jueves, 27 de septiembre de 2018

CAPITULO XIII- AVE SIN NIDO

  AVE SIN NIDO
HORACIO GALINDO
CAPITULO XIII
Segunda parte de la obra de don Elíseo Castillo. El reino maravilloso de los querubines. Lo que la vida dejó olvidado en las pestañas de un angelito. Dos muebles vacíos. "Lágrimas' del alma". Solista del cielo. La inmortal "Despierta".

La segunda parte del acervo musical de don Elíseo Castillo, ya no tiene la ágil vivacidad de "Vals brillante", ni tampoco su alegría.
No es reflejo de la emoción contemplativa que avasalla el alma frente a un paisaje al par que familiar, grandioso y cautivante.
No se inspira en la placidez acogedora del hogar tranquilo, ni en la inocente alegría de los hijos pequeños.
La segunda parte de su producción está empapada en la desdicha ; está calcada en su dolor.
No fue ya risa de niño, arrullo, canto y trino, sino lágrima y sollozo.
Pero, ¿cuál fue —ocurre preguntarse— ese austero y sombrío piloto de la adversidad y la desventura que así torció el rumbo de su esquife? ¿Cuál fue ese grave y tremendo enviado de las sombras que desvió el sendero de aquella alma que sólo estaba atenta a interpretar la universal armonía: la del celaje que irisa la montaña; la del trino que despierta el bosque en su apacible siesta ; la del río y la flor, la nube y la campana?
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Sí; ese lúgubre modelador del alma, del artista, fue el dolor.
Pero un dolor punzante y vivo ; alareante y desmesurado.
Fue él, quien ciñó sobre su frente soñadora, el crespón de dos alas negras. Pero no a todo el mundo le sería facil comprenderlo en su cabal hondura. Para comprender esas cosas, es preciso protagonizarlas y vivirlas.
Sólo así puede saberse lo que significa un par de manecitas regordetas y llenas de hoyuelos, que os acariciarian las mejillas igual que dos capullitos vivos de tersura y embeleso ; y que a veces os golpean, aunque siempre con la suavidad con que pudiera golpearos una flor. ¡Y en qué piélago divino de ternura inconmensurable, os sumergen con ello!
Sólo así es posible saber lo que en una clara mañana de sol puede sentirse, al ver un bultito vacilante, que en una de las callejuelas de vuestro jardín, ensaya sus primeros pininos, caminando sobre dos piececitos tan graciosos y pequeños, que los abarcaríais todos enteros, en un solo beso.
Sí ; únicamente si se le ha vivido —¡ si se le ha recobrado !—, puede saberse lo que es ese mundo divino y dulce de la niñez. Mundo alígero y celeste al que de repente sentís que os incorporan, para que aprendáis en la madurez (justamente cuando empezáis a conocer que lo ignoráis todo después de todo saberlo y comprenderlo en la adolescencia), que el mundo todavía tiene un lado bueno, un refugio seguro y... sólo un segmento en el que no hay malicia, ni egoísmo, ni agobios, ni desdichas, ni perfidias : el mundo maravilloso de los niños
Y si tenéis la dicha de ser admitido en él; sobre todo si a él llegáis conducido de la mano por vuestra nietecita consentida, veréis con qué renuencia y qué protestas de vuestra parte, tratarán los adultos de haceros salir de allí.
Empezáis acaso por interesaron en los primeros juegos ; vais aprendiendo poco a poco, la divina clave. Poco a poco también, os adentráis más y más en esa esfera de ingenuidad y sencillez; en ese reino de los supremos e inocentes goces.
Y de repente, estáis ya todo en él. Y entonces, a pesar de vuestras canas y a pesar de vuestro cansancio y a pesar de las mil cicatrices que lleváis dentro del alma, sois por fin admitido y formáis ya parte de esa sociedad de querubines.
Entonces podéis decir (como yo también lo dije un día) : ¡ Qué bien me siento aquí ! ¡ Dios mío, qué dichoso soy!
i Claro que sé bien por qué es así!
Es porque cada niño tiene entre sus manos, una esfera : una radiante esfera de límpida transparencia. Es su vida. Y está hecha de la más pura ambrosía. Es clara y radiante, porque nadie ha venido aún a empañársela; porque nadie aún se la ha envenenado.
Y como estáis por fin ya incorporado a la Celeste Cofradía, también vos miráis en medio de vuestras manos, lá esfera pequeña que es vuestra vida. Quizá sea ya tan poca cosa, tan menuda y tan insignificante, que tengáis que ajustar bien los lentes para así poder distinguirla. 1    .
Aun así, ¡ qué clara y brillante os parece! ¡Paladeadla entonces!
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¡ Qué sorpresa! Ya no tiene; no ; ya no tiene el sabor de acíbar que la amargaba. Por el contrario, se ha hecho dulce y embriaga; sí, embriaga como en la juventud, la divina esencia de la vida.
Pero dejemos estas divagaciones. Enjuguemos esta lágrima importuna, que nos impide discernir lo que aquí vamos escribiendo.
Y veamos, lector, cómo llegaron a su terrible final, aquellos que don Simeón llamó, felices años ...
Cuando Milita cumplió tres años, era una criatura encantadora; graciosa, pequeñita; siempre en júbilo de risa y movimiento, parecía con la moña que adornaba su rizada cabecita, una muñeca de porcelana traída a  la tierra desde el maravilloso país de Jauja.
Supo hablar desde que tuvo dos años, pero aprendióa  reir cuando apenas estaba en sus primeras horas. El hecho es que era linda y nunca dejaba de sonreír. La sonrisa era el complemento seráfico del par de dientecitos adorables que enmarcaban los labios intensamente rojos.
Parecía incrustada en los brazos de don Elíseo, que a su vez la mimaba exageradamente, como también, exageradamente la idolatraba.
Siempre iban juntos cuando ¡salían a la calle. La frágil manecita, iba siempre en la mano izquierda de su padre, e iba cantando y bailando como si se mantuviese en eterna fiesta de bailes y canciones.
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Aquel grupo indisoluble que al verlo pasar, ponía una sonrisa de cariño y simpatía en los transeuntes, llegó a hacerse tan grato y familiar, que no podía imaginarse la figura del maestro sin su angélico complemento.
Por eso, a todo el mundo le pareció extraño, no ,verlos por algunos días en las calles del pueblo.
Se supo luego, que Milita estaba enferma. Los médicos del lugar estuvieron viéndola por dos o tres días. Inesperadamente corrió por la ciudad la increíble noticia de su muerte.
Entre las grandes virtudes de mi pueblo, existe la fraternal costumbre de acudir en ayuda de toda familia que tenga la desdicha de perder alguno de sus miembros.
A la casa del duelo asisten no sólo vecinos del barrio, sino que también todas las gentes de la población.
Las señoras se ocupan del cuidado de los niños pequeños; de los menesteres de limpieza y orden de la vivienda, van a la cocina y preparan los alimentos.
Los hombres se encargan de los trámites oficiales : aviso a las autoridades de policía y del Registro Civil; obtención del certificado de defunción, permiso para el enterramiento, adquisición, en fin, del féretro, de un nicho o un mausoleo y hasta buscan el albañil que ha de ayudar al sepulturero.
La noche llamada del velorio, congrega en casa de los deudos, un nutrido gentío vestido de riguroso luto. A cada instante suena el discreto aldabonazo de alguien que lleva un ramo de flores, una corona o unas candelas.
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Desde el instante mismo en que se supo la infortunada noticia, la casa de don Elíseo se vio llena de gente consternada; de amigos y familiares que no podían dar crédito a sus ojos, sino hasta ver en su blanca cuna transformada en túmulo de flores, a la angelical criatura.
Allí estaba en efecto, pero parecía no ser la misma :
Tenía la carita sorprendentemente seria. De sus finos labios ahora de una lividez de cera, la sonrisa eterna se había borrado.
Sólo en sus largas pestañas quedaba (como olvidada por la vida), una gruesa lágrima que temblaba.
Mientras el cuerpecito estuvo expuesto en su lecho de flores y luego, cuando se le llevó a la caja mortuoria enguatada de raso blanco, el maestro no quiso apartarse un solo instante de su tesoro. Tuvo siempre entre las suyas, la manita helada, para cubrirla de lágrimas y besos.
No quiso probar alimento alguno, ni durmió un segundo, en todo lo que duró la aciaga noche y la mitad del día siguiente.
Le hablaba a veces con una voz enronquecida y lastimera, que a cada instante estremecían los sollozos :
¡ Milita, mi querube! ¡ Mi tesoro! ¡ Abre tus ojitos! ¡ Ríete conmigo !
—¡Cómo es, Dios de los cielos, que no me responde!

