sábado, 13 de enero de 2018

Capítulo I CARTA ABIERTA AL LIBRE PENSADOR -Pablo Burgess


láticas Intimas 
con los de 
Otras Creencias 
Pablo Burgess 
Cuarta Edición 
Quezaltenango 
1950 
  
 A la memoria de mi Abuela 
 Mary Henderson Hertz 
 Quien más que otra persona alguna 
 me enseñó a apreciar a 
respetar las creencias ajenas, dedico 
con profundo respeto y vivo amor 
esta cuarta edición. 
El autor


 "Pláticas Intimas 
con los de 
Otras Creencias"
Capítulo I 
CARTA ABIERTA AL LIBRE  
PENSADOR 
 
Te saludo por medio de la presente, presentán- 
dome como creyente evangélico convencido. Nues- 
tras diferencias en ideas son motivo suficiente, creo 
yo, para entablar una correspondencia. Empiezo 
por reconocer que tú te has tomado un hermoso 
nombre, que siempre me ha gustado. El pensar es 
lo que eleva al hombre por encima del mundo ma- 
terial, encima también de toda la creación animal. 
Ese sér, pequeño y débil, que la ciencia separa de 
los demás animales con el nombre de "homo sapiens" 
(hombre) se encuentra en medio de fuerzas 
muy superiores a las suyas. ¡Que parecido a la nada 
parece el hombre ante la Catarata del Niagara! Cuán 
impotente aun ante el elefante de la India! Pero aun- 
que débil en cuerpo el hombre tiene un poder en su 
 pensamiento que hace al elefante llevar sus pesadas 
cargas y al Niágara le hace iluminar sus ciudades 
de noche y mover las pesadas máquinas de su indus- 
tria de día. Las fuerzas ciegas de la Naturaleza y 
los instintos de los animales obedecen a ese poder 
superior en el hombre que analiza y coordina, y que 
llamamos su pensamiento. Debe ser la ambición 
de todo hombre que aprecia su puesto en el mundo, 
llegar a pensar bien y así merecer el título de pensa- 
dor, es decir alcanzar por experiencia y análisis loa 
conocimientos y las convicciones que le darán dere- 
cho a este título. También el ser "libre" en el 
sentido de no ser esclavo de prejuicio, ni pasiones, 
ni hombres, es un estado digno y altamente desea- 
ble. ¡Ojalá que todo el mundo fuera "Libre Pen- 
sador" en este sentido! 
Pero desgraciadamente los títulos que los hom- 
bres se dan no siempre nos proporcionan una idea 
cabal de los principios que siguen. Así sucede en 
el presente caso. Pues los principios y creencias 
que se han juntado bajo esta bandera del Libre 
Pensamiento muy poco tienen de común con lo 
esencial de este concepto. 
Continuará... 



miércoles, 10 de enero de 2018

NOCHES CON LOS ROMANISTAS POR EL REV. M.H. SEYMOUR.

 NOCHES 
CON LOS ROMANISTAS
POR EL REV. M.H. SEYMOUR. 
OBKA TRADUCIDA DEL INGLES Y COMPENDIADA, 
POR EL REV. H. B. PRATT. 
CAPITULO PRIMERO. 
 
