sábado, 7 de abril de 2018

LA DAGA DE DOS FILOS DE YUSOF HUSSEIN Por D. R. Halford-Watkins

LA DAGA DE DOS FILOS

DE YUSOF HUSSEIN
Por D. R. Halford-Watkins

Estuve a punto de matar de un tiro, dos días después de haberlo conocido, a un pequeño cabo de la policía malaya llamado Yusof Hussein bin Jaffa. Nadie me hubiera censurado porque todos habrían considerado que había matado en defensa propia. Ahora, sin embargo, suelo pensar: si lo hubiera matado ... ¿me encontraría hoy entre los vivos ?
El episodio ocurrió en 1948. Era yo a la sazón oficial en las fuerzas inglesas destacadas en Singapur cuando, a principios de aquel año, casi de la noche a la mañana, estalló en la Malaca intensa guerra de guerrillas, integradas éstas mayormente por comunistas chinos. De la península malaya procede una tercera parte del estaño mundial y casi la mitad del caucho del mundo: éste era el objetivo chino.
Como veterano de las campañas en las selvas del sudeste de Asia, recibí inmediatamente órdenes de marchar al norte y encargarme del distrito policial *de Rengam, en el turbulento estado de Johore.
 Nuestra tarea no iba a ser fácil. Los 4000 kilómetros cuadrados de traidoras selvas y pantanos en los que mis 1200 soldados, entre malayos e ingleses, tenían la misión de mantener el orden y la ley, estaban reputados como una de las zonas más aterrorizadas del país. Había un promedio de dos asesinatos políticos por día. Los incendios, las torturas, el robo, el chantaje, los secuestros y los atracos estaban a la orden del día. Los terroristas podían atacar, desvalijar y matar, volverse a la selva, enterrar las armas y salir de nuevo como si fuesen los más pacíficos caucheros. Los comunistas esperaban declarar a Malaca otra «república del pueblo,» filial de la China Roja, para el mes de agosto.
Tal era la turbia perspectiva cuando Haji, el entrecano sargento mayor malayo, me recibió en el cuartel general de la policía en Rengam y me presentó a los cabos de mis escuadras de la selva. La más distinguida de éstas, la que contaba en su haber el mayor número de comunistas muertos, era la del cabo Yusof Hussein.
Hasta en Singapur había oído yo hablar de sus proezas. Era un héroe reconocido entre sus compatriotas malayos ... y acrecentaba su reputación el hecho de ser ufano poseedor de un Kain Merah, raro presente hecho por un mulvi (sacerdote musulmán) a unos pocos individuos selectos entre los fieles más distinguidos. El Kain Merah, que significa literalmente «paño rojo,» consiste en pequeñísimos rollitos de pergamino con escritos religiosos mahometanos introducidos en una especie de funda de paño rojo; el conjunto se retuerce como una cuerda y, a manera de amuleto, se ata a lo alto del brazo izquierdo. Los malayos, todos ellos devotos mahometanos, creen que el Kain Merah libra a su poseedor de la muerte por heridas de arma blanca y de fuego; y era voz pública que el de Yusof le había sacado ileso de muchas empresas temerarias.
A decir verdad no di gran crédito a la baratija religiosa. Sea lo que fuere, Yusof Hussein me impresionó un tanto desagradablemente cuando Haji me lo presentó. Guapo mozo de 29 años con el negro cabello cortado al rape y una sonrisa deslumbradora, tenía una desenvoltura que difería por completo de las maneras altivas pero siempre corteses de los malayos. Demasiado gallito, tal vez fue eso lo que me llamó la atención. Pensé que era hombre al cual convenía vigilar. Dos días después, en nuestra primera ronda, Yusof Hussein se me reveló de cuerpo entero.
Había yo salido en un jeep con Yusof y cinco guardias de su escuadra para inspeccionar una avanzada en aislada hacienda de caucho que distaba unos 25 kilómetros, cuando, al doblar el pronunciado recodo de una cuesta, desde el verde follaje de la loma a nuestra derecha, se produjo una descarga de armas portátiles. El bloque del motor del jeep sufrió el impacto. Lanzamos en zigzag cuesta abajo el inutilizado vehículo y logramos así pasar indemnes la zona mortífera inmediata de la emboscada; en seguida nos arrojamos a un lado de la carretera donde quedamos a cubierto. Al espaciarse los tiros oímos las señales de llamada (le los chinos. Era evidente que nos querían acorralar dos partidas y que eran muchos más que nosotros.
De pronto, desde el extremo más lejano de un claro pequeño una voz gritó en malayo con marcado acento chino: W Orang melayu! «¡Eh, malayos! Entregadnos el blanco! ¡Tirad las armas y quedaréis a salvo; sólo queremos al blanco!»
Siguió un silencio terrible. Y muy pronto sonó la voz de Yusof Hussein: «Oi! Baik lah!» (Conformes, me rindo. Ahí va mi fusil.) Y una carabina fue a caer en el claro moteado de sol.
Tras aquella traición del tan admirado cabo Yusof, bien sabía yo que apenas podía contar con el apoyo de los demás guardias. Cambié la puntería del arma hacia la probable posición de Yusof Hussein y esperé con el dedo en el gatillo, ocultando mi posición hasta estar cierto de la suya. Entonces distrajo mi atención un movimiento en el extremo lejano del claro: tres terroristas avanzaban a gatas para apoderarse del arma. Casi le habían echado mano cuando Yusof gritó: Oi! ini juga! (¡Y ahí va esto también!)
En momentos de intenso pavor, las cosas más nimias se clavan en la memoria con dolorosa claridad. Todavía siento el ruido seco de la explosión en los oídos y veo el rojo fogonazo salpicado de negro fango causado por la granada de Yusof al reventar entre los tres comunistas. Y todavía me parece que cae sobre mí la ducha de barro y piedras a manera de reproche por haber juzgado mal a Yusof Hussein.