Y quienes aquello oían sin hallar consuelo para aquel corazón traspasado por la desdicha, lloraban y sollozaban también.
Unicamente en las horas ya próximas al mediodía, volvía con más frecuencia los arrasados ojos hacia el reloj de pared, como preguntándole cuántos minutos le quedaban; cuántos minutos le quedaban de estar todavía con ella ; cuántos minutos faltaban para el tremendo e insufrible adiós.
E inexorablemente, aquel temido instante llegó a su hora y nadie se atrevía a interrumpir el estupor de anonadamiento que mantenía fija la mirada del maestro en un punto del muro en que no había nada.
Tuvo que ser don Simeón, el mismo que con lágrimas en los ojos me refiriera años después los terribles pormenores de aquella escena, quien al tocar suavemente el hombro del maestro, murmuró a su oído las palabras demoledoras:
—Es hora ya.
—Ten valor en el nombre del cielo.
Tenemos qué llevárnosla.

Mas, ¡con qué corazón describir lo que fue aquella despedida! El golpe seco del pasador del zaguán que abría de par en par sus grandes puertas, para dar paso al cortejo formado por media docena de niños azorados que llevaron a través del corredor el blanco cajoncito, mientras todos los rostros desencajados por la pena evitaban mirarlo y negras siluetas empezaban a alinearse a ambos lados de la calle por cuyo medio y con esa inseguridad y esa lentitud con que se mueven los grupos de niños, se orientaban todos en profundo silencio hacia el Cementerio.
En el cielo de un azul profundo, se mantenían inmóviles esas formaciones de cirrus que en el aire calmado, deslíen largos velos horizontales muy semejantes a las palmas de papel de china que llevan los niños en los entierros infantiles.
Siempre que veas en el cielo esas palmas —solía decirme mi madre—, es porque ha muerto un niñito muy
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bueno y el cielo se engalana para recibirlo, pero ya con su carita llena de alegría y un par de alas blancas, que ensayan a volar en las alturas.    J
Había palmas en el cielo, esa triste tarde del entierro de Milita.
El féretro medía apenas unos 80 centímetros. ¡ Era tan pequeñita!
Y sin embargo, dejaba en el corazón de sus padres y en el ánimo atribulado de cuantos conociéndola la quisieron y mimaron tanto, un vacío desproporcionado e inconmensurable ; un vacío tan espantoso, que en el alma del maestro, con nada podría ya llenarse aunque en él se volcaran todos los triunfos que él merecía; todas las satisfacciones y las riquezas del mundo, que nunca quiso ni ambicionó para sí ; un vacío en fin tan lúgubre y tan desolado, que ni siquiera podría colmar con el cantarito'roto de todas las lágrimas de su alma.
Quienes media hora después le vieron volver por la larga calle del Cementerio, debieron sentir un nudo,que crispara su garganta:
Venía el maestro, luego de haber dejado a su Milita sola y para siempre, cojeando de,la,pierna_ derecha, apoyando la mano temblorosa sobre el pomo del bastón, en un azoramiento de prisa y desconcierto, como para huir lo antes posible de aquel sitio de alucinación y de tortura, aunque en alma y corazón, ansiara al mismo tiempo, quedarse en él para siempre.
Su mano izquierda habituada al roce de la manita bienamada que cual blanca azucenita acabara de deshojar la muerte, pendía ahora enteramente vacía.
Y era eso precisamente lo que a esa mano y,Io que a esa alma les faltaba; era esa ausencia irremediable que tenía algo de torvo, de inconcebible e inaudito lo que arrasaba en lágrimas los ojos de quienes sin voz ya para decirle una palabra de consuelo, en angustioso silencio le veían pasar.
Después del entierro, todo el mundo en mi pueblo, se retira discretamente y es entonces cuando los familiares se quedan solos.
"El duelo se despide en la puerta del Cementerio", se lee todavía en las grandes esquelas orladas de negro, que se reparten desde principios de siglo.
Entonces, esa casa en que todo un pueblo se prodigó en consuelos, se ve aún más lúgubre y desamparada.
Así quedó después del entierro de Milita, la casa de don Elíseo.
Abrazada a la cunita vacía, sollozaba sin consuelo doña Tonita. El maestro se detuvo un instante en la sala, para despedir a los últimos vecinos rezagados.
No lloraba ya. Había vertido todo el torrente de sus lágrimas y el cantarito de su corazón estaba roto y vacío. En sus ojos enrojecidos, pestañeaba el cansancio de los largos desvelos. Unicamente anhelaba que lo dejaran solo; que lo dejaran solo con su inconsolable dolor.
La casa olía a nardo y azucena. En su rincón de siempre, estaba el piano ; el piano que el maestro se negaría tenazmente y durante meses y meses, a tocar más. Pero había algo, aún más patético y terrible. En un extremo del corredor, estaba el sillón en que el maestro solía disfrutar de algún descanso entre sus lecciones. Al lado, había una butaquita; sí, una de esas sillas pequeñitas y graciosas que no se sabe al verlas, si son un juguete o un mueble.
Y hacía daño (porque era un tormento insufrible), oír lo que al alma decía en su elocuente mutismo, aquel par de objetos vacíos.
Igual que en una larga convalecencia, el ánimo del maestro fue renaciendo poco a poco a la vida ; mas no ya con alegría ni esperanza.
Solía quedarse largas horas con las manos en los bolsillos, mirando en el patio las fucsias que se ba,lanceaban en sus frágiles tallos. Seguramente veía a su Milita, sonriéndole tras ellas.
Con más frecuencia iba a sentarse junto a la ventana de la sala, especialmente a la hora en que los niños salen de las escuelas.
Al verlos, apretaba el pañuelo contra sus ojos, mien:tras sus hombros se agitaban estremecidos por los sollozos.
Después, ya no lloraba al verlos.
Estaba como aturdido ; parecía ya no sentir nada y en ese estupor de desánimo y abatimiento, se pasaba las horas y los días.
—¡ Elíseo ! ¿Qué te pasa? —preguntaba suplicante doña Tonita—. ¿En qué estás pensando? ¿Por qué te empeñas en quedarte aquí?
—Veo a los niños —respondía él tristemente.
—¡ Pero eso te hace daño! ¡ Te recuerda a nuestra Milita! ¡ Vas a enfermarte! ¡ Te puedes morir!
—Eso quiero —contestaba él melancólico—. ¡ Irme con ella! ¡ Qué más podía desear !
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Y doña Tonita se alejaba consternada. ¿Es que algo podía hacerse para consolarlo? Mimos y palabras parecían ya enteramente inútiles.
Pero había que vivir entretanto. Los escuetos ahorros se estaban yendo a toda prisa. Tres meses habían transcurrido ya y el piano en su rincón, seguía silencioso. Los alumnos, con esa solidaridad que sólo puede inspirar un cariño sincero, llegaban diariamente en espera de sus lecciones. No los llevaba exclusivamente el interés personal de las mismas. Es que era preciso rehabituarlo a sus labores normales ; volverlo a la realidad de las cosas del mundo. Su infatigable Cirineo,, el magnánimo don Simeón, había juzgado indispensable ponerle a los consuelos cierta dosis de persuasión e incluso una tónica de reproche :
—¿Es que no consideras a tu esposa? ¿Es que no piensas en Efraín? ¿Te parece justo ignorar que Tonita está sufriendo lo mismo que tú ; con el agravante ahora de que tiene que preocuparse de lo que a ti te está sucediendo? Además, el cielo querrá darles otros niños. Podrá haber otra Milita. Y el tiempo sobre todo, irá haciendo que poco a poco te resignes y olvides.
Pero el maestro seguía silencioso como si no le oyera. ¡ Olvidarla! ¡Resignarse! No, a su Milita no la olvidaría nunca. Veinte años después de su muerte, seguiría recordándola con inconsolable amargura.
 183Posible es que estas cuartillas tengan un día algún lector o una lectora, y en tal caso, que tan paciente y singular persona venga a preguntarse y a preguntarme :
—Pero, ¿es que puede haber un alma que a tal punto sepa amar para ser luego presa del dolor y de su fúnebre garra? Porque pérdidas muy semejantes y dolores de la misma intensidad y laya, son cosas que acompañan al hombre cual protervo patrimonio, de la cuna al sepulcro. Y sin embargo...
—Pues bien —me apresuraría a contestar—: es vasto y universal el dolor ; en ello estamos de acuerdo. Pero no todas las almas responden igual a su tremendo impacto, siendo además, todas tan apartes y disímiles. Hay almas duras y coriáceas (las de los indiferentes, por ejemplo) ; también las hay, pétreas y erizadas de púas (como las de los empedernidos y los egoístas). Evidentemente en ellas, ni alegría ni dolor, dejan rastro perdurable.
Pero al lado de esas almas vulgares (que por desdicha tanto abundan en el mundo), están las almas de élite y en particular, las almas de los artistas verdaderos.
Porque para que ellos puedan crear o interpretar la belleza, tienen que sorberla y que asimilarla, desde las fuentes mismas de la vida y, por lo tanto, tienen que sentirla en toda su magnitud y en su cabal hondura.
La alegría o el dolor los posesionan y avasallan sin términos medios, total y apasionadamente, hasta impregnarlos en su signo y en su esencia, ya sea ésta de luz, ya lo sea de sombra.
Podrá argüirse que eso no es verdad todas las veces ; que con frecuencia se da el caso de artistas notables y también de grandes genios, en quienes no siempre

