viernes, 23 de noviembre de 2018

1-HUEHUETENANGO, LACANDON

HISTORIA
DE LA CONQUISTA DE LA
PROVINCIA DE EL ITZA

REDUCCION, Y PROGRESOS DE LA DE EL LACANDON,
Y OTRAS NACIONES DE INDIOS BARBAROS, DE LAS MEDIACIONES
DE EL REYNO DE GUATIMALA, A. LAS PROVINCIAS DE YUCATAN, EN LA
AMERICA SEPTENTRIONAL
ESCRIBELA DON JUAN DE VILLAGUTIERRE SOTOMAYOR, ABOGADO, Y RELATOR, QUE HA SIDO
DE LA REAL CHANClLLERIA DE VALLADOLID:
Y AHORA RELATOR EN EL REAL, Y SUPREMO CONSEJO DE LAS INDIAS


 CAPITULO III 

Falta de fomento en los Alcaldes Mayores para las conversiones.
MARGINALES.—Los alcaldes mayores no gustaban de la reducción.
Después, en el año de 1679 por noticias, que dió don Juan de Urquiola,  Oidor de la Audiencia de Guatimala, al Real Consejo de las Indias, expresó: que en las tierras de los cuatro obispados de el distrito de aquella Audiencia,  que son, Guatimala, Chiapa, Nicaragua y Honduras, que todos tienen la  mayor parte a la mar del Norte, había gran número de indios gentiles, y que  eran muy pocos los que se convertían, desde las primeras conquistas de  aquellas provincias. 
Por lo cual, sería muy conveniente, que parte de los religiosos, que de  España se enviaban en misiones, fuesen asignados para este ministerio; y  que los Obispos, y justicias de aquellas provincias, y obispados, los asistiesen,  con todo el fomento, y auxilio necesario; porque era gran lástima, y compasión, se dejasen perder tan inumerables almas, a los mismos ojos de la  cristiandad. 
Avisaba así mismo Sebastián de Olivera, Alcalde Mayor de la Provincia de la Verapaz, de como algunos religiosos de la Orden de Santo Domingo, habían hecho entradas a la provincia del Chol, y habían reducido indios infieles, y formado pueblos en ellas, y administrádolos algún tiempo, y que no sabían, por que razón después lo habían dejado de hacer, y desampará- dolos; siendo así, que los mismos indios lo sentían en estremo, y clamaban,  porque se les diese, y ministrase el pasto espiritual. 
En el mismo año de 1684, siendo ya presidente de Guatimala don Enrique Enríquez de Guzmán, del Orden de Alcántara, que hoy se halla de el Consejo de Guerra, determinó el Obispo de Guatimala de ir á visitar las provincias del Quiche, y Verapaz, que habia veinte años que no se visitaban, así para cumplir con la obligación de su cargo, como por precisarle la cédula, y encargo, que tenía de el rey, para mirar por la reducción de los infieles.
Propúsolo al Presidente don Enrique Enríquez, pidiéndole, diese despachos para que el Alcalde Mayor de la Verapaz, y las demás justicias de las provincias circunvecinas, le diesen el auxilio, asistencia, y socorros necesarios, para llamar así á los caciques, como á los indios, levantados, y apóstatas del Chol; y que se le diesen para llevar consigo á Andrés de la Peña, español, vecino de aquella ciudad, por ser muy inteligente, y experto en las lenguas de el Chol, y Manché, y haber sido el instrumento principal de su reducción en los principios, y convenir llevarle ahora, para esta espiritual conquista.
El Presidente convocó junta general con esta ocasión; y en ella concurrieron el Obispo, el padre Maestro Fray Juan de Benegas, Vicario general de Nuestra Señora de la Merced; el padre Maestro Fray Agustín Cano, provincial de Santo Domingo; el padre Maestro Fray Diego de Ribas, provincial de la Merced; y los Oidores de la Audiencia. Allí se vió la propuesta del Obispo, y la que hicieron los padres Vicario general) y provincial de la Merced, de que por su parte adelantaría, cuanto se pudiese, aquella reducción, por los pueblos de Santa Eulalia y Istatán del Corregimiento de Gueguetenango, y por las demás doctrinas, confinantes con los choíes, y lacandones.
 CAPITULO IV
  Parte el Obispo de Guatimala á su visita. — El padre Provincial de la Merced á   Gueguetenango. — El de Santo Domingo á la Verapaz. — Vase diciendo lo que obraban.
 En los últimos días del año de 1684 se entregaron los despachos al Obispo, y prelados de las religiones; é inmediatamente, á principios de el de 1685, partieron, el Obispo á su visita; el padre Maestro Fray Diego de Ribas, con otros religiosos de su Orden, á Gueguetenango; y en la misma conformidad, para la Verapaz, el padre Maestro Fray Agustín Cano; que viendo estos dos provinciales, que un prelado de la iglesia, tan superior, salía en persona, no les pareció digno de su atención, y buen celo, no procurar imitarle, en todo lo posible.
 Y como todos tres fueron por distintas partes, y obraban en un mismo tiempo, me es preciso decir las operaciones del uno, y volver después á las del otro. Tomó, pues, su viaje el santo Obispo al pueblo de Cobulco, de la Verapaz, habiendo anticipado el aviso de su partida al padre Fr. Tomás López de Quintanilla, del Orden de Santo Domingo, ministro doctrinero del pueblo de Cahabón.
 Ordenándole también, se valiese de los indios más vaquianos, y sabidores, que hubiese del Chol, para que citasen á los indios choles, estuviesen en Cahabón, para el tiempo que él llegase, en prosecución de su visita, para tratarles de su conversión, en paz, y quietud; pues á ellos era á quien más importaba el vivir en ella, poblándose, y estando en servicio de Dios, y obediencia del Rey.
 Y dejando ahora al padre provincial Fray Agustín Cano, y sus compañeros, con sus indios choles, aunque pocos, sosegados en San Lucas, y continuando en ir atrayendo más de aquella nación, con esperanza de que aquel fuese un gran pueblo, ó á lo menos razonable; y de que para freno de aquellos indios se diesen las providencias de puentes, y asistencia de los de Cahabón, que insinuaba, en ínterin que el rey determinaba, se fundase allí la colonia de españoles, por correrse de allí toda la montaña, y ser la tierra la más fértil de aquel reyno, y abundante de maíz, cacao, achicote, algodón, y otros frutos; paso á lo que obró en su entrada el padre provincial de la Merced Fray Diego de Ribas por la parte, por donde había prometido ejecutarla.
