sábado, 18 de mayo de 2024

EL GRAN CONFLICTO - 40

 EL GRAN CONFLICTO

HELEN DE WHITE

Entre Cristo y Satanás revelado en las vidas y luchas del pueblo de Dios desde el tiempo de Cristo a través de los siglos hasta nuestro tiempo y más allá

 40- El espíritu de Cristo es un espíritu misionero. El primer impulso del corazón regenerado es el de traer a otros también al Salvador. Tal era el espíritu de los cristia­nos valdenses. Comprendían que Dios no requería de ellos tan solo que conservaran la verdad en su pureza en sus propias iglesias, sino que hicieran honor a la solemne res­ponsabilidad de hacer que su luz iluminara a los que estaban en tinieblas. Con el gran poder de la Palabra de Dios procuraban destrozar el yugo que Roma había impuesto. Los ministros valdenses eran educados como misioneros, y a todos los que pensaban dedicarse al ministerio se les exigía primero que adquiriesen experiencia como evan­gelistas. Todos debían servir tres años en alguna tierra de misión antes de encargarse de alguna iglesia en la suya. Este servicio, que desde el principio requería abnegación y sacrificio, era una preparación adecuada para la vida que los pastores llevaban en aquellos tiempos de prueba. Los jóvenes que eran ordenados para el sagrado ministerio no veían en perspectiva ni riquezas ni gloria terrenales, sino una vida de trabajo y peligro y quizás el martirio. Los misioneros salían de dos en dos como Jesús se lo mandara a sus discípulos. Casi siempre se asociaba a un joven con un hombre de edad madura – 40- y de experiencia, que le servía de guía y de compañero y que se hacía responsable de su educación, exigiéndose del joven que fuera sumiso a la enseñanza. No andaban siempre juntos, pero con frecuencia se reunían para orar y conferenciar, y de este modo se forta­lecían uno a otro en la fe.

Dar a conocer el objeto de su misión hubiera bastado para asegurar su fracaso. Así que ocultaban cuidadosamente su ver­dadero carácter. Cada ministro sabía algún oficio o profesión, y los misioneros llevaban a cabo su trabajo ocultándose bajo las apa­riencias de una vocación secular. General­mente escogían el oficio de comerciantes o buhoneros. “Traficaban en sedas, joyas y en otros artículos que en aquellos tiempos no era fácil conseguir, a no ser en distantes emporios, y se les daba la bienvenida como comerciantes allí donde se les habría despre­ciado como misioneros” (Wylie, libro I, cap. 7). Constantemente elevaban su corazón a Dios pidiéndole sabiduría para poder exhi­bir a las gentes un tesoro más precioso que el oro y que las joyas que vendían. Llevaban siempre ocultos ejemplares de la Biblia entera, o porciones de ella, y siempre que se presentaba la oportunidad llamaban la aten­ción de sus clientes a dichos manuscritos. Con frecuencia despertaban así el interés por la lectura de la Palabra de Dios y con gusto dejaban algunas porciones de ella a los que deseaban tenerlas.

La obra de estos misioneros empezó al pie de sus montañas, en las llanuras y valles que los rodeaban, pero se extendió mucho más allá de esos límites. Descalzos y con ropa tosca y desgarrada por las asperezas del camino, como la de su Maestro, pasaban por grandes ciudades y se internaban en lejanas tierras. En todas partes esparcían la preciosa semilla. Doquiera fueran se levantaban iglesias, y la sangre de los már­tires daba testimonio de la verdad. El día de Dios pondrá de manifiesto una rica cosecha de almas segada por aquellos hombres tan fieles. A escondidas y en silencio la Palabra de Dios se abría paso por la cristiandad y encontraba buena acogida en los hogares y en los corazones de los hombres.

 

miércoles, 1 de mayo de 2024

"ÁTALA" DE CHATEAUBRIAND - Prefacio

 "ÁTALA"

DE CHATEAUBRIAND

EN LA VERSIÓN CASTELLANA DE SIMÓN RODRÍGUEZ, PUBLICADA EN PARÍS, 1801

P R E F A C I O

Se ve por la carta precedente lo que ha dado lugar a la publicación de Átala, antes de mi obra sobre el genio del cristianismo, o las bellezas poéticas y morales de la religión cristiana de que hace parte.

 Sólo me falta decir de qué manera se ha compuesto esta historia.

