domingo, 12 de abril de 2026

LA HORA DEL DESTINO

 LA HORA

DEL DESTINO

(Condensado de
« The Rocky Mountain News »)

Por Jack Foster

Director de The Rocky Mountain News y perteneciente en otro tiempo a la redacción del New York World-Telegram.

ERA CERCA DE MEDIANOCHE cuando J Gene Lowall, jefe de redacción de Las Noticias de Dénver, interrumpió la conversación telefónica que había empezado a sostener hacía un momento, y llamando a Willie Thornton le dijo:

Aquí tenemos una noticia. Acciden­te de automóvil en que ha muerto el que guiaba. A ver si la redacta usted para que salga en la última edición.

Thornton, encargado de la sección ne­crológica de Las Noticias, tomó el telé­fono.

— ¿Hablo con Beck? Sí, es Willie Thornton. Vaya diciendo... El muerto se llamaba Walter Hinton, de treinta años, arquitecto... Iba a 112 kilómetros y se estrelló contra una cerca, en la es­quina de las calles Ocho y Downing... Murió a las once y treinta y un minutos... ¿Algo más?... ¡Muchas gracias!

Fuese Willie al archivo y sacó de un casillero empolvado un sobre con este rótulo: «Hinton, Walter—arquitecto». A medida que repasaba los recortes, iba tomando notas. Graduado de la univer­sidad de Yale. Fue luego a París a estudiar arquitectura. Había construido algunoss de los mejores edificios de Dénver. Figura sobresaliente de la alta sociedad. Casado.

Willie fue leyendo poco a poco el re­corte que hablaba del casamiento de Walter Hinton. Era una crónica escrita cuando los recién casados volvieron del viaje de bodas. La novia, Kitty Turner, hermosa modelo de fotógrafo.

«La señora de Hinton, de cuya belleza dan sólo pálida idea las fotografías que hemos admirado todos»,. apuntaba el cronista social de Las Noticias, «me habló con visible entusiasmo del poético pueblecillo de San Bruno, situado en la isla de Christophe. Ante la casa que ocu­paban los novios en lo alto de una colina, se tendía un valle poblado de palmeras. Bandadas de palomas blancas, tan mansas que acudían a comer en la mano, re­voloteaban frente a las ventanas. Tue una luna de miel deliciosa>, me decía la señora de Hinton ».

Thornton volvió a guardar el recorte en el sobre. Prosa almibarada, muy pro­pia para el caso, pero no para la nota ne­crológica que traía entre manos. Paseó la mirada por otros recortes.

 La vida social de los Hinton, bailes, comidas, fies­tas dadas por ellos o en las que brillaban entre los invitados. Los triunfos del mari­do en su profesión. Siguieron a estos re­cortes los que daban cuenta del divorcio, ocurrido a los dos años. La señora de Hinton había acusado a su esposo de someterla a continua tortura moral y de mostrarse indiferente con ella. Walter Hinton, según esto, vivía tan absorto en sus labores de arquitecto, y tan entregado a su propia vida social, que no disponía de tiempo que dedicar a su esposa.

Hilvanó Thornton como mejor supo las frases acostumbradas en una necrología, y fue a entregarle las cuartillas al jefe de redacción. Lowall recorrió las cuartillas como sa­bueso que olfatea un rastro.

—¿A qué horas murió Hinton?— preguntole a Thornton.

A las once y treinta y un minu­tos—respondió éste después de consul­tar rápidamente sus notas.

Y dígame—insistió Lowall—, ¿por qué iba Hinton tan aprisa? Hombre, Thornton—prosiguió tras una pausa—, se ha dejado usted por fuera la mitad, tal vez lo mejor de la noticia. ¿Dónde apa­rece aquí la mujer de Thornton? ?

—Es que, se habían divorciado... —¡No le hace! La ex mujer, entonces. Vaya, telefonéele. Veamos qué dice al saber lo del accidente. Tal vez se eche a llorar. Tal vez diga algo sensacional. En todo caso, Thornton, hay que aderezar mejor eso que ha escrito usted.

Aunque de mala gana, Thornton tele­foneó a casa de Kitty Turner. Una voz soñolienta le contestó:

—La señora no está aquí. Está en el hospital de San José.

Thornton era amigo de uno de los internos de ese hospital. Se puso al habla con él.

—¿Kitty Turner? Sí, cómo no, estaba  aquí... pero se ha muerto.

¡Hombre!

—Sí; gangrena del apéndice, con peri­tonitis. Ya a punto de morir, empezó a llamar a su ex marido. Tú comprendes... «¡Walter! ¡Walter! ¡Quiero hablar con Walter HInton!», repetía continuamen­te. Como es natural, le telefoneé a Hinton. Dijo que vendría en seguida. Pero estas son las horas en que estamos espe­rándolo... No me explico.

Yo te lo explicaré. Se estrelló en el automóvil en la esquina de las calles Downing y Ocho.

¡Caracoles!... En fin, después de to­do, salió ganando con no haberla visto... Francamente, por acostumbrado que esté uno a estas cosas, hay veces que lo impresionan. Murió llamándolo. Ha­blaba, entre sollozos, del pueblecito de San Bruno, de un valle cubierto de guir­naldas de flores, de palmeras, de unas pa­lomas blancas que venían a comer en la mano... Te digo, Thornton, que partía el alma oírla. Momentos antes de morir, decía: «Amor mío, por fin... por fin esta­mos otra vez en San Bruno... Tú y yo, otra vez solos... por fin... en otra luna de miel...» Así se fue quedando dormida.

Lowall, al lado del escritorio de Thorn­ton, lanzaba ahora miradas curiosas a las notas que éste había ido tomando. Ta­pando el receptor del teléfono, Thornton le dijo al jefe de redacción lo que el in­terno acababa de referirle.

¡Ésa es la noticia! Pregúntele a qué hora murió—dijo Lowall.

En tanto que Thornton apuntaba la respuesta, Lowall, leyendo lo que escribía, llamó al regente de la imprenta. «Hágame sitio en la primera plana para una noticia a tres columnas, con grabado. ¡Una belleza, ex mujer de un hombre notable! ¡La información más sensacio­nal de la temporada!»

Kitty Turner había muerto a las once y treinta y un minutos.

***SERÍA muy interesante calcular cuánta energía y cuántos pasos han ahorrado los hombres desde el principio de la creación sosteniendo el sofisma de que para lavar platos y barrer la casa se necesita un don especial, y que ese don es exclu­sivamente femenino

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