lunes, 16 de febrero de 2026

GUIDO DE BRESS -2-

GUIDO DE BRESS

NO APARECE AUTOR NI FECHA 

 Capítulo I

EL HACHA, LA CUERDA Y EL FUEGO

El anciano rey estaba traspasando su corona v todo el pueblo de Bruselas se preparaba para los festejos. Las banderas ondeaban al viento, las tiendas estaban cerradas y los ciudadanos vestidos con largos vestidos de seda y pomposos lazos, se agolpaban por las calles. Era en el mes de octubre del año 1555.

Carlos V, el anciano emperador, había decidido cambiar su Imperio por la celda de un monasterio.

Nadie conocía la razón; pero todo el mundo estaba contento de tener una fiesta. Algunos

eran incluso bastante ilusos para pensar que el nuevo rey Felipe pudiera ser más tolerante

que su padre.

Las estrechas calles de Bruselas ascienden desde el río hasta el palacio en la cresta de la colina.

Allí. en el gran salón principal se habían juntado los príncipes v nobles para oír el discurso de despedida del rey; quien hizo de la ocasión un gran espectáculo. Cojeando por la gota y respirando con dificultad por el asma, Carlos V se apoyaba en el fuerte brazo del príncipe de Orange, mientras contaba la historia de sus cuarenta años como emperador Era un muchacho de negros cabellos, en sus 15 abriles, cuando recibió el cetro v la corona.

Pronto, mediante victoriosas batallas y astuta política, vino a ser el más poderoso gobernante de su tiempo. Emperador de Alemania, de España y los Países Bajos, (Holanda, Belgica) y señor de todos los países conocidos en África, Asia y América, montando su magnífico caballo blanco, había dirigido sus ejércitos en cuarenta expediciones guerreras, desde Inglaterra al África.

¡Qué César había sido!, ¡Qué hombre tan poderoso presidiendo parlamentos o Dietas, firmando tratados y proclamando edictos que. tenían que ver con la vida de todos los súbditos de su granImperio!

«Ha sido un largo y duro camino el de estas victorias -dijo el elocuente v anciano emperador convoz temblorosa, que trajo lágrimas a los ojos de los príncipes.- Y ahora, por amor a mi pueblo y al Imperio corono a mi bien amado hijo Felipe, como rey en mi lugar».

Hubo unas pocas cosas que el emperador de blancos cabellos prefirió omitir en su discurso de

despedida. Podía haber hablado de las derrotas de sus últimos años. De como el joven príncipe alemán, Mauricio le había atacado por sorpresa v hecho huir en un carromato labriego a través de la baja neblina en las montañas. Como el rey francés le había hecho retroceder en una derrota que le costó sesenta mil guerreros. Asimismo su majestad el rey Carlos podía haber contado la sanguinaria historia de como sus edictos contra la herejía, habían llevado al cadalso y a la hoguera a 50.000 protestantes que creyeron en las verdades re-descubiertas en la Biblia.

Pero esto no lo dijo el Emperador. Por el contrario, con su amabilidad usual refirió a sus príncipes v nobles cuanto les amaba y como desecha que ellos sirvieran a su hijo con la misma

lealtad ore le habían servido a El.

Cuando terminó la ceremonia v las fiestas, tomó un barco rara España v el Monasterio de Yuste.

Allí pasó los últimos tres años de su vida. redactando mensajes para su hijo; regañando a los

cocineros, y atracándose de tortillas de sardina, perdices rellenas, y guisados de anguila, adobados con vasos del mejor vino; después que su doctor limpiara una y otra vez sus intestinos con grandes dosis de ruibardo y hojas de sen.

Así empezó a gobernar Felipe II. El pueblo de los Países Bajos se preguntaban que clase de rey sería. Ciertamente no tenía nada de simpático. Pequeño, ceñudo, con una mandíbula inferior

saliente, no poseía ninguno de los atractivos de su padre, Mientras que Carlos bahía podido hablar a sus pueblos en sus diversos idiomas, Felipe hablaba sólo el español su lengua nativa. A los 28 años era un hombre frío, astuto, cruel y vanidoso. Tenía pocas ideas propias, pero una gobernaba su vida: Quería ser recordado como el rey que aplastara totalmente la herejía protestante.