Mientras el humo flotaba en baja y fantasmal nubecilla azul sobre los muertos, Yusof corrió como una flecha a recoger su arma y estalló pavoroso tiroteo. Grité a pleno pulmón : Yusof! ... sini! (¡venga aquí!)
Regresó corriendo y hurtando el bulto hasta que vino a caer en los helechos que había a mi lado. Se sonrió de oreja a oreja y dijo: «Jefe, siento haberle hecho pasar un mal momento.»
El peligro le parecía divertido.
Reunimos entre los dos a nuestros hombres y ganamos altura, dejando a las dos partidas enemigas disparando sobre unos matorrales vacíos. Durante un rato el cabo Yusof caminó cerca de mí. Tenía un fulgor de travesura en los ojos.
—La treta ha sido hábil, cabo —le dije—. Y no tengo inconveniente eh reconocer que me ha inquietado usted breves instantes. Pero lo importante es que todos hemos salido vivos.
—Así es jefe — asintió. Se desvaneció de sus labios la sonrisa juguetona y tocó reverentemente con los dedos el paño rojo de su brazo izquierdo.
Al prolongarse nuestro interminable juego de escondite con los cómunistas de la selva, llegué a conocer bien al cabo Yusof Hussein y a confiar ciegamente en él. Era leal, valiente, ingenioso y, si su bravura me causaba admiración
causaba su fe me infundía respeto.
Oraba al alborear y al anochecer, como todo buen musulmán, en el cuartel o durante nuestras largas rondas por la manigua, cara a la Meca, arrodillado, las manos en las rodillas y a veces prosternado. Y acabé por valorar también su Kain Merah como emblema de su valor y su fe, útil para él y sus hombres en la batalla.
El Paño Rojo pasó por una prueba impresionante al finalizar aquel verano, el día que, sólo a tres cuartos de kilómetro de Rengam, vimos demasiado tarde un árbol caído que interceptaba la carretera. Volcó nuestro jeep del cual salimos despedidos; corrimos hasta pasar las líneas de fuego de las guerrillas y nos reunimos cien metros más arriba en la carretera. Allí eché de menos a Yusof y lo vi tendido e inmóvil en la carretera junto al volcado jeep.
Grité a mi gente que abriera fuego para proteger mi avance, corrí hasta el vehículo y conseguí arrastrar a Yusof hasta la seguridad de la cuneta. Estaba inconsciente y tenía una herida grande, aunque superficial, en la nuca, producida probablemente por el jeep al volcarse sobre él. Llegaron más fuerzas de Rengam al poco rato y ya habíamos dominado la situación cuando uno de los muchachos dijo: «Jefe, mire ... sangra usted por la espalda.» Una bala me había alcanzado debajo del omóplato izquierdo. Afortunadamente no interesó el pulmón, pero me tuvo hospitalizado casi dos semanas.
Entretanto Yusof, en uso de licencia y con su cabeza remendada, se marchó a su aldea natal. Casi al finalizar mi estancia en el hospital se presentó un día a la puerta de mi cuarto, resplandeciente y endomingado con un sarong largo, de color azul y plata, y un amplio baju (especie de chaqueta) de seda anaranjada con dos holgados bolsillos. Parecía extrañamente azorado mientras permanecía a la puerta, tratando infructuosamente de sonreír. «Jefe —dijo al fin tímidamente— ¿me permite entrar?»
Le indiqué con la mano que tomara asiento. Pero no quiso sentarse y continuó de pie evidentemente incómodo y nervioso. Al fin dijo: «Jefe, le estoy muy agradecido por haberme salvado la vida.»
—No vale la pena, cabo. Aquel día cayeron así las pesas —le contesté—. Usted hubiera hecho lo mismo por mí.
Jefe —insistió Yusof— usted me salvó la vida. (Hundió la mano en un bolsillo de su baju y sacó un cilindro de madera, bellamente veteada y pulida, de unos 15 centímetros de longitud.) Me sentiría honrado si usted aceptara este pequeño kris . una prenda de mi gratitud.
Abrió el cilindro y me enseñó una miniatura perfectamente construida de la famosa espada corta malaya, la temible daga (cuyo uso está prohibido en la actualidad) de ancha hoja con filo ondeado. El extremo de la hoja mortífera adherida al puño tiene una espiga delgada que entra en la preciosa empuñadura;
cuando se clava el kris al enemigo, un hábil giro de la empuñadura puede soltar la espiga y dejar la hoja hundida en el cuerpo de la víctima.
—Son contados los que saben hacer un buen kris en estos tiempos — dijo Yusof. Añadió que había encontrado un artesano muy viejo para que se lo hiciera, y que también había -Convencido al mulvi de su aldea para que lo bendijese. Me pareció comprender que me lo daba con mezcla de placer y pesar; porque si bien parecía ansioso de que yo tuviese la minúscula daga, parecía asimismo costarle trabajo desprenderse de ella.
—Llévela siempre consigo, jefe —dijo solemnemente—. Le traerá a usted suerte.
Cuando le di las gracias y charlamos unos cuantos minutos, volvió a ser el de siempre. Al fin saludó atentamente y se fue.
Iluminaban el cielo las primeras luces grises de una madrugada de fines del año 1948, cuando me desperté en mi bungalow de Rengam. Me estaban llamando por teléfono. Era el cabo malayo de servicio que me daba cuenta de haber oído tiros. Dijo también que alguien le había telefoneado que se habían oído disparos en la dirección de la hacienda de Sembrong. Había intentado comunicarse con la hacienda pero no funcionaba la línea.
Conocía yo a Sandy Grant, el director de la hacienda, a su rubia esposa y a su hijita de dos años. Me vestí a toda prisa y crucé corriendo el sendero de grava hasta los vehículos que esperaban. Tenía siempre una de las escuadras de servicio lista para marchar, y aquella mañana era la de Yusof Hussein. Salté al jeep delantero. Yusof, que siempre iba sentado inmediatamente detrás de mí, me tocó un hombro.
—¿Lleva usted el kris, jefe?
Me palpé la cartuchera de lona y contesté:
—Siempre.
—Baile! (¡Muy bien!)