martes, 25 de septiembre de 2018

VELORIOS EN IRLANDA-1949

VELORIOS EN IRLANDA
(Condensado de «Esquire»)
Por John McCarthy
 SELECCIONES DEL READER'S DIGEST   
 Mayo de 1949
PARTE CONSIDERABLE de la vida social,de Irlanda gira en torno de los velorios, fiestas que guardan escasa relación con los funerales cristianos y que despiertan en la gente interés aún mayor que el cine o la política. En la rústica comarca del condado de Donegal, por ejemplo, concurren a los velorios aldeas enteras. No bien llega la noticia del fallecimiento de un pariente, todos los del clan hacen provisión de comida, licores y cerveza fuerte, en cantidades suficientes para varios días; se reunen en un lugar apropiado y emprenden la marcha hacia la casa del difunto. Alli pasan la primera noche entregados a lúgubres lamentaciones.
La lamentación, esto es, el acto de llorar a gritos a los difuntos, constituye una de esas antiquísimas costumbres irlandesas anteriores a la era cristiana que han sobrevivido a la época de la dominación de Roma y a aquélla en que Irlanda recibió el cristianismo. Agrupados en torno del ataúd, los parientes lloran y lanzan a coro horripilantes gemidos que conmueven hasta lo más hondo a cuantos los escuchan. A quien los oiga por vez primera—aun cuando se halle tan lejos de la casa mortuoria como estaba yo cierta noche de verano—le costará trabajo relacionar esos lamentos con cosa alguna que haya oído en su vida. Son tan primitivos, tan tétricos, tan paganos, que momentos hay en que casi trasportan al oyente a los lejanísimos tiempos en que los druidas celebraban sus ceremonias en lo alto de los cerros vecinos.
En las noches siguientes visitan a la familia los amigos del difunto. Todos los vecinos del lugar y los de las aldeas cercanas se sienten llamados a considerarse como tales. Al entrar en la casa el visitante va derecho a arrodillarse al lado del ataúd para rezar por unos minutos. Los deudos más próximos del difunto permanecen alineados a corta distancia. Luego que concluye de rezar, el recién llegado pasa a darles el pésame. Hecho esto se retira a una de las habitaciones interiores, toma asiento y se dispone a gastar la noche en animada tertulia. Los hombres se reunen en una habitación; las mujeres, en otra.
En Irlanda el varón es todavía persona privilegiada. Así pues, en la sala de los hombres hay comida, whisky y cerveza en abundancia; docenas de pipas de barro sin estrenar, y gran cantidad de tabaco. Después de dedicarle unas frases elogiosas al difunto y de deplorar pérdida tan sensible, los circunstantes llenan las pipas y empiezan a dar cuenta de las viandas, del licor, de la cerveza. La conversación va animándose. ¡Ha comenzado el velorio! Discuten acerca de todo lo imaginable; traen a cuento la vida de cuanto hombre público y simple ciudadano hay en Irlanda para dejar su reputación hecha una lástima. Sólo cuando amanece se les ocurre que es ya hora de suspender la murmuración y marcharse a casa. Lo cual hacen, aunque no de muy buena gana.

jueves, 16 de agosto de 2018

MIRADA INTENSA

Hoy en la tarde llegaron dos mujeres de mediana edad al lugar donde trabajo. una de ellas de rostro muy agraciado  me miraba fijamente. Yo note su bello rostro y también la ví fijamente. Nos miramos intensamente.Fue un momento de mucho magnetismo.

martes, 24 de julio de 2018

SOBRE HUEHUETENANGO COLONIAL-Interesante

 __Fragmento_________________________________________________________________________________

Nueve cartas de amor y un testamento inesperado. Lo público de la vida privada en la Guatemala dieciochesca