El anciano emperador bahía combatido la Reforma porque amenazaba su Imperio. Había asesinado a 50.000 protestantes para mantener la unidad de sus dominios; pero también había hecho al Papa prisionero, cierta vez, por estar en desacuerdo con él. Pero Felipe fue más allá. Su ardiente pasión era matar a toda persona que no fuera fiel a la Iglesia de Roma, la cual si significaba en su vida más que su mismo Imperio.

Felipe no podía tocar a los seguidores de Lotero en Alemania. No había heredada e1 imperio

alemán, aunque su padre hubiese sido emperador allí por el voto de los príncipes alemanes independientes. Los gobernantes de Francia tenían su propio programa contra la herejía. En

España, su patria, Felipe tenía pocas preocupaciones de carácter religioso. El pueblo español

siempre había sido esclavo de sus reyes. Además estaba allí la horrible Inquisición en plena

actividad. v sus enmascarados ministriles no dejaban hereje suelta; encerrándoles en oscuros

confesiones de sus labias.

Pero en los Países Basas las casas eran diferentes. Felipe miró v vio un pueblo próspero, amante de la libertad, que había estado organizando sus 17 provincias durante siglos--De un, pantano cenagoso, entre los deltas de tres grandes ríos que desembocan en el mar del Norte, habían hecho un precioso prado verde. El pueblo había conquistado el mar, reteniéndolo tras de sus diques.

Ahora ellos viajaban y pescaban en una red de canales que algunas veces hacen de calles. Un

pueblo que había vencido a tan poderoso enemigo como es el mar embravecido, tenía en sí el espíritu de la lucha. Eran gente ingeniosa. La flota holandesa de buques que navegaba en aquel tiempo por todos los mares, era superior a todas las otras flotas de Europa ¡untas. Estas naves se atrevían a viajar aun en las tempestades invernales. Traían diamantes de Borneo y especies de Calcuta. La ciudad de Antwerp se había convertida en e1 mayor huerto comercial de Europa.

Quinientos barcos entraban diariamente en sus diques. Cada semana 2.000 carros de mercadería pasaban por sus puertas. Los comerciantes de toda Enrona se daban rito en Antwerp. Y allí trajeron más que mercadería. Con sus personas introdujeron sus ideas, las enseñanzas reformadas de Lutero y Calvino. A1 pueblo de los Países Bajos, aquellas ideas de Libertad Religiosa, les afectaron muy pronto profundamente.

Ya en aquellos tiempos, cuando e1 analfabetismo era común en Europa, los finlandeses y finmeneos podían leer y escribir. Se alababan que el más pobre pescador de sus costas, podía leer la Biblia dentro de la más humilde cabaña, y podía discutir inteligentemente de religión.

¿No había nacido el arte de la imprenta en Holanda? Con orgullo la gente contaba la historia de Los - bosques cerca de la corteza de un árbol, luego que había cortado la corteza donde las letras se hallaban grabadas y las llevaba a sus niños. Cuando al llegar a casa abrió el saco, halló que la verde savia había impreso algunas de las letras en la tela, y así se le ocurrió la idea de la

impresión. En el tiempo de Lutero -exactamente el mismo año que Lutero estuvo ante el emperador Carices en la Dieta de Worms, en 1521 el nuevo Testamento fue publicado en Bélgica, y el pueblo empezó a leer por si mismo el libro prohibido por el Papa.

Felipe, pudo ver que esta gente no estaría para él ni aceptaría fácilmente sus ideas. Eran tercos en el mantenimiento de sus libertades. Cada una de sus 17 provincias tenían su Carta Magna y su gobierno dispuesto a mantener su derecho a vivir pensar v adorar a Dios libremente. Y ahora la Reforma hahía entrado, con rolas las herejías de Lutero y Calvino. Los 50.000 mártires asesinados por su padre, no habían bastado para atemorizar al pueblo v arrancarle su nueva fe.

Bien -se dijo Felipe desdeñosamente- yo acabaré la obra que mi padre ha comenzado; yo limpiaré los Países Bajos de herejes, aunque tenga que matar a toda la población.

Felipe era cauteloso y astuto, y nunca se apresuraba. Primeramente dijo al pueblo que como

nuevo rey honraría sus fueros, y respetaría sus gobiernos locales. Esto eran buenas noticias para la gente; pero el golpe vino tres años después. Cuando Felipe se sintió seguro, puso en vigor los edictos de su padre contra la herejía. El rey Carlos los había casi suspendido para allanar el camino de Felipe al trono.