Tomamos la carretera de la hacienda, de unos tres kilómetros de largo. Era imprudente hacerlo así. Deberíamos haber hecho alto y habernos desplegado, pero había una mujer y una niña en peligro y decidimos correr el riesgo. Al aproximarnos al edificio de las oficinas de la hacienda, ametralladoras apostadas en las ventanas del segundo piso empezaron a Vomitar fuego. Nos metimos en la zanja. El humo negro y oleoso que subía de los cobertizos de almacenaje a la izquierda nos advertía que estaban ardiendo balas de caucho. El bungalow de los Grant estaba a 200 metros más allá.
—Hay que acallar esas ametralladoras ...
No había terminado la frase cuando Yusof saltó de la zanja a campo abierto con una granada en la mano. Embistió hacia la puerta de la oficina y, al abrirse ésta de par en par, crepitó una ametralladora. Yusof cayó en el escalón de entrada. Fue su hermano, Abdul Rhaman, que iba corriendo tras él, quien recogió la granada y la arrojó describiendo un gran arco a través de la puerta. Luego Yusof se arrastró hasta apostarse en una esquina del edificio y empezó a cazar terroristas que huían por la trasera.
De pronto, abrieron a mi izquierda furioso tiroteo. Algunos terroristas estaban lanzando un contraataque y, cuando miré, vi a uno de ellos lanzarse velozmente por la carretera del bungalow. Si la cruzaba, flanquearía nuestra partida de la zanja. Casi sin darme cuenta, sentí que mi carabina disparaba tres veces. Las balas hicieron rodar al terrorista.
Continuaron volando las balas hasta que, por fin, dominamos el contraataque. Corrí al bungalow de los Grant, donde encontré a Sandy Grant y su familia fortificados en el cuarto de baño. La madre, temerosa de que los gritos de la niña pudiesen llamar la atención, la había metido en la bañera a medio llenar, donde seguía jugueteando con el agua sin enterarse del peligro.
Entonces llegaron tropas de Rengam y se desplegaron entre las arboledas; un distante toque de corneta anunció la retirada de los comunistas y pudimos contar nuestras pérdidas. Además de Abdul, que permanecía silencioso junto a su hermano caído, sólo otro malayo quedaba de los 15 hombres que componían la escuadra de Yusof. El cabo estaba aún en posición de hacer fuego, con la cabeza caída sobre la carabina. Cuando le quité el arma de las manos sentí desgarradora emoción. Me pareció increíble milagro que yo mismo hubiera escapado con vida.
En Rengam, el sargento mayor Haji me saludó impasible. Me dejé caer en una silla y describí la acción de aquella mañana.
—Ha sido una desdicha —acabé diciendo tristemente— que el Paño Rojo no haya librado esta vez a Yusof Hussein.
—Nada tiene de sorprendente, jefe —contestó Haji con mucha simpatía en su atronadora voz— puesto que era usted quien lo llevaba.