 CAPITULO V
  Refiérese lo que sucedió al padre Provincial Fray Diego de Ribas en su entrada, por la parte de Gueguetenango. — Tierra que descubrió en la montaña. — Y otras cosas que se encontraron.
  MARGÍNALES.—Llega el padre provincial Ribas a Gueguetenango.—Presenta sus despachos.—Dispone bastimentos.—Pasa a Chiantla.—Llama a los indios de San Mateo de Istatán.—Propóneles su intento y que le enseñen el camino.—Ofrécense los indios de Santa Eulalia.— Rehúsanlo los de Istatán.—Retíranse algunos a los montes .— Informan falsamente contra el padre León.—Pasa el padre provincial a Santa Eulalia.—Substráense los indios de Santa Eulalia.—Piden nuevas órdenes los padres al Presidente.—Lo que ordenó el Presidente.—Que castigase el corregidor a cinco de los motores—No se puede violentar a los indios a que entren a las montañas .— Parte el corregidor a Santa Eulalia.—Sociéganse los indios.—Llega el corregidor a Santa Eulalia.—No ejecuta castigo alguno.—Hizo al caso el que fuese el corregidor .— Convídanse a entrar los españoles.—El hermano Juan de Santa María belemita .— Vuélvense a ofrecer los de Santa Eullalia —Indios que más se señalaban.—Salen todos de Santa Eulalia.—Llegan a Teashan.—Dicen los indios no hay más camino.—Salen los principales de Santa Eulalia a Istatán.—Descubren paso con mucho trabajo .— Vadéase un rio tres veces.—Llegana Icala-. —Caminan hacia el Norte.—Van abriendo camino.—Salto de el agua.—Llegan a Tipench.—Comulga el corregidor y otros .— Caminan al Oriente.—Hállase una cruz vieja. — Llegan a un río grande.—Lo que dijeron los indios de este sitio.—Llámase Lapoconop.—Hasta aquí habían llegado los cristianos.—Edificio antiguo con un ídolo.—Quebróse el ídolo, y púsose una cruz .—No se halla senda.—Vuélvense a S. Pedro Nolasco.—Salen los exploradores.—Hallan huellas de infieles.—Dan con lacandones.—Eran espías.—Ven los exploradores humadas.—Incorpóranse con los demás.—Determínase la retirada. — Y ejecútase.
 Partió de Guatimala, como dije, el padre provincial de la Merced, Fr. Diego de Ribas, acompañado de los padres predicadores Fray Alonso de León, y Fray Mateo de Figueroa; y habiendo llegado al pueblo de Gueguetenango, llevando también consigo á Don Diego Bernardo de el Río,  gran práctico de aquellas montañas, hizo notorios sus despachos al Comisario general de la caballería Don Melchor de Mencos, y Medrano, Caballero del Orden de Santiago, que á la sazón se hallaba corregidor de aquel partido; y trató de la disposición de bastimentos, para la entrada.
 Pasó al pueblo de la milagrosísima imagen de Nuestra Señora de Chiantla, distante una legua de la villa de Gueguetenango; y como tenía entendido que los indios de los pueblos de San Mateo de Istatán, y Santa Eulalia, de aquella jurisdicción tenían amistad, y comunicación con los infieles del Lacandón, los envió á llamar, y vinieron á aquel pueblo de Chiantla, los cabezas, y principales del de San Mateo, y Santa Eulalia. Propúsoles su intento, y buen celo del viaje, exortándolos á que le fomentasen y ayudasen á la empresa, descubriéndole, y enseñándole, el camino y entrada, que ellos tenían de su pueblo, y del de Santa Eulalia.
Con generosidad cristiana, buen -celo, y desinterés, prometieron los indios de Santa Eulalia abrir camino, y acompañar á los religiosos, hasta las tierras, y poblaciones de los iníieles. Al contrario los de San Mateo Istatán, mostraban renuencia en que se hiciese la entrada, y reducción, diciendo: no se atrevían á entrar en las tierras de el Lacandón. Y retirándose algunos de éstos á los montes, por temor de que se les obligase á ello; informando falsamente al corregidor, de que el padre doctrinero Fr. Alonso de León los obligaba, y compelía á que fuesen de guerra, no habiendo pasado tal cosa, ni aún tomádose en la boca.
 Pasó el padre provincial de Chiantla, á Santa Eulalia, asistido de Don Diego Bernardo del Río, y de otros tres españoles, de aquel pueblo; y halló la novedad, de que los indios de San Mateo de Istatán habían amotinado á los zamaguales de Santa Eulalia, quitándoles de la cabeza el que fuesen á asistir á los religiosos á la apertura de caminos, y conducción de mantenimientos ; siendo así que sus principales, y ellos, se habían mostrado dispuestos á acompañarlos, sin más instancias, que haberles propuesto los efectos del viaje á las montañas; y persuadidos de los de San Mateo de Istatán, no solo ahora se negaban á ello, sino que se hablan retirado.
 Esto obligó al padre provincial á querer retirarse al pueblo de San Pedro Soloma; y á que pidiesen desde allí, él y el padre Fray Alonso de León, al Presidente de Guatimala, mandase averiguar la falsedad de aquellos indios de San Mateo de Istatán, de decir, les obligaba á que entrasen de gue rra cuando, ni aún les había hecho la menor insinuación para nada.
Pidió asimismo el padre 'provincial al Presidente, diese nuevas órdenes, para que los indios de aquellos dos pueblos de San Mateo, y Santa Eulalia, fuesen los que entrasen á abrir caminos, y á la transportación de bastimentos, por estar inmediatos á las montañas de la entrada; y que favoreciese á los principales de Santa Eulalia, que siempre permanecían en su buen dictamen, y propósito.
 Y como el corregidor pidiese también, se le dijese: si podría compeler á aquellos indios á la entrada? Lo que el Presidente ordenó sobre todo, comunicado con la Audiencia, fué: que el corregidor don Melchor de Mencos