Era todavía muy joven, cuando concebí la idea de hacer la epopeya de la naturaleza, o de pintar las costumbres de las salvajes, contrayéndolas a algún acontecimiento conocido; y no encontré, después del descubrimiento de la América, pasaje más interesante, especialmente

para los Franceses, que el destrozo de la colonia de los Naches en la Luisiana, año 1727. Todas las tribus indianas conspirando a reponer el Nuevo-Mundo en su libertad, al cabo de dos siglos de opresión, presentaban, en mi concepto, al pincel un asunto casi tan feliz como la conquista de México. Esparcí, pues, en mi papel algunos fragmentos de esta obra; pero conocí al instante que me faltaban los verdaderos colores, y que era necesario, si quería formar una imagen parecida, visitar, a ejemplo de Homero, los pueblos que intentaba pintar.

En 1789. Comuniqué a M. de Malsherbes el designio que tenía de pasar a América. Pero deseando al mismo tiempo dirigir por tierra el pasaje tan buscado, y sobre el cual, aun el mismo Cook había dejado dudas. Partí, vi las soledades americanas, y volví con planes para otro viaje que debía durar nueve años. Pensaba atravesar todo el continente de la América septentrional, seguir luego remontando, las costas al norte de la California, y volverme por la bahía de Hudson girando bajo el polo. M. de Malsherbes se encargó de presentar mis planes al gobierno, y entonces fue cuando oyó los primeros fragmentos

de la obrita que ahora doy al público. Se sabe el estado en que se ha visto la Francia, hasta el momento en que la Providencia ha hecho parecer uno de estos hombres, que ella envía en señal de reconciliación, cuando ya se ha cansado de castigar. Cubierto de la sangre de mi hermano único, de mi cuñada, y del ilustre viejo su padre: después de haber visto a mi madre y a otra hermana mía muy instruida, morir de resultas del maltrato que habían padecido en los calabozos, anduve errante por tierras extrañas donde el solo amigo que me quedaba se dio de puñaladas entre mis brazos (1).

De todos mis manuscritos sobre la América, no he salvado sino algunos fragmentos, particularmente la Átala; y aun ésta no era más que un episodio sobre los Nachez. Átala se ha escrito en el desierto, y bajo las chozas mismas de los salvajes. No sé si el público gustará de

una historia, que sigue unos trámites diferentes de todos los conocidos, y que presenta una naturaleza y unas costumbres del todo extrañas para la Europa. No hay aventuras en Átala. Es una especie de poema (2) mitad descriptivo, mitad dramático. Todo consiste en la pintura de dos amantes, que andan y conversan en la soledad. Todo se encierra en la descripción de las turbaciones del amor, en medio de la quietud de los desiertos y de la calma de la religión. La distribución de esta obra es la más antigua: ella se divide en prólogo, narración y epílogo.

 

"ÁTALA" DE CHATEAUBRIAND - Advertencia

 "ÁTALA"

DE CHATEAUBRIAND

EN LA VERSIÓN CASTELLANA DE SIMÓN RODRÍGUEZ, PUBLICADA EN PARÍS, 1801.

 

Simón

Rodríguez

obras completas

TOMO II

[EDICIÓN EN 2 TOMOS] Traducción de "Átala" de Chateaubriand

Nota. Se reproduce el (texto de la obra de Chateaubriand, Átala, EN LA VERSIÓN CASTELLANA DE SIMÓN RODRÍGUEZ, PUBLICADA EN PARÍS, 1801.

Se imprime en la forma y con las notas de dicha edición.

OBRAS COMPLETASA LA JUVENTUD DE BAYONA EN FRANCIA

Un Viajero extranjero, a quien habéis acogido con tanta bondad, os dedica Átala, traducida de una lengua que os es familiar. Aceptad esta dedicatoria como débil homenaje que rinde a los sentimientos de estima que le habéis inspirado. La primera virtud del hombre es la gratitud; vosotros la habéis convertido en imperiosa necesidad para mi corazón. Vuestras bondades, presentes en mi memoria, ¿no me recuerdan sin cesar esta Juventud amable, la primera en enseñarme a apreciar la generosidad del carácter francés?