Levanté hacia él los asombrados ojos y pregunté:
—¿Qué demonios quiere usted decir ?
—El kris que Yusof le dio a usted ... ¿No lo ha abierto? El Paño Rojo está en la empuñadura del cuchillo.
Aturdido saqué el pequeño kris y descubrí que la empuñadura se soltaba fácilmente de la espiga. Dentro, apretadamente recogido, estaba el Kain Merah de Yusof Hussein bin Jaffa. Me quedé mirando, casi sin creer a mis ojos, mientras en la palma de mi mano el Kain Merah se convertía en borrosa mancha carmesí y comprendía por vez primera la plena significación del acto de Yusof.
Yo era cristiano y no creía en su Kain Merah, pero Yusof Hussein era musulmán y creía en él. Y «nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amig

1942-"MUERA EL CRISTIANISMO DICE EL JAPON"

"MUERA EL CRISTIANISMO DICE EL JAPON"
"Odian a Cristo con la misma saña que a los soldados de allende el mar."
(Condensado de «Collier's »)
Por Robert Bellaire 
1942

NO HABÍA ESTALLADO la guerra todavía. Estábamos el coronel S.Nichihara, oficial de prensa del Ejército japonés, y yo, en una lujosa casa de Shangai.
Nichihara había bebido mucho. Al parecer, tenía el vino sentimental, por­que empezó a sollozar y a pronunciar, lleno de reverente emoción, entre hipo e hipo, el nombre sagrado de Hirohito.
--Usted—me dijo después de una buena mordida al pescado crudo que estaba comiendo — usted también de­biera hacerse shintoista y creyente en el Emperador.
Vamos, vamos, coronel—le respon­dí—. No lo disimule tanto. Usted es cris­tiano. Para usted, el Emperador no es el mismo que para los demás japoneses. No me dirá usted que no.