pAG 37- 43  
LA LECTURA DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS. 
En una retirada parroquia de Irlanda, á distancia 
de cinco ó seis millas de donde yo vivia, se hallaba la 
residencia de un caballero hacendado. Su esposa y fa- 
milia eran muy adictas á las cosas religiosas, y él mismo 
reconocía que los efectos del Romanismo, en las formas 
peculiares que tomó en aquella parte del pais, impedían 
en mucho el progreso y la mejora de la población. Esta 
familia era muy bondadosa y atenta conmigo, y á solici- 
tación suya la visitaba una vez todas las semanas. 
Hacian arreglos para que hubiese una congregación 
compuesta de la familia, los criados, los trabajadores y 
los labradores vecinos, los cuales se reunían la noche 
señalada, con el objeto de que yo hiciera oración con 
ellos y les dirigiera una plática improvisada. 
Un dia en que yo iba á la casa mencionada, observé 
que se habla parado un convoy fúnebre donde se cruza- 
ban dos caminos. Deseoso siempre de no ofender las 
preocupaciones inocentes, aunque supersticiosas, de la 
gente sencilla del campo, me apeé y conduje mi caballo 
por un lado de la procesión, deteniéndome un rato para 
saludar á los que se hallaban reunidos. Mi caballo era 
casi blanco, y puesto que la gente tenia un sentimiento 
supersticioso — relacionado, segun creo, con la visión do 
la Muerte montada en un caballo pálido — de que alguna 
desdicha acompaña á cualquiera que vaya en un caballo 
blanco en dirección opuesta á la que sigue un entierro, 
adopté el plan de apearme y dirigirles unas palabras de 
cortesía. Observaron el partido que tomé, y apreciaron 
el motivo. 
Era esta una de las escenas llamadas subasta del 
CADÁVER. La costumbre era muy antigua, y hace mucho 
tiempo que ha sido estirpada del pais ; pero aun existia 
en este distrito retirado. Estoy hablando de veinticinco 
años atrás. 
Esta era la costumbre : el entierro se detenia en 
cada encrucijada del camino que conduela al cementerio, 
posando el ataúd en medio del camino. El objeto osten- 
sible de tal ceremonia era el de reverenciar la forma de 
cruz, representada por la encrucijada ; mas el objeto 
real parece mas bien que era, el que en tales parajes esta- 
ban seguros de encontrar mayor número de pasajeros. 
Puesto el ataúd en el suelo, el sacerdote, ó alguno que 
funcionaba por él, se colocaba al lado del féretro, y teni- 
endo en la mano un sombrero, pedia á los amigos del 
finado sus "ofrendas" para el alma del difunto. Estas 
" ofrendas " eran dinero colectado á favor del sacerdote, 
para que ofreciese misas por el alma del difunto en el 
purgatorio. El sacerdote mismo solia colectar el dine- 
ro, algunas veces en un plato, otras en el sombrero. El 
ataúd estaba colocado en la encrucijada y al paso que 
cada persona presentaba su " ofrenda," el sacerdote pre- 
gonaba- el valor de esta. El efecto de esto era muy gra- 
cioso, porque al dar alguno sus seis peniques, el sacer- 
dote mencionaba su nombre y la suma que daba : 
" Paddy Bryan, seis peniques ; Paddy Bryan, seis peni- 
ques siguiendo así, como el pregonero en una venta 
pública, hasta que se hacia otra " ofrenda ;" y luego co- 
menzaba, " Jaime Riley, un chelin ; Jaime Piley, un che- 
lín ;" repitiéndolo así, hasta que se daba otra ofrenda, y 
entonces clamaba, " Billy O'Connor, un penique ; Billy 
O'Connor, ¡ solamente un penique!" De este modo con- 
tinuaba modulando el tono de su voz para lisongear el 
orgullo de los que le daban mucho, y para avergonzar á 
aquellos que le daban poco. Toda la escena parecía una 
subasta, y esto dió origen al título de subasta del cadá- 
ver. Los ademanes y la voz del sacerdote, cuyo objeto 
era el de recoger lo mas pingüe posible de las ofrendas — 
los semblantes de los amigos, que se veían precisados á 
mostrar su aprecio por el difunto según el valor de sus 
"ofrendas" — el aspecto airado de algunos, cuyas modes- 
tas donaciones habían sido desdeñadas por el tono des- 
preciativo del sacerdote — los rostros burlones de la gente 
jovial, riéndose del modo con que muchos daban su plata 
avergonzados y mal de su grado — todo formaba ima esce- 
na de la comedia mas risible. Era imposible no hallarse 
divertido, aunque todo se verificaba delante de un ataúd 
que contcuia los últimos restos de un ser humano. Una 
benévola compasión hácia esta pobre gente hubiera sido 
un sentimiento mucho mas apropósito. 
Seguí mi camino, y cuanto mas reflexionaba sobre 
esta escena, tanto mas me convencía de que era una de 
aquellas de la mas grosera estorsion, ejecutada sobre la 
sencillez supersticiosa áe una gente sencilla y supersti- 
ciosa á la vez — gente que mas que ninguna otra de las que 
yo he conocido, es susceptible y zelosamente sensible á las 
opiniones de sus vecinos. El sacerdote, modulando los 
tonos de su voz, habia puesto en juego este sentimiento, 
y así sonsacaba al pueblo. La escena me impresionó 
tanto, que haciendo la plática por la noche, á una gran 
reunión de católicos romanos y protestantes, referí el 
suceso, y condené la costumbre. Siempre me he regoci- 
jado de que los pobres campesinos se alentaran con mis 
palabras ; las circularon con ardor, y fueron recibidas 
con no ménos ardor por toda la comarca. Desde aquel 
momento la costumbre cayó en desuso ; y lo que hacían 
entonces era poner una mesa á la puerta de la casa en 
donde habia un difunto, y los que entraban ó pasaban 
hacían una "ofrenda," ó no, según querían. Esto era 
mucho mas decente. En aquel vecindario, pues, nunca se 
presenció otra vez la escena de la subasta del cadáver. 
Miéntras hacia la plática en la ocasión espresada, 
dije á la congregación que tales escenas no ocurren jamas 
en un país donde se lee la Biblia, porque un pueblo in- 
struido en las Escrituras, no se dejaría engañar de este 
modo. Dije que no existe ese lugar que llaman purga- 
torio ; que nunca se menciona en las Sagradas Escritu- 
ras. Dije que no hay modo de rescatar por dinero las 
almas de los muertos ; que las Sagradas Escrituras no 
refieren nada que se parezca á esto. Y añadí terminan- 
tómente, que los sacerdotes católicos romanos se oponen 
á la circulación de las Sagradas Escrituras, porque las 
Sagradas Escrituras no sancionan tales cosas, y porque 
si el pueblo las leyera, no se sometería á tales engaños : 
y que aunque dan varias y diferentes razones, la verda- 
dera es esta — se arponen á la Biblia, porque la Biblia se 
opone á ellos. 
Era mi costumbre pasar la noche en la casa en que 
había predicado ; y en esta ocasión me dijeron por la 
mañana, que varios católicos romanos me aguardaban 
para hablar conmigo. Hallé unos diez y ocho ó veinte 
hombres reunidos en una pieza, á donde algunos de la 
familia se dirigieron conmigo. Habían traído con ellos 
á un interlocutor, joven y esperto, que tenía gran renom- 
bre en la comarca, como una especie de campeón contro- 
versista de la Iglesia Romana. Hubo una conversación 
inconexa entre ellos, sobre la subasta del cadáver y la 
plática de la noche anterior, y pronto eché de ver que 
nuestra convérsacion podia girar con provecho sobre el 
derecho que tiene el pueblo de leer por sí las Sagradas 
Escrituras — asunto controvertido en el país mas que 
ningún otro en aquella época. Los ministros protes- 
tantes exhortaban al pueblo á que las leyese y juzgase 
por sí mismos respecto de ellos : los sacerdotes católicos 
romanos negaban que los legos tuviesen el derecho de 
leerlas, y amenazaban con la escomunion á todos los que 
las leyeran. 
Dejando al interlocutor, me dirigí á uno de la reunión, 
cuyos amigos habían emigrado á la América, y de quienes 
estaba esperando, de un dia á otro, cartas y remesas de 
dinero, con la esperanza de seguirlos. " V. está esperan- 
do cartas," le dije, " que le darán noticias de la tierra 
lejana á donde sus amigos han emigrado ya. Estas car- 
tas le darán informes sobre todas las dificultades que 
tendrá que arrostrar, los peligros que debe evitar y los 
deberes que ha de cumplir. Estas cartas le dirán tam- 
bién lo adverso ó próspero que puede esperar en ese país 
remoto ; y quizas le comunicarán los medios por los cua- 
les V. podrá llegar con seguridad allí, y unirse otra vez 
con sus amigos. Ahora bien, supongamos que han lle- 
gado estas cartas ; que las ha pedido V. en la oficina de 
corréos ; que el administrador rehusa entregárselas ; que 
á consecuencia de esto, V. insiste en el derecho que tiene 
á las cartas que le han sido escritas, y vienen destinadas 
para que V. las lea ; que el administrador rehusa todavía, 
diciendo que es mucho mejor que no se las dé, porque 
V. es un hombre indocto é ignorante, capaz de equivo- 
carse respecto del sentido de las cartas, y que podría 
usar para su propio perjuicio del dinero que contienen — 
y que por lo tanto juzga mas prudente guardarse las 
cartas y la encomienda, añadiendo que V. debe estar 
contento con lo que él tenga á bien comunicarle." Pre- 
gunté al hombre, como estarla dispuesto á obrar en tal 
caso. 
La espresion de sus ojos pareció indicar que com 
prendia perfectamente el objeto verdadero de mi pregun- 
ta ; j contestó, que obligarla al administrador á que le 
entregase las cartas ; diciéndole, que venian dirigidas á 
él ; que tenia derecho á ellas ; que estaban destinadas 
á darle informes, y que las tendria, por mas que él se 
opusiera á ello. 
Pero si él le dijese que V. era un hombre ignorante, 
y que podia equvocarse. ¿como le contestaria ud.? 
Respondió, que en todo caso haria la prueba ; que 
habiendo logrado obtener las cartas, las leerla, y haria lo 
posible para entenderlas, recurriendo, si fuese necesario, 
á otros paraque le ayudasen ; pero que de todos modos 
obtendria las cartas y á nadie permitirla quitárselas. 
"Este," dije yo al punto, "es precisamente el caso 
respecto de las Sagradas Escrituras ; son la Palabra 
de Dios, como todos sabemos, y fueron dictadas por el 
Espíritu Santo para nuestra enseñanza y conocimiento 
respecto de la Tierra de Promisión — la tierra celestial 
hácia donde estamos viajando. Aquí no somos sino 
" peregrinos y estrangeros," emigrados, que miramos 
hácia adelante á otro mundo, no en verdad mas allá del 
océano, sino mas allá del sepulcro ; y las Sagradas 
Escrituras, semejantes á las cartas que V. espera, fueron 
escritas para precavernos de los peligros y pecados que- 
dificultan el camino ; para alentarnos con las promesas 
y esperanzas que penden de la fé y la santidad, y para 
hablarnos de toda la bienaventuranza, pureza y felicidad 
del cielo. Ahora pregunto yo ¿qué es lo que usted  debe 
hacer cuando cualquier hombre, bajo cualquiera pretesto, 
procura impedirle la lectura de las Sagradas Escrituras 
escritas como lo fueron para usted., y á cuya lectura tieno 
usted tanto derecho como lo tiene á la luz del sol ó al aire 
del cielo?" 
El interlocutor le cortó aquí la palabra, y contestó 
por él; diciendo que las Sagradas Escrituras son un libro 
muy oscuro y muy difícil de ser entendido ; que confunden 
á los teólogos mas grandes y sabios de todas las iglesias; 
que por esto son mal entendidas y peor usadas ; que los 
nombres sencillos é indoctos como ellos, labradores, cam- 
pesinos y obreros, no pudiendo entenderlas, las interpre- 
tarían mal ; que estaban destinadas para la Iglesia y no 
para el pueblo, y que por tanto pertencian al clero, que 
se compone de hombres instruidos y santos, y no á los 
legos, que son hombres ignorantes é indoctos. 
" Y ¿ cómo," le dije yo, " contestarla V. á los niños de 
escuela que dicen que el alfabeto es muy difícil de enten- 
der, que las reglas de la aritmética lo son también, que 
la doctrina del catecismo es muy difícil de retener en la 
memoria, y que todo es tan difícil que seria mucho mejor 
echar á un lado tanto el alfabeto como la aritmética y 
el catecismo? Yo por mi parte," continué diciendo, ''les 
contestaría que deben leerlos y estudiarlos mas y mas, 
y luego volver á leerlos y estudiarlos, y que verían á 
eu tiempo que ya no son difíciles, sino perfectamente 
fáciles de entenderse. Ahora pues, ¿ cómo les contes- 
taría usted.?" 
No dió respuesta. Varíos de los presentes dijeron 
que yo mismo había dado la verdadera contestación, á 
'saber : repetir la lectura. " Pues bien," continué yo, si 
ustedes ms. hallan que las Escrituras son difíciles y oscuras, 
deben leerlas otra vez, y volver á leerlas, y así, con la 
benedicion de Dios, hallarán á su tiempo que son bastante 
fáciles." 
" Y ¿ puedo preguntarle á V.," dije al interlocutor 
suavemente, como si fuese á mudar de asunto, "¿en que 
lenguage el sacerdote celebra la misa en esta parro- 
quia ? " 

