jueves, 16 de febrero de 2017

TRAGEDIA EN LA SELVA- El Perro Fiel



¿Quién es el autor?

Años hace que los aficionados a, ani­males refieren este cuento de los montes de la región septentrional de los Estados Uni­dos; pero, aunque abundan quienes asegu­ren haberlo leído, nunca he tropezado con nadie que pudiera decirme dónde ni cuán­do se publicó. ¿Estará mejor informado alguno de los lectores de esta Revísta.

 

 Tragedia en la selva

 Por Rex Beach

Autor de «Flowing Gold », «Alaskan Adventures »,
«Personal Exposure »,
y otras obras

1942

 

PEDRO DOBLEY era un joven trampero que vivía en los yermos de tierras  remotas, sin más com­pañía que Príncipe, su enorme perro de tiro, más lobo que can, de largo y tupido pelo gris. Todos los otoños salía del mon­te con su silencioso pero fiel servidor a proveerse de lo que los dos necesitaban para el invierno, y luego volvían a des­aparecer. En la primavera, regresaba con las pieles que había juntado durante la estación de caza.

Príncipe era compañero inseparable de su amo, en cuyas penalidades y peligros nunca dejaba de participar. En tanto que Pedro, a quien mucho quería, estu­viese a su lado, poco le importaba que durmiesen a  la intemperie, sin más luz que la de las estrellas ni más techo que el firmamento, o, la choza acogedora que les servía de albergue. Sus ojos amarillos miraban a su señor y amigo con un afecto reverente que poco distaba de la adora­ción. Este sentimiento tierno parecía ar­der de continuo suavemente en el cora­zón de Príncipe como una lámpara en un altar, y sólo cuando el peligro amenazaba a su dios, reaparecía el lobo feroz en el apacible perro. Entonces erizaba el pelo, mostraba los colmillos y le brillaban si­niestramente los ojos.

Hay perros en cuyo pecho no cabe más que un afecto; perros que no pueden querer sino a una persona; mas el corazón de Príncipe era tan amplio y generoso como su cuerpo era grande y fornido. Así, cuando Pedro se casó con Margarita, el noble animal la quiso a ella tanto como a él. La primavera siguiente, cuando lle­gó Pedrito y había tres personas que cuidar en vez de dos, Príncipe no sólo aceptó con gusto su trabajo y sus nuevas responsabilidades, sino que se mostró ju­biloso con la aparición del nene, a quien al punto cobró gran cariño, quizá por ver en él un objeto especial de su solici­tud.

Pero los dioses Inclemntes de los montes del Norte se pusieron celosos. Margarita, lejos de recobrar su salud y sus fuerzas, las fué perdiendo, y las primeras nieves del otoño cayeron sobre una sepultura recién abierta bajo los pinos solitarios, al lado de la cual velaban en silencio, un hombre acongojado y un perro gigantesco cabizbajo.

Pedro se dió sus trazas de hacer com­prender a Príncipe (aunque es probable que Príncipe Ya lo supiera) que en ade­lante éste no podría servir de centinela en las trampas ni participar en las emo­ciones de la caza; pues era necesario que cuidase del nene mientras el amo iba a buscar alimento para todos. Desde entonces cuando Pudro salía, Príncipe se asomaba a la ventana hasta verlo desapa­rerr , luego, lanzando un profundo sus­piro , se echaba al lado de Pedrito. Si el chiquillo despertaba o se desasosegaba, siempre encontraba una piel suave y ti­bia en que hundir las manezuelas o apo­yar la cabecita, y sentía las caricias que su fiel  guardián le hacía lamiéndolo afectuosamen te.

Un día sobrevino una fuerte ventisca cuando Pedro estaba lejos de la choza. En unos pocos minutos, la nieve cubrió el suelo con un manto que ocultó toda la vereda y aun los árboles que pudieran servir de señales. Brújula en mano, Pe­dro partió para la choza. Avanzaba lentamente, pues la marcha se hacía difícil sobre manera, y además, incierta; y al fin lo cogió la noche. Con alguna intraquilidad, pensó en Pedrito; mas estaba seguro de  Príncipe lo cuidaría bien y no dejaría que pasara frío.

El   huracán cesó al amanecer, y poco después Pedro salió tambaleando del monte al claro donde estaba la choza. Al oírlo llegar, Príncipe saltaba siempre a la ventana lleno de, júbilo a dar la bien­venida a su señor y amigo. Pero esta vez Pedro ni vió al perro en la ventana ni oyó ruido alguno. Con el corazón helado, se lanzó a saltos por la nieve, dando gri­tos roncos, como para llamar o interrogar al perro. Al lin llegó a la choza, empujó violentamente la puerta, que con sor­presa encontró a medio abrir, y entró con

precipitación, fuera de sí, enloquecido.

La camita del nene estaba desocupada. Las frazadas estaban teñidas de sangre y el suelo cubierto de manchas rojas. Mien­tras Pedro contemplaba la escena horro­rizado, Príncipe salió arrastrándose de debajo de la cama. Tenía el hocico en­sangrentado, y el pelo del pescuezo sal­picado de rojo. No miró a Pedro ni trató de acercársele, sino que permaneció tendido en el suelo, cabizbajo y con ojos vagarosos que parecían rehuir los del amo.

Con la rapidez del relámpago, Pedro formó en su imaginación un cuadro cabal de lo que había ocurrido. «Este bruto fué lobo,» se dijo a sí mismo, «v aún lo es. El hambre despertó en él los instintos feroces de sus progenitores.» Y lanzando un alarido de ira alzó en alto el hacha que llevaba  en la mano, y con toda su fuerza la descargó sobre la ancha cabeza del perro.

De repente oyó un lloriqueo que pare­cía salir de detrás del cadáver de Prín­cipe. Poniéndose en cuclillas, estiró el brazo tembloroso y sacó al nene de de­bajo de la cama. Pedrito tenía la ropa rasgada y cubierta de sangre, pero estaba perfectamente ileso. Desconcertado y casi loco, Pedro escudriñó con los ojos el resto del aposento, en que antes no se había fijado, y vió en un rincón oscuro un lobo muerto con el pescuezo desga­rrado y un jirón sangriento de la piel de Príncipe entre los dientes.

 

Cuando Adán transgredió la ley de Dios, todos los animales aborrecieron al hombre por su pecado, el perro fue el único que se quedo a su lado, dispuesto a dar hasta la vida por su amo.

"ASI PAGA UN PERRO"-- Con su vida



_Así Paga un Perro
(Condensado de «Fang and Claven)
POR FRANK BUCK
En colaboración con Ferrin Fraser

ME SORPRENDIO NOTAR que mi amigo Johnson seguía con ojos atentos un perrillo de pelaje amarillento que pasó corriendo por frente a nosotros. Y mayor aún fue mi sor­presa cuando Johnson, volviéndose hacia mí, me preguntó:
Frank, ¿te gustaría ir a mi hacienda a cazar un tigre ?
Estábamos sentados en la terraza del Golf Club de Keppel, que daba sobre la bella rada de Singapore, a corta dis­tancia del puerto, donde a la sazón estaba entrando un barco australiano cargado de ovejas.
—¡No me digas—exclamé yo riendo —que ese gozque te hizo recordar un tigre!
—Así fue, aunque te rías ... Y a pro­pósito, ¿quieres oír algo respecto a la cala de ese tigre ?
—Por supuesto que sí.
Tomó la caja de los cigarros y me ofreció uno. Luego, mientras despuntaba el suyo con los dientes, me preguntó:
—Tú conoces a Dick Scott, ¿no es cierto ?
—Sí, como no.
—Bueno. Dick tiene dos chicos, y hace algún tiempo se le metió en la cabeza regalarles un perro. Cuando an­daba de vacaciones el año pasado, consi­guió el que quería—un alsaciano gris, robusto sin ser grueso, y de patas fuertes, musculosas y altas como las de un lobo. Lo bautizaron Binji. Resultó un perro excelente. Además de dócil, manso, y buen vigilante, era un compañero maravilloo para los chicos.
—Era?—pregunté yo curioso—. Ha­blas como si Binji fuese ya cosa del pasado.
Lo es—contestó Johnson apartando los ojos de mí para fijarlos en el barco—. Y cargamentos como ése fueron la causa.
—No entiendo...
—Verás. Después que se les desem­barca, las ovejas son llevadas a unos pas­taderos cercanos a la finca de Dick. Cierta noche, el rebaño fue asaltado y puesto en dispersión. A la mañana si­guiente, seis ovejas aparecieron muertas, con el cuello destrozado a dentelladas.
— ¿Binji?
Sí, Binji. Su culpabilidad era evi­dente. Había roto la cadena, y le encon­traron lana y sangre en el hocico. Desde entonces se le ató en las noches con una cadena que hubiese sido bastante para sujetar un leopardo. Pero Binji era fuerte, y había probado la sangre... Noches más tarde volvió a romper la cadena, y en esta ocasión fueron doce sus víctimas. Aquello colmó la medida. Dick no quería en su propiedad un perro de tal índole. Así, acto seguido, le puso la correa y lo llevó consigo al hotel, por si hallaba a quien cedérselo. Y aquí es donde empieza mi parte.
Yo no conocía a Binji. Lo vi por pri­mera vez esa tarde, cuando entre' en la cantina del hotel. Estaba—noble y tranquilo--echado a los pies de su amo. Evidentemente era un hermoso animal. Lo alabé con entusiasmo, «Si te gusta, te lo regalo», me dijo Dick. Y al ver que yo lo miraba con incredulidad, se apre­suró a explicarme: «Es un perro de instintos feroces, y se ha cebado en las ovejas. Mató docena y media en dos noches. Y yo tuve que pagar el daño. Pero ya no repetirá su hazaña. Voy a deshacerme del muy carnicero, sea que tú lo aceptes o no».
Bueno... yo tampoco quería una «fiera» en mi finca. Y ya iba a decírselo así a Dick cuando de pronto recordé algo para lo cual me sería Útil un perro. -Está bien», le contesté. «Lo acepto».

Dick puso la correa en mis manos sin decir una palabra. El perro pareció darse cuenta de que su destino iba a cambiar en ese instante, porque miró, primero, al amo que de él se desprendía. y luego a mí. Pero en sus ojos no brillaba la expre­sión del que reprocha o se duele, sino la del que interroga humildemente. Me si­guió sin oponer resistencia. Por el con­trario. Se hubiera dicho que aquello le agradaba.
Johnson hizo una pausa. Luego, esqui­vando mirarme, como si algo le aver­gonzase, me preguntó:
Frank, ¿sabes para qué quería yo ese perro? Para ponérselo de carnada a un tigre.
Calló de nuevo por un instante, y continuó luego:
—Ya te dije que en mi hacienda hay un tigre. Tú sabes cuántas engorrosas formalidades tienes que llenar para que te den permiso de cazar con bala un ani­mal así: pero no hay ninguna ley que prohiba cazarlo vivo. Con tal propósito,  mandé hacer una trampa de troncos. Pero necesitaba una buena carnada, tú sabes, un animal que en la noche chillase y metiera la bulla necesaria para atraer al tigre. Por eso se me ocurrió utilizar aquel perro dañino que providencialmente me venía a las manos.

Debes comprender, Frank, que yo nunca había visto a Binji. De lo que Dick me contó deduje, naturalmente, que era un animal temible, indigno de compasión ni buen trato. Pero a poco de estar con él, empezó a parecerme imposi­ble que un perro tan dócil, tan manso y tan cariñoso fuera realmente capaz de encarnizarse en las ovejas como el peor de los lobos. Tú sabes que para ir a mi hacienda hay que navegar doce kiló­metros río arriba, y luego cruzar la co­rriente. Bueno, yo temía que me fuese necesario hacer fuerza a Binji para que entrara en la lancha. No hubo tal. Subió a ella por su propia voluntad, como si tuviese plena confianza en mí, como si toda su vida hubiera estado esperando hacer ese viaje conmigo. Iba juguetón y alegre, lo mismo que un cachorro. Ladra­ba a las ondas y cogía copos de espuma entre los dientes. Después se acercaba a mí, me ponía el hocico húmedo en la mano, y me miraba como si quisiera decirme: «Nos estamos divirtiendo mucho, ¿no es cierto?»
Llegados a la casa me senté a cenar. Binji me miraba, echado al pie mío. Pero no con ojos de petición, sino con ojos de esperanza. Le tiré unos cuantos mendrugos, cosa que nunca hago con los perros cuando estoy a la mesa. Pero, tú comprendes... el pobre iba a morir, y aún a los peores criminales se les deja comer bien antes de su ejecución. Hubie­ras visto qué hermoso centelleo de grati­tud había en sus ojos cuando cogía uno de aquellos bocados.
Después de la cena encendí mi pipa y me senté en el porche a contemplar las estrellas. A poco, la cabeza de Binji estaba descansando en mis rodillas. Evi­dentemente no lo hacía por que lo acari­ciase, sino por estar allí, en contacto conmigo, haciéndome compañía. Me puse en pie precipitadamente y llamé al mu­chacho indígena que me servía de ayu­dante. ,Ven—le dije—. Vamos a cebar esa trampa ».
Binji nos siguió alegremente. Aquel paseo inesperado por la trocha abierta en la espesura parecía deleitarlo. Yo podía distinguir en la oscuridad el penacho gris de su cola agitándose afanoso cuando se agachaba para husmear entre los, matorrales. Me parece a mí que de todas las cosas la que hace más feliz a un perro es vagar así, suelto y libre, en la plácida quietud de la noche, por entre la maraña llena de ruidos inquietantes, pero llevan­do tras de sí al amo que lo llame por su nombre en la oscuridad. Después de mucho andar llegamos a la trampa. Tú sabes como son las de esta clase; una especie de jaula, hecha de troncos sin descortezar, pesada y fuerte, con una puerta caediza que se cierra al tocar el disparador que la sujeta. Hasta que el muchacho no lo hubo atado en el interior de la jaula, Binji no se dio cuenta de que algo extraño había en todo aquello. Y empezó entonces a gemir tímidamente.
Binji es animal de instintos feroces ... un perro dañino y peligroso. De todos Todos, Dick hubiera acabado matándolo. Estas y otras cosas iba diciéndome a mí mismo de regreso a la casa por la vereda que Binji acababa de recorrer conmigo. Seguía oyéndolo a mi espalda, allá lejos, en la negra distancia. Ahora ya no gemía. Estaba aullando lastimeramente con todas sus fuerzas.
«Perro buen cebo para tigre»—cha­purró el muchacho indígena que caminaba a mi lado—Aúlla fuerte. Tigre vendrá seguro». Ese comentario que debía haber sido grato para mis oídos de cazador, no acertó a complacerme. Una sola idea me dominaba: ¡aquel hermoso alsaciano, solo, indefenso, atado, aullando angustiosamente en la oscuridad, y por allí cerca, el tigre, alevoso y matrero, que de un solo zarpazo iba a silenciarlo!
Me metí en la cama, pero no pude dormir. Un tropel de ideas extrañas pasaba por mi imaginación, y a través de todas ellas seguía viendo a Binji: grande, robusto, con sus vivos ojos pardos, su nariz arrugada, sus patas recias, su cabeza grande y tibia apoyada cariñosamente sobre mis rodillas. Empecé entonces a hacerme reflexiones: yo no tenía un perro en mi finca... Binji podría ser inclinado a matar ovejas, pero yo no tenía ovejas que él matara... ¿Por qué no había de quedarme con él, en vez de sacrificarlo así?
Es sorprendente con cuánta rapidez puede uno cambiar de ideas. Hasta en­tonces yo había deseado vivamente ver aquel tigre caer en la trampa. ¡Ahora deseaba con todas mis potencias que no hubiese caído! Di que fue sentimentalis­mo; di que fue el recuerdo del húmedo hocico de Binji en mi mano, de su ale­gría cuando íbamos en la lancha, de su humilde mirada cuando se tendía a mis pies-, di, si quieres, que fue simplemente la voz de la conciencia. El hecho es que salté de la cama como impulsado por un resorte, y llamé al ayudante: «¡Date prisa! ¡Vamos a sacar al perro de esa trampa!» Recorrimos a carrera tendida aquel medio kilómetro. Si tú has tenido un perro, comprenderás esa loca ansiedad mía.
Cuando íbamos acercándonos, noté que todo estaba en silencio. Aquello fue para mí claro indicio de que ya el tigre había hecho presa en Binji. Luego, más cerca ya de la trampa, oí un débil gemido
de miedo y pena... algo así, imagino yo, como el gemido de un niño cuando lo dejan solo en la oscuridad.
Avancé ansioso y vi a Binji, con su nariz negra pegada a los burdos barrotes de la jaula, sus ojos encandilados por la luz de la antorcha que nosotros llevá­bamos, y aquel plumón gris claro de su cola agitándose con alegría y confianza, como si quisiera decir: «Bueno, ya hemos jugado bastante a esto. Vamos a jugar a otra cosa ». Cuando el muchacho lo hubo desatado, salió de la jaula sal­tando, y corrió hacia mí, anhelante, con la roja lengua afuera, y batiendo la cola. «¡Ven, Binji!—le dije—. ¡Vamos a casa!» Echó vereda abajo como había venido: corriendo, retozando, metiendo la nariz curiosa aquí y allí, adelantándose de pronto y volviendo de nuevo a mi lado para emprender otra carrera, y seguir inspeccionándolo todo.

De pronto ocurrió algo, tan repentino Y tan cerca de mí, que ni siquiera alcancé a levantar la antorcha... Un rápido movi­miento entre la oscura maleza... Un enorme bulto negro... Dos centelleantes dagas de marfil que se abalanzaban sobre mí, ávidas, feroces, rectas, afiladas como agujas...Había tropezado con un jabalí que estaba guardando su hembra y sus jabatos. ¡Doscientas libras de enloque­cida fiereza que se lanzaban contra mí para despedazarme! Pensé en mi esco­peta, pero todo aquello fue tan súbito y tan veloz que no tuve tiempo de echármela a la cara. Entonces una mancha gris saltó de la oscuridad como una exhala­ción. Oí el chillido del jabalí al recibir el violento impacto. Las dos dagas cente­lleantes desaparecieron en las tinieblas. Luego un grito de dolor lanzado por Binji, y después del grito, su gruñido ronco, feroz, salvaje... ¡el mismo gruñido de cuando clavaba los colmillos en el cuello de las ovejas!
Maté de un tiro al jabalí—agregó Johnson lentamente, como si la emoción del recuerdo retardara sus palabras—. Y encontré al pobre Binji con aquellas dos horribles dagas clavadas en el pecho, pero con sus grandes colmillos blancos hundidos fieramente en el cuello del jabalí.