Saltó como si lo hubiese mordido una víbora. El ultraje le llegó a lo más vivo del alma. Con gritos y ademanes des­compasados, casi me escupió a la cara:
Me he inscrito como cristiano, sí, no lo niego; pero, óigalo usted bien, lo he hecho por un solo motivo: por el Emperador.
Tenía los ojos inyectados. Estaba fre­nético de rabia.
 —El Ejército Imperial—prosiguió­ ordenó que asistiera a la escuela de una misión cristiana para aprender inglés. Otro tanto han hecho infinidad de ofi­ciales japoneses para capacitarse como traductores militares.
Según Nichihara, hubo oficiales que se inscribieron también como cristianos para aprender matemáticas superiores, ciencias, historia extranjera: materias todas que se consideran indispensables para la creación de un ejército y una marina capaces de sojuzgar el mundo. En las misiones no se exige a los alumnos que sean cristianos, pero los jefes mili­tares dispusieron que los oficiales lo hi­ciesen así, por temor a que las escuelas se cerráran, si las juntas misionales de los Estados Unidos veían que el núme­ro de «conversiones» no justificaba el gasto de su sostenimiento.
Pero ya no necesitamos para nada de las misiones—continuó Nichihara—. Tenemos hospitales y universidades in­comparables, hasta mejores. ¿Sabe us­ted cuál es la única utilidad que nos prestan las misiones ahora? Pues la de suministrarnos divisas para comprarles a ustedes mismos materias primas con el dinero que traen los misioneros.
Le pregunté si, en general, los japoneses estaban agradecidos a los misioneros cristianos por su obra  humanitaria.
¿Agradecidos ?—El coronel sonrió sarcásticamente---, Todo japones que se respete un poco  se siente ofendido y humillado- cuando  tiene que aceptar al­go de un extranjero. Somos una raza su­perior. Llegará el día en que el Japón dominará el mundo. Ese día, sépalo usted,  ese día barreremos el Cristianismo de la faz del orbe.
Pocas horas antes había comunicado yo a la Prensa Unida que los japoneses acababan de bombardear otra misión cristiana en el interior de China. ¡Era el vigésimo bombardeo en menos de un año! Se habían marcado visiblemente todos los edificios de la misión con ban­deras norteamericanas. El comunicado oficioso de Nichihara de aquel día re­zaba así: «Nuestros aviones han bom­bardeado con éxito un importante ob­jetivo en la provincia de Honan ».
Al presente, el Japón está librando una guerra tan encarnizada contra el Cristianismo como contra los Estados Unidos. El Cristianismo rechaza y con­dena las pretensiones de los japoneses de ser una raza superior; niega la divinidad de su soberano; aboga por reformas so­ciales que sacarán a las masas japonesas del estado de servidumbre feudal en que se hallan. Es, en suma, la religión de la esperanza, la religión que ha teni­do la virtud de despertar la fe en su liberación, en millones de indefensos orientales a quienes el Japón se propone someter a yugo ominoso y perdurable. «No se podrá sojuzgar a los chinos », me confesó en una ocasión Jan Suchiya, jefe de propaganda del Ministerio de Estado de Tokio, «mientras los cristia­nos sigan predicando esa su doctrina de fe y esperanza. ¡Creencias absurdas que tenemos que prohibir!»
El plan que piensa ejecutar el Japón contra el cristianismo es patente. Hay
que destruir hasta la última misión cris­tiana en China. Mediante más de 800 ataques desde el aire, en estos seis últimos años, han reducido, a ruinas a centenares de misiones, iglesias y hospi­tales. Los japoneses cuentan con matar a todos los misioneros, u obligarlos, por el terror, a huir de China. Son muy po­cos hasta ahora los que han huido. Millares, en cambio, han perecido o han que­dado inutilizados en una de las persecu­ciones más sanguinarias e implacables que se han visto en China.
Hasta lo de Pearl Harbor, cada ata­que de los japoneses a una misión pro­vocaba una enérgica protesta de los re­presentantes diplomáticos extranjeros. Y a cada protesta, invariablemente, el Japón expresaba su «profundo pesar» por el error que habían padecido sus aviadores. Por fin, como último reme­dio, los representantes de los Estados Unidos facilitaron a los japoneses mapas con la situación exacta de todas y cada una de las misiones norteamericanas en China. El resultado fue que, en los dos meses siguientes, aumentó considerable­mente el número y la frecuencia de los bombardeos. Los japoneses, inmutables, continuaron repitiendo su sabido sub­terfugio: « ¡Ha sido una deplorable equivocación!» Jan Suchiya me dijo al­gún tiempo después que esos mapas ha­bían servido de «excelentes guías a nuestros aviadores».
En las Filipinas y en otras regiones ocupadas se ha dado muerte a la mayor parte de los misioneros, o se les ha en­carcelado, o se les ha hecho objeto de tratos tan infames, que no pueden re­ferirse aquí. Se han entregado sus pa­rroquias a «misioneros cristianos» japo­neses, adscritos al Departamento de Cultos del Ejército. El número de esos misioneros es quince veces mayor que el de todos los clérigos canónicamente ordenados en el Japón en los últimos treinta años. La mayoría no son más que sacerdotes shintoistas disfrazados y especialmente preparados para comba­tir al cristianismo «desde dentro». No exhortan a los conversos del país a apos­tatar del Cristianismo, sino sencillamen­te a rechazar las «mentiras» que los bárbaros occidentales les han enseñado.
He aquí su versión del Cristianismo. Cristo fue un oriental. Nació en el Japón. Fue un gran profeta que recibió todo su saber de los emperadores-dioses del Japón. Se trasladó al Occidente a difundir sus grandes enseñanzas entre los bárbaros, los cuales lo negaron y lo crucificaron e_interpretaron torcidamen­te todo lo que él enseñó. Después de resucitar de entre los muertos, Cristo reapareció en el Japón, donde murió y está enterrado. La sabiduría que EL ad­quirió de las doctrinas de los divinos emperadores, es la misma divina sabi­duría que hoy posee Hírohíto.
Los japoneses llevan al Japón a cen­tenares de cristianos chinos y filipinos, a visitar «el sepulcro» del profeta Cris­to. (Es un hecho probado que han eri­gido un santuario.) A los peregrinos se les dice que lo más importante del viaje es la ocasión de pararse ante los muros del Palacio Imperial en Tokio a rendirle homenaje al dios-emperador. Vuelven, pues, a sus hogares con la idea de que Cristo ha muerto, pero que el dios-emperador está vivo, y bien vivo, y que es heredero legítimo de la soberanía omnímoda sobre todo el mundo.