lunes, 8 de enero de 2018

Capítulo X CARTA ABIERTA AL JUDIO Por Pablo Burgess


          A LA MEMORIA DE PABLO BURGESS
 _______________________________________________
  Pláticas Intimas 
con los de 
Otras Creencias 
Pablo Burgess 
Cuarta Edición 
Quezaltenango 
1950 
  
 A la memoria de mi Abuela 
 Mary Henderson Hertz 
 Quien más que otra persona alguna 
 me enseñó a apreciar a 
respetar las creencias ajenas, dedico 
con profundo respeto y vivo amor 
esta cuarta edición. 
El autor

 "Pláticas Intimas 
con los de 
Otras Creencias"
Capítulo X 
CARTA ABIERTA AL JUDIO 
Padre y hermano mío: 
Casi no me atrevo a dirigirte una carta abiertá
pues podía fácilmente entenderse en el sentido de 
un ataque no provocado a un anciano que no hace 
mal a nadie. Porque tú a través de las persecu- 
ciones milenarias que te han tocado aguantar, has 
aprendido una gran paciencia y una tolerancia ad- 
mirable para con las demás comunidades religiosas 
y muy rara vez sales a la palestra de las discusiones 
populares, a no ser que te piquen. Y como a lo 
que menos aspiro es el ser torero, no quisiera ser 
acusado de empezar el pleito. 

Pero tengo un encargo de predicar el Evange- 
lio a toda criatura por parte de mi Señor y cuando 
procuro hacerlo en los trenes y en los hoteles, en 
las plazas y en las tiendas, de repente me encuen- 
tro contigo y me haces alto. Tú tienes algo en tu 
corazón que no puedes callar y yo también por mi 
parte tengo que decirte. Mejor es hablar con fran- 
queza lo que sentimos y no esconderlo. Platique- 
mos pues. 

Te oigo decir que no tienes necesidad de estar 
prestando oídos al Evangelio de este Cristo quien 
en resumidas cuentas era un mal judío, traidor a 
las tradiciones de sus mayores; que quisiera saber 
con qué derecho nos metemos a promulgar la Biblia 
al mundo siendo ésta el libro de tu pueblo; que los 
que hoy se jactan de ir a lá vanguardia de la civi- 
lización moderna, los ingleses, alemanes, franceses, 
etc. eran salvajes rústicos cuando tu pueblo tenía 
una cultura que brillaba en la gloria de Salomón; 
que en cuanto a las obras de caridad y de beneficio 
social los judíos siempre van a la cabeza etc. etc. 

Te contesto confesándome hijo de Abraham 
según la carne. Aunque nací en un hogar cristiano 
conocí las tradiciones y costumbres judáicas por 
miembros de la familia que aun persistían en la 
comunidad Israelita. Si de la sangre se habla yo 
también soy hebreo de los hebreos y me gozo con- 
tigo por las glorias de nuestra historia. Veo en la 
raza judía la levadura que con más poder ha obrado 
para impulsar el adelanto y el progreso en todas 
las naciones. Me enorgullezco por los triunfos de 
los de nuestra raza en el campo científico, literario, 
artístico y comercial. También siento contigo las 
persecuciones de que ha sido objeto el pueblo israe- 
lita desde el tiempo de Faraón hasta el tiempo 
de Hitler. Al ver lo poco que los cristianos hemos 
sufrido por nuestra fe cuando se compara con los 
sufrimientos y persecuciones de los Beni Israel, ca- 
si me avergüenzo de ser cristiano. 
Por ser de tu misma raza también siento con- 
tigo las acusaciones que nos hacen los Gentiles de 
ser «listos» en cuestiones de negocios hasta el extre- 
mo de ser poco escrupulosos, de ser embusteros 
envanecidos y vulgares y de  alabarnos a nosotros 
mismos por nuestras buenas obras. Quisiera decir 
que no es así pero tengo que confesar que el vulgo 
odia a los Judíos no sólo porque crucificaron a Cris- 
to, sino porque en muchísimos casos se han hecho 
merecedores del odio popular. Quisiera decir que 
no es justo condenar todo un pueblo por las faltas 
de algunos individuos, pero no puedo olvidar que 
nuestros padres gritaron: "Su sangre sea sobre 
nosotros y sobre nuestros hijos" (Mateo 27:25) y 
que en toda línea de la vida, justos pagan por peca- 
dores. No digo que los vicios de que se acusan a los 
Judíos no se encuentren en otras razas pero sí con- 
fieso que el hecho de que los haya en este pueblo lo 
siento casi como una vergüenza persona!, ya que 
tu pueblo es también mi pueblo y el pueblo escogi- 
do de mi Dios. En todo lo manifestado me siento 
Judío. Tú eres mi hermano.  
Continuará.. 
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domingo, 7 de enero de 2018

