jueves, 1 de febrero de 2018

RECUERDOS DE ANTAÑO- EMILIO MARTINEZ -ESPAÑA

 RECUERDOS DE ANTAÑO
EMILIO MARTINEZ
MADRID,ESPAÑA
  El primero de estos monarcas, el magnífico Emperador, en la 
postrimería de sus días, y desde la soledad del claustro, 
en Yuste, no dejaba de corresponder cordialmente a los 
amorosos afectos del Papa. 
«Lo que más desasosegado le tenía (al Emperador 
en Yuste) era la guerra de Italia; y lejos de manifestarse 
(1) Prescott: Historia de Felipe II. t. I, lib. I, cap. V, pág. 154. — Madrid, 
año 1836. — Establecimiento tipográfico de Mellado. 
tan escrupuloso como Felipe, terminantemente declaraba 
que la guerra era justa atendiendo a la causa de Dios y a 
la de los hombres. Cuando recibía el correo no dejaba 
de quedar disgustado porque no traía la muerte de Paulo 
ni la de Carraffa» (1). 
Decíamos que finaba el mes de Noviembre de 1556. 
Serían como las tres de la tarde, cuando por el camino 
que de Cabezón a Valladolid conduce caminaban a 
buen paso dos hombres tras una recua compuesta de 
cuatro caballerías y dos poderosas muías de excelente es- 
tampa. Los empolvados viajeros eran un muletero, o sea 
comerciante ambulante en telas, y un arriero. Los trajes 
que vestían eran los propios de sus respectivos tráficos, y 
en lo que esencialmente se diferenciaban consistía en que 
el arriero aparentaba ser un garrido y fornido montañés, 
mientras el traficante era de corta talla y desmedrado 
cuerpo. 
Ya se hallaban a corta distancia de los muros que ro- 
deaban por aquella época a la ciudad cortesana, cuando 
una mujer que ocupaba el dintel de la puerta de una ca- 
sita baja, situada a un lado del camino, gritó al arriero: 
— ¡Eh, compadre Mendo! ¿Cómo pasáis de largo sin 
deteneros, como otras veces, a echar un vaso de Toro? 
Los dos viandantes se detuvieron e hicieron detener a 
sus bestias, y saliendo del camino con dirección a la casa, 
el arriero dijo: 
— Dios os guarde, madre Juana. Vamos de priesa, 
porque queremos llegar a Valladolid antes del toque de 
queda. 
— Todavía hay tarde para ello, y mientras os doy un 
encargo, apuraréis el contenido de un jarro que. . . yo sé 
os agradará. 
Y dirigiéndose al comerciante, que permanecía en el 
camino al cuidado de las bestias, exclamó: 
— ¡Y vos, hermano! Acercaos también, que los amigos 
de mis amigos lo son míos y de mi marido. 
El muletero guió las caballerías hacia la casa, en la 
que él penetró saludando con un 
— Paz sea en esta casa. 
Entre tanto, la tabernera, pues taberna era aquel pe- 
(1) Prescott: Historia de Felipe II, 1. 1, lib. I. cap. IX, págs. 330 y 331. 
queño establecimiento, asomándose a una abertura que 
había en el suelo, y que sin duda era para descender a la 
bodega, gritó: 
— Juan, sube, que está aquí Mendo y un su compañe- 
ro, a los cuales, y contando con tu consentimiento, ofrez- 
co un trago del vino que tú les sirvas. 
— ¡Del mejor de mi bodega! — sonó una voz desde el 
interior de la cueva. 
A poco rato, un hombre apareció en la superficie y sa- 
lió por completo de aquel oscuro antro, con un jarro de 
vino en la mano. 
— Dios os guarde, compadres. ¿Qué tal va, Mendo? 
— Bien, a Dios gracias; pero cuitad, porque interés 
tenemos en llegar a la villa antes del toque de queda. 
— De aquí a ese toque me bebo yo lo contenido en 
mi bodega. . . y eso. . . que hay. . . 
El tabernero llenó de vino tres vasos de estaño, ofre- 
ciendo uno a cada individuo, quedándose él con el ter- 
cero. 
— ¡A vuestra salud! 
— ¡A la suya! 
Exclamaron los tres bebedores. 

martes, 30 de enero de 2018

CAP. XI JUAN DIAZ-REFORMA EN ESPAÑA

HISTORIA DE
LA INQUISICIÓN Y
LA REFORMA EN ESPAÑA
                                                                                                   SAMUEL VILA
 

Capítulo XI
 Juan Díaz y Francisco de Sanromán
1. Juan Díaz: Su conversión.
Juan Díaz era natural de Cuenca. Residió en París unos trece años, según las referencias que poseemos,  reformada, conversión en la que influyó su amistad con Jaime de Enzinas, durante el tiempo que éste residió también en París, por el año 1541.
Ya vimos al hablar de Jaime de Enzinas que París no constituía un ambiente propicio para que un reformado se sintiera a sus anchas, y menos aún un hombre de letras, por lo que Díaz abandonó esta ciudad en compañía de Mateo Budé y Juan Crespin y se fue a Ginebra, hacia el año 1545, donde permaneció durante
algún tiempo en la casa de otro español, Pedro Galés, del que hablaremos más adelante.
Pasó luego a Estrasburgo, a principios de 1547, donde fue aceptado en la comunidad protestante, gozando de gran prestigio por sus estudios teológicos en la Sorbona. Su talento y su cortesía le valieron la amistad de Bucero. En compañía de éste y bajo su dirección, nombrados ambos por el Consistorio de dicha ciudad, fue enviado como representante suyo al Coloquio (o controversia) que entre católicos y protestantes debía celebrarse en Ratisbona, y a la vuelta del cual sufrió la trágica muerte que referiremos, tomando por base el relato de su amigo Claudio Senarcleus.
 En el viaje a Ratisbona se encontró Díaz con su compatriota el doctor Pedro Malvenda, dominico, a quien conocía desde París, y que debía ser antagonista suyo en la conferencia. Malvenda, que ignoraba el cambio operado en los sentimientos religiosos de su amigo, se mostró altamente sorprendido y horrorizado al enterarse del mismo, lamentándose de que los herejes se jactarían más de la conversación de un solo español que de diez mil alemanes. Intentó disuadir a su antiguo amigo de las nuevas ideas, pero fue en vano. Malvenda trató del caso con el confesor del emperador, De Soto, y así fue corriendo la voz entre los españoles de que un compatriota suyo se había hecho protestante. Entretanto, se celebró el Coloquio con escaso o nulo resultado, como era de costumbre en estos casos, y Díaz hizo unas crónicas muy objetivas del mismo, que se conservan. Terminada las conversaciones, Díaz se trasladó a un pueblecito llamado Neoburg, en Baviera, para dirigir la impresión de un libro de Bucero. Por otra parte, a través de un tal Marquina, llegó la voz de la conversión de Díaz a un hermano suyo, Alfonso, doctor en leyes, desde años jurisconsulto en Roma. Al enterarse del paso dado por su hermano, que consideró una deshonra para la familia y para el mismo Juan, Alfonso, inflamado por el orgullo y por el entusiasmo, se dirigió inmediatamente a Alemania, acompañado por una persona de su confianza, determinado a hacer entrar en razón a su hermano, de una u otra forma. Al llegar a Ratisbona preguntó por su hermano, pero los amigos de Juan Díaz, quizás alarmados por algunas expresiones de Malvenda, y sabiendo la animadversión que sentían en general los españoles hacia aquellos de sus compatriotas que se hacían protestantes, procuraron ocultar el lugar donde Juan se hallaba, pero Alfonso lo descubrid al fin.
 Después de consultar con Malvenda, Alfonso Díaz se dirigió a Neoburg. Allí hizo todos los esfuerzos, durante varios días, para conseguir que su hermano volviera al seno de la Iglesia Católica, pero no adelantó ni un paso en su porfía. En vista de esto decidió cambiar de táctica; simuló que los argumentos de Juan le habían hecho entrar en la duda acerca de su propia fe y ávidamente escuchaba a su hermano mientras éste le explicaba con fervor las doctrinas protestantes y le mostraba su base bíblica. Cuando creyó que Juan había tragado el anzuelo, le propuso que lo acompañara a Italia, donde su presencia podría ser más útil, ya que allí tendría un campo de trabajo más amplio porque las doctrinas reformadas eran menos conocidas. A Juan no le pareció mal la propuesta, pero, antes de decidirse, consultó con sus amigas protestantes, los cuales unánimemente se lo desaconsejaron de modo formal. Por aquellas fechas había llegado de Italia Ochino, huyendo de la persecución desencadenada en Roma a la muerte de Juan de Valdés, y se hallaba en Augsburgo; requerida su opinión, señaló al punto, por carta, los peligros y lo descabellado del proyecto.
No sabemos si es que Alfonso no desesperaba aún de poder atraer a su hermano a Italia, donde juzgaba le había de ser mucho más fácil volverlo al buen camino, o si ya había decidido eliminarlo, lo cierto es que se dispuso para regresar a Roma; pero le rogó a su hermano que lo acompañara hasta Augsburgo para hablar personalmente con Ochino, declarando que no insistirá más sobre el proyecto de ir Juan a Italia si la opinión de Ochino, después de hablar de viva voz, fuera todavía desfavorable.
Esta propuesta parecía tan razonable que Juan había ya accedido a ella; pero impidió su viaje la llegada de Bucero y otros dos amigos, que, desconfiando de las mañas que Alfonso podía desplegar para convencer a su hermano, se habían concertado para visitar a Juan. Este renunció entonces a ir con Alfonso y se quedó en Ratisbona con su amigo Senarcleua.

VIDA DE FRANCISCO DE ENZINAS


HISTORIA DE
LA INQUISICIÓN Y
LA REFORMA EN ESPAÑA
                                                                                                   SAMUEL VILA

6. Resto de su vida. Sus obras.

Melancton escribe a Joaquín Camerario en 1545: «Ha vuelto a Wittemberg nuestro Francisco, librado por la Divina. Providencia y sin el auxilio de ningún hombre; le he mandado escribir una relación que te mandaré pronto> Esta relación son sus Memorias, ya citadas, que se titulan: De statu Belgico, deque religione Hispanica. Historia Francisci Enzinas Burgensis, la cual no llegó a imprimirse entonces. Están escritas en un fluido y elegante latín, y sobre ellas ya hemos adelantado un comentario anteriormente.

Por un tiempo permaneció Enzinas en Wittemberg, en casa de Melancton, y desde allí se enteró, por cartas de sus amigos de Flandes, de que se le había mandado comparecer y declarado hereje.
En 1546 lo encontramos en Estrasburgo, con Bucero. Imprimió en Basilea dos obras, una posiblemente la historia de la muerte de Juan Díaz, colaborando con Senarcleus, testigo presencial del hecho; otra, una diatriba contra el Concilio de Trento. Hacia 1548 se casó con Margarita Elter, de Estrasburgo, matrimonio del que le nacieron dos hijas.

A consecuencia de varios desengaños había pensado en dirigirse a Constantinopla, pero su matrimonio con Margarita Elter le hizo cambiar de planes. Más adelante. en 1548, recomendado por Melancton a Eduardo VI y al arzobispo Cranmer como persona de excelentes dotes y erudición, ajeno a todo fanatismo y distinguido por su piedad y graves maneras, obtuvo un puesto como profesor de griego en la Universidad de Cambridge.
Residió poco tiempo allí; en 1549 regresó al continente por asuntos editoriales. Entre 1550 y 1551 tradujo e imprimió cinco libros de Tito Livio y seis de las Vidas paralelas, de Plutarco, al español. Tradujo también a Tucídides y a Luciano. En 1551 estuvo en Ginebra para conocer a Calvino, con quien tenia desde tiempo

correspondencia.

Murió, así como su esposa, de la peste, en Augsburgo en 1552.