( fuente Cortesía) Mario Humberto Ruz

CEM, IIFL y UACSHUM, CH, UNAM.
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El ocho de junio de 1750 don Miguel Francisco Morán de la Vandera, originario de Gijón y avecindado en Santiago de Guatemala, obtuvo el real decreto que amparaba haber ingresado en la Tesorería los 5800 pesos fuertes que le allanaban el camino para suceder a don Félix de Elías Zaldívar como alcalde mayor de Huehuetenango y Totonicapan. El 29 de julio el rey Fernando VI firmaba en el Buen Retiro el título correspondiente y tres días después "tomaron la razón del real título los contadores de cuentas del Consejo Real de Las Indias",al tiempo que se le notificaba estarse ordenando al
presidente, y a los oidores de la expresada Audiencia de las provincias de Guatemala,y a los demás ministros, juez y justicia de ellas, que como a tal alcalde mayor os guarden y hagan guardar todas las honras, gracias, mercedes, franquezas, libertades, exenciones, preeminencias, inmunidades y prerrogativas que os tocan, sin limitación alguna, dando la residencia en mi Real Audiencia de Guatemala, como se ha hecho [hasta] ahora con vuestros antecesores....
El rico mercader asturiano inició los preparativos para retornar a Guatemala después de más de dos años de ausencia. Sin duda estaría contento. Además de tener afectos que lo esperaban en Santiago de Los Caballeros, no era poca cosa lo obtenido ni había sido tan sencillo lograrlo.
Para alguien no muy avispado, la alcaldía mayor de Huehuetenango y Totonicapan podría parecer plato poco apetecible. Zona montañosa y fría -con bosques de coníferas, cedrales y roblares demasiado alejados de la capital como para hacer redituable su corte y acarreo, páramos desolados apenas aptos para criar ovejas, y algunos valles intermontanos, fértiles pero pequeños, donde se apretujaban los cultivos de maíz de su relativamente densa población india- no era, ni de lejos, tan rica como sus vecinas: Quetzaltenango o Los Suchitepéquez; podría incluso considerársele muy pobre si se comparaba con las alcaldías del Reino donde florecía el añil. De tal opinión era su teniente general, don Joseph Antonio de Aldama, quien en respuesta a la real cédula del 19 de julio de 1741 informó que en la Alcaldía a su cargo había apenas dos valles de españoles y 48 pueblos de indios, sin "cosa digna de memoria." Hasta los frailes mercedarios se quejaban de que se les hubiese asignado zona tan miserable y abrupta para doctrinar.
Pero lo que le faltaba en producción lo suplía en trasiego de comerciantes. Paso obligado a la alcaldía mayor de Chiapa, y desde allí a la Audiencia de México por la alcaldía deTabasco, era la ruta expedita para el puerto de Campeche y otra forma de llegar a Veracruz, aunque menos práctica que subir por el istmo después de atravesar los terrenos llanos de Soconusco y el Despoblado de Tonalá. Por caminos reales y senderos se apretujaban las recuas de muías, compradas en Los Llanos de Chiapa o en Oaxaca, cargadas de los productos de la región e incluso de más allá.
Bien lo percibió Joseph de Olavarrieta, quien en un informe firmado en Huehuetenango el 4 de junio de 1740, destacaba cómo entre los 39 1/2 tributarios indios y los más de 20 vecinos españoles, 25 familias de mestizos y cinco de mulatos de Huehuetenango, varios se entretenían "en vender cacao y otros frutos", mientras que en San Pedro Necta (dividido por sólo una calle de Santo Domingo Osumacinta), "las indias hacen mantas y los indios son tratantes en las provincias de Chiapa y Soconusco." Por su parte los de Santa Ysabel  acudían a la plaza de San Antonio Suchitepéquez, con gallinas y otros frutos, trayendo al regreso "cacao y algodón para las mantas que tejen sus mujeres" y los de San Sebastián Huehuetenango se dedicaban a hacer "mantas que llevan a vender a la ciudad de Guatemala y otras partes."
Pueblos vinculados a la industria textil eran también Santa Ana Huista, San Cristóbal Totonicapán, famoso por sus jarguetas y sus trabajos en lana; Malacatán, cuyos indios vendían en la cabecera el algodón que sus mujeres reducían a hilo; San Gaspar Chajul, donde las mujeres hilaban "continuamente y lo mandan a la capital", mientras que los hombres confeccionaban "chiquigüites y otras menudencias de un bejuco delgado que tienen." Los de Santa María Chiquimula destacaban en el tejido de frazadas listadas, además de ir "continuamente [...] a la lisa de San Antonio con sus gallinas de Castilla y de la tierra, y ocote." Los de San Miguel Totonicapán, además de sembrar abundante trigo, tejían "jarguetas y otras cosas que llevan a Guatemala", y habían descollado de tal modo en los trabajos de carpintería, sillería y cerámica, que tenían gremios de cada una de esas actividades. Y ni qué decir de los tejedores de Momostenango, sin duda los más prolíficos y afamados, que contaban con importantes hatos de muías para comerciar sus tejidos.
La vecina Gobernación de Soconusco sabía de las continuas visitas de los habitantes de San Andrés Cuilco, quienes llevaban allí su panela; los de Colotenango, tratantes de frutas y gallinas, mientras los de Ostaguacán aparecían a menudo vendiendo las mantas que tejían sus mujeres. Por la alcaldía de Chiapa era común ver a los de Soloma compitiendo con los de Coatán por vender el trigo que se cosechaba en ambos pueblos, y afanándose además en el trato de cacao y algodón.
Al igual que los de San Antonio Güista [Huixta], los de Purificación Jacaltenango mercadeaban maíz, tabaco y miel, destacando las colmenas del segundo pueblo "porque tienen muchas, y buena salida de la miel y la cera"), mientras que las mujeres de Güista, aprovechando el que su pueblo estuviese en el camino real, hacen totopostes y otras vendimias para los pasajeros." Chiantla y San Francisco el Alto coincidían en la factura y venta de cal. Otros, en cambio, no tenían que competir dada la singularidad de sus productos. Los de Acatan, por ejemplo, eran únicos en hacer "soyacales de palma, que es un modo de capa con que los indios caminan cuando hay agua." Hombres y mujeres de San Francisco Motosinta, pueblo "caliente, seco y fúnebre" con apenas cuatro tributarios, gozaban de reconocimiento por sus "esteras coloradas" y el apreciado copal que obtenían de los árboles. Aguacatán se singularizaba por sus "muchas vacas y ovejas", la panela que fabricaba con caña dulce, y sobre todo por tener "una mina de yeso que sirve para los pintores y doradores." Hasta los de Cunén, calificados como "muy dejativos [pues] aunque tienen buenas tierras sólo se aplican a sembrar maíz", eran famosos por "hacer escobas que sirven de barrer."
Lugar especial ocupaban los poseedores de minas de sal. Así, los de Sacapulas eran reputados como "grandes tratantes en la provincia de San Antonio [Suchitepéquez], llevando sal de unas salinas que tienen en la superficie de la tierra, en las orillas de dicho río", además de fabricar "mucha jarcia", y dado que su sal, buena para la cocina, se consideraba inservible para los ganados, "porque tiene poca actividad", no se preocupaban por competir con los de San Mateo Ixtatán, pueblo 'lluvioso y melancólico", que tenía "dos pozos grandes de que mana copiosa agua de sal. Ésta, con mucha facilidad, la ponen al fuego y luego se congela y toma cocimiento." La industria era tan redituable que se cuidaban celosamente los pozos ("están debajo de tapias y techo de teja, con sus puertas") y su explotación, pues había tres llaves de dichos accesos: "que la una tienen los alcaldes, otra los indios principales y otra los indios maceguales y así, sin que todos concurran, no pueden abrirse." El agua se repartía a los naturales por semanas, "y de dicha sal sacan mucho dinero, pues no se proveen de otra este Partido y el de Quezaltenango para el crecido número de ganado ovejuno que hay, y para los demás ganados de que se componen las haciendas de campo." No era de extrañar que, a más de algunas ovejas, tuviesen "muchas muías de carga" para comerciar sal y sus afamados petates blancos de palma. El comercio era tan floreciente que a él concurrían los de San Juan Ixcoy, comprando sal en Ixtatán para venderla en Quetzaltenango y comprar a cambio cacao y algodón que revendían por los pueblos de la Alcaldía.
Comerciantes eran también los de Nebaj, los de Uspantán: "aplicados a ser tratantes, vendiendo siempre cacao, achiote y otros frutos" que acarreaban en sus numerosas muías, y los de San Andrés Jacaltenango, aunque éstos ni siquiera se preocupaban por salir de su pueblo: hasta él acudían los vecinos ávidos por adquirir sus famosos trabajos de jarcia. Ganaderos eran en cambio los españoles, mestizos y algunos negros que poblaban los valles de Sihá y Sahcahá.
En resumen, en las 70 leguas de longitud y 53 de latitud que componían la jurisdicción, y con la única y temporal excepción de Todos Santos y San Martín, ambos de apellido Cuchumatán e igualmente destruidos por severas epidemias, florecía el comercio, no por dedicado a productos pequeños menos significativo.
Ésa era sin duda la visión que había alentado a un mercader nato como don Miguel para hacer viaje hasta España y desembolsar casi 6000 pesos (a más de lo erogado en el viaje) a cambio de la seguridad de controlar la Alcaldía por un salario tan raquítico como el de 333 pesos y 2 reales anuales -de los que habría que deducir por adelantado la media anata "con más el 18% por la conducción del todo a estos reinos"-una vez que Elias Zaldívar cesase en su cargo, años más tarde. Ya se encargaría su probada capacidad de comerciante emprendedor y disciplinado de hacer redituable el desembolso, pese a la prohibición real de que los alcaldes "contratasen" con los vecinos de la Alcaldía.
Si don Miguel hubiera salido airoso de la prueba es algo que nunca sabremos. El 14 de noviembre de 1761, en lugar suyo, Tiburcio Angel de Toledo, juraba ante la Real Audiencia,
por Dios nuestro señor y una señal de su santa cruz en forma de Derecho, so cargo del cual [juramento] prometió defender el misterio de la pura y limpia concepción de Nuestra Señora, usar bien y fielmente el oficio de alcalde mayor del Partido de Güegüetenango y Totonicapán, administrando justicia a las partes que la pidieren, observando las leyes del Reino y lo prevenido y mandado en dicho real título [de alcalde mayor] sin faltar a ello en manera alguna ni llevar derechos demasiados a las partes; ningunos a su majestad (que Dios guarde), a los indios ni a los pobres de solemnidad. Y de no tratar ni contratar por sí ni por interpósitas personas con los vecinos y nativos de su jurisdicción, guardando las provisiones en esta razón establecidas.
Don Tiburcio tomó posesión de la Alcaldía por dos imprevistos que ni remotamente imaginaba cuando, a su vez, compró los derechos a ella hacia 1752. El más inmediato fue la renuncia de Joachín de Montúfar (14 de julio de 1756) y el más antiguo la muerte de don Miguel Morán, acaecida en Veracruz la primera semana de junio de 1751, según hizo constar el cura del puerto, don Miguel Francisco de Herrera, quien -a solicitud del flamante alcalde mayor- apuntó cómo:
[...] en un libro de papel común, forrado en badana colorada, en el que se asientan las partidas de entierros de españoles [...], al folio 23, se halla la siguiente partida:

"En la ciudad de La Nueva Vera Cruz, en 8 de junio de 1751 años, en la iglesia parroquial, título La Asunción de Nuestra Señora, se le dio sepultura eclesiástica al cuerpo de don Miguel Francisco Morán de La Vandera, español soltero, natural de Asturias, quien testó en Goatthemala.

Recibió los santos sacramentos de penitencia y extremaunción, a cuyo entierro asistí yo, don Manuel Mendes deTholedo, teniente de cura en dicha parroquia, y lo firmé."
No fue don Tiburcio Ángel el único interesado en demostrar que Morán había muerto; ocho años antes que él lo hizo el jesuita Juan Miguel de Cartagena,quien, amparado con un nombramiento de abogado testamentario, se apresuró a hacer válido el poder que años atrás le había otorgado el mercader para disponer de sus bienes en caso de fallecimiento. Ni tardo ni perezoso, el religioso se aplicó a la tarea de transferir buena parte de los cuantiosos caudales a las arcas de la Compañía de Jesús. En efecto, por las acciones emprendidas ante el Juzgado de Bienes de Difuntos, nos enteramos que en julio de 1751 Cartagena obtuvo licencia de su superior eclesiástico para ocuparse del caso,tras lo cual se presentó ante un escribano en la ciudad de Guatemala a fin de iniciar los trámites tendientes a cumplir la voluntad del difunto.
En el amplio poder otorgado en 1747, don Miguel apuntaba ser hijo legítimo de don Fernando Morán de la Bandera y doña Catharina de Baldez Llanos, ambos ya difuntos, vecinos de la villa de Guijón en el Principado de Asturias, y estar próximo a realizar un viaje a la ciudad de México y el puerto de Acapulco "a negociaciones de mi utilidad y conveniencia. Y temiéndome de la muerte, como cosa natural a toda criatura viviente, y que no me coja desprevenido de manifestar las expresiones de mi última voluntad, de que resultarían las inconsecuencias que regularmente se experimentan de ésta y otras omisiones", había decidido encargar a Cartagena la distribución de su fortuna.
pañía:

lunes, 16 de julio de 2018

MARAVILLOSO JESUCRISTO SANA A MUSULMANA-

 MARAVILLOSO JESUCRISTO SANA A MUSULMANA-
 EL VELO RASGADO
POR GULSHAN (FATIMA)ESTHER
Y THELMA SANGTER

“Mira que estás vivo en el cielo y el Santo Corán dice que sanaste, a las personas. Tú puedes sanarme y sin embargo sigo estando paralítica.” ¿Por qué no había respuesta, excepto ese silencio sepulcral en la habitación, como una burla a mis oraciones? Pronuncié de nuevo su nombre y abogué por mi causa, con desesperación. Con todo, no había respuesta. Luego clamé con una angustia febril: "Si puedes hacerlo, sáname; de lo contrario, dímelo." No podía dar un paso más en este camino. Lo que sucedió luego es algo que me resulta difícil describir en palabras. Lo que sé es que toda la habitación se llenó de Luz. Primero pensé que era la lámpara que tenía al lado de la cama. Pero vi que, en comparación su luz parecía oscura. ¿Sería tal vez el amanecer? Era demasiado temprano para eso. La luz iba creciendo, aumentando en brillo hasta que sobrepasó la luz del día. Me cubrí con mi chal. Sentía mucho miedo. Luego se me ocurrió que podía ser el jardinero, que había encendido la luz de afuera para alumbrar sobre los árboles. A veces hada eso para ahuyentar a los ladrones, cuando los mangos estaban maduros, o para ver el sistema de riego en el frío de la noche. Me corrí el chal para ver las puertas y las ventanas estaban firmemente cerradas, con las cortinas y las persianas corridas. Luego reconocí unas figuras con ropas largas, de pie en medio de la luz, algunos metros más allá de mi cama. Había doce figuras en fila y la figura central, la número trece, era más grande y brillante que las otras. ¡Oh Dios! clamé y el sudor brotó de mi frente. Incliné la cabeza y oré.
Oh Dios, ¿quiénes son esas personas y cómo han entrado aquí estando las ventanas y las puertas cerradas?- Levántate -me dijo de pronto una voz .
-Este es el camino que has estado buscando. Yo soy Jesús, el hijo de María, a quien has estado orando y ahora estoy de pie delante de ti.- -Levántate y ven a mí.- Comencé a llorar. - Oh Jesús, estoy paralítica. No puedo levantarme.- - Levántate y ven me dijo -. Yo soy Jesucristo.- Debido a que dudé, lo dijo por segunda vez. Luego, mientras continuaba aún con mis dudas, me lo dijo por tercera vez: - ¡Levántate!-Y yo, Gulshan Fátima, que había estado paralítica en mi cama por diecinueve años, sentí una nueva fuerza que fluía de mis piernas inútiles. Puse el pie en el piso y me levanté. Luego caminé algunos pasos y caí a los pies de la visión: Me estaba bañando en una luz tan pura que irradiaba un fulgor tan brillante como el del sol y de la luna juntos. La luz alumbró mi corazón y mi mente, y en ese momento se me aclararon muchas cosas. Jesús puso su mano sobre mi cabeza y vi que tenía un agujero a través del cual descendía un rayo de luz que se proyectaba sobre mi vestidura, de modo que el vestido verde parecía blanco. -Yo soy Jesucristo dijo El . Soy Emmanuel. Yo soy el camino, la verdad y la vida. Estoy vivo, y vengo pronto. Mira, desde hoy eres mi testigo. Lo que ahora viste con tus ojos debes llevarlo a mi pueblo. Mi pueblo es tu pueblo y debes permanecer fiel en llevárselo a mi pueblo. Ahora debes mantener inmaculada esta túnica y tu cuerpo. Dondequiera que vayas estaré contigo y a partir de hoy orarás así: "Padre nuestro que estás en los cielos, santificado tu nombre.. Venga tu reino Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén."
Me hizo repetir la oración y ésta penetró profundamente en mi corazón y en mi mente. En su hermosa sencillez, y a la en su gran profundidad, era muy diferente de las oraciones que había aprendido a recitar desde mi niñez.
Llamó a Dios "Padre"; ese era un nombre que cautivó mi  corazón Y que venía a llenar el vacío que había en él. Quería permanecer allí a los pies de Jesús, utilizando para orar ese nuevo nombre de Dios: "Padre nuestro," Pero la visión de Jesucristo tenía mucho más contenido para mí: - Lee en el Corán, yo estoy vivo y vengo otra vez.- Eso era algo que ya me habían enseñado, de modo que meinfundió fe en lo que estaba oyendo. Jesús dijo todavía mucho más. Sentía un gozo que llenabatodo mi ser. Es algo que resultó indescriptible. Me miré el brazo y la pierna. Estaban cubiertos de carne. Mi mano no estaba perfecta, sin embargo tenía fuerza y ya no colgaba seca e inútil.¿Por qué no la sanaste del todo? - pregunté. La respuesta fue expresada en tonos cariñosos: Quiero que seas mi testigo. Las imágenes subían alejándose de mi vista y esfumándose. Quería que Jesucristo se quedara un poco más y clamé con tristeza. Luego la luz se desvaneció y me encontré sola, de pie en medio de la habitación, llevando un vestido blanco y con mis ojos embargados por la luz deslumbrante Ahora hasta la débil lámpara que estaba al lado de mi cama me molestaba a los ojos y mis párpados caían pesadamente. Busqué a tientas un mueble que estaba contra la pared. Allí encontré un par de anteojos para el sol, que usaba en el jardín. Me los puse y me sentí cómoda, y pude abrir mis ojos y ver otra vez. Cerré la gaveta con cuidado, luego me volví y miré mi habitación. Estaba igual que cuando me levanté. El reloj que estaba sobre la mesa de noche repetía su tic tac, marcando que eran casi las cuatro de la madrugada. La puerta estaba cerrada con firmeza y las ventanas, con sus cortinas corridas; también estaban cerradas para proteger del frío. Sin duda, no se trataba de una escena imaginada por mí, pues tenía las pruebas en mi cuerpo, Di algunos pasos y luego algunos más. Caminé de pared a pared, a uno y otro lado, de una parte a la otra. Era evidente que mis piernas estaban sanadas de aquel lado que había sufrido la parálisis.¡Oh, qué alegría sentí!
"Padre nuestro clamé , que estás en los cielos." Era una nueva y maravillosa oración. De pronto tocaron a la puerta. Era mi tía. __Gulshan dijo en tono apremiante , ¿quién está caminando en tu habitación? - Soy yo tía..- Hubo un ligero jadeo y luego la voz de mi tía.- Oh, eso es imposible. No hay tratamiento eficaz para tu enfermedad. ¿Cómo puedes caminar? Estás diciendo mentiras.- Bueno, entra y mira .- La puerta se abrió con lentitud y la tía entró en la habitación llena de temor. Se detuvo apoyada contra la pared, con terror e incredulidad con los ojos abiertos de par en par y contemplando fijamente mi rostro radiante. Te vas a caer dijo. No me voy a caer -me reí, sintiendo el poder y la fuerza de una nueva vida que corría por mis venas. Mi tía se acercó paso a paso, con las manos extendidas, como una persona ciega que tantea su camino. Levantó la manga de mi túnica y miró mi brazo, regordete y saludable, tal como se veía ahora. Luego me pidió que me sentara en la cama y observó mi pierna enferma, que estaba tan sana como la otra.Parece extraño verte de pie. Me tendré que acostumbrar a esto dijo ella. Me pidió que le contara cómo había ocurrido. Entonces le relaté a la tía, desde el principio, primero acerca-de-la predicción de padre, luego; sobre la voz en mi habitación, la noche después que él murió. Después le conté de los tres años que estuve leyendo acerca de Jesús en el Corán, finalizando con su aparición delante de mí y mi sanidad. Cuando llegué a la parte en que Jesucristo me dijo que yo iba a ser su testigo, la tía me interrumpió. No hay cristianos en Paquistán para que les testifiques y no hay necesidad de que vayas a los Estados Unidos o a Inglaterra. Tu testimonio tendrá que consistir en dar limosnas a los pobres. Cuando esas personas vengan pedirte comida y dinero, ese será tu testimonio, Hasta entonces no había relacionado la comisión que me había dado Jesucristo con ir a Inglaterra o los Estados Unidos. Sin embargo, sus palabras eran verdaderas y mantenían su vigencia:
“Lo que viste con tus ojos debes llevarlo a mi pueblo. Mi pueblo es tu pueblo.” Comenzó a formarse en mi mente una oración: “Jesucristo, ¿dónde está tu pueblo?”