viernes, 6 de abril de 2018

LA JOVEN QUE AMO LA SVASTICA

LA JOVEN QUE AMO LA SVASTICA 

-MARIA ANA HIRSCHMANN

De Norteamérica, con Amor
Pags.. 139-141
Si no hubiera estado tan cansada, me habría dado cuenta: al irnos aproximando al edificio de la luz, no se nos cruzó por la mente que la casa no era el casco principal de una granje alemana. Lo único que sabía era que no podía dar un paso más cargando esa chica. Además, se le observaba ya una palidez mortecina.
Me arrimé a la puerta y llamé. No hubo respuesta. Empecé entonces a golpear la puerta con mi puño, resuelta a insistir hasta que alguien atendiera. Si la familia del granjero viera a la pequeña, tal vez se apiadarían de ella y nos prestarían ayuda. Lo único que yo buscaba era un lugar apropiado donde ella se pudiera secar.
Inesperadamente la puerta se abrió, y apareció un soldado norteamericano. Yo sabía que era norteamericano porque había visto fotografías de soldados de esa nacionalidad durante la guerra, cuando yo era adoctrinadora nazi. No recordaba bien la enseñanza que había recibido sobre estos hombres, pero sabía dos cosas: que eran unos pistoleros por vivir en ciudades sucias, y que todos masticaban chicle, mala costumbre que dañaba mucho la dentadura.
Este soldado era alto, estaba armado ... ¡y mascando! "¿Qué quiere usted?" preguntó con parsimonia, mientras que pasaba el chicle de un lado de la boca al otro. Observé cómo le brillaba la dentadura.
Me quedé como petrificada por el terror, y la expresión de mi rostro debe de haber hablado más fuerte que mi torpe tartamudeo en alemán pidiendo auxilio. No sabía nada de inglés, y era evidente que el soldado no sabía alemán, pues no me entendía. Me echó una mirada inquisidora, y entonces se dio vuelta y llamó a alguien por su nombre. De inmediato se presentó un intérprete, y preguntó en alemán qué era lo que queríamos.
—Acabamos de venir del lado ruso, y encontramos esta chica sola en el bosque —le expliqué—. Tuvimos que cruzar el río, y la criatura se mojó hasta la cabeza. Morirá, a menos que pueda secarse y estar en lugar templado. Y por favor, dígale a ese soldado que no nos mande de vuelta a los rusos. — —La nena había hundido su cabecita en mi hombro y lloriqueaba en silencio.
Nunca, ni aun en sueños, creí que fuera posible lo que sucedió después. ¡La puerta se abrió de par en par, y fuimos invitadas a entrar! Llegaron otros soldados y trajeron una cama y frazada. Me dijeron que le quitara a la chica la ropa mojada y que la envolviera en un frazada. Entonces acostamos ese frío cuerpecito en la cama. Mientras tanto, otro soldado había traído una taza grande de chocolate caliente. Al sostenerle la cabecita, bebió el chocolate con impaciencia y voracidad. Observé entonces cómo sus mejillas iban adquiriendo colorido, