LENGUA DE FUEGO
EL PODER VERDADERO DEL CRISTIANO
POR WILLIAM ARTHUR,
AUTOR DE "UNA MISIÓN A LA MISERICORDIA", "EL COMERCIANTE EXITOSO", ETC
DONEGAL PLACE, BELFAST.
1877
LENGUA DE FUEGO *ARTHUR* vii-x
Poco después de su publicación, tuve la oportunidad de ver, tanto en Roma como en Nápoles, cuán peligrosa era la ofensa que suponía para la fuerza bruta que entonces, en esos lugares, se hacía llamar con el sagrado nombre de la ley, difundir la Santa Biblia o imprimir libros como este.
Ahora, desde Roma y Nápoles llegan testimonios de hombres que en aquel entonces jamás habían conocido a un cristiano de la fe reformada, y algunos de los cuales vestían la sotana o el hábito de monje, afirmando que allí también Dios se ha dignado usar este pequeño libro para hacer el bien.
Los años que esta obra ha estado ante el mundo han sido años de escrutinio de opiniones de todo tipo. Las fuerzas y las verdades de la religión han sido cuestionadas, ridiculizadas y atacadas. Mientras observaba los movimientos de la Iglesia, al tiempo que mantenía el conflicto, mi convicción se ha profundizado cada vez más: que siempre encontraría su fuerza para la lucha, así como su poder para atraer almas, en aquello, y solo en aquello, a lo que, en estas páginas, se intenta humildemente dirigir su mirada.
Su salud y riqueza, su vigor interior y sus triunfos exteriores, siempre serán proporcionales al grado en que esté dotada del poder del Espíritu Santo. Y de todos los dones que ese bendito Espíritu concede a la Iglesia, el más eficaz para la conversión del mundo es el don de la elocuencia, encendida con fuego celestial y poderosa, por medio de Dios, para enseñar y advertir, para exhortar y suplicar. El cristianismo, visto como una religión práctica, no como un sistema abstracto, siempre se personifica en los hombres y en la fe, y en las mujeres que, en cualquier momento dado, conforman la membresía de las Iglesias.
Desde esta perspectiva, su fuerza regeneradora solo puede mantenerse perpetuamente mediante efusiones del Espíritu de Dios que se repiten constantemente, efusiones que no se limitan a una casta sacerdotal, ni fluyen únicamente por los cauces de algún oficio sagrado, sino que se derraman sobre individuos, familias, iglesias y multitudes.
Esta es, sin duda, la fuente de una vitalidad perdurable, como se indica en las Sagradas Escrituras.
Tal renovación de las fuerzas humanas, proveniente de una fuente de poder sobrehumana, es análoga a toda nuestra experiencia en la vida natural. ¿Cómo, por ejemplo, se renovará la fuerza del agricultor y del artesano, del gobernante y del pensador, para su tarea del mañana? En parte, ciertamente, por ese descanso que se nos concede graciosamente para nuestra debilidad presente; pero aún más por la llegada de una avalancha de influencias de otro mundo, derramadas desde su seno resplandeciente sobre el frío y la oscuridad en los que, por un tiempo, habían estado envueltos.
Si se hubiera permitido que ese frío y esa oscuridad persistieran, si este mundo hubiera tenido que luchar solo contra ellos, buscando, con sus propias fuerzas, su propio renacimiento, todo lo que habría seguido habría sido un frío que se intensificaba hasta volverse mortal, y una noche que se oscurecía hasta convertirse en noche eterna.
En ese frío y esa noche, el miembro del trabajador, el ojo del maestro, el cerebro del pensador, se habrían hundido juntos de un estado a otro de impotencia, hasta que todos hubieran yacido en la muerte.
Pero los nuevos fuegos de un mundo lejano, que al amanecer lanzan sus rayos vivificantes, restauran diariamente las fuerzas que de otro modo se habrían extinguido, y entonces el hombre no solo sale a trabajar, sino que, al hacerlo, lleva consigo un poder, de hecho, un conjunto de poderes que, empleados con diligencia, extraerán del seno de la tierra los frutos que le darán alegría. Y así como los fuegos de ese mundo lejano proveen la fuerza vital al brazo del trabajador, así también le brindan a cada fruto que recoge todo lo que le conviene para un buen uso.
No nos extrañemos, pues, de que las fuerzas vitales de la vida profunda deban ser alimentadas desde otro mundo; que los fuegos que las nutren deban renovarse mediante reavivados perpetuos, y que solo cuando la Iglesia en la tierra es iluminada directamente por el rostro de Aquel que mora en el cielo, sus fuerzas adquieren vigor que le permitirá vencer la inercia de la naturaleza o la resistencia de quienes se oponen.
Como en todos los tiempos, también en el nuestro, la naturaleza espiritual de la verdadera religión debe demostrarse frente a las siempre cambiantes formas de materialismo. En la actualidad, el materialismo en la filosofía y el materialismo en la religión, adoptando, si no nuevas formas, al menos nuevas vestimentas, buscan, mientras en la superficie compiten, pero en el fondo cooperan, desviar la mirada del intelecto, e incluso del espíritu, de lo invisible, y fijarla exclusivamente en lo visible.
El científico, usando los poderes de su propio espíritu para dotar a la materia de los atributos mentales de deseo, propósito, diseño e incluso elección, y coronándolos con los atributos sobrehumanos del poder de discernir, dirigir y armonizar no solo diferentes organizaciones y especies, sino incluso diferentes mundos, se imagina que, habiendo hecho todo esto, puede privar al universo de cualquier otro espíritu que no sea aquel con el que su imaginación ha impregnado sus átomos, y se enfurece con quienes dudan de la sabiduría de realizar extravagancias tan irreflexivas.
El ritualista, por otro lado, usando el poder de su espíritu para investir la materia con los atributos regeneradores de la gracia, la eficacia moral, el poder de impartir luz y fe, y de otorgar cuidado providencial, dota en la imaginación de sus elementos, sus vestiduras, sus perfumes, sus imágenes, sus bocados de tela encantada, agua encantada y madera encantada, incluso sus posturas y sus movimientos con virtud espiritual, y habiendo hecho esto, desprecia a aquellos que, caminando por la fe y no por la vista, reconocen la fuente de toda gracia solo en la presencia de ese Espíritu que los sentidos naturales no pueden discernir.
Así, el materialismo en la religión sonríe al materialismo en la filosofía. Este último, en el análisis del pensamiento, alienta al científico materialista con teorías sensacionalistas. El primero, en el culto a Dios, alienta a los hijos del placer carnal con prácticas sensuales. El científico materialista utiliza los mismos estudios que, según la evidencia de las cosas que aparecen, deberían conducir el intelecto humano a su reposo último: la presencia de un poder eterno y la Divinidad, para entrenar ese intelecto a admitir la más extrema de todas las improbabilidades: que el universo exista sin ningún poder eterno ni Divinidad.
El sacerdote materialista utiliza los mismos actos de culto que, mediante el ejercicio de la fe y la reflexión, deberían liberar al alma de las ataduras de los sentidos y elevarla a vuelos más altos que las colinas o incluso las nubes, vuelos bajo el firmamento abierto del cielo, deleitándose con la única gloria del Sol de todos los mundos, para convertir al espíritu, más que nunca, en una criatura sin alas, sumida en la sensación, a la espera de toda inspiración sobre la forma y el color, sobre el sonido y el movimiento, y, en consecuencia, aceptando las impresiones como razones, los placeres como verdades y la vista como fe.
Tanto la materialización de la teoría como la práctica sensorial preparan al hombre, cuando la carne anhela contra el Espíritu y el Espíritu contra la carne, para entregar la sustancia de las cosas anheladas.
Porque al encanto de la gratificación instantánea y a la evidencia de las cosas invisibles, a la impresión de las cosas que, formadas por el cambio, por el cambio desaparecerán.
La verdad de que hay un espíritu en el hombre debe ser revelada al mundo mediante manifestaciones de vida espiritual, una vida más elevada y santa que la que podría ser fruto de cualquier combinación de sensaciones. El argumento, aunque de valor inestimable, no conlleva, del mismo modo, su propia evidencia, como sí lo hacen las manifestaciones de la vida, que llegan a la conciencia mediante un proceso directo y nos obligan a reconocer una presencia espiritual.
No hay comentarios:
Publicar un comentario