(-De Tafalla, Navarra, España- enviase persona, de toda satisfacción, á aquietar los indios de aquellos dos pueblos ; y que á cinco de los de San Mateo de Istatán, que se decía, haber sido los cabecillas, que habían amotinado á los demás, los hiciese llevar á la cabecera (esto es, á Gueguetenango) y darles veinte azotes á cada uno, y tenerlos algunos días en la cárcel, en caso de ser cierto haber inquietado á los indios, para que no entrasen con los religiosos á la montaña.
 Y que respecto, de que no se podían violentar los indios, á que forzados entrasen en la montaña, y para que no se embarazase el fervor de los padres, hiciese, que de cualesquiera pueblos se les dieran doce, ó catorce, indios más, ó menos, para el efecto que decían. Con advertencia, de que para esto siempre serían sospechosos los de aquellos dos pueblos, y que en lo demás, ejecutase las órdenes que tenía, fomentando en lo posible la quietud de los dos pueblos, y el que dejasen libre, y desembarazada la entrada á los religiosos.
 Recibida esta orden por el • corregidor Don Melchor de Mencos, se partió luego al pueblo de Santa Eulalia, siguiéndole diez españoles, voluntariamente, asi para asistirle, como por si para el viaje fuesen de algún servicio sus personas. Y con la noticia sólo de que iba el corregidor, se sosegaron los dos pueblos, reduciéndose á ellos los que faltaban; y no sólo no resistiendo la entrada, sino ofreciéndose todos á ir voluntariamente, y á dar avíos á los religiosos, abrir caminos, y conducir mantenimientos.
 Llegado el corregidor á Santa Eulalia, y hallando allí ya á los padres, y á los indios sujetos y que con su presencia lo habían asegurado más, y se mostraban más rendidos, y gustosos de ir con los padres, aun los mismos que antes concitaban á los demás, á que impidiesen la entrada, excusó el pasar á ejecutar castigo alguno en ellos; con que todo se dispuso bien: ofreciéndose el mismo corregidor á ir también con los padres, en suposición de que el Presidente, no le había de negar la licencia, que para ello le enviaba, á pedir al padre provincial Ribas.
Era muy del caso, el que el Corregidor fuese á la entrada, porque á espaldas vueltas, los indios, aunque mostraban entrar contentos, en empezando á trabajar, ya sabemos lo que hacen; mayormente no habiéndoles salido de corazón á muchos al principio, el asentir á esta facción.
Ofreciéronse también á ir con él los diez españoles, que le habían seguido desde Gueguetenango, y el hermano Juan de Santa María, betlemita, que también había ido con el corregidor; y los tres españoles, que habían ido de Chiantla, con el padre provincial; todos estos libre, y voluntariamente, para asistir á su corregidor, que iba como capitaneándolos, y por si algo se ofreciese, por ser aquel rumbo, por donde no se había entrado jamás, y ser esta la vez primera que por allí se entraba; protestando todos, no ir con fin de hostilizar, en cosa alguna, á los indios, sino solamente de ayudar en Dios, en todo lo que pudiese ser de servicio.
 Otra vez se ofrecieron de nuevo, y voluntariamente, los indios principales, de Santa Eulalia; los cuales sirvieron en esta entrada con especial demostración de fe, devoción, y amistad, señalándose entre todos Don Ambrosio Méndez, D. Juan Basilio, y el alcalde Francisco Díaz; á quienes imitaron otros cuatro indios de San Mateo de Istatán, llamados Felipe Gómez, Andrés Ordóñez, Pedro Marcos, y Marcos Jorge.
 Y todos juntos con los demás indios, necesarios para la apertura de caminos, y conducción de bastimentos, salieron de Santa Eulalia, con el corregidor, y los padres, el día ocho de marzo de 1685. Encaminaron su marcha á la montaña, y aquel día se anduvieron seis leguas, hacía la parte del Norte, por camino abierto, pasando una serranía, que de subida, y bajada tenía cuatro leguas, las dos primeras de palizada, lajas, y rebentones, muy altos; y las dos últimas, hasta llegar á un río, eran de tierra de migajón, y desde el prin¬cipio de ellas se vieron milperías de los indios de Santa Eulalia, y vestigios de edificios antiguos, de cal y canto, y desde esta milpería, al río era todo monte claro.
 En este paraje se hizo asiento, y la primera mansión, y se llamaba, en el idioma de aquellos indios, Jehachán. Púsosele por nombre San Joseph, y estando en él, los indios, que llevaban á mal esta entrada, dijeron que de allí adelante no había camino para parte alguna, y que para caballerías era imposible el paso, y aún para de á pie muy difícil.
Pero venciendo dificultades, salieron el hermano betlemita, Juan de Santa María, y Don Diego Bernardo del Río, y con ellos los indios D. Ambrosio Méndez, D. Juan Basilio, y Francisco Díaz, principales de Santa Eulalia, y los otros cuatro, que dije de San Mateo, que todos estos llevabaná bien, y esforzaban lo posible esta entrada, y acometieron los imposiblesque los otros ponderaban, rompiendo por ellos, á costa de mucho trabajo,y descubrieron paso, por donde se vadeó tres veces el río.
Y después de vadeado la última vez, se dió en una milpería vieja; y de allí adelante, parte por panojales, muy crecidos, y parte por arboleda, sumamente espesa, por lomas y cuchillas, siguiendo el río abajo, fueron abriendo camino, la distancia de legua y media; después de la cual, se dió en otra milpería vieja, donde había un platanal pequeño, á orillas de un arroyuelo. Era el nombre de este sitio, en aquel idioma, Icalá, y se le puso el de la limpia Concepción ; y allí se asentó aquel día nueve, á la noche.
El siguiente día se empezó á caminar, inclinándose algo hacia la parte del Norte, subiendo por una serranía de arboleda, muy espesa, abriendo siempre camino (que no le había) pues cuando mas, se dejaban ver, y registrar algunas sendas, por las cuales se iban guiando los que iban abriendo el camino,que eran siempre los que ya he dicho; y á distancia de legua y media, se bajó á un arrollo, que tenía un salto de agua pequeño, antes del paso; y esta bajada de la serranía, es por ladera muy empinada; de suerte, que todos la bajabaná pié, y sueltas las caballerías, como así  mismo á la subida por ser también agria. Y pasado este paso, se andubo otra legua más á caballo, cerro arriba, por montañas, y breñas; y al fin de ella se hizo mansión, para pasar aquella noche.