S. Robinson.

434 SIMÓN RODRÍGUEZ

ADVERTENCIA DEL AUTOR SOBRE ESTA EDICIÓN

Para hacer esta obrita más digna del aprecio con que ha sido recibida, me he aprovechado de todas las críticas. He tenido la felicidad de ver, que la verdadera filosofía y la verdadera religión son una misma cosa: porque personas muy distinguidas, que no piensan como yo sobre el cristianismo, han sido las primeras que se han interesado por el buen éxito de Átala. Esto sólo responde a los que querían persuadir, que el lugar que se ha hecho en el concepto público

esta anécdota indiana, no se debe sino al espíritu de partido. Sin embargo, se me ha censurado tan agria, por no decir groseramente, que se ha llegado hasta ridiculizar el siguiente apostrofe a los Indios. (1)

"¡ Indios desgraciados, que he visto errantes por los desiertos del Nuevo Mundo con las cenizas de vuestros abuelos! vosotros ejercitasteis conmigo la hospitalidad a pesar de vuestra miseria, y yo no podría ofrecérosla hoy: porque vago como vosotros sujeto al favor de los hombres, y menos feliz en mi destierro, porque no llevo los huesos de mis padres".

Sobre esta última frase recae la observación del crítico. Las cenizas de mi familia confundidas con las de Mr. de Malsherbes: seis años de destierro y de infortunios, no le han presentado más que un objeto de burla. ¡Ojalá que los sepulcros de sus padres no exciten nunca en él ei dolor de haberlos perdido!

(1) Década filosófica, N" 227, en una nota.

OBRAS COMPLETAS - TOMO II 435

En fin, fácil es conciliar los diversos juicios que se han formado sobre Átala. Los que me han culpado, no han atendido más que a mis talentos, los que me han elogiado, sólo han considerado mis infortunios.

P. S. Se me informa en este instante que se acaba de descubrir en París una contra-facción de las dos primeras ediciones de Átala, y que se hacen actualmente otras muchas en Nancy y Strasburgo. Espero que el público se servirá dirigirse únicamente, para comprar esta obrita, a casa de Mygnerety a la antigua librería de Dupont.

NOTA. Este P. S. habla de las ediciones francesas, y se ha traducido

sólo en calidad de aviso a los que quieran comprar Átala en su original.

 C A R T A

Publicada en el diario de los Debates y en el Publicista

CIUDADANO: en mi obra sobre el genio del cristianismo o las bellezas poéticas y morales de la religión cristiana, se halla una sección entera consagrada a la poética del cristianismo. Esta sección se divide en tres partes, poesía, bellas-artes, y literatura, que se terminan con una cuarta, cuyo título es: Armonías de la religión, con las escenas de la naturaleza, y las pasiones del corazón humano.

Yo examino en esta parte muchos puntos que no pudieron entrar en las antecedentes, como los efectos de las ruinas góticas comparadas con otras suertes de ruinas, la situación de los monasterios en la soledad, el aspecto poético de esta religión popular, que ponía cruces en

las encrucijadas de los caminos, que colocaba imágenes de vírgenes y santos como para custodiar las fuentes y olmos viejos, que creía en los presentimientos y en las fantasmas, etc., etc. Dicha parte concluye con una anécdota extraída de mis viajes por América, y escrita bajo las chozas mismas de los salvajes, intitulada Átala, etc.; pero por haberse traspapelado algunos ensayos de esta pequeña historia, me veo obligado a imprimirla separadamente, antes de la obra principal, a fin de precaver un accidente que me podría perjudicar infinito. Si vm. quisiera, ciudadano, hacerme el favor de publicar esta carta, se lo agradecería como un servicio importante.

miércoles, 24 de abril de 2024

RECORDACIÓN FLORIDA CAPITÁN ANTONIO DE FUENTES - cap III

 RECORDACIÓN FLORIDA

CAPITÁN ANTONIO DE FUENTES

LIBRO    OCTAVO
CAPITULO I

DEL PARTIDO Y CORREGIMIENTO DE TOTONICAPA Y HUEHUETENANGO, y las calidades y naturaleza de su temperamento.

CAPITULO III
De la gran cordillera de Parraxquin, y de los castillos que en ella estuvieron erigidos por los indios sujetos al dominio del Rey del Quiché.

MARGINALES.—Gran palacio de los reyes del Quiché en XETINAMIT. — Centinelas y
Castillo de este sitio. — El Castillo de CHRISTALI en esta Cordillera de Parras-
quín, — Otro Castillo de esta Cordillera con mucha obstentación en gran vestigio.
— Confín conocido de los dos reynos de Utatlán y Sotojil-