Todo el mundo sabía lo que decían los edictos. El último y más terrible, publicado en el año

1540 hacia a la muerte en el cadalso, la más común tragedia para cualquier familia de Holanda, pues condenaba a dicha pena a cualquier ciudadano leal u pacífico, por el mero delito de hablar en favor de la Biblia o de la Reforma, aun en el propio hoyar.

Pena de muerte era asimismo el castigo al que fuera descubierto leyendo la Biblia o cualquier escrito reformado. Pena de muerte por asistir a un culto, o por dar alimento o albergue a un protestante fugitivo. Pena de muerte sin inicio legal. Muerte, después de estar aprisionado can cadenas v torturado para conseguir confesiones. Nadie se senda seguro. Cualquier persona sin escrúpulos podía acusar a un vecino de herejía y recibir una parte de los bienes de la acusada, después de su ejecución. Estos fueron los edictos que Felipe restableció.

 Pronto el hacha, la cuerda, el fuego y el agua, fueron usados profusamente en el trabajo de decapitar, ahorcar, quemar y ahogar gente inocente.

Se levantó un gran clamor. ¿Era esta la libertad de los fueros que Felipe había prometido mantener? Escudándose tras la sombra de su difunto padre Felipe respondió blandamente que el no hacía nada nuevo. «Sólo estoy poniendo en ejecución los edictos de mi padre y estos hacetiempo que forman parte de las leyes del Imperio», les dijo.

Felipe hizo más, obtuvo permiso del Papa para organizar catorce nuevos obispados católicos en Holanda, v tres nuevos arzobispados. Cada uno de los 14 nuevos obispos traía su séquito de ayudantes cazadores de herejes. Añadiendo a la injuria el insulto. Felipe dividió la caballería del país en pequeñas guarniciones separadas, e impotentes para sublevarse; y trajo a cuatro mil adiestrados guerreros de España. Ahora su Majestad el rey Felipe estaba listo para volver a su país natal. Aborrecía a los holandeses, y como le gustaba escribir largos documentos, podría gobernarles fácilmente desde su palacio en España. Allí iba, además con vistas a su tercer matrimonio. Su segunda esposa María Tudor, (denominada .la sanguinaria.) reina de Inglaterra había fallecido poco antes.

¿Quién sería el regente que ejecutaría las órdenes de Felipe en los Países Bajos? Eligió para esta tarea a su hermanastra Margarita de Parma, que era una hija ilegítima del anciano rey. Esta mujer era alta, de rostro fiero, y se dice que tenía bigote. Como su famoso padre, sufría de gota. Para asegurarse de que Margarita le sería plenamente leal, Felipe se llevó a su hijo menor a España, como una especie de rehén. A1 lado de Margarita dejó al astuto obispo de Arras como consejero.

Antes de embarcar, Felipe llamó a los diputados de las provincias. Usando al suave obispo Arras como intérprete, Felipe pidió a los diputados elevar las contribuciones del país a tres millones de florines de oro por encima de lo acostumbrado. Respecto a sus libertades nada dijo.

 Los diputados respondieron firmemente que, a menos que no fueran retiradas las tropas españolas, no cumplirían la demanda del rey. Felipe se puso pálido de ira cuando esta respuesta le fue traducida. Se salió airadamente de la sala y la asamblea terminó en confusión. Pocos días después los diputados recibieron una carta en la que Felipe prometía retirar las tropas tan pronto como el dinero fuera enviado a España. No añadió que no tenía intención alguna de cumplir su promesa. A sus obispos y consejeros les dijo malhumoradamente que podían estar seguros de una cosa, que él nunca revocaría los edictos contra la herejía.

-«Puede costaros todas estas provincias, señor, dijo un obispo.

-«Pues bien, replicó Felipe- prefiero no reinar, que reinar sobre herejes».

Así embarcó en una flota real compuesta de noventa buques, por un Océano tempestuoso hasta el punto de que su Majestad corrió el peligro de no llegar a España.

En el país que Felipe dejó gustosamente, un predicador hereje estaba escribiendo una famosa Confesión de Fe. Este pequeño libro es la historia de este predicador y del famoso documento.