La mañana siguiente, primer domingo de cuaresma, celebró allí misa el padre provincial Rivas, y comulgó el corregidor, el padre misionero Fray Mateo de Figueroa, el hermano betlemita, y otros de los españoles. Y á este sitio que en el idioma de los indios se llamaba Tipench, que quiere decir, golpe de agua (por el salto del río pasado) se le cristianó poniéndole el santo Nombre de Jesús.
Habiendo dado gracias á Dios,'acabada la misa, se levantó de aquel sitio, y se prosiguió la marcha, inclinándose al Oriente, y subiendo siempre, hasta distancia de dos leguas, por la misma especie de arboleda. Y habiendo llegado á la cima, y caminando por llano, por cuchilla, como distancia de media legua, se halló una cruz, ya vieja; pero bien formada, y en pie; y el camino abierto duró lo que la cuchilla, hasta empezar á bajar. Bajóse como dos leguas, abriendo siempre camino; porque ya se había perdido el abierto de la cuchilla. Llegóse á un paraje de milperias antiguas, cerca de un río grande pedregoso, donde se hallaron algunos ranchos viejísimos, que los cubría el panojal, y era un sitio plano; después del cual, se bajaba cosa de dos cuadras, y luego se proseguía llano, cosa de un cuarto de legua, hasta llegar al río, poblado de arboleda, espesa, y breñosa.
Este sitio, dijeron los indios, que era antiguamente el socorro de sus hambres, porque en faltándoles el maíz en las tierras altas, por los hielos, se iban á sembrar á aquel paraje, por ser de tierra fértil, y que acudía á los cinco meses con el fruto del maíz. Y en este sitio hay algunos zapotales,( Después de la región fria de Santa Eulalia, Soloma y San Mateo Ixtatán, se llega al territorio de tierra caliente en el valle de de San Ramón,y anexos de Barillas, Huehuetenango) y por su fertilidad se llamaba, en aquel idioma, Lapoconop, que quiere decir lugar de tierra buena. Púsosele por nombre San Pedro Nolasco, y allí se pasó aquella noche, y el día, y noche siguiente, por haber llovido, y no haberse podido caminar.
Hasta este paraje era lo más á que se habían estendido los indios cristianos de la Verapaz antiguamente, aunque ya lo habían desamparado, mucho había, por el temor de los lacandones; y habiendo cesado el agua, se levantó de este sitio, y se fué buscando camino, por una loma muy alta, que mira al Norte, por sobre la cual se anduvieron tres leguas; y á la primera legua,antes de llegar á la cuchilla, se encontró un edificio antiguo, de cal y canto, el cual se subía por gradas al rededor, y encima del edificio estaba un ídolo, de más de media vara de alto, en forma de león, sentado; y aunque se reconoció, que no estaba frecuentado, por estar sucio, y no haber señales de humerios, ni rastro de pies, se quitó de allí, se hizo pedazos, y se conculcó; y en el sitio donde estaba, se colocó una cruz, muy grande, que fué de todos adorada; se bendijo el lugar, y edificio, al cual se le puso por nombre Nuestra Señora de Belen.
Y desde este sitio, caminando hacia arriba de la loma, se subieron otras dos leguas, de mal camino, hasta llegar á la cima. Y habiendo reconocido, que por allí no se descubría senda alguna, ni se podía romper camino, para pasar adelante, se determinó volverse á la mansión de Lapoconop, ó San Pedro Nolasco, de á donde se había salido aquel día, como con efecto lo ejecutaron, habiendo puesto en lo más alto de aquella cima otra cruz, bendecido el lugar, y puéstole por nombre los Reyes.
El día siguiente, que era el catorce de Marzo, salió de aquel sitio el hermano betlemita, con Don Diego Bernardo del Río, y los indios que siempre (que de los demás, mal se hacía carrera) y cogieron el rumbo, inclinados al Occidente, á descabezar aquella loma, por la parte por donde daba vuelta el río; y aquel día, y el siguiente, anduvieron cosa de diez leguas adentro, por huellas que hallaron de los indios infieles; y al cabo de ellas, hallaron señal, como de hasta ocho indios, en un paraje, en que habían dormido; y siguiendo el rastro, dieron con indios lacandones, los cuales como los sintieron, se pusieron en fuga, por una barranca abajo, tan precipitadamente, que apenas se dejaron ver.
Discurrióse, que estos indios lacandones debían de ser espías, por haber empezado su rastro desde donde tenían hecha los nuestros su mansión en San Pedro Nolasco; y así mismo vieron el hermano betlemita, y los que con él iban, á la falda de una loma, á mano derecha, algunas humadas, como de rancherías, que sin duda eran las poblaciones de los infieles, aunque no las pudieron alcanzar á ver, por la mucha, y grande espesura de la arboleda.
Con estas noticias volvieron a incorporarse a la mansión de San Pedro Nolasco, donde había quedado el corregidor, los religiosos y los demás; y habiéndoselas referido á todos, y considerado, no convenía prosiguiesen solos los religiosos, por haberse tenido por cierto, ser espías los lacandones, que se vieron, y ser evidente el riesgo, y que el corregidor no podía tampoco proseguir con la demás gente, por no hallarse obligado, y precisado a choque con los infieles, que es lo que se manda excusar, siempre que se pueda, y por no dejar de estar, y cumplir en todo con las órdenes superiores, se determinó retirarse, con toda la gente, y los padres, otra vez a Gueguetenango, como en efecto se ejecutó, por los mismos tránsitos, y parajes, por donde se había ido hasta allí. Y ahora se seguirán las razones, que dió el padre Provincial Fray Diego de Ribas, para no haber determinado, el que se pasase adelante. 