El Libro          ( La Biblia)
Tres semanas después de ser sanada, decidí poner en práctica un plan para conseguir una Biblia. Le dije a mi tía que iba a visitar a Razia. ¿Vas a llevar a Salima? preguntó mi tía, que no estaba acostumbrada, aún a la nueva manera en que tomaba las decisiones según mis deseos. No tía le respondí sonriendo . Creo que ya soy bastante grande como para arréglamelas sin alguien que me esté previniendo en cada cosa. Por favor, pídele a Munshi que me tenga listo el auto. La tía abrió la boca como para argumentar algo, pero en seguida la volvió a cerrar. Esta nueva Gulshan no tenía la tendencia, que caracterizaba a la anterior, de preocuparse demasiado por los pensamientos ociosos de la gente. Majeed trajo el Mercedes azul brillante y abrió la puerta de atrás con un gesto ceremonioso. Adentro, las cortinas cerradas me protegían de las miradas curiosas. Cada detalle de los modales de Majeed, mientras atravesábamos por la puerta principal haciendo rugir el motor, demostraba su satisfacción por el curso que estaban tomando los acontecimientos. Un sonriente chowkedar cerró la puerta detrás de nosotros y salimos. Razia estaba preparada para mi visita. Lo que ella no sabía era que le iba a hacer un pedido. Le dije a Majeed que se retirara y que volviera a buscarme después del almuerzo. Luego me volví hacia mi maestra, que estaba llena de alegría por verme tan bien de salud y quería hacerme un montón de preguntas. Se sintió desilusionada y con algo de curiosidad cuando le dije que tenía que ir con urgencia a ver a alguien que estaba en el otro lado de la ciudad. No, no necesito compañía le dije . Sólo se trata de un negocio que tengo que hacer. La dejé perpleja, de pie sobre su terraza, siguiéndome con la mirada mientras yo descendía de prisa por el pasillo y salía a la calle. Me sentí incómoda. Nunca antes en mi vida había tratado de engañar a nadie; pero esta era la única manera en que alguna vez llegaría a conseguir una Biblia. Cuando estuve afuera me di cuenta de que me había olvidado de mi burka. Eso me pareció algo simbólico de la libertad que estaba creciendo por dentro. Una tonga tirada por un caballo se dirigía hacia mí y saludé al anciano encargado de la tonga. - Estoy buscando a un cristiano que vive en la calle Kachary. ¿Por casualidad la conoce?- Miró fijamente hacia delante, entre las orejas de su viejo caballo, como si no hubiera escuchado. Tengo que hacer un trabajito allí agregué rápidamente. Hizo un ademán hacia el norte. Hay un lugar, un lugar muy antiguo que ya estaba antes que existiera el Paquistán. - No sé si vive allí algún cristiano; pero, si usted quiere, la puedo llevar. - Lléveme, por favor. Subí a la tonga. El encargado de la tonga fustigó su flaco caballo y partimos a paso sosegado. Durante la media hora de viaje tuve tiempo para reflexionar sobre lo que estaba haciendo. ¿Qué dirían mis hermanas si pudieran ver a su amada y querida Gulshan viajando sola, en la ruta abierta, en una tonga? En la historia de nuestra familia no había por cierto un precedente así. Pero no tenía otra opción. Era Jesucristo el que me había mandado hacer ese viaje, y confiaba en El en cuanto a su resultado. Llegamos a un edificio amplio. Más tarde supe que era una capilla cristiana. Junto a ella, detrás de un alto muro, había una gran casa campestre. La tonga se detuvo junto a una puerta abierta en el muro. Es aquí , dijo el encargado de la tonga. Le pagué y pasé por la puerta a un sector abierto lleno de árboles. Me dirigí hacia la casa y vi a un hombre sentado al sol con un montón de libros sobre una pequeña mesa que tenía a su lado. A medida que me aproximaba, el hombre levantaba la vista. Mi corazón latía asombrado. Era precisamente el rostro que había visto en mi visión. Jesucristo me había dicho: "Este hombre te dará una Biblia." El hombre me dirigió la palabra cortésmente, inclinándose un poco. Si usted viene para ver a mi esposa, siento decirle que no está. Se ha ido a Lahore. No vine a ver a su esposa le respondí sino a usted, para que me dé una Biblia. Lo he visto antes, en una visión.

viernes, 2 de diciembre de 2016



domingo, 24 de junio de 2018

LA TORMENTA DE FUEGO

LA TORMENTA DE FUEGO
Joe Stevenson

Hacía calor cuando regresé de la iglesia aquel domingo en una mañana del mes de agosto. El estruendo de una tormenta de truenos y chispas eléctricas estaban sobre los veinticinco mil acres del espacioso terreno virgen detrás de mi casa, que se encuentra a unos doscientos metros de la carretera Mount Rose, cerca de Reno, Nevada.
Yo había tenido una rnañana ocupada. Primero había ayudado a mi esposa Janice a cargar el auto para un viaje a Las Vegas, donde ella planeaba visitar a su hermana por una semana y llevar a los niños con ella. Esto significaba que rne quedaba solo con nuestra perra B.J. y nuestros dos gatos. Me sentía triste de  ver a la familia despedirse, pero al mismo tiempo estaba deseoso de disrutar una semana llena de paz y soltería. Cualquier esposo cornprendería rni sentir.
Después que se fueron, manejé el auto hasta el carnino de tierra que llega hasta la carretera principal y hacia la Iglesia Evangélica Libre deMount Rose donde yo enseñaba a un grupo. Recuerdo el tema de esa mañana, era I Corintios.
También recuerdo la sensación de satisfacción que tuve cuando regresé y vi nuestra casa en medio de un mar de arbustos y árboles, haciendo una silueta contra el cielo azul de Nevada. Nos había tomado diez años planearla y dos años construirla. Todos la amábamos. La considerábamos la última casa en la cual viviríamos.
Esa tarde larde,alrededor de las 2:30, un rayo provocó un fuego en un matorral,  a unos tres kilómetros de nuestra casa. Yo me preocupé _ cualquier fuego en agosto es en extremo peligroso porque la vegetación está muy seca- pero el viento estaba soplando del suroeste, cosa que significaba  que el fuego se estaría alejando de nosotros. . Mi vecino Tony Brayton vino a observarlo conmigo. Ambos nos sentimos seguros de que se apagaría antes de llegar a alcanzarnos.
Por, pura precaución, cargué  algunas pertenencias en el auto. Luego saque la manguera y comencé a mojar el techo y el piso nuevo de madera que había añadido atrás de la casa. Otras personas en el área estaban vigilando el fuego también.  Tres veces sonó el teléfono; eran personas llamando para decirme que estaban orando para que el fuego no nos alcanzara. Había Consuelo y animo en esto.
Pero  abruptamente, alrededor de las 4:45, el viento dio un viraje de 180 grados. Eel viento del suroeste cambió súbitamente hacía el noroeste. Las  llamas se dirigían súbitamente hacia nosotros.
Tony quien se había ido diez minutos antes, regresó corriendo. Nos quedamos allí,  medio paralizados con lo que veíamos. Lo que había sido un pequeño fuego de matorrales, era ahora una tormenta gigante de fuego rugiendo hacía nosotros, consumiendo todo a su paso en una pared de fuego de quince a treinta pies de alto y de un kilómetro de ancho.
Venía a una velocidad increíble, absorbiendo el oxígeno del aire al nivel de la tierra frente a ella y creando tornados de fuego que se lanzaban a cincuenta pies de altura hacía el cielo lleno de humo negro. El sonido del chisporroteo era aterrador. Era como si un demonio gigante se dirigiera a destruirnos y se materializaba de la nada. Bramaba por las colinas, brincando sobre el cañón, sesenta pies de profundidad y cien pies de años como si el cañón no hubiera estado allí. Su velocidad era impresionante. En segundos estaría sobre nosotros.
Abrí la  puerta y llamé a B.J., pero no había señales de ella y no había tiempo de buscarla. Tony y yo soltamos los caballos y corrimos para salvar nuestras vidas. Mientras corríamos, dije la oración más rápida que despierto y corriendo he dicho en los cuarenta y dos años de mi vida. Dije : “Señor, pongo mi casa y todo lo que hay en ella en tus manos”. Y luego recordando lo que San Pablo dijo sobre la importancia de dar gracias por todo, bueno o malo, me las arreglé para orar (aunque no me sentía con deseos), "Señor, no importa lo que suceda, te doy gracias por ello y te alabo".
Salté a mi pequeño Omni. Tony se tiró dentro de mi otro auto y manejamos por la carretera hacia la casa de Tony. Recogimos a su esposa, le avisamos a una familia en la tercera casa, y proseguimos la escapada hacia la carretera. Detrás de nosotros, el monstruo de fuego arrasaba; rugiendo, silbando, chisporroteando, envolviéndolo todo.
Ya en la carretera, salí de mi auto y me quedé mirando una pared de llamas y fuego. ¿Cómo reaccionas cuando todo por lo que has estado doce años soñando y trabajando, es destruido en diez segundos de fuego consumidor? ¿Maldices? ¿Gritas? ¿Lloras? Otros estaban haciendo esas cosas, pero yo no, porque el pensamiento más importante en mi mente en ese momento era  un cristiano Joe, así que actúa como tal. Recuerda: "Todas las cosas obran para bien para aquellos que aman a Díos". Alaba a Dios. Así que le alabé, en voz alta, aunque sé que algunas personas pensaron que estaba loco, o conmocionado o ambas cosas.

