lunes, 16 de febrero de 2026

GUIDO DE BRESS -2-

GUIDO DE BRESS

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 Capítulo I

EL HACHA, LA CUERDA Y EL FUEGO

El anciano rey estaba traspasando su corona v todo el pueblo de Bruselas se preparaba para los festejos. Las banderas ondeaban al viento, las tiendas estaban cerradas y los ciudadanos vestidos con largos vestidos de seda y pomposos lazos, se agolpaban por las calles. Era en el mes de octubre del año 1555.

Carlos V, el anciano emperador, había decidido cambiar su Imperio por la celda de un monasterio.

Nadie conocía la razón; pero todo el mundo estaba contento de tener una fiesta. Algunos

eran incluso bastante ilusos para pensar que el nuevo rey Felipe pudiera ser más tolerante

que su padre.

Las estrechas calles de Bruselas ascienden desde el río hasta el palacio en la cresta de la colina.

Allí. en el gran salón principal se habían juntado los príncipes v nobles para oír el discurso de despedida del rey; quien hizo de la ocasión un gran espectáculo. Cojeando por la gota y respirando con dificultad por el asma, Carlos V se apoyaba en el fuerte brazo del príncipe de Orange, mientras contaba la historia de sus cuarenta años como emperador Era un muchacho de negros cabellos, en sus 15 abriles, cuando recibió el cetro v la corona.

Pronto, mediante victoriosas batallas y astuta política, vino a ser el más poderoso gobernante de su tiempo. Emperador de Alemania, de España y los Países Bajos, (Holanda, Belgica) y señor de todos los países conocidos en África, Asia y América, montando su magnífico caballo blanco, había dirigido sus ejércitos en cuarenta expediciones guerreras, desde Inglaterra al África.

¡Qué César había sido!, ¡Qué hombre tan poderoso presidiendo parlamentos o Dietas, firmando tratados y proclamando edictos que. tenían que ver con la vida de todos los súbditos de su granImperio!

«Ha sido un largo y duro camino el de estas victorias -dijo el elocuente v anciano emperador convoz temblorosa, que trajo lágrimas a los ojos de los príncipes.- Y ahora, por amor a mi pueblo y al Imperio corono a mi bien amado hijo Felipe, como rey en mi lugar».

Hubo unas pocas cosas que el emperador de blancos cabellos prefirió omitir en su discurso de

despedida. Podía haber hablado de las derrotas de sus últimos años. De como el joven príncipe alemán, Mauricio le había atacado por sorpresa v hecho huir en un carromato labriego a través de la baja neblina en las montañas. Como el rey francés le había hecho retroceder en una derrota que le costó sesenta mil guerreros. Asimismo su majestad el rey Carlos podía haber contado la sanguinaria historia de como sus edictos contra la herejía, habían llevado al cadalso y a la hoguera a 50.000 protestantes que creyeron en las verdades re-descubiertas en la Biblia.

Pero esto no lo dijo el Emperador. Por el contrario, con su amabilidad usual refirió a sus príncipes v nobles cuanto les amaba y como desecha que ellos sirvieran a su hijo con la misma

lealtad ore le habían servido a El.

Cuando terminó la ceremonia v las fiestas, tomó un barco rara España v el Monasterio de Yuste.

Allí pasó los últimos tres años de su vida. redactando mensajes para su hijo; regañando a los

cocineros, y atracándose de tortillas de sardina, perdices rellenas, y guisados de anguila, adobados con vasos del mejor vino; después que su doctor limpiara una y otra vez sus intestinos con grandes dosis de ruibardo y hojas de sen.

Así empezó a gobernar Felipe II. El pueblo de los Países Bajos se preguntaban que clase de rey sería. Ciertamente no tenía nada de simpático. Pequeño, ceñudo, con una mandíbula inferior

saliente, no poseía ninguno de los atractivos de su padre, Mientras que Carlos bahía podido hablar a sus pueblos en sus diversos idiomas, Felipe hablaba sólo el español su lengua nativa. A los 28 años era un hombre frío, astuto, cruel y vanidoso. Tenía pocas ideas propias, pero una gobernaba su vida: Quería ser recordado como el rey que aplastara totalmente la herejía protestante.

El anciano emperador bahía combatido la Reforma porque amenazaba su Imperio. Había asesinado a 50.000 protestantes para mantener la unidad de sus dominios; pero también había hecho al Papa prisionero, cierta vez, por estar en desacuerdo con él. Pero Felipe fue más allá. Su ardiente pasión era matar a toda persona que no fuera fiel a la Iglesia de Roma, la cual si significaba en su vida más que su mismo Imperio.