CAPITULO VI
Participa el padre provincial Ribas al Presidente de Guatimala noticias de lo descubierto en aquella entrada al Lacandón. — Calidad de la tierra que se penetró. — Pide la Religión de Santo Domingo, se asiste á los religiosos del Chol. — Despáchame nuevas órdenes del Rey.
MARGINALES.—Envía relación de todo el provincial al Presidente.—Qué frutos tiene la tierra.—Sitio para la población de españoles.—Que conviene la fundación.—Que se aguarda la ocasión de continuar.—Que quedaba vencida la mayor dificultad.—El oidor Saraza estaba en Gueguetenango.Persuade el oidor al Presidente.
Vueltos de retirada a Gueguetenango, el corregidor y los religiosos, y los indios á sus pueblos, el padre provincial Ribas, remitió puntuales relaciones de todo lo acaecido en el viaje al Presidente dé Guatimala, asegurándole: que toda la tierra que habían penetrado en aquella entrada, era muy fértil, y de migajón, y llena de aguas; y que era de sostén, y tenía palo de maría, ule, guayacán, y otros géneros útiles. Que había mucha miel, pacayas, busnayes, frutos de tierra caliente, aunque aquella no lo era mucho, sino templada; y por lo que se había visto, muy á propósito para todo género de sembrados, así de tierra fría, como de tierra caliente.
Que en cualquiera paraje de la vega de aquel río grande,( Río Ixcán) á donde había llegado, se podía fundar población de españoles, así por estar en el riñón, y en el medio, respecto de la Verapaz, y Ocozingo, como por ser la tierra fértil para todo: y porque de allí adelante no había eminencias de serranías, sino puntas de lomas, pues los exploradores, en las diez leguas, que habían andado, llegaron á tocar en tierra muy caliente y del todo llana: y que era muy conveniente el fundarse allí, para facilitar la reducción de los infieles; pues quedaba ya el camino abierto, para continuar en la misión. Y por que los pueblos de indios cristianos, con quienes confinaban, no se infestasen.
Que el haber ejecutado la retirada, no era desamparar la facción, ni dejar de proseguir en ella, sino solicitar modo para que se lograse mejor el trabajo, con lo sazonado de la ocasión, sin dilatar el tiempo, que procuraría no se perdiese; pues quedaba ya vencida la mayor dificultad, que era la del camino, que se había ya abierto, y la repugnancia de los indios, que le ocultaban; y estar demarcado, y reconocido el sitio, donde convenía fundar la colonia, ó población de españoles, que se había tratado en los juntas generales, á que se podía dar la providencia conveniente.
Hallábase en Gueguetenango, al tiempo que los padres entraron en la montaña, Don Francisco Sarasa, Oidor de la Audiencia de Guatimala; y como habiendo vuelto los padres á aquel pueblo; éstos, y el corregidor le refiriesen lo que habían descubierto y visto, en el progreso de su jornada; persuadía también al Presidente á la prosecución de la empresa, ofreciendo para ella la asistencia de su persona, con el título que el Presidente gustase de darle; pues tanto convenía el fenecerla, por los justificados motivos, que á todos eran notorios.
Con la misma expresión de palabras, en lo que miraba á la gratitud, 
y deseo en su Magestad, se libraron las cédulas al Presidente, y Audiencia de 
Guatimala, para que por aquella parte se acudiese á la facción, haciendo la 
entrada por los tres parajes de Chiapa, Gueguetenango y Verapaz. 

