viernes, 16 de octubre de 2026

PRECIOSAS COSAS DE DIOS *WINSLOW* 1-3

 PRECIOSAS COSAS DE DIOS.

OCTAVIUS WINSLOW,

DOCTOR EN TEOLOGÍA

 “PRECIOSOS FRUTOS QUE BROTAN DEL SOL. DEUTERONOMIO “

LONDRES

1874

PRECIOSAS COSAS DE DIOS *WINSLOW*1-3

PREFACIO

Un vistazo rápido al contenido de este volumen dará una idea de su carácter y propósito.

No pretende ser tanto un tratado sistemático de teología, sino más bien un compañero, en sus momentos de retiro devocional y meditativo, del cristiano experimentado y espiritual.

 Las verdades que contiene, y el estilo en que se presentan, se adaptan quizás mejor a esos momentos particulares de la experiencia cristiana del creyente, en los que la discusión profunda y la reflexión elaborada no solo serían distantes, sino fuera de lugar.

 Llevar consigo el volumen en sus paseos con Dios, o compartir con él su retiro temporal de las participaciones activas en la vida, las “cosas preciosas de Dios” que esta revela, pueden servir para esparcir el perfume y el brillo del nombre de Jesús y obrar en torno a su camino solitario y reflexivo, alegrando la soledad, aliviando el dolor y disipando la duda, la depresión y la tristeza.

Son muchas y costosas las preciosas cosas de Dios no enumeradas en esta obra; bienaventurados aquellos que, desde el volumen de su experiencia personal y espiritual, pueden completar el catálogo y suplir la falta del Autor. Estas páginas se dirigen de manera clara y contundente a ese principio esencial de la religión vital: la experiencia. Realmente conocemos tanto del evangelio de Cristo, y del Cristo del evangelio, como por el poder del Espíritu Santo lo experimentamos en nuestras almas. Todo otro conocimiento de la verdad divina debe considerarse meramente intelectual, teórico, especulativo y de poco valor. Pero, para apreciar, en cierta medida, el valor, la gloria y la preciosidad del Señor Jesús, y, en consecuencia, estimarlo por encima de todo bien, reflejar su imagen, trabajar a su servicio y encontrarse preparándose y esperando el feliz momento descrito con tan exquisita belleza por Doddridge, y como solo él podía retratarlo,—

“¡Qué dulce aquella bendita entrevista! Caer extasiado a sus pies; elevado en sus brazos, contemplar su rostro ¡A través del resplandor de su gracia!”

Con la profunda experiencia de esto, cuando contemplamos detenidamente la eternidad, todos los demás temas de estudio y ocupaciones del tiempo parecen una solemne nimiedad comparada con nuestro destino. El autor lamenta que a la discusión de temas tan trascendentalmente importantes y valiosos, haya aportado tanta debilidad y fragilidad humanas.

 Su obra, planeada en medio de la feliz tranquilidad y el descanso de un largo y cálido pastorado, y terminada en medio de la ansiedad, la emoción y el esfuerzo propio de una nueva y más extensa esfera de labor ministerial, se ha visto necesariamente expuesta a mucho desfavorable para ese pensamiento maduro, composición cuidadosa y acabado literario que él considera que deben poseer los esfuerzos de este tipo. Su esperanza, sin embargo, es que, a pesar de su imperfección, el Espíritu Divino se digne bendecirla para la salvación de preciosas almas, aceptarla en la Iglesia de Cristo y usarla para el avance de la causa de Dios y la verdad en el mundo; y la gloria sea al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo, tres Personas en el Dios único, por los siglos de los siglos. Amén.

BATH, SEPTIEMBRE

LAS COSAS PRECIOSAS DE DIOS.

CAPÍTULO I.

LA PRECIOSIDAD DE CRISTO.

«PARA VOSOTROS, PUES, LOS QUE CREÉIS, ÉL ES PRECIOSO». — 1 PEDRO 2:7

La convicción profunda de la preciosidad del Salvador siempre ha sido considerada por los ministros del evangelio, de profunda sabiduría, como una evidencia bíblica e inequívoca de la existencia de la vida divina en el alma.

En momentos en que ni el tiempo ni las circunstancias permitían un análisis profundo de un credo teológico ni de los sentimientos y emociones espirituales, la pregunta fundamental, la única y sencilla en la que se basa todo, ha sido: "¿Cuál es tu experiencia del valor del Salvador?

 ¿Es Cristo precioso para tu corazón?".

 La respuesta a esta pregunta ha sido, para quien la ha examinado, la prueba y la medida del cambio espiritual y vital del alma. Y cuán apropiado que así sea. En la medida en que el Espíritu Santo imparte un sentido real e inteligente de la propia pecaminosidad, el corazón apreciará el valor, la suficiencia y la preciosidad del Señor Jesús.

 Una convicción clara y profunda de la naturaleza y agravamiento de la enfermedad, permitirá al médico concebir adecuadamente el proceso terapéutico mediante el cual pueda detenerse y curarse. Estimamos la fuerza de una fuerza motriz por la fuerza del cuerpo que impulsa.

 Así, a medida que se profundiza la convicción de nuestra condición perdida y deshecha, a medida que se revela la “excesiva pecaminosidad” del pecado, a medida que se manifiesta la pureza y el alcance de la ley de Dios, a medida que la absoluta impotencia e indefensión del yo se impone a la mente, la gloria, el valor, la idoneidad y el valor intrínseco de Jesús se presentarán, mediante la enseñanza del Espíritu, de forma vívida a la mente y al corazón, como el único fundamento y esperanza del alma.

La Biblia reconoce solo dos personajes específicos y distintivos: el pecador y el salvador. Todos los demás son meras variaciones de estos.

El santo no es más que el pecador convertido y glorificado.

Todas las relaciones oficiales que Cristo mantiene en la economía de la salvación no son sino diversas y hermosas formas del único Salvador, de quien se dice: «En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos». Así pues, al sentir tu pecado, valorarás la idoneidad y la conveniencia del Señor Jesucristo como tu Salvador.

 

 

jueves, 15 de octubre de 2026

THEOPNUSTIE *OSTERZEE*1-11

 THEOPNUSTIE

BRIEF AAN VRIEND

OVER DE INGEVING  DER HEILIGE SCHRIFTEN

TEOPNEUSTIA

 CARTA A UN AMIGO

SOBRE LA INSPIRACIÓN DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS

J. VAN. OSTERZEE

UTRECHT

1882

«COMPRA LA VERDAD, Y NO LA VENDAS». — SALOMÓN

THEOPNUSTIE *OSTERZEE*1-11

Waarde Vriend!

Eindelijk vind ik dan toch tijd en rust om op uw laatste schrijven te antwoorden, en althans tot zekere hoogte aan uwen wensch te voldoen.

¡Estimado amigo!

Por fin he encontrado el tiempo y la tranquilidad necesarios para responder a tu última carta y —al menos hasta cierto punto— satisfacer tus deseos. ¿Acaso te sorprende que haya dudado un tiempo y que, por ello, mi respuesta se haya demorado más de lo que hubieras querido? Y es que la petición que me planteas con tanta urgencia no es, en realidad, un asunto menor.

 Me solicitas mi opinión razonada sobre el tan debatido discurso del Dr. Kuyper acerca de la «crítica bíblica contemporánea» y, al mismo tiempo, permiso para compartir mi parecer con otros amigos de tu círculo. ¿Qué podría decirte, querido amigo, que no te hayas dicho ya a ti mismo en la intimidad de tus propias reflexiones?

La magnitud misma de la tarea que tan generosamente depositas sobre mis hombros bastaría para amedrentar incluso a alguien más audaz; la riqueza y el peso de los temas aquí tratados —en un espacio tan reducido— son tales que, probablemente, resultaría más sencillo escribir un libro que una carta como respuesta a dicho discurso. Pero esta, aunque es una objeción de peso, no es la única ni la más importante.

Como bien sabes, no soy partidario de las polémicas eclesiásticas o teológicas; además, con el paso de los años —y tras haber vivido experiencias dolorosas—, me siento mucho más inclinado al silencio que a la palabra.

 Y, especialmente en nuestra época actual, marcada por el sectarismo y la desconfianza, uno se lo piensa más de dos veces antes de alzar voluntariamente la voz ante una audiencia que se muestra más susceptible que comprensiva.

** ) «La crítica bíblica contemporánea y su tendencia preocupante para la Iglesia del Dios vivo». Discurso pronunciado con motivo del traspaso del rectorado de la Vrije Universiteit, el 20 de octubre de 1881. Ámsterdam, J. H. Kruyt, 1881**

Por otra parte, y por razones que usted conoce y considera válidas, me siento especialmente reacio a entrar en liza contra el Dr. A. Kuyper; tanto más cuanto que él —no sin cierta cortesía— me ha dejado personalmente al margen de la contienda, un conflicto que se ha visto obligado a librar contra nuestros teólogos «éticos», tanto los de mayor como los de menor edad, a quienes, por cierto, también tengo en gran estima.

¿Acaso no considera él mismo deseable posponer una evaluación más exhaustiva hasta haber aclarado mejor su postura y desarrollado sus planteamientos? Por consiguiente, acceder a su petición parece una empresa arriesgada —o, cuando menos, prematura—; en este caso, guardar silencio parece dictado tanto por la prudencia como por la equidad.

 No obstante, tras una reflexión más detenida, no he podido resignarme a darle una respuesta negativa que le resultara decepcionante, aunque, sin duda, ese habría sido el camino más fácil para mí.

 Mientras aguardamos a que, en un futuro aún por determinar, se ofrezcan más explicaciones, nos encontramos ya ante una declaración de guerra abierta contra el estudio crítico de las Sagradas Escrituras; precisamente el enfoque que se practica hoy en casi todas las universidades protestantes de la Europa continental. Se trata de un programa de interpretación bíblica tan nítidamente definido, y con unas implicaciones de tal alcance, que resulta indispensable —es más, inevitable— tenerlo muy en cuenta antes de dar cualquier otro paso en esta dirección. Es más —y en esto es en lo que usted seguramente menos se ha equivocado—, aquí se afirman cosas (no me atrevo a decir que se demuestren) que ningún veterano al servicio de la Iglesia y la Teología, ningún profesor experimentado en dogmática cristiana, ni ningún colega dedicado a los estudios crítico-isagógicos del Nuevo Testamento, podría escuchar —o permitir que se dijeran— sin sentir que la sangre le hierve de una forma peculiar y sin percibir, en lo más profundo de su ser, que, si bien hablar resulta ciertamente difícil, permanecer callado es, al menos para él, algo prácticamente imposible.

Y ahora, una vez más, observamos una experiencia recurrente —confirmada, de nuevo, por su carta—: cómo cuestiones profundamente polémicas, como aquellas que surgen en los ámbitos académicos, han penetrado en los hogares y en los corazones de la congregación. ¡Una y otra vez, estas se convierten en el origen de divisiones sumamente dolorosas y, en otros casos, de malentendidos de lo más lamentables!

Ciertamente, aunque uno podría ver las polémicas personales con cierta reserva —especialmente dadas las enormes diferencias en cuanto a tácticas y elección de argumentos, incluso si la fuerza de las partes enfrentadas fuera equivalente—, ofrecer orientación me parece algo tan esencial como el pan de cada día, al menos para aquellos que aún están dispuestos a recibirla. Considero que cualquier esfuerzo en este sentido, cuando es llevado a cabo por una persona cualificada, constituye un verdadero servicio; un servicio que bien merece el riesgo de provocar, tal vez, una mirada de desaprobación por parte de alguien. El ejemplo del propio Dr. K. —quien, sin la menor vacilación, demuestra la firmeza de sus convicciones— resulta tan inspirador que no puede dejar de ser seguido por aquellos que, tanto por razones académicas como por motivos de conciencia, se ven en la necesidad de adoptar una postura opuesta a la suya.

¿Para qué decir más? Si, ​​por todas estas razones, reúno el valor para hablar sobre este asunto, no es, ciertamente, por deseo de conflicto, sino por anhelo de una paz verdadera; no con la mira puesta en ningún interés partidista, sino en nombre —y al servicio— de la verdad, la libertad y la justicia

. No me hago ilusiones sobre nadie ni sobre nada; tampoco temo demasiado ser malinterpretado.

Mi propósito no es convencer a quienes claramente no desean ser convencidos, sino más bien ofrecer información —tanta como sea necesaria y posible— a usted y a otros que, como usted, se preocupan únicamente por la verdad.

 Estará de acuerdo en que debo esforzarme por expresarme con la mayor claridad posible, evitando cualquier alarde innecesario de erudición, de modo que cualquier miembro de la comunidad, razonablemente instruido y reflexivo, pueda seguirme sin grandes dificultades.

Además, procuro evitar todo aquello que pudiera asemejarse a «fuego profano sobre el altar».

 Por esta razón, también, me abstengo deliberadamente —aunque no sin un esfuerzo considerable— de abordar ciertos puntos en este discurso que podrían provocar fácilmente palabras duras o amargas; en particular, las observaciones aquí expuestas sobre la teología en las universidades estatales, en comparación con la de la Universidad Libre.

Cada cual debe determinar por sí mismo qué puede justificar ante Dios y ante su propia conciencia; y, de hecho, no existe refutación más contundente de una declaración prematura de muerte que una señal inequívoca de vida.

 Por lo demás, mi interés no reside en las personas —ni siquiera en mi propia defensa—, sino exclusivamente en la gran cuestión de fondo.

No veo ante mí otro enemigo que el partidismo, el error y el malentendido; y es también por esta razón que respondo.desestimar mi persona y menospreciar mi palabra —empleemos el término extranjero, pues viene al caso en este asunto tan desagradable— con el mismo silencio elocuente que tan bien me ha servido durante años. No se trata de una necedad al estilo del avestruz, ¡pero tampoco de veneno de víbora! Así pues, vayamos directamente al grano.

jueves, 8 de octubre de 2026

SOY LA NARIZ Y LOS PULMONES DE JUAN

  Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras;
Estoy maravillado,
Y mi alma lo sabe muy bien.

SALMOS 139. 14-16

`Juan tiene 47 años de edad y es un próspero hombre de negocios. Otros órganos de su cuerpo ya han contado su historia en números anteriores de SELECCIONES.

Como "construcción" quizá no sea muy hermosa, pero soy uno de los órganos más complejos de Juan, y le sirvo en formas que él ni siquiera sospecha.

SOY LA NARIZ DE JUAN

SELECCIONES DEL READER'S DIGEST

OCTUBRE DE 1983

POR J.D. RARCLIFF

SOY LA prominencia que se eleva en el centro de la cara de Juan:* su nariz. Así como a los ojos, a los oídos y al tubo digestivo les presta Juan mucha atención, a mí me considera sólo una molestia. En invierno me escurre líquido, estor­nudo en los momentos más inopor­tunos, me tapono con los catarros y suelo salir aplastada en los acciden­tes. Hay alusiones poéticas y llenas de colorido a otros rasgos faciales, como los ojos, las orejas, los labios. A mí me cantan con mucho menor frecuencia. Suele decirse de alguien (podría ser el mismo Juan) que no ve más allá de sus narices o que lo dejaron con un palmo de narices, o bien que me mete a mí en todo.

Como órgano importante del cuer­po de Juan, creo que merezco mejor suerte. Cumplo muchas tareas de las que Juan ni siquiera se percata. Si se acuesta sobre el lado izquierdo, por ejemplo, se me tapa poco a poco la ventana izquierda. Al cabo de dos horas, más o menos, envío una señal silenciosa (pues no quiero desper­tarlo) que lo hace volverse. Este es uno de varios mecanismos que utili­zo para lograr que se mueva, lo que evita que sus músculos estén acalam­brados por la mañana.

Automáticamente olfateo los ali­mentos de Juan antes de que los co­ma, para protegerlo de los descom­puestos, que podrían intoxicarlo. Una gran parte del placer que Juan encuentra en la comida me lo debe a mí. En cuanto huelo un bistec a la parrilla, movilizo las glándulas salivales de Juan (es decir, "se le hace agua la boca") y hago que segregue jugos digestivos. Como ya Juan ha notado, cuando mis facultades se hallan embotadas a causa de una en­fermedad, como el catarro, por ejemplo, la comida le resulta insípi­da, pierde el apetito y enflaquece. Sin mi estímulo, Juan nada más pica de aquí y de allá, pero no come.

Otra cosa: la voz de Juan es agra­dable, profunda. En gran parte me la debe a mí. Yo favorezco su reso­nancia. Si se aprieta la nariz al ha­blar, posiblemente se dará cuenta de la diferencia de que soy causa.

Desde el punto de vista de mi for­ma y constitución, no soy algo de qué presumir. Mi parte interna está metida entre el paladar de Juan y su cerebro. En realidad soy dos na­rices, ya que un tabique me divide' por la mitad. Encima de la boca de Juan está una parte interna, más bien cavernosa: es mi taller. También tengo unos huecos pequeños en los huesos de ambos lados (en las me­jillas) y en los huesos frontales, situados encima de los ojos, en la pared que me separa de estos y al fondo de mi cavidad principal. Es­tos espacios huecos componen mis ocho senos, que aportan algo del lí­quido necesario para humedecer el aire, modulan ligeramente la voz y aligeran el cráneo de Juan, pero, so­bre todo, son causa de dificultades. Las bacterias se introducen en ellos y ocasionan infecciones y el bloqueo de los estrechos canales que desem­bocan en mis principales conductos. En tales circunstancias, a Juan le es­peran las molestias típicas del dolor de cabeza.

Una de mis tareas principales consiste en limpiar y acondicionar el aire que pasa a los pulmones de Juan. Todos los días debo filtrar aproximadamente quince metros cú­bicos de aire; es decir, el que contie­ne una habitación pequeña. Si Juan está a la intemperie un día frío y seco, a sus pulmones no les agrada el aire que aspiran. Prefieren el que se encontraría en un húmedo día de verano: con un 75 a un 80 por cien­to de humedad, a la temperatura de 30 a 35 grados C. También requieren aire exento casi totalmente de bac­terias, de polvo, de humo y de otros agentes irritantes. El aparato para acondicionar el aire en una habita­ción de medianas proporciones tiene el tamaño de un baúl pequeño. Mi sistema para el acondicionamiento del aire está reducido a una superfi­cie mínima de sólo unos centímetros de largo.

Para cumplir mi labor de humec­tación, segrego diariamente cerca de un litro de líquido. La mayor parte es una mucosidad pegajosa produci­da por la membrana roja y esponjosa que tapiza mis conductos. Aunque el pesado trabajo de limpieza está a cargo de los vellos que hay en mi in­terior, es el moco el que desempeña la labor más importante, pues cum­ple las funciones de una especie de papel para atrapar moscas; esto es, detiene las bacterias y partículas que atraviesan la barrera de los vellos. Naturalmente, no puedo permitir que esta capa de moco se estanque, pués en pocas horas estaría contami­nada totalmente. Por eso, cada vein­te minutos, poco más o menos, fa­brico una nueva capa de mucosidad limpia.

Para eliminar el moco ya usado, tengo cientos de miles de escobas microscópicas: los cilios. Estos di­minutos vellos empujan la capa de mucosidad otra vez hacia la gargan­ta para que Juan la trague, y luego vuelven lentamente a su posición original. Los fuertes ácidos del estó­mago destruyen casi cualquier bac­teria que se ingiera. Mis incansables cilios ejecutan ese movimiento unas diez veces por segundo. Juan, por supuesto, no tiene conciencia de esta actividad, que continúa noche y día. Sólo cuando hace frío se percata de ella, porque las temperaturas muy bajas paralizan mis cilios par­cialmente y provocan una excesiva acumulación de moco. Entonces, en vez de ir el líquido hacia la garganta, pasa hacia adelante, y escurre por mis ventanas.

Además de atrapar mecánicamen­te las bacterias, dispongo de otra protección contra ellas: una sustan­cia que las mata, llamada endolisina, y que es la misma que protege los ojos de Juan de las infecciones. La endolisina hace de mí uno de los órganos más limpios; tan limpio, en verdad, que se pueden practicar muchas operaciones de la nariz sin necesidad de complicados preparati­vos antisépticos.

También resulta una tarea labo­riosa calentar el aire que respira Juan. Esto lo hago en gran parte con ayuda de mis cornetes. Tres de estas laminitas óseas, la mayor de unos tres centímetros de longitud, sobre­salen de las paredes laterales de ca­da una de mis mitades. En realidad, esos cornetes funcionan como radia­dores pequeños. Están cubiertos de un tejido eréctil con una provisión sanguínea relativamente enorme, que podríamos considerar como el vapor de mis radiadores. La sangre fluye generalmente por arterias di­minutas y por un lecho capilar pasa hasta las venas. En mis cornetes los capilares están conectados por una especie de cisternas diminutas de mi tejido eréctil. Al almacenarse más sangre, se hinchan esas cisternas. Es lo que sucede cuando Juan aspira aire frío: me hincho, y así propor­ciono una mayor superficie de calen­tamiento.

Mi otra misión importante, por supuesto, es percibir los olores. Juan, como la mayoría de las perso­nas, puede reconocer 4,000 000 olores diferentes. Y una nariz realmente sensible puede llegar a distinguir hasta 10,000. Como en la actualidad la supervivencia rara vez depende de mí, mis grandes facultades se en­cuentran adormecidas, desaprove­chadas. Si Juan hubiera nacido sordo y ciego, habría apreciado mis enor­mes posibilidades. Como ínstrumento esencial de identificación, yo hu­biera podido reconocer personas y habitaciones por el olor.

¿Cómo percibo los olores? En la parte superior de cada una de mis cavidades nasales tengo una mancha de tejido pardo amarillento, del ta­maño aproximado de un sello de co­rreos. En cada mancha tengo unos diez Millones de células receptoras, de las que salen de seis a ocho deli­cados vellos sensorios. Todo este aparato está conectado por fibras nerviosas al cerebro de Juan, que se encuentra a unos dos centímetros de distancia.

Esta es, pues, mi organización, que no explica, sin embargo, cómo identifica Juan el olor de un bistec a la parrilla. Sólo tenemos teorías al respecto. Se sabe que cualquier cosa olorosa tiene olor porque despide moléculas. La sopa de cebolla ca­liente las despide en abundancia; el acero frío, casi ninguna. Una de las teorías sostiene que mis células re­ceptoras pueden distinguir el tama­ño y forma de diferentes moléculas. La diferencia se registra de algún modo y se genera una diminuta co­rriente de electricidad que se tras­mite al cerebro. La señal eléctrica resulta familiar al cerebro de Juan, que da su fallo: vinagre, o rosa, o caucho quemado.

En realidad esto no es tan sen­cillo. Es posible que existan olores primarios, lo mismo que hay tres colores primarios. En el cerebro, co­mo en una paleta, se mezclan los olo­res y producen uno solo ya conocido.

Sí me siento envuelta en un olor determinado, al poco tiempo no pue­do ya percibirlo. Pasados los pri­meros momentos, la mujer de Juan apenas nota el perfume que lleva. Si Juan consigue un trabajo en una curtiduría, en una fábrica de cola o en un corral de ganado, al principio le molestarán mucho los olores. Sin embargo, pronto estará tan agobia­do por el áspero tufo, que apenas lo percibirá. Pero conservará su sensi­bilidad a otros olores. Aun en medio de la pestilencia de una curtiduría, el aroma de una rosa resulta tan deli­cioso como siempre.

Como soy uno de los órganos del cuerpo más expuestos al medio ex­terior, no es raro que sea blanco de una larga serie de padecimientos. Algunos microbios ( especialmente los de la sífilis y de la tuberculosis ) pueden atacar mi cartílago y estro­pearme la forma. En mí membrana mucosa brotan pólipos o protube­rancias pequeñas que pueden tener desde el tamaño de un guisante has­ta el de una uva. A veces, bloquean el paso de aire o los canales de mis senos y causan una gran variedad de molestias.

Los alergenos, el humo del tabaco y el polvo, irritan mis mucosas: se hinchan y producen líquido excesivo que gotea hacia la garganta. Este es el escurrimiento retronasal; otras veces los conductos del aire se infla­man y se tapan con un catarro. Juan trata a menudo de destapárselos so­nándose con fuerza. Esto resulta pe­ligroso, pues podría hacer llegar la infección a mis senos o, por la trom­pa de Eustaquio, hasta el oído medio. También a veces recurre Juan a las gotas nasales, sustancias diversas que hacen que se contraigan los te­jidos. Más vale que tenga cuidado, porque esas gotas provocan el efecto contrario: a la temporal contracción de los tejidos sigue una hinchazón mayor que la original. Los especia­listas recomiendan abstenerse de usar gotas nasales, pues agravan el trastorno, en vez de curarlo.

Juan tiene ahora 47 años de edad y mi agudeza está empezando na­turalmente a declinar. El café ya no le huele tan bien como antes, y otros olores ya no le resultan tan molestos. Todo esto es perfectamente nor­mal y, aunque puede haber sido un estorbo en cierta fase de la evolución del ser humano, ya no lo es. Mientras siga yo calentando y lim­piando hasta el último aliento de Juan, continuaré desempeñando mis funciones en bien suyo. Y en defensa de mi modesta condición, añadiré que, cuando Juan sea viejo, seguiré cumpliendo con mis obligaciones mucho mejor que sus ojos o sus oídos.

ESTE ARTICULO corresponde a la serie de órganos de Juan y María, y se publicó por primera vez en noviembre de 1972.

Un vistazo al interior de ese órgano esencial y delicado, merecedor de un trato más considerado que el que suele recibir.

SOY EL PULMÓN DE JUAN

EN BUENA parte, este artículo está basado en las entrevistas que tuvo el autor con los doctores Alton Ochsner y Hurst Hatch, de la afamada Clínica Ochsner, en Nueva Or­leáns (Luisiana).

POR J. D. RATCLIFF

SELLECIONES DEL R.D. JUNIO 1969

USTEDES conocen a muchas per­sonas semejantes a Juan. Tie­ne 47 años, es próspero y vive feliz con su esposa. Hace algún tiempo el corazón y el estómago de Juan

contaron su historia en SELEC­CIONES.* Ahora me toca a mí ha­cerlo. *Véase: Soy el corazón de Juan en Seleciones de julio de 1967; Soy el estómago de Juan, en agosto de 1968.

Soy el pulmón derecho de Juan, y me corresponde el privilegio de hablar porque soy algo más grande que mi compañero situado en el la­do izquierdo del tórax. Yo tengo tres lóbulos separados (o comparti­mientos), mientras que el izquier­do sólo tiene dos. Juan se llevaría una sorpresa si me viera, pues pien­sa que soy una especie de vejiga vacía, de color rosa, que cuelga den­tro del tórax. Por el contrario, no estoy vacío; la realidad es que, si me cortaran, ofrecería el aspecto de algo semejante a la sección de una  esponja de goma para baño. Ade­más, mi color no es rosado. Lo fue cuando Juan era un niño pequeño. En la actualidad, después de haber consumido un cuarto de millón de cigarrillos y de haberme inflado unos quinientos millones de veces en la atmósfera contaminada de las ciudades, tengo un feo color gris pizarra, moteado de negro.

En el tórax de Juan hay tres compartimientos separados y her­méticamente cerrados: en uno me encuentro yo, en el otro se aloja el pulmón izquierdo y en el último se halla el corazón. Yo cuelgo hol­gadamente en mi compartimiento, ocupándolo totalmente, y peso al­rededor de medio kilo.

Como no tengo músculos, desem­peño un papel pasivo en los movi­mientos de la respiración. Hay un vacío parcial en mi compartimien­to; por consiguiente, cuando se dilata el tórax de Juan, me dilato yo. Al exhalar Juan, yo me desinflo. Se trata simplemente de un mecanis­mo de retroceso. Si llegara a ocu­rrir que la pared del tórax se per­forara en un accidente, dejaría de existir el vacío parcial y yo queda­ría colgando lacio, sin trabajar, has­ta que se curara la herida y se vol­viera a hacer el vacío.

Veamos más de cerca cómo estoy constituido. La tráquea de Juan, que mide unos 12 centímetros de longitud, se divide en la parte in­ferior en dos conductos bronquiales principales: uno unido a mí y el otro a mi compañero. Luego co­mienzo a ramificarme como un ár­bol invertido. Primero en las ramas bronquiales y finalmente en los di­minutos bronquiolos, que miden un cuarto de milímetro de diámetro. Todos ellos son sencillamente con­ductos de aire. El verdadero trabajo lo realizo en los alvéolos: los mi­croscópicos sacos de aire que se agrupan como racimos de uvas. Hay en mí unos 250 millones de alvéo­los que, extendidos, cubrirían con su tejido aproximadamente medio campo de tenis.

Cada alvéolo está cubierto por una maraña de capilares. El cora­zón impulsa la sangre hacia un ex­tremo de cada capilar, y los glóbu­los rojos, uno por uno, lo recorren aproximadamente en un segundo. A continuación ocurre algo asom­broso. A través de la membrana finisima de la pared capilar, los gló­bulos rojos descargan su desecho de anhídrido carbónico en mis alvéo­los. Simultáneamente, toman el oxí­geno que entra por el otro extremo. Es una especie de tienda de inter­cambio : por un extremo de los ca­pilares la sangre entra de color azu­lado y por el otro sale de un vivo color rojo cereza.

Los órganos más importantes de Juan —señaladamente el corazón—funcionan por control automático. Lo mismo ocurre conmigo la ma­yor parte dél tiempo, aunque tam­bién estoy sujeto al control volun­tario de mi amo. De niño, cuando Juan hacía berrinches, en ocasio­nes contenía la respiración hasta po­nerse un poco morado. Su madre se preocupaba, aunque innecesaria­mente, pues mucho antes que su­friera verdaderos perjuicios, la res­piración automática se hubiera he­cho cargo y Juan comenzaría a respirar, aunque no quisiera.

La acción automática de mis fun­ciones respiratorias está regulada por el bulbo raquídeo —la protu­berancia donde la médula espinal se inserta en el cerebro—, que es un detector químico asombrosamente sensible. Durante el ejercicio enér­gico, los músculos consumen pron­to el oxígeno y descargan el desecho de anhídrido carbónico. Con­forme se acumula este gas, la san­gre se pone ligeramente ácida. El centro de control de las funciones respiratorias detecta esto de manera instantánea y me envía la orden de que trabaje más aprisa. Si la acidez aumenta demasiado, como ocurre cuando Juan hace un ejercicio enér­gico, el centro de control me orde­na que también haga más profunda la respiración: es lo que llamamos "el segundo aliento".

Cuando Juan está sentado necesi­ta unos 16 litros de aire cada mi­nuto; en la marcha, necesita unos 24; en la carrera, unos 50. Recosta­do, tranquilamente, en la cama, ne­cesita unos ocho litros de aire cada minuto. Para inhalarlos respira unas 16 veces por minuto, es decir, inhala poco menos de medio litro de aire cada vez que respira. (Yo puedo recibir ocho veces esa cantidad, que sólo me infla en parte.) Aun así, no todo ese medio litro de aire me llega a mí; un tercio se escapa sin rumbo fijo por la tráquea y otros conductos del aire.

El aire que necesito me debe lle­gar poco más o menos tan húmedo y cálido como el de una marisma tropical. Para producir ese aire tan especial en el trayecto de unos cuantos centímetros, se requiere todo un complicado sistema. Las mismas glándulas lagrimales que constante­mente bañan los ojos de Juan, jun­to con otras glándulas que vierten secreciones - mucosas en la nariz y en la garganta, producen hasta me­dio litro de líquido por día para humedecer el aire que recibo. A lo largo de la mucosa de esos mismos conductos, los vasos sanguíneos —que en los días fríos se dilatan y en los días cálidos se constriñen—realizan la labor de calentamiento.

Hay una lista casi interminable de cosas que me pueden causar di­ficultades. Cada día Juan inhala toda clase de bacterias y virus. La lisozima, poderosa enzima antimi­crobiana existente en la nariz y la garganta, destruye a,casi todos ellos. Y, por lo general, yo puedo comba­tir a los demás que llegan a pene­trar hasta mis oscuros, cálidos y hú­medos conductos, que constituyen un excelente coto de caza de micro­bios. Los fagocitos vigilan en mis conductos y sencillamente envuel­ven a los invasores y los engullen.

Desde luego, el aire contaminado es mi mayor problema. Los demás  órganos viven resguardos; sin embargo, para las conse­cuencias reales, daría lo mismo que yo estuviese afuera del cuerpo de Juan, expuesto a los peligros del medio ambiente y a sus impurezas. Aunque no lo parezca, soy muy de­licado, y es asombroso que pueda sobrevivir siquiera, obligado como estoy a sufrir la presencia de com­puestos como el anhídrido sulfuro­so, el benzopireno, el plomo, el bió­xido de nitrógeno. Como algunos pueden fundir inclusive medias de nilón, podrán ustedes imaginar qué efectos surten en mí.