EDISSA O LOS ISRAELITAS DE SEGOVIA

 EDISSA O LOS ISRAELITAS DE SEGOVIA 14 -2-20
Ldo. CALIXTO DE ANDRÉS
CUENCA, ESPAÑA
Publicado en 1875
 
PRIMERA PARTE.
LA LUCHA
CAPITULO PRIMERO. 
Un cristiano verdadero 
POR la campiña oriental de la ciudad de Scgovia, venían una 
tarde del tloño de 1235 dos gintles. Era el uno una linda jo- 
ven, que apenas contaba veinte años, de color moreno, formas 
delicadas, carácter orgulloso y cuyo vestido consistía en túnica 
de finisima seda ceñida con precioso cordón, tupido manto de 
lana, sandalias primorosamente bordadas, bonetillo de blanquí- 
simo lienzo y una cadena de oro al cuello que, careciendo de 
remate, echbaba de menos un objeto que, ó no poseía, ó no que- 
ría llevar la dicha dama. El otro era varón, de unos cincuenta 
años, estatura regular, músculos bien desenvueltos, semblante 
risueño, pero contrastado por una mirada pérfida y maliciosa, 
vestido con elegancia y al parecer de inferior condición que la 
señora. Montaban bermosos caballos árabes, que de vez en 
cuando levantaban su baya cabeza, como engreídos con la car- 
ga que llevaban, y en sus manos empuñaban preciosos látigos, 
para contenr, ó bater apresurar el paso á sus corceles. 
Largo rato llevaban contemplando, ya el curso del rio Eres 
ma, que, unas veces silencioso y monótono, otras mugiente y 
encrespado, se deslizaba por entre las piedras y las yerbas, ya 
las torrecillas de las Iglesias y santuarios de los pueblos inme- 
diatos, que parecían á lo lejos graciosos adornos de un manto 
de color ceniciento y verde morado á quien semejaba la pradera, 
cuando, rompiendo el silencio la dama, entabló con su mayor- 
domo el siguiente diálogo: 
—Hermoso dia, Eliasib. Tiempo hacia que no so veía otro 
igual. !Oh, si el Señor abreviara nuestro cautiverio y nos envia- 
ra al deseado Libertador, nuestra dicba seria completa, goza- 
ríamos de los encantos de la naturaleza y viviríamos lelice¡l 
— Mucho me temo que esto se retarde, noble Edissa, con- 
testó el mayordomo. Me parece que ocultan nuestro porvenir 
oscuros y sombríos nubarrones, precursores de graiules pade- 
cimientos. 
— Si no os esplicais, repuso Edissa. no os entiendo. Dejaos 
de metáforas y decidme cuál es la causa de que nuestra espe- 
ranza tarde aun á realizarse. 
— Ya sabéis, dijo el mayordomo, que somos muy criminales, 
que desconocemos y no cumplimos los preceptos de Jehová; 
pues bien, ese es el motivo porque no somos dignos de que ven- 
ga á visitarnos su Enviado. 
No, reflexionó la joven hebrea, que liabiendo de venir el Me- 
sías para lavarnos del pecado. No podían los crimenes ser cau- 
sa de que s edetuviera su venida, porquue hacia tiempo que es- 
taba alimentada con las falsas ideas de sus correligionarios, que 
abrigaban una esperanza irrealizable y no querían ver alque el 
mundo entero había reconocido, así que contestó a su mayordomo
preguntándole. 
— ¿Pues qué hemos de hacer para ser mejor y preparar el 
camino al qué ha de venir. No adoramos á Dios? No estudiamos 
Las santas Escrituras? No le tributamos nuestros cultos No le 
pedimos que nos oiga y saque de nustro destierro? 
— Y ¿será bastante esto, replicó Eliasib, que como buen Fariseo
sostenía la falsa doctrina de aborrecer á los enemigos, mien- 
tras estamos consistiendo que mil gentes nos sean contrarias y 
nos pisen y estrujen como quieran? ¿No tenemos mandado en 
 la ley el exterminio de odos los pueblos idolatras? ¿Y que 
hacemos para llevarlo á cabo? 
— Muy duro se me hace obrar de esa manera, repuso Edissa, 
que, aunque de genio altivo, no se avcnia bien con la efusión 
de sangre. ¿No sería mejor propagar nuestra doctrina por me- 
dios suaves? 
—Y nuestros enemigos, conTestó Eliasib, ¿se valen de la dul- 
zura, cuando se ocupan de nosotros? 
— Al menos los cristianos.... se atrevió á murmurar Edissa. 
— Los crislianos.. . ¡Ah, Señora! ¡Qué poco los conoceis¡ Si 
oyerais los insultos que nos dirigen, si vierais su contento en 
nuestras aflicciones, si conocierais su avaricia, si hubierais ex- 
perimentado su crueldad, muy de otra manera pensaríais. 
— No los tenia en esc concepto, Eliasib, replicó Edissa; pues 
habla oido decir que eran compasivos, benignos y  llegaban 
hasta á perdonar al enemigo. 
-Pues no lo dudéis, hay dentro de su pecho un odio mortal 
hacia nosotros que... 
Al decir esto Eliasab, llegaban al Acueducto que lleva á la 
ciudad lo más necesario para los usos de la vida. Atravesaron 
una de sus ciento setenta arcadas de piedra, sin argamasa de 
ningún género, contemplando, como todos los que pasan por 
él, aquella obra atrevida, de origen desconocido y que no ha 
podido imitarse cuando por la acción de los tiempos ha ha- 
bido que repararlo. Al entrar en la plaza, llamada del Azo- 
guejo, el caballo de Eliasib se encabritó, empezó á caracolear 
y en una de sus vueltas derribó á un hermoso niño que jugaba 
con otros de su edad. 
Como empezara á llorar, se apercibió la gente que estaba com- 
prando y vendiendo, y reparando en los autores de aquel fraca- 
so, surgió un grito de indignación que sobresaltó á Edissa. 
— ¡Los judíos han atropellado á un niño, exclama toda aque- 
lla multitud! Marcial ha sido herido por los hebreos, repiten 
otras muchas voces! Venganza, exclama un tercero y más pro- 
longado grito! ¡Mueran, mueran los asesinos y traidores! 
En el momento se forma un círculo alrededor de Edissa 
y Eliasib, componénie hombres mal vestidos y cuyos rostros 
no respiran sino sangre y matanza. En vano quiere Edissa rom- 
per la muralla que vé delante de si, golpeando su caballo para 
que partiera al galope. Dos robustos brazos le detienen, se vé 
obligada á desmontar y con la mayor serenidad que pudo se 
dispuso á recibir el goípe ftlal. Un momento más y ha dejado 
de existir, victima de un populacho alborotado... pero ¿qué es 
lo que sucede? ¿Qué estraño impulso detiene á aquellos hom- 
bres feroces? ¿Quién es el que conjura aquella tempestad? 