jueves, 27 de septiembre de 2018

CAPITULO XIII- AVE SIN NIDO

  AVE SIN NIDO
HORACIO GALINDO
CAPITULO XIII
Segunda parte de la obra de don Elíseo Castillo. El reino maravilloso de los querubines. Lo que la vida dejó olvidado en las pestañas de un angelito. Dos muebles vacíos. "Lágrimas' del alma". Solista del cielo. La inmortal "Despierta".

La segunda parte del acervo musical de don Elíseo Castillo, ya no tiene la ágil vivacidad de "Vals brillante", ni tampoco su alegría.
No es reflejo de la emoción contemplativa que avasalla el alma frente a un paisaje al par que familiar, grandioso y cautivante.
No se inspira en la placidez acogedora del hogar tranquilo, ni en la inocente alegría de los hijos pequeños.
La segunda parte de su producción está empapada en la desdicha ; está calcada en su dolor.
No fue ya risa de niño, arrullo, canto y trino, sino lágrima y sollozo.
Pero, ¿cuál fue —ocurre preguntarse— ese austero y sombrío piloto de la adversidad y la desventura que así torció el rumbo de su esquife? ¿Cuál fue ese grave y tremendo enviado de las sombras que desvió el sendero de aquella alma que sólo estaba atenta a interpretar la universal armonía: la del celaje que irisa la montaña; la del trino que despierta el bosque en su apacible siesta ; la del río y la flor, la nube y la campana?
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Sí; ese lúgubre modelador del alma, del artista, fue el dolor.
Pero un dolor punzante y vivo ; alareante y desmesurado.
Fue él, quien ciñó sobre su frente soñadora, el crespón de dos alas negras. Pero no a todo el mundo le sería facil comprenderlo en su cabal hondura. Para comprender esas cosas, es preciso protagonizarlas y vivirlas.
Sólo así puede saberse lo que significa un par de manecitas regordetas y llenas de hoyuelos, que os acariciarian las mejillas igual que dos capullitos vivos de tersura y embeleso ; y que a veces os golpean, aunque siempre con la suavidad con que pudiera golpearos una flor. ¡Y en qué piélago divino de ternura inconmensurable, os sumergen con ello!
Sólo así es posible saber lo que en una clara mañana de sol puede sentirse, al ver un bultito vacilante, que en una de las callejuelas de vuestro jardín, ensaya sus primeros pininos, caminando sobre dos piececitos tan graciosos y pequeños, que los abarcaríais todos enteros, en un solo beso.
Sí ; únicamente si se le ha vivido —¡ si se le ha recobrado !—, puede saberse lo que es ese mundo divino y dulce de la niñez. Mundo alígero y celeste al que de repente sentís que os incorporan, para que aprendáis en la madurez (justamente cuando empezáis a conocer que lo ignoráis todo después de todo saberlo y comprenderlo en la adolescencia), que el mundo todavía tiene un lado bueno, un refugio seguro y... sólo un segmento en el que no hay malicia, ni egoísmo, ni agobios, ni desdichas, ni perfidias : el mundo maravilloso de los niños
Y si tenéis la dicha de ser admitido en él; sobre todo si a él llegáis conducido de la mano por vuestra nietecita consentida, veréis con qué renuencia y qué protestas de vuestra parte, tratarán los adultos de haceros salir de allí.
Empezáis acaso por interesaron en los primeros juegos ; vais aprendiendo poco a poco, la divina clave. Poco a poco también, os adentráis más y más en esa esfera de ingenuidad y sencillez; en ese reino de los supremos e inocentes goces.
Y de repente, estáis ya todo en él. Y entonces, a pesar de vuestras canas y a pesar de vuestro cansancio y a pesar de las mil cicatrices que lleváis dentro del alma, sois por fin admitido y formáis ya parte de esa sociedad de querubines.
Entonces podéis decir (como yo también lo dije un día) : ¡ Qué bien me siento aquí ! ¡ Dios mío, qué dichoso soy!
i Claro que sé bien por qué es así!
Es porque cada niño tiene entre sus manos, una esfera : una radiante esfera de límpida transparencia. Es su vida. Y está hecha de la más pura ambrosía. Es clara y radiante, porque nadie ha venido aún a empañársela; porque nadie aún se la ha envenenado.
Y como estáis por fin ya incorporado a la Celeste Cofradía, también vos miráis en medio de vuestras manos, lá esfera pequeña que es vuestra vida. Quizá sea ya tan poca cosa, tan menuda y tan insignificante, que tengáis que ajustar bien los lentes para así poder distinguirla. 1    .
Aun así, ¡ qué clara y brillante os parece! ¡Paladeadla entonces!
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¡ Qué sorpresa! Ya no tiene; no ; ya no tiene el sabor de acíbar que la amargaba. Por el contrario, se ha hecho dulce y embriaga; sí, embriaga como en la juventud, la divina esencia de la vida.
Pero dejemos estas divagaciones. Enjuguemos esta lágrima importuna, que nos impide discernir lo que aquí vamos escribiendo.
Y veamos, lector, cómo llegaron a su terrible final, aquellos que don Simeón llamó, felices años ...
Cuando Milita cumplió tres años, era una criatura encantadora; graciosa, pequeñita; siempre en júbilo de risa y movimiento, parecía con la moña que adornaba su rizada cabecita, una muñeca de porcelana traída a  la tierra desde el maravilloso país de Jauja.
Supo hablar desde que tuvo dos años, pero aprendióa  reir cuando apenas estaba en sus primeras horas. El hecho es que era linda y nunca dejaba de sonreír. La sonrisa era el complemento seráfico del par de dientecitos adorables que enmarcaban los labios intensamente rojos.
Parecía incrustada en los brazos de don Elíseo, que a su vez la mimaba exageradamente, como también, exageradamente la idolatraba.
Siempre iban juntos cuando ¡salían a la calle. La frágil manecita, iba siempre en la mano izquierda de su padre, e iba cantando y bailando como si se mantuviese en eterna fiesta de bailes y canciones.
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Aquel grupo indisoluble que al verlo pasar, ponía una sonrisa de cariño y simpatía en los transeuntes, llegó a hacerse tan grato y familiar, que no podía imaginarse la figura del maestro sin su angélico complemento.
Por eso, a todo el mundo le pareció extraño, no ,verlos por algunos días en las calles del pueblo.
Se supo luego, que Milita estaba enferma. Los médicos del lugar estuvieron viéndola por dos o tres días. Inesperadamente corrió por la ciudad la increíble noticia de su muerte.
Entre las grandes virtudes de mi pueblo, existe la fraternal costumbre de acudir en ayuda de toda familia que tenga la desdicha de perder alguno de sus miembros.
A la casa del duelo asisten no sólo vecinos del barrio, sino que también todas las gentes de la población.
Las señoras se ocupan del cuidado de los niños pequeños; de los menesteres de limpieza y orden de la vivienda, van a la cocina y preparan los alimentos.
Los hombres se encargan de los trámites oficiales : aviso a las autoridades de policía y del Registro Civil; obtención del certificado de defunción, permiso para el enterramiento, adquisición, en fin, del féretro, de un nicho o un mausoleo y hasta buscan el albañil que ha de ayudar al sepulturero.
La noche llamada del velorio, congrega en casa de los deudos, un nutrido gentío vestido de riguroso luto. A cada instante suena el discreto aldabonazo de alguien que lleva un ramo de flores, una corona o unas candelas.
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Desde el instante mismo en que se supo la infortunada noticia, la casa de don Elíseo se vio llena de gente consternada; de amigos y familiares que no podían dar crédito a sus ojos, sino hasta ver en su blanca cuna transformada en túmulo de flores, a la angelical criatura.
Allí estaba en efecto, pero parecía no ser la misma :
Tenía la carita sorprendentemente seria. De sus finos labios ahora de una lividez de cera, la sonrisa eterna se había borrado.
Sólo en sus largas pestañas quedaba (como olvidada por la vida), una gruesa lágrima que temblaba.
Mientras el cuerpecito estuvo expuesto en su lecho de flores y luego, cuando se le llevó a la caja mortuoria enguatada de raso blanco, el maestro no quiso apartarse un solo instante de su tesoro. Tuvo siempre entre las suyas, la manita helada, para cubrirla de lágrimas y besos.
No quiso probar alimento alguno, ni durmió un segundo, en todo lo que duró la aciaga noche y la mitad del día siguiente.
Le hablaba a veces con una voz enronquecida y lastimera, que a cada instante estremecían los sollozos :
¡ Milita, mi querube! ¡ Mi tesoro! ¡ Abre tus ojitos! ¡ Ríete conmigo !
—¡Cómo es, Dios de los cielos, que no me responde!