***

Capítulo II

EL PREDICADOR HEREJE

Una mujer salió de la casa cercana al convento de monjas, acariciando su Rosario con los dedos anduvo sobre las calles empedradas de la ciudad de Mons, capital de la provincia más al sur de Bélgica. Una vez hubo pasado el castillo y el Ayuntamiento, situado al lado de la confina, pasó también de largo por la soberbia catedral, hasta llegar al otro extremo de la ciudad.

 Allí un monje italiano, viajero, estaba predicando en plena calle. La mujer se juntó a la muchedumbre que estaba oyéndole.

 Escuchó con devota atención y finalmente dijo en silenciosa oración:

 «Dios mío ¿por qué no me darías un hijo como éste? Haced que el hijo que llevo en mis entrañas sea un predicador de vuestra «Palabra.

Poco después, en el año 1522, la familia de Juan de Bress celebraba el nacimiento de un hijo. Era el cuarto de la familia, y sus padres le llamaron Guido.

Cuarenta y cinco años más tarde en la oscura celda de una prisión, Guido de Bress escribió a su madre una carta de despedida en la cual le recordaba el caso de aquel monje, y su oración de que el hijo que llevaba en su seno pudiera ser un predicador.

Con sus manos encadenadas escribió:

«Tú pudiste a Dios, madre mía, y el oyó tu oración; y porque es rico en misericordia te dio más de lo que pediste. Tu le pedías un hijo que pudiera ser como aquel jesuita; pero Él me ha hecho, no un imitar de los jesuitas, sino de Jesucristo mismo; el cual me ha llamado a su santo misterio. No para enseñar las palabras de otros hombres, sino para predicar las puras palabras de Jesús y sus apóstoles. Esto he hecho hasta ahora».

GUIDO DE BRES -1-

 MÁRTIR HEROICO

LA HISTORIA DE GUIDO DE BRES

EL HACHA, LA CUERDA Y EL FUEGO

Prologo

Capítulo I: EL HACHA, LA CUERDA Y EL FUEGO

Capítulo II: EL PREDICADOR HEREJE

Capítulo III: POR ENCIMA DE LA MURALLA

Capítulo IV: EL PRINCIPIO DEL FIN

Capítulo V: SEA HECHA TU VOLUNTAD

PROLOGO

La emocionante historia de Guido de Brés, el campeón de la Reforma, autor de una Confesión de Fe que ha ejercido la mayor influencia en el mundo cristiano Reformado, es una novedad

literaria en lengua inglesa, según hace constar la autora. Mucho más lo es para los que hablamos el idioma de Cervantes, extendido al igual que el inglés, a ambos lados del Océano.

Y es una novedad estimulante para la juventud de nuestro siglo, ávido de aventuras, pues Guido de Brés fue un aventurero, un hombre de arrojo, con la extraordinaria ventaia de que los azares de su vida no son producto de la imaginación de algún novelista, sino una realidad de carne y hueso, formando parte de un movimiento religioso que sacudió Europa entera en la Edad Media.

Guido de Brés fue como tantos otros adalides de la Reforma, un valiente a quien gustaba jugar

con la muerte, como si hallare en ello algún aliciente o placer.

Valentía ficticia y real

Se ha dicho que el peligro atrae y enardece, a la vez que convierte en objetos de admiración a los que son capaces de afrontarlo con coraje. El bravo torero, el soldado voluntario, el atleta de circo, el motorista deportivo, y los actuales astronautas del espacio, son admirados por su valentía, al saber mirar la muerte de frente, desafiarla sin titubeos y esquivarla con su arroio o

destreza. Pero creemos que el desafío a la muerte tiene tanto más valor según la causa por la cual se corre el riesgo, o se cumple el supremo sacrificio. Nuestra admiración personal es mayor por el piloto del espacio que por el motorista, el equilibrista, o el torero; porque consideramos más importante el motivo por el cual exponen sus jóvenes y valiosas vidas.

Podemos elevar la comparación a los héroes de La Fe Cristiana de todos los siglos, que se sacrificaron y dieron sus vidas por la más gloriosa, elevada y útil de las causas; y afirmar, que los mártires de la Fe cristiana son los más grandes, los verdaderos héroes de la humanidad, porque arriesgaron y entregaron sus vidas por valores eternos, con un altruismo que admira a los hombres y a los mismos ángeles, según creemos. Rehusaron guardar para si mismos el tesoro del Evangelio que trae salvación eterna, y tratando de comunicarlo a otras personas, o por no negar al Señor que les rescató sufrieron heroicamente los horrores del martirio.