ün caballero con manto blanco y cruz roja en el pchoo es el 
que ba llegado en auxilio de los bebreos. A su noble presencia 
se contiene aquella multitud desenfrenada. Demanda atención 
con el brazo extendido y pronuncia las siguientes palabras: 
«Segovianos. ¿Olvidáis acaso que babeis sido reengendrados 
con las aguas del bautismo, para que así os arrojéis á come- 
ter un crimen deshonroso? Nuestro Dios muere bendiciendo á 
sus enemigos. ¿Vosotros queréis ensañaros contra una mujer 
indefensa y un anciano tambien desarmado? El Redentor es 
carnecido sin razón, perdona á los que le injurian, ¿vosotros 
queréis lomar venganza de un atropello casual? No bagáis tal: 
«Amad á vuestros enemigos», nos dice el Evangelio, haced 
Bien á los que os aborrecen y rogad por los que os persiguen y 
calumnian.» Practicad tan santa máxima, si no queréis hacer 
traición al nombre de cristianos que tenéis. No os hagáis in- 
dignos de la sangre que corre por vuestras venas y cuya efu- 
sión por el enemigo era el mayor blasón de nueslros mayores. 
Acordaos de un San Esteban, de un San Pablo y de tantos otros, 
que tan bellos ejemplos dieron á la posteridad, y dejad marchar 
tranquilos á los que, si bien viviendo en las tinieblas del 
error, pisan el suelo hospitalario de la leal Segovia.» 
Mágico fué el efecto producido tan tan sentidas frases. Los 
que poco antes semejaban tigres furiosos se hablan convertido 
en mansos corderillos; los que se hubieran dejado descuar- 
tizar sin derramar una lágrima sintieron sus ojos humedecidos 
á la voz de la caridad; los que por ensalmo se reunieran al 
grito de angustia lanzado por sus conciudadanos, despejaron 
en breve la plaza dóciles á la persuasión de un verdadero disci- 
pulo de Jesucristo. Quedóse éste solo con Edissa y Eliasib. 
quienes saludándole como á su libertador, se entraron por la 
call que  sube á la ciudad, mientras que una mujer presen- 
taba el niño herido al caballero, saliendo, al parecer, de una de 
las casas inmediatas. 
¡Hola Lucía!, exclamó aquel reconociendo á una antigua no- 
driza de su casa. ¿(ué? ¿es Marcial el herido? 
—Si, noble Walonso; pero espero en el Señor que no será 
nada. 
— Asi lo creo también, repuso el caballero, y sacando unas 
monedas se las dio, añadiendo: Cuidadle y llevadme recado to- 
dos los Dias de como sigue. 
— Bien está, señor, dijo Lucia, despidiéndose de su antiguo 
Amo.