Y quienes aquello oían sin hallar consuelo para aquel corazón traspasado por la desdicha, lloraban y sollozaban también.
Unicamente en las horas ya próximas al mediodía, volvía con más frecuencia los arrasados ojos hacia el reloj de pared, como preguntándole cuántos minutos le quedaban; cuántos minutos le quedaban de estar todavía con ella ; cuántos minutos faltaban para el tremendo e insufrible adiós.
E inexorablemente, aquel temido instante llegó a su hora y nadie se atrevía a interrumpir el estupor de anonadamiento que mantenía fija la mirada del maestro en un punto del muro en que no había nada.
Tuvo que ser don Simeón, el mismo que con lágrimas en los ojos me refiriera años después los terribles pormenores de aquella escena, quien al tocar suavemente el hombro del maestro, murmuró a su oído las palabras demoledoras:
—Es hora ya.
—Ten valor en el nombre del cielo.
Tenemos qué llevárnosla.

Mas, ¡con qué corazón describir lo que fue aquella despedida! El golpe seco del pasador del zaguán que abría de par en par sus grandes puertas, para dar paso al cortejo formado por media docena de niños azorados que llevaron a través del corredor el blanco cajoncito, mientras todos los rostros desencajados por la pena evitaban mirarlo y negras siluetas empezaban a alinearse a ambos lados de la calle por cuyo medio y con esa inseguridad y esa lentitud con que se mueven los grupos de niños, se orientaban todos en profundo silencio hacia el Cementerio.
En el cielo de un azul profundo, se mantenían inmóviles esas formaciones de cirrus que en el aire calmado, deslíen largos velos horizontales muy semejantes a las palmas de papel de china que llevan los niños en los entierros infantiles.
Siempre que veas en el cielo esas palmas —solía decirme mi madre—, es porque ha muerto un niñito muy
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bueno y el cielo se engalana para recibirlo, pero ya con su carita llena de alegría y un par de alas blancas, que ensayan a volar en las alturas.    J
Había palmas en el cielo, esa triste tarde del entierro de Milita.
El féretro medía apenas unos 80 centímetros. ¡ Era tan pequeñita!
Y sin embargo, dejaba en el corazón de sus padres y en el ánimo atribulado de cuantos conociéndola la quisieron y mimaron tanto, un vacío desproporcionado e inconmensurable ; un vacío tan espantoso, que en el alma del maestro, con nada podría ya llenarse aunque en él se volcaran todos los triunfos que él merecía; todas las satisfacciones y las riquezas del mundo, que nunca quiso ni ambicionó para sí ; un vacío en fin tan lúgubre y tan desolado, que ni siquiera podría colmar con el cantarito'roto de todas las lágrimas de su alma.
Quienes media hora después le vieron volver por la larga calle del Cementerio, debieron sentir un nudo,que crispara su garganta:
Venía el maestro, luego de haber dejado a su Milita sola y para siempre, cojeando de,la,pierna_ derecha, apoyando la mano temblorosa sobre el pomo del bastón, en un azoramiento de prisa y desconcierto, como para huir lo antes posible de aquel sitio de alucinación y de tortura, aunque en alma y corazón, ansiara al mismo tiempo, quedarse en él para siempre.
Su mano izquierda habituada al roce de la manita bienamada que cual blanca azucenita acabara de deshojar la muerte, pendía ahora enteramente vacía.
Y era eso precisamente lo que a esa mano y,Io que a esa alma les faltaba; era esa ausencia irremediable que tenía algo de torvo, de inconcebible e inaudito lo que arrasaba en lágrimas los ojos de quienes sin voz ya para decirle una palabra de consuelo, en angustioso silencio le veían pasar.
Después del entierro, todo el mundo en mi pueblo, se retira discretamente y es entonces cuando los familiares se quedan solos.
"El duelo se despide en la puerta del Cementerio", se lee todavía en las grandes esquelas orladas de negro, que se reparten desde principios de siglo.
Entonces, esa casa en que todo un pueblo se prodigó en consuelos, se ve aún más lúgubre y desamparada.
Así quedó después del entierro de Milita, la casa de don Elíseo.
Abrazada a la cunita vacía, sollozaba sin consuelo doña Tonita. El maestro se detuvo un instante en la sala, para despedir a los últimos vecinos rezagados.
No lloraba ya. Había vertido todo el torrente de sus lágrimas y el cantarito de su corazón estaba roto y vacío. En sus ojos enrojecidos, pestañeaba el cansancio de los largos desvelos. Unicamente anhelaba que lo dejaran solo; que lo dejaran solo con su inconsolable dolor.
La casa olía a nardo y azucena. En su rincón de siempre, estaba el piano ; el piano que el maestro se negaría tenazmente y durante meses y meses, a tocar más. Pero había algo, aún más patético y terrible. En un extremo del corredor, estaba el sillón en que el maestro solía disfrutar de algún descanso entre sus lecciones. Al lado, había una butaquita; sí, una de esas sillas pequeñitas y graciosas que no se sabe al verlas, si son un juguete o un mueble.
Y hacía daño (porque era un tormento insufrible), oír lo que al alma decía en su elocuente mutismo, aquel par de objetos vacíos.
Igual que en una larga convalecencia, el ánimo del maestro fue renaciendo poco a poco a la vida ; mas no ya con alegría ni esperanza.
Solía quedarse largas horas con las manos en los bolsillos, mirando en el patio las fucsias que se ba,lanceaban en sus frágiles tallos. Seguramente veía a su Milita, sonriéndole tras ellas.
Con más frecuencia iba a sentarse junto a la ventana de la sala, especialmente a la hora en que los niños salen de las escuelas.
Al verlos, apretaba el pañuelo contra sus ojos, mien:tras sus hombros se agitaban estremecidos por los sollozos.
Después, ya no lloraba al verlos.
Estaba como aturdido ; parecía ya no sentir nada y en ese estupor de desánimo y abatimiento, se pasaba las horas y los días.
—¡ Elíseo ! ¿Qué te pasa? —preguntaba suplicante doña Tonita—. ¿En qué estás pensando? ¿Por qué te empeñas en quedarte aquí?
—Veo a los niños —respondía él tristemente.
—¡ Pero eso te hace daño! ¡ Te recuerda a nuestra Milita! ¡ Vas a enfermarte! ¡ Te puedes morir!
—Eso quiero —contestaba él melancólico—. ¡ Irme con ella! ¡ Qué más podía desear !
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Y doña Tonita se alejaba consternada. ¿Es que algo podía hacerse para consolarlo? Mimos y palabras parecían ya enteramente inútiles.
Pero había que vivir entretanto. Los escuetos ahorros se estaban yendo a toda prisa. Tres meses habían transcurrido ya y el piano en su rincón, seguía silencioso. Los alumnos, con esa solidaridad que sólo puede inspirar un cariño sincero, llegaban diariamente en espera de sus lecciones. No los llevaba exclusivamente el interés personal de las mismas. Es que era preciso rehabituarlo a sus labores normales ; volverlo a la realidad de las cosas del mundo. Su infatigable Cirineo,, el magnánimo don Simeón, había juzgado indispensable ponerle a los consuelos cierta dosis de persuasión e incluso una tónica de reproche :
—¿Es que no consideras a tu esposa? ¿Es que no piensas en Efraín? ¿Te parece justo ignorar que Tonita está sufriendo lo mismo que tú ; con el agravante ahora de que tiene que preocuparse de lo que a ti te está sucediendo? Además, el cielo querrá darles otros niños. Podrá haber otra Milita. Y el tiempo sobre todo, irá haciendo que poco a poco te resignes y olvides.
Pero el maestro seguía silencioso como si no le oyera. ¡ Olvidarla! ¡Resignarse! No, a su Milita no la olvidaría nunca. Veinte años después de su muerte, seguiría recordándola con inconsolable amargura.
 183Posible es que estas cuartillas tengan un día algún lector o una lectora, y en tal caso, que tan paciente y singular persona venga a preguntarse y a preguntarme :
—Pero, ¿es que puede haber un alma que a tal punto sepa amar para ser luego presa del dolor y de su fúnebre garra? Porque pérdidas muy semejantes y dolores de la misma intensidad y laya, son cosas que acompañan al hombre cual protervo patrimonio, de la cuna al sepulcro. Y sin embargo...
—Pues bien —me apresuraría a contestar—: es vasto y universal el dolor ; en ello estamos de acuerdo. Pero no todas las almas responden igual a su tremendo impacto, siendo además, todas tan apartes y disímiles. Hay almas duras y coriáceas (las de los indiferentes, por ejemplo) ; también las hay, pétreas y erizadas de púas (como las de los empedernidos y los egoístas). Evidentemente en ellas, ni alegría ni dolor, dejan rastro perdurable.
Pero al lado de esas almas vulgares (que por desdicha tanto abundan en el mundo), están las almas de élite y en particular, las almas de los artistas verdaderos.
Porque para que ellos puedan crear o interpretar la belleza, tienen que sorberla y que asimilarla, desde las fuentes mismas de la vida y, por lo tanto, tienen que sentirla en toda su magnitud y en su cabal hondura.
La alegría o el dolor los posesionan y avasallan sin términos medios, total y apasionadamente, hasta impregnarlos en su signo y en su esencia, ya sea ésta de luz, ya lo sea de sombra.
Podrá argüirse que eso no es verdad todas las veces ; que con frecuencia se da el caso de artistas notables y también de grandes genios, en quienes no siempre

martes, 25 de septiembre de 2018

VELORIOS EN IRLANDA-1949

VELORIOS EN IRLANDA
(Condensado de «Esquire»)
Por John McCarthy
 SELECCIONES DEL READER'S DIGEST   
 Mayo de 1949
PARTE CONSIDERABLE de la vida social,de Irlanda gira en torno de los velorios, fiestas que guardan escasa relación con los funerales cristianos y que despiertan en la gente interés aún mayor que el cine o la política. En la rústica comarca del condado de Donegal, por ejemplo, concurren a los velorios aldeas enteras. No bien llega la noticia del fallecimiento de un pariente, todos los del clan hacen provisión de comida, licores y cerveza fuerte, en cantidades suficientes para varios días; se reunen en un lugar apropiado y emprenden la marcha hacia la casa del difunto. Alli pasan la primera noche entregados a lúgubres lamentaciones.
La lamentación, esto es, el acto de llorar a gritos a los difuntos, constituye una de esas antiquísimas costumbres irlandesas anteriores a la era cristiana que han sobrevivido a la época de la dominación de Roma y a aquélla en que Irlanda recibió el cristianismo. Agrupados en torno del ataúd, los parientes lloran y lanzan a coro horripilantes gemidos que conmueven hasta lo más hondo a cuantos los escuchan. A quien los oiga por vez primera—aun cuando se halle tan lejos de la casa mortuoria como estaba yo cierta noche de verano—le costará trabajo relacionar esos lamentos con cosa alguna que haya oído en su vida. Son tan primitivos, tan tétricos, tan paganos, que momentos hay en que casi trasportan al oyente a los lejanísimos tiempos en que los druidas celebraban sus ceremonias en lo alto de los cerros vecinos.
En las noches siguientes visitan a la familia los amigos del difunto. Todos los vecinos del lugar y los de las aldeas cercanas se sienten llamados a considerarse como tales. Al entrar en la casa el visitante va derecho a arrodillarse al lado del ataúd para rezar por unos minutos. Los deudos más próximos del difunto permanecen alineados a corta distancia. Luego que concluye de rezar, el recién llegado pasa a darles el pésame. Hecho esto se retira a una de las habitaciones interiores, toma asiento y se dispone a gastar la noche en animada tertulia. Los hombres se reunen en una habitación; las mujeres, en otra.
En Irlanda el varón es todavía persona privilegiada. Así pues, en la sala de los hombres hay comida, whisky y cerveza en abundancia; docenas de pipas de barro sin estrenar, y gran cantidad de tabaco. Después de dedicarle unas frases elogiosas al difunto y de deplorar pérdida tan sensible, los circunstantes llenan las pipas y empiezan a dar cuenta de las viandas, del licor, de la cerveza. La conversación va animándose. ¡Ha comenzado el velorio! Discuten acerca de todo lo imaginable; traen a cuento la vida de cuanto hombre público y simple ciudadano hay en Irlanda para dejar su reputación hecha una lástima. Sólo cuando amanece se les ocurre que es ya hora de suspender la murmuración y marcharse a casa. Lo cual hacen, aunque no de muy buena gana.