Los relatos de aventura, de los grandes mártires del Cristianismo, de los mejores misioneros, y

portavoces del Evangelio; de los hombres buenos y valientes de todos los siglos, debieran multiplicarse en nuestros días y sustituir tanta literatura insulsa de heroísmos inexistentes y necios, cuando no tendenciosos a ponderar el crimen, la astucia y el pecado. Creemos que los escritores cristianos debieran esforzarse, como lo procuró la autora de este opúsculo, en quitar el polvo de viejos archivos y ofrecernos en el mejor estilo novelesco, relatos auténticos de las vidas y hazañas, no de héroes imaginarios, sino de los verdaderos héroes de la humanidad; los que se han sacrificado por alguna causa útil en favor de sus semejantes, y sobre tacto por aquella que tiene que ver con valores eternos.

¿Mártires o herejes?

Al entrar a ocuparnos de los mártires de la Fe Cristiana, surge inevitablemente una pregunta en esta Edad Ecuménica. ¿Debemos apreciar a los que dieron sus vidas por la disidencia religiosa del siglo XVI como verdaderos mártires, poniéndoles en un plano de igualdad con los que perdieron sus vidas en los circos romanos o los misioneros martirizados por el fanatismo pagano de los pueblos a los cuales trataron de evangelizar?

La respuesta, por extraña que parezca en estos días de contemporización y tolerancia, es que la fe, e inquebrantable entereza de los mártires de la Reforma es más, mucho más de valorar que la de los mártires del Paganismo. No porque fuera una fe de mejor calidad, sino por adquirir más mérito a causa de las especiales circunstancias que concurrieron a su manifestación.

Sabemos que los mártires de los primeros siglos, daban sus vidas por un Cristianismo vigoroso

que acababa de surgir de una revelación sobrenatural, .LAS COSAS QUE ENTRE NOSOTROS HAN SIDO CIERTISIMAS. podían afirmar los testigos oculares de la vida muerte y resurrección de Cristo. Sus inmediatos sucesores tenían también eficaces medios a su alcance, en aquellos primeros tiempos, para cerciorarse de la realidad histórica de tales hechos. Esta mayor medida de evidencia resta mérito a la calidad de la Fe, pues como dijo nuestro Señor: «¿Por qué viste Tomás creíste? Bienaventurados os que no vieron y creyeron".

La lucha de los primitivos cristianos era, además, contra Paganismo absurdo y desacreditado, del que se burlaban: a los filósofos escépticos de la época. Jesucristo había venido a llenar el vacío moral y espiritual sentido por los Sócrates, Platón, Platino, Filón y tantas otras mentes

privilegiadas de su época. No es extraño que un filósofo como Justino, después de haber vagado por muchos años en la incertidumbre espiritual, una vez cerciorado de las evidencias que dieron origen a la Fe Cristiana, osara exclamar, respondiendo a la irónica pregunta del procónsul Rufus acerca de su esperanza celestial:

«NO LO SUPONGO, LO SE, Y ESTOY ABSOLUTAMENTE SEGURO DE ELLO».

Pero era muy diferente el caso con los mártires oe la Reforma, los cuales se hallaban en lucha, no con un Paganismo ridículo, de dioses vulgares, y a todas luces inexistentes, sino con una Organización Cristiana históricamente procedente de la misma fuente de Verdad que ellos

defendían; aparentemente poseedora de una autoridad espiritual, dada -según ellos- por el propio Salvador igualmente adorado por todos. Se trataba de conservar o de perder la vida en medio de atroces martirios, por mera interpretación o puntos de vista acerca de las verdades proclamadas por el mismo Señor y Maestro. La tentación era, por tanto, mucho más fuerte en su tiempo para llevarles a dudar de su propia posición. Fácilmente podían preguntarse: ¿No estaré equivocado?

¿No será mi entereza un pecado de presunción y orgullo? ¡ Podría hallarme con un cruel desengaño tras la cortina de la muerte! ¿Voy a arriesgar lo más precioso para mi y para los míos, entregando mi cuerpo a las llamas y a mis amados al desespero y a la infamia, por cuestiones tan sutiles como: «Si es superior el mérito de la fe al de las obras; cuando todos convenimos en que la fe se muestra por las obras? ¿Dará Dios tanta importancia a ser adorado en un lugar desprovisto de imágenes, hasta el punto de condenar a los que tratan de adorarlo con la ayuda de alguna representación material? Y así en otras diferencias dogmáticas tales como la de la transubstanciación consubstanciación o representación del cuerpo de Cristo en la Cena del Señor; el mérito de las indulgencias, o limosnas, para la remisión de pecados, etc.

Tales consideraciones podían atormentar la mente y la conciencia de los mártires de la Reforma,

sobre todo después de sus agudas polémicas con teólogos sagaces de la Fe Católica-Romana, bien versados en la Sagrada Escritura y en literatura patrística. Podían además añadir en su propio beneficio o excusa: ¿«No es mi Dios, el mismo Dios de mis enemigos? Si les permite ser victoriosos y gobernantes ¿no será porque se agrada de ellos? De lo contrario, ¿no podré?

excusarme diciéndole al Señor que me he limitado a cumplir el precepto apostólico de obedecer a las autoridades constituidas, ordenadas por El mismo?

LO QUE ROMA DEBE A LOS MÁRTIRES PROTESTANTES.

De haber razonado de este modo, los creyentes evangélicos del siglo XVI, habría fracasado

enteramente la Reforma, y hoy día (como reconocen los mejores teólogos aun del campo

católico) nadie sabe a que grado de corrupción y apostasía habría llegado la Iglesia Católico

Romana del siglo XVI, careciendo del estimulo y acicate de la oposición Protestante.

Pero los mártires de la gloriosa Reforma Evangélica Medieval pensaron totalmente de otro modo. Para ellos la Fe cristiana era tan preciosa; la Vida eterna tan segura; la Sagrada Escritura tan infaliblemente Palabra del Dios vivo; la Obra redentora de Cristo tan valiosa y portentosa, que todo lo que significara una disminución de tales valores espirituales o tendiera al desprestigio de los mismos, debía ser combatido a toda costa, y la Verdad de Dios vindicada y presentada al pueblo en toda su pureza, sin reparar en esfuerzos o sacrificios.

Y así en vez de excusarse con los Pasajes de Romanos 13, y I Pedro 2:13-17 acerca de la sumisión a las autoridades de su época, citaban una y otra vez el famoso discurso da S. Pedro ante el Sanedrín hebreo: «Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; estableciendo así el principio, hoy reconocido por todos, de la separación de la Iglesia y el Estado; preconizado ya por el mismo Salvador en su sagaz respuesta a los saduceos: «Dad a César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

No agitadores políticos, sino místicos.

Se ha tratado de presentar a los mártires de la Reforma como agitadores políticos, para atenuar o excusar la culpa de quienes los persiguieron por causa de su fe. Esta acusación puede ser real en algunos; peno no en otros ni en la mayoría. Ello queda patentizado en el caso de Guido de Brés y su colega y compañero de martirio de La Granje. Aun en este último, y en la mayoría de protestantes que lucharon con las armas en la mano, puede demostrarse que su objetivo no era político, o carnal, como diríamos en lenguaje bíblico; sino que lucharon para defender simple y esencialmente la Libertad Religiosa, como lo demuestra la facilidad con que se sometían gozosamente tan pronto como sus enemigos les ofrecían la paz, bajo promesa de libertad de Conciencia.

La candidez de los Hugonotes franceses cuando eran victoriosos, y la facilidad que se dejaron engañar, vez tras vez, hasta caer en la trampa de la noche de San Bartolomé, prueba que el Movimiento religioso de la Reforma fue un genuino despertar espiritual de !as conciencias más honestas que quedaban en la Iglesia Católica Romana en el siglo XVI, y no un Movimiento político, de matiz alguno.

Aquel despertar espiritual tenía corno único motivo una fe profunda y un amor apasionado ala

persona del Redentor. Puede afirmarse que el Movimiento Protestante fue la exteriorización de un profundo misticismo espiritual

 Muchos creen con razón, que los famosos místicos españoles de la época habrían sido los más fervorosos Protestantes, de haber triunfado en España la Reforma.

Tenemos de ello buena prueba en los escritos de Juan de Valdés y otros reformistas españoles del siglo XVI, cotejándolos cori los de reconocidos místicos, como Teresa de Avila, Fray Luis de León y otros, que permanecieron en el seno del Catolicismo tan solamente a costa de reiteradas persecuciones y amenazadoras críticas.

EL SECRETO DE SU HEROÍSMO.

Es en esta profunda espiritualidad de los cristianos Reformados del siglo XVI, que radiaba el

secreto de su extraordinaria valentía y desprecio de la muerte. Dios le sostuvo por medio de la fe.

Una fe que se basaba, no en pruebas externas de milagros o de evidencia histórica. Estos, según el sentir de la época, estaban más bien al lado de sus enemigos. Su fe radicaba tan sólo y exclusivamente en el valor e infalibilidad de la Sagrada Escritura, leída, aceptada e interpretada de un modo natural.

Les sostenía, asimismo, su gran confianza, sumisa y paciente, en la soberanía de Dios, La seguridad que tenían de que todos los acontecimientos, buenos y malos, son por Dios permitidos u ordenados, y concurren al bien de los que le aman, en esta vida o en la venidera; y que aceptar el plan de Dios y promover su gloria es el ideal de todo fiel cristiano cueste lo que cueste.

SIN OFENSA PARA EL SENTIR ECUMÉNICO.

Algunos se preguntarán si es oportuna la publicación de libros como el presente en esta edad

Ecuménica ¿Para que herir a los católicos de nuestro siglo con el recuerdo de hechos que los

buenos católicos de nuestros días lamentan al igual que los cristianos evangélicos?

En primer lugar porque la razón y la caridad cristiana nos enseña que en modo alguno debemos culpar a los mantenedores de una idea de los crímenes cometidos en su nombre en siglos pasados. Nadie es responsable de los hechos de otras personas, y mucho menos de lejanas épocas. Todos somos culpables del crimen de intolerancia, pero no de antepasados nuestros sino de la que llevamos en nuestros propios corazones y que nuestro Salvador nos exhorta a extirpar ordenándonos amar a nuestros enemigos, y bendecir a que nos maldicen.

 Como expresamos en otro opúsculo titulado .Una vid, muchas ramas,. el autor de esta introducción se siente complacido por los buenos pasos que ha dado la Iglesia Católica Romana en el Concilio Vaticano II, tan diferente de otros concilios de triste memoria. Pero no creemos que la unión ecuménica a ciegas, es aquella a que se refería nuestro Señor Jesucristo en su oración dominical cuando clamaba «Que todos sean uno, como Tu oh Padre en Mi y Yo en Ti; que también ellos sean una EN NOSOTROS, para que el mundo crea que Tu me enviaste».

Observemos que dice «que sean UNO EN NOSOTROS, esto significa que es el anhelante deseo

del Salvador que sean una sola cosa ante el mundo, no todos los que se llaman cristianos, sino los que por una genuina conversión a Dios, habiendo recibido a Jesucristo como su Salvador personal, son real y positivamente UNA SOLA COSA CON SU REDENTOR y con el Padre Celestial.

Esperamos llegará el tiempo cuando católicos y protestantes levanten monumentos expiatorios en memoria de los mártires que dieron sus vidas con motivo de la disidencia religiosa del siglo XVI. Pero sería lamentable que ello se realizara como una fórmula de mutua complacencia, por haber disminuido o en unos y otros la tenacidad de la fe; la firme esperanza de los valores eternos, y el supremo ideal que aquellos sostuvieron de agradar en todas las cosas, grandes y pequeñas, al Señor que les rescató. Mejor fanáticos que tibios y escépticos. No permitamos que fracase ahora, por excesiva complacencia o desinterés, lo que entonces costó torrentes de sangre mantener, en beneficio de todas las ramas de la Cristiandad.

Que sea el noble ejemplo de los mártires de todos los tiempos, primitivos o medievales, un

estímulo a cualquier demanda actual de abnegación o sacrificio para la Obra de Dios. Y lo desagradable y repugnante de la intolerancia, un respectivo en favor de la más acendrada caridad y tolerancia, que el Maestro trató de enseñarnos en su día, y la Cristiandad de veinte siglos no supo aprender ni practicar.