Corre cuasi sin término conocido desde la parte de mediodía para el Setentrión, sino emula, superiora á la eminencia de los Alpes, la prodíjíosa cordillera de Parraxquin, que aunque se corta en partes de su camino, por breve espacio de distancia en lo que abren algunos montes entre sí, por el terreno de sus faldas se eslabonan y se frecuentan con cuasi inseparable continuación, en que hay baquianos de sentir, que encaminada á Sinaloa, corre y derrama su corpulencia á setecientas leguas de distancia, desde este reino al Nuevo México. Sus vistas son agradables y apacibles por lo natural del sitio, y saludable su vivienda por la templanza del aire, si bien en pocas partes poblada por su retiro solitario y su breñosa confusión; lo superior de sus alturas son casi inaccesibles y de trabajosísimo camino, que prolongándose y cortando de Norte á Sur como apuntamos, precisa atravesarla al conducirse los progresos desde la parte de la sierra á la de la costa con áspera fatiga y peligro notorio en muchas partes; mas si se considera la observación de su rumbo, continuándose con los volcanes de Goathemala, los de Pacaya, Sonsonate y los de S. Salvador y otros, sería la longitud de su camino inmensurable, pero solo escribimos la cordillera lo que á este partido pertenece. Es su pronombre Parraxquin, impuesto por los indios del Quiché con propiedad y mucho acierto, por que quieren llamarle Monte-verde, á causa bien notable y prodigiosa, de que cuando se agosta y se marchita lo general de los campos en verano, esta larguísima cordillera está frondosa, verde y muy lo-

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zana, como mí observación lo reparó por lo inclemente de los meses de Diciembre, de Enero, de Febrero y Marzo, en que lo recio de los Nortes y la fuerza de las heladas no dejan cosa que no conviertan en polvo y hojarasca, y por esto sin duda aquellos reyes que dominaron el Quiché abajo del pueblo de Ystaguacán, entre unos montes que indican mucha profundidad y grande hondura en el valle, que se dilata á crecido circuito, tenían un elegante palacio en el sitio que llaman Xatínamít, que regado de buenos ríos y de muchos y saludables arroyos, era buen sitio de placer y recreación á la familia de aquellos poderosos caciques o reyes de Utatlán, que huyendo de la molestia de los nortes, en este lugar Xefinamít, no solo se resguardaban de la inclemencia de los vientos, sino que se fortalecían y aseguraban :de la invasión de

sus contrarios, haciendo en esta parte su consejo y junta de guerra, que llaman Zzicunlíquíl. Y en esta dulce amenidad que descubrimos se entretenían en monterías, juegos, bailes, mas esto sin perder de vista los peligros y la memoria de sus contrarios de que no los olvidaba la variedad ó el embeleso de los placeres; pues para asegurarse y mantenerse ponían en las cimas descepadas de aquellos montes de Parraxquin muy vigilantes centinelas para en viendo los humos de aquella parte de Cibíxíclabal, que quiere decir ahumadero, tocar- alarma y prevenirse á la defensa recojiéndose al gran castillo de esta parte de Xetinamit, que según la cuenta de los indios de un Xiquipil, tenía ocho mil defensores; que tanto como esto se recelaban y procuraban guardar y mantenerse estos indios que sujetaron y vencieron en el nombre de Dios y con su ayuda aquellos pocos españoles.

Mas los demás castillos que aseguraban el reino de Utatlán, no menos fuertes y encubiertos de infantería, que el ya advertido de Xetínamít, por esta sierra de Parraxquin, eran otros dos que mantenían sus defensas. El uno que sus vestigios y cimientos se ven ahora, bien que informes y sin diseño que perfeccione en planta, en términos de una estancia que es posesión y buena finca del capitán Francisco Gutiérrez; mas todo el cimentage que se descubre sobre el altísimo pináculo de Christalí, con mucha parte y admirable de una larga y altísima muralla, es de maravillosa fortaleza y robustez, con magníficos aparatos de terraplenes y fosos, que muestran en píe alguna parte de los lienzos de las torres y cubos de su defensa regular. Y este castillo se oponía contra la ambición de las naciones de los Mames y los de Soconusco, que por aquella parte podían acometerle. El otro memorable y gran castillo de esta cordillera estuvo situado en otro eminentísimo picacho que se divisa y deja ver desde el camino de San Andrés, y de su fábrica y celebrada ostentación, aun dura y vive el crédito de muchas ruinas, con clara demostración de más que gran vestigio de su importancia; mas sin embargo demolido muy de intento, como los otros, no deja delinear diseño alguno de lo que fuá su planta regular en aquel tiempo. Haciale oposición á las, entradas del Sotojil, con quien señala la simple tradición que era el confín de que hoy es pueblo conocido de Santa Clara, y aun ahora se parten términos entre los dos Corregimientos y los partidos de Atítlan y Tecpanatitlán, en este pueblo de Santa Clara, que es de una jurisdicción, y el de la Visitación que es de otra; mas de tal arte y tal inmedíacíón que el pueblo de la Visitación que es de

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