leal u pacífico, por el mero
delito de hablar en favor de la Biblia o de la Reforma, aun en el
propio hoyar.
Pena de muerte era asimismo el castigo al que fuera descubierto
leyendo la Biblia o cualquier escrito reformado. Pena de muerte por asistir a
un culto, o por dar alimento o albergue a un protestante fugitivo. Pena de
muerte sin inicio
legal. Muerte, después de estar aprisionado can cadenas v torturado para
conseguir confesiones.
Nadie se senda seguro. Cualquier persona sin escrúpulos podía acusar a un
vecino de
herejía y recibir una parte de los bienes de la acusada, después de su
ejecución. Estos fueron
los edictos que Felipe restableció.
Pronto el hacha, la cuerda,
el fuego y el agua, fueron usados profusamente en el trabajo de decapitar,
ahorcar, quemar y ahogar gente inocente.
Se
levantó un gran clamor. ¿Era esta la libertad de los fueros que Felipe había
prometido mantener? Escudándose tras la sombra de su difunto padre Felipe
respondió blandamente que el no hacía nada nuevo. «Sólo estoy poniendo en ejecución
los edictos de mi padre y estos hacetiempo que forman parte de las leyes del
Imperio», les dijo.
Felipe
hizo más, obtuvo permiso del Papa para organizar
catorce nuevos obispados católicos en Holanda, v tres nuevos arzobispados.
Cada uno de los 14
nuevos obispos traía su séquito de ayudantes cazadores de herejes. Añadiendo
a la injuria el insulto. Felipe dividió la caballería del país en pequeñas
guarniciones separadas, e impotentes para sublevarse; y
trajo a cuatro mil adiestrados guerreros de España. Ahora su Majestad el
rey Felipe estaba listo para volver a su país natal.
Aborrecía a los holandeses, y como le gustaba escribir largos
documentos, podría gobernarles fácilmente desde su palacio en España. Allí iba,
además con vistas a su tercer matrimonio. Su segunda esposa María Tudor, (denominada .la
sanguinaria.) reina de Inglaterra había fallecido poco antes.
¿Quién
sería el regente que ejecutaría las órdenes de Felipe en los Países Bajos?
Eligió para esta tarea a su hermanastra Margarita de Parma, que era una hija
ilegítima del anciano rey. Esta mujer era alta, de rostro fiero, y se dice que tenía bigote.
Como su famoso padre, sufría de gota. Para asegurarse de que Margarita le sería plenamente leal, Felipe se llevó a su
hijo menor a España, como una especie de rehén. A1 lado de Margarita dejó al
astuto obispo de Arras como consejero.
Antes
de embarcar, Felipe llamó a los diputados de las provincias. Usando al suave
obispo Arras como intérprete, Felipe pidió a los diputados elevar las
contribuciones del país a tres millones de florines de oro por encima de lo
acostumbrado. Respecto a sus libertades nada dijo.
Los diputados respondieron firmemente que, a
menos que no fueran retiradas las tropas españolas, no cumplirían la demanda
del rey. Felipe se puso pálido de ira cuando esta respuesta le fue traducida.
Se salió airadamente de la sala y la asamblea terminó en confusión. Pocos días después
los diputados recibieron una carta en la que Felipe
prometía retirar las tropas tan pronto como el dinero fuera enviado a España.
No añadió que no tenía intención alguna de cumplir su promesa. A sus obispos y
consejeros les dijo malhumoradamente que podían estar seguros de una cosa, que él
nunca revocaría los edictos contra la herejía.
-«Puede
costaros todas estas provincias, señor, dijo un obispo.
-«Pues
bien, replicó Felipe- prefiero no reinar, que reinar sobre herejes».
Así
embarcó en una flota real compuesta de noventa buques,
por un Océano tempestuoso hasta el punto de que su Majestad
corrió el peligro de no llegar a España.
En
el país que Felipe dejó gustosamente, un predicador
hereje estaba escribiendo una famosa Confesión de Fe. Este pequeño libro es la
historia de este predicador y del famoso documento.
***
Capítulo II
EL PREDICADOR HEREJE
Una mujer salió de la casa cercana al
convento de monjas,
acariciando su Rosario con los dedos anduvo sobre las calles
empedradas de la ciudad de Mons, capital de la provincia más al sur de Bélgica.
Una vez hubo pasado el castillo y el Ayuntamiento, situado al lado de la
confina, pasó también de largo por la soberbia catedral, hasta llegar al otro extremo
de la ciudad.
Allí un monje italiano,
viajero, estaba predicando en plena calle. La mujer se juntó a la
muchedumbre que estaba oyéndole.
Escuchó con devota atención y finalmente dijo en
silenciosa oración:
«Dios mío ¿por qué no me
darías un hijo como éste? Haced que el hijo que llevo en mis entrañas sea un
predicador de vuestra «Palabra.
Poco
después, en el año 1522, la familia de Juan de Bress celebraba el nacimiento de
un hijo. Era el cuarto de la familia, y sus padres
le llamaron Guido.
Cuarenta y cinco años más tarde en la oscura celda de una
prisión,
Guido de Bress escribió a su madre una carta de
despedida en la cual le recordaba el caso de
aquel monje, y su oración de que el hijo que
llevaba en su seno pudiera ser un predicador.
Con sus manos encadenadas
escribió:
«Tú pudiste a Dios, madre mía, y el
oyó tu oración; y porque es rico en misericordia te dio más de lo que pediste. Tu le pedías un hijo
que pudiera ser como aquel jesuita; pero Él me ha hecho, no un imitar de los
jesuitas, sino de
Jesucristo mismo; el cual me ha llamado a su santo misterio. No para
enseñar las palabras de otros hombres, sino para
predicar las puras palabras de Jesús y sus apóstoles. Esto he hecho hasta ahora».