martes, 8 de septiembre de 2026

**2** EL FANTASMA DE AGAR

 EL FANTASMA DE AGAR

GEORGE OTIS

1974

27-39

--Preferiría no hacerlo, si a usted no le molesta —le contesté—. ¿No podríamos encargarnos de esto ahora? Si no me apre­suroro, la guerra podría terminar antes de llegar al frente.

Cuando miré la expresión de su rostro, me di cuenta de que había dicho algo deli­cado que no contribuiría a mejorar mucho la situación.

—Lo siento —le dije.

Al parecer, se le ocurrió una idea. Pa­recía bastante buena, pero más tarde de­mostró ser sólo una manera disimulada de deshacerse de mí.

—Es amable de su parte, Otis, que haya venido  de todos modos a Israel durante nuestro tiempo de prueba. Tenemos apre­cio por ustedes, los escritores de todo tipo. Sin embargo, debe entender que nos crea problemas especiales por no tener carnet de Periodista. Y el hecho de no tener ni un solo libro que pruebe que usted es es­critor lo pone en una categoría que sobre­pasa mi autoridad. Le sugiero que vaya a la Oficina de Prensa Israelí en la Casa Sokolov . Quizá pueda ayudarle uno de los departamento de allí.

—Muchas gracias —le dije.

Muchos años de realizar trámites comerciales y  gubernamentales me han enseñado a reconocer el ardid de pasar el bulto a otro. Pero la ingeniosa variedad que experimenté durante los días siguien­tes, yendo de un lugar a otro por todos los pisos de la Oficina de Prensa Israelí, era muy superior.

Seguía recordándome a mí mismo que era cristiano y, además, un visitante en su país. Esta gente estaba ocupada con una guerra y tenía problemas al tratar con centenares de reporteros curiosos y parlanchines que les habían caído encima. Pero después de vagar kilómetros por los salones de Sokolov y de pasar horas con­testando preguntas, mi paciencia cristiana comenzó a minarse.

Por fin, creo que una tarde Dios puso un extraño espíritu en mí. ¡De repente, me enfurecí y comencé a contar a gritos mis frustraciones! M

e oí decir cosas como éstas:

"¡ Estoy aquí a trece mil kilómetros de mi casa y todos ustedes me contestan con evasivas! No soy enemigo de ustedes. Soy amigo del pueblo de Israel. Me en­cuentro aquí, porque deseo escribir un li­bro sobre los aspectos espirituales de esta guerra y ustedes me ponen toda clase de obstáculos. Ustedes mismos permiten que los engañen dejando que vayan al frente todos los periodistas. La mayoría de ellos presenta relatos destructivos sobre Israel a su regreso. ¡ Y ustedes les dan toda clase de facilidades!

"¡ Yo estoy aquí de parte de ustedes! i Estoy ansioso por presentar un buen informe! Ustedes debieran ayudarme a ir al frente y animarme a escribir. Encuentro difícil seguir siendo amigo de ustedes bajo estas circunstancias. Israel está perdiendo amigos rápidamente por todo el mundo. No creo que puedan darse el lujo de perder uno más. 0 me dan permiso para ir al frente o me voy al aeropuerto a tratar de conseguir un vuelo para regresar a mi país. No voy a pelear más con ustedes. i Saben que merezco un sí o un no y ahora

Por entonces la gente estaba mirando a hurtadillas desde sus oficinas hacia el pasillo. ¿Quién era este bullicioso norteamericano que perturbaba la paz? Mis ojos despedían llamas.

Unos minutos más tarde un teniente vino apresuradamente hacia mí y me tomó De un brazo. Y muy suavemente me dijo:

—Venga conmigo a hablar directamen­te con el Coronel Simons.

Todavía estaba furioso y retiré mi brazo.

—¿Quién es Simons?

Pero cuando miré al teniente, vi algo en la expresión de su rostro que me tran­quilizó.

—El Coronel Simons es quien puede dar órdenes aquí —me dijo—. Usted ya ha dado suficientes vueltas. Arnie Simons es un hombre excelente.

Diez minutos después yo estaba de pie, con las manos en las caderas, mirando a un coronel de mediana estatura, que tam­bién estaba de pie y con las manos en las caderas.

—Señor Otis —me dijo él—, ya tengo conocimiento de su caso. ¿Puede estar otra vez aquí en la Casa Sokolov, mañana a las 6:15 de la mañana? Aquí hay alguien a quien quiero presentarle. Señor Otis, éste es el Mayor Nachman. He asignado a "Nachi" para que le sirva de Oficial de Escolta Militar. Estoy concediendo el per­miso para que usted vaya al frente sirio mañana por la mañana.

—Coronel Simons —le dije—, nunca podré agradecerle lo suficiente por esta tremenda ayuda. Al fin y al cabo habrá un libro y usted tendrá el primer ejemplar que salga de la imprenta. Tendré cuidado de que no tenga que lamentar esta deci­sión. En realidad, soy amigo del pueblo de Israel, como lo es todo verdadero cristiano.

Mientras tanto, mi hijo George III ha­bía llegado a Tel Aviv y decidí, de repente,

SAGA SOKOLOV 31

sacar el máximo provecho de mi buena fortuna.

Le pregunté a Simons si podía incluir a George en el permiso.

—i Oh! Creo que sí —dijo el Coronel, suspirando.

Sucedió algo cruelmente chistoso cuan­do mi hijo y yo regresamos al Hilton. Dado que la guerra había comenzado cuando yo estaba ausente de mi casa, no traje mi cámara fotográfica. Pero ahora me daba cuenta de que ésta me sería esencial para el viaje que realizaríamos al día siguiente En la mañana. Cuando subimos a un taxi, le dije al conductor:

—Al Hilton de Tel Aviv, por favor.

El taxista asintió con la cabeza. Resultó ser que esas  ésas eran algunas de las pocas palabras que realmente entendía en nuestro  idioma.

Durante el  recorrido me recliné en el asienio posterior y le dije que necesitaba una cámara. Me dirigió una mirada vaga. Hice un nuevo intento, usando diferentes  palabras; pero sencillamente no entendía.  Por último, cuando nos había había llevado casi hasta el hotel, comencé a preocuparme.Casì  no nos quedaba tiempo para comprar. Todas las tiendas cerrarían dentro de e unos veinte minutos y tenía que encontrar una cámara. Por fin me las arreglé para hacer que detuviera el taxi. Entonces comencé a hacer movimientos con las manos, como si estuviera soste­niendo una cámara y tomando fotografías. Tras un minuto,  poco más o menos, de hacer estos ademanes, se le iluminó el ros­tro y nos fuimos de allí.

Me sentí desconcertado cuando pasamos dos tiendas de artículos fotográficos; pero por fin hizo rechinar los frenos frente a ... una barbería.

Lo seguimos al inte­rior, creyendo que quizás el taxista sabía de alguna cámara usada que quisieran vender allí. En cambio, después de hablar un momento en hebreo con el propietario, abrieron un cajón inferior y sacaron una caja de ... i fotografías sucias!

De repente nos dimos cuenta del humor negro de todo el asunto y salimos de allí. Un poco más allá vi una tienda de artícu­los fotográficos y logramos entrar cuando sólo faltaban dos minutos para que ce­rraran.

Pasan cosas extrañas con las barreras idiomáticas. Esto era un tranquilizante después de un día lleno de frustraciones, pero de triunfo al fin.

Al día siguiente, muy de mañana, iría­mos a la guerra ...

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