El proceso mediante el cual se purifica el aire que recibo comienza con los pelillos de la nariz, que de­tienen las grandes partículas de pol­vo. Una película adherente de materia mucosa, en la nariz, la gar­ganta y los bronquios, actúa en for­ma semejante a la del papel mata­moscas para atrapar las partículas más pequeñas de polvo. Y por úl­timo, la labor de limpieza propia­mente dicha la realizan los cilios: pelillos microscópicos que cubren, en cantidad de decenas de millones, todos mis conductos respiratorios. Como trigo al viento, los cilios se agitan hacia atrás y adelante cerca de 12 veces por segundo. Movién­dose hacia arriba, empujan los de­sechos hacia la garganta, donde pue­den ser deglutidos por Juan.

Si Juan pudiera observar mis ci­lios al microscopio, vería que cuan­do se les arroja humo de cigarrillo o aire muy contaminado, dejan de agitarse y se paralizan durante algún tiempo. De continuar esta irri­tación durante un periodo largo, los cilios se debilitan y mueren, sin que los puedan remplazar.

A los treinta años de fumador, Juan ha perdido casi todos los ci­lios, y las membranas de los con­ductos que segregan materia mu­cosa han aumentado tres veces su espesor normal. Juan no lo sabe, pero corre el peligro de sofocarse. Si cae en mis sacos de aire dema­siada materia mucosa, la respira­ción cesa tal como si hubieran pe­netrado en los pulmones varios li­tros de agua. Lo único que salva a Juan de ese riesgo es su ruidosa e ineficaz tos de fumador que ha pasado a suplir la silenciosa fun­ción de los cilios. Juan debe tener presente que este es el único meca­nismo de limpieza que me queda, y deberá guardarse de tomar medi­camentos para combatir la tos.

La mayor parte del tiempo Juan me exige que inhale verdaderos desperdicios. Algunas partículas obstruyen mis conductos más pe­queños, y otras queman mis teji­dos. Las frágiles paredes de mis al­véolos pierden elasticidad y no se desinflan como es debido cuando exhalo. (Por eso le es posible in­halar, mas no exhalar.) El anhídri­do carbónico queda retenido en los alvéolos, que dejan de proporcionar oxígeno a la sangre y de tomar los desechos de anhídrido carbónico. Así sobreviene el enfisema pulmo­nar, espantosa afección en que cada respiración constituye una lucha pa­ra sobrevivir. Aunque Juan no lo sabe, varios millones de alvéolos míos se hallan en esta situación. Como su capaci­dad pulmonar es unas ocho veces mayor que la que necesita para el trabajo sedentario, todavía le que­da una reserva suficiente. Sin em­bargo, a últimas fechas se ha perca­tado de que incluso un esfuerzo menor le causa una forma leve de sofocación. De esta manera lo es­toy poniendo sobre aviso.

Juan debe tener en cuenta el viejo adagio médico que advierte: "El que está consciente de tener pulmones, es que ya está enfermo"; y debe darme un mejor trato, lo que principalmente significa un aire de mejor calidad. Lo más importante, desde luego, es que deje de fumar. Pero si es incapaz de re­nunciar al cigarrillo, puede ayudar­me por otros medios. Existe una pequeña máquina, de precio mode­rado, que hace circular el aire de la habitación a través de una capa de carbón activado —empleado en las caretas de protección contra el gas—y absorbe las sustancias químicas que atacan a mis tejidos. Si Juan colocara una en su alcoba y otra en la oficina, yo tendría 16 horas de protección cada día.

También le aconsejo que haga más ejercicio y observé un régimen alimenticio más adecuado. Cual­quier clase de ejercicio corporal, subir a pie las escaleras, pasear, salvar distancias a trote lento, prac­ticar deportes— me obliga a respi­rar con mayor profundidad, y eso es muy conveniente. Además, hay ejercicios especiales para las funcio­nes respiratorias. En condiciones normales la mejor manera de res­pirar es hacerlo profundamente, in­troduciendo en los pulmones mayor cantidad de aire a un ritmo más pausado. Juan podría practicar la respiración abdominal, como lo ha­cen los pequeños y los cantantes de ópera, que consiste en no inflar el tórax y en dejar caer el diafragma. De este modo el aire penetra hasta mis alvéolos más recónditos.

Además, sería útil que varias ve­ces al día Juan empleara en mí cier­to recurso de limpieza. Juan cree que con exhalar normalmente yo quedo vacío de aire. Pero está equi­vocado. Que abra la boca y exhale todo el aire que pueda. Luego, que frunza los labios y sople: todavía le quedará bastante aire. Si lo hi­ciera fumando, observaría algo que debería hacerlo reflexionar: de sus labios fruncidos saldría humo que normalmente quedaría encerrado, estancándose en mi interior.

Todo se resume en lo siguiente: En su mayoría los órganos vecinos míos pueden soportar sin queja un trato muy rudo. Desgraciadamente este no es mi caso. La Naturaleza no me ha dotado de todos los medios de protección que necesito para vi­vir en el mundo de hoy. Por eso han adquirido proporciones de epidemia una serie de enfermedades de los pulmones. ¡Presta atención, Juan!