Felipe no podía tocar a los seguidores de Lotero en Alemania. No había heredada e1 imperio

alemán, aunque su padre hubiese sido emperador allí por el voto de los príncipes alemanes independientes. Los gobernantes de Francia tenían su propio programa contra la herejía. En

España, su patria, Felipe tenía pocas preocupaciones de carácter religioso. El pueblo español

siempre había sido esclavo de sus reyes. Además estaba allí la horrible Inquisición en plena

actividad. v sus enmascarados ministriles no dejaban hereje suelta; encerrándoles en oscuros

confesiones de sus labias.

Pero en los Países Basas las casas eran diferentes. Felipe miró v vio un pueblo próspero, amante de la libertad, que había estado organizando sus 17 provincias durante siglos--De un, pantano cenagoso, entre los deltas de tres grandes ríos que desembocan en el mar del Norte, habían hecho un precioso prado verde. El pueblo había conquistado el mar, reteniéndolo tras de sus diques.

Ahora ellos viajaban y pescaban en una red de canales que algunas veces hacen de calles. Un

pueblo que había vencido a tan poderoso enemigo como es el mar embravecido, tenía en sí el espíritu de la lucha. Eran gente ingeniosa. La flota holandesa de buques que navegaba en aquel tiempo por todos los mares, era superior a todas las otras flotas de Europa ¡untas. Estas naves se atrevían a viajar aun en las tempestades invernales. Traían diamantes de Borneo y especies de Calcuta. La ciudad de Antwerp se había convertida en e1 mayor huerto comercial de Europa.

Quinientos barcos entraban diariamente en sus diques. Cada semana 2.000 carros de mercadería pasaban por sus puertas. Los comerciantes de toda Enrona se daban rito en Antwerp. Y allí trajeron más que mercadería. Con sus personas introdujeron sus ideas, las enseñanzas reformadas de Lutero y Calvino. A1 pueblo de los Países Bajos, aquellas ideas de Libertad Religiosa, les afectaron muy pronto profundamente.

Ya en aquellos tiempos, cuando e1 analfabetismo era común en Europa, los finlandeses y finmeneos podían leer y escribir. Se alababan que el más pobre pescador de sus costas, podía leer la Biblia dentro de la más humilde cabaña, y podía discutir inteligentemente de religión.

¿No había nacido el arte de la imprenta en Holanda? Con orgullo la gente contaba la historia de Los - bosques cerca de la corteza de un árbol, luego que había cortado la corteza donde las letras se hallaban grabadas y las llevaba a sus niños. Cuando al llegar a casa abrió el saco, halló que la verde savia había impreso algunas de las letras en la tela, y así se le ocurrió la idea de la

impresión. En el tiempo de Lutero -exactamente el mismo año que Lutero estuvo ante el emperador Carices en la Dieta de Worms, en 1521 el nuevo Testamento fue publicado en Bélgica, y el pueblo empezó a leer por si mismo el libro prohibido por el Papa.

Felipe, pudo ver que esta gente no estaría para él ni aceptaría fácilmente sus ideas. Eran tercos en el mantenimiento de sus libertades. Cada una de sus 17 provincias tenían su Carta Magna y su gobierno dispuesto a mantener su derecho a vivir pensar v adorar a Dios libremente. Y ahora la Reforma hahía entrado, con rolas las herejías de Lutero y Calvino. Los 50.000 mártires asesinados por su padre, no habían bastado para atemorizar al pueblo v arrancarle su nueva fe.

Bien -se dijo Felipe desdeñosamente- yo acabaré la obra que mi padre ha comenzado; yo limpiaré los Países Bajos de herejes, aunque tenga que matar a toda la población.

Felipe era cauteloso y astuto, y nunca se apresuraba. Primeramente dijo al pueblo que como

nuevo rey honraría sus fueros, y respetaría sus gobiernos locales. Esto eran buenas noticias para la gente; pero el golpe vino tres años después. Cuando Felipe se sintió seguro, puso en vigor los edictos de su padre contra la herejía. El rey Carlos los había casi suspendido para allanar el camino de Felipe al trono.

Todo el mundo sabía lo que decían los edictos. El último y más terrible, publicado en el año

1540 hacia a la muerte en el cadalso, la más común tragedia para cualquier familia de Holanda, pues condenaba a dicha pena a cualquier ciudadano leal u pacífico, por el mero delito de hablar en favor de la Biblia o de la Reforma, aun en el propio hoyar.

Pena de muerte era asimismo el castigo al que fuera descubierto leyendo la Biblia o cualquier escrito reformado. Pena de muerte por asistir a un culto, o por dar alimento o albergue a un protestante fugitivo. Pena de muerte sin inicio legal. Muerte, después de estar aprisionado can cadenas v torturado para conseguir confesiones. Nadie se senda seguro. Cualquier persona sin escrúpulos podía acusar a un vecino de herejía y recibir una parte de los bienes de la acusada, después de su ejecución. Estos fueron los edictos que Felipe restableció.

 Pronto el hacha, la cuerda, el fuego y el agua, fueron usados profusamente en el trabajo de decapitar, ahorcar, quemar y ahogar gente inocente.

Se levantó un gran clamor. ¿Era esta la libertad de los fueros que Felipe había prometido mantener? Escudándose tras la sombra de su difunto padre Felipe respondió blandamente que el no hacía nada nuevo. «Sólo estoy poniendo en ejecución los edictos de mi padre y estos hacetiempo que forman parte de las leyes del Imperio», les dijo.

Felipe hizo más, obtuvo permiso del Papa para organizar catorce nuevos obispados católicos en Holanda, v tres nuevos arzobispados. Cada uno de los 14 nuevos obispos traía su séquito de ayudantes cazadores de herejes. Añadiendo a la injuria el insulto. Felipe dividió la caballería del país en pequeñas guarniciones separadas, e impotentes para sublevarse; y trajo a cuatro mil adiestrados guerreros de España. Ahora su Majestad el rey Felipe estaba listo para volver a su país natal. Aborrecía a los holandeses, y como le gustaba escribir largos documentos, podría gobernarles fácilmente desde su palacio en España. Allí iba, además con vistas a su tercer matrimonio. Su segunda esposa María Tudor, (denominada .la sanguinaria.) reina de Inglaterra había fallecido poco antes.

¿Quién sería el regente que ejecutaría las órdenes de Felipe en los Países Bajos? Eligió para esta tarea a su hermanastra Margarita de Parma, que era una hija ilegítima del anciano rey. Esta mujer era alta, de rostro fiero, y se dice que tenía bigote. Como su famoso padre, sufría de gota. Para asegurarse de que Margarita le sería plenamente leal, Felipe se llevó a su hijo menor a España, como una especie de rehén. A1 lado de Margarita dejó al astuto obispo de Arras como consejero.

Antes de embarcar, Felipe llamó a los diputados de las provincias. Usando al suave obispo Arras como intérprete, Felipe pidió a los diputados elevar las contribuciones del país a tres millones de florines de oro por encima de lo acostumbrado. Respecto a sus libertades nada dijo.

 Los diputados respondieron firmemente que, a menos que no fueran retiradas las tropas españolas, no cumplirían la demanda del rey. Felipe se puso pálido de ira cuando esta respuesta le fue traducida. Se salió airadamente de la sala y la asamblea terminó en confusión. Pocos días después los diputados recibieron una carta en la que Felipe prometía retirar las tropas tan pronto como el dinero fuera enviado a España. No añadió que no tenía intención alguna de cumplir su promesa. A sus obispos y consejeros les dijo malhumoradamente que podían estar seguros de una cosa, que él nunca revocaría los edictos contra la herejía.

-«Puede costaros todas estas provincias, señor, dijo un obispo.

-«Pues bien, replicó Felipe- prefiero no reinar, que reinar sobre herejes».

Así embarcó en una flota real compuesta de noventa buques, por un Océano tempestuoso hasta el punto de que su Majestad corrió el peligro de no llegar a España.

En el país que Felipe dejó gustosamente, un predicador hereje estaba escribiendo una famosa Confesión de Fe. Este pequeño libro es la historia de este predicador y del famoso documento.

***

Capítulo II

EL PREDICADOR HEREJE

Una mujer salió de la casa cercana al convento de monjas, acariciando su Rosario con los dedos anduvo sobre las calles empedradas de la ciudad de Mons, capital de la provincia más al sur de Bélgica. Una vez hubo pasado el castillo y el Ayuntamiento, situado al lado de la confina, pasó también de largo por la soberbia catedral, hasta llegar al otro extremo de la ciudad.

 Allí un monje italiano, viajero, estaba predicando en plena calle. La mujer se juntó a la muchedumbre que estaba oyéndole.

 Escuchó con devota atención y finalmente dijo en silenciosa oración:

 «Dios mío ¿por qué no me darías un hijo como éste? Haced que el hijo que llevo en mis entrañas sea un predicador de vuestra «Palabra.

Poco después, en el año 1522, la familia de Juan de Bress celebraba el nacimiento de un hijo. Era el cuarto de la familia, y sus padres le llamaron Guido.

Cuarenta y cinco años más tarde en la oscura celda de una prisión, Guido de Bress escribió a su madre una carta de despedida en la cual le recordaba el caso de aquel monje, y su oración de que el hijo que llevaba en su seno pudiera ser un predicador.

Con sus manos encadenadas escribió:

«Tú pudiste a Dios, madre mía, y el oyó tu oración; y porque es rico en misericordia te dio más de lo que pediste. Tu le pedías un hijo que pudiera ser como aquel jesuita; pero Él me ha hecho, no un imitar de los jesuitas, sino de Jesucristo mismo; el cual me ha llamado a su santo misterio. No para enseñar las palabras de otros hombres, sino para predicar las puras palabras de Jesús y sus apóstoles. Esto he hecho hasta ahora».

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