.Nos quedamos en la carretera durante otros diez minutos más o menos, observando como otras casas eran envueltas en llamas, estábamos muy aturdidos para hacer o decir algo. Luego las llamas alcanzaron la carretera donde estábamos  y la policía nos dijo que teníamos que movernos montaña abajo. Más tarde,supe  que   125 postes de la luz fueron consumidos ese día.
  Para ese entonces, algo pasó que resultó  ser muy extraño, aunque no nos pareció raro en el momento que sucedió. Mientras caminaba hacia mi auto, un joven con cabello obscuro.,vestido con una camiseta y pantalones de mezclilla azules me llamó: "Tú, el de la camisa blanca". Yo no conocía al joven, y en realidad yo tenía una camisa amarillo claro, aunque en ese momento no lo cuestioné. El me miró directamente y dijo: "Yo me subí sobre tu techo y le eché agua". Tony también le escuchó decir esto.
Yo estaba seguro de que se había equivocado de persona, ya que nadie hubiera podido acercarse a mi casa después que me fui. Le di las gracias de todas formas, y no pensé más sobre el asunto.
Luego, ya en el hogar de un amigo en el lago Tajo, pude comunicarme con Janice en casa de su hermana. El tener que decirle que la casa de nuestros sueños se había quemado totalmente era más difícil que el haber visto el fuego. Todo lo que dijo fue: "Gracias a Dios que tú estás bien".
La amenaza de fuego a lo largo de las hizo imposible el regresar a Reno esa noche. Llamé al departamento de bomberos repetidas veces, pero no pude conseguir información. En un momento dado llamé a una pareja de la iglesia Chauncey y Betty Fairchild que podían ver mi  casa a través del valle.
"Joe", Chauncey dijo: "Nosotros observamos todo con nuestros binoculares. Cuando vimos  las  llamas cambiar de dirección y dirigirse hacia tu casa, toda nuestra familia formó un  círculo de  de oración y oramos por tu seguridad  y la de tu casa. Y Joe, la casa está  en pie".
Le di las gracias, pero no le creí. Quizás, pensé, él podía ver todavía el caparazón de mi casa, pero yo sabia que nada había  podido sobre­vivir la tormenta de fuego. Mi casa estaba rodeada de  matorrales secos y maderas, lo cual mi espósa me había pedido  repetidas veces que recogiera y limpiara.
Cuando regresé a la casa un  poco después del amanecer de la mañana siguiente,  no podía creer lo que veían mis ojos.esto es lo que encontré: El fuego había quemado lo que había encontrado a escasos diez pies de distancia de la casa  y todo alrededor pero  nada había pasado adentro. La casa y su contenido estaban intactos.
La línea de electricidad que alimenta mi casa se había  derretido y había caído a tierra a treinta pies de la casa. Las líneas  telefónicas que estaban encima de dichos cables estaban fundidas.
 Mi jaula de pollos, a cuarenta pies de la casa, estaba chamuscada y caliente, pero los diez pollos estaban vivos.   
Ia perra y los dos gatos estaban sanos. Los gatos estaban afuera, uno en ele garaje y el otro en la escalera trasera. La perra estaba adentro, muy contenta de verme.
Un puente que queda a doscientas yardas de la casa y ni siquiera está en mi propiedad, no fue tocado,mientras que el  puente de mi vecino a sólo  quince pies de distancia, fue completamente destruido .
Solo los arbustos secos están entre ambos.
 De las siete casas en mi área , tres fueron completamente destruidas.
Todas las otras sufrieron daños, dos de ellas serios. ¿Cómo puedo explicar todo esto? ¿Cómo puedo explicar el hecho de que absolutamente nada de lo que poseo fue tocado por el fuego, ya estuviera en mi propiedad  o no? Lo único que puedo decirles es lo que creo
Yo he sido cristiano casi toda mi vida, pero sé que mi fe no es tan fuerte como debiera ser. Y esto puede que sea cierto para muchas personas que van a la iglesia , sabemos que somos cristianos y pensamos que es suficiente. Pero yo creo que hay momentos cuando  Dios desea probar nuestra -y reforzarnos-. También creo que no pretendo entenderlo todo- que en ocasiones cuando podemos darle gracias a Dios frente a lo que parece un desastre. y nos ponemos sin reservas en sus manos y no somos obstáculos en su camino, que El puede y hará cosas maravillosas por nosotros.
No hemos exagerado al referirnos  la intensidad  del fuego en la mañana del 9 de agosto de 1,981. En esa época  yo estaba trabajando para el sistema Telefónico Bell de Nevada. Así que conozco algo sobre cables. Tuvo que haber tomado 1,800 grados de  calor para derretir esas líneas eléctricas que estaban a treinta pies de  altura. Quizás 2000 grados. Y sin embargo, mi casa, a treinta pies de distancia, ni siquiera había sido marcada. Para mí esa fue la forma en la que Dios me habló  claramente y me dijo: “Estoy aquí, soy real. Yo te cuido”.
 El fortaleció mi fe, porque El sabía que necesitaba ser fortalecida.
Nunca más seré   negligente en cuanto  a mi fe ni dejaré de  darle importancia. Luego está el enigma del joven, a quien nunca más he visto. ¿Cómo sabía él quién yo era? ¿Cómo sabía que era mi casa?
 Cuando finalmente regresé a mi casa, la manguera que había dejado tirada al salir, sobre el piso de madera del patio, estaba en el techo. Sin embargo Tony y yo salimos por la única vía que no estaba en llamas. ¿Cómo pudo alguien llegar allí sin nosotros verlo? Y si alguien hubiera podido llegar allí, ¿,cómo se encaramó en el techo? No hay escalera. Usted simplemente no puede subir a él. Y sabiendo que las líneas eléctricas tuvieron que haber sido la primera cosa que fue destruida, ¿cómo podía fluir el agua a través de una manguera conectada a un pozo eléctrico?
 Yo no puedo contestar estas preguntas. Pero quizás –sólo quizás haya una respuesta en la Biblia. Busque Hebreos.l3 y lea el segundo verso. La frase "hospedaron ángeles" sustitúyala con las palabras fueron rescatados por ángeles". Entonces  puede que tenga una idea sobre lo que realmente   pasó ese  día de agosto cn la carretera Mount Rose.
Para mí es algo más que un indicio. Ceo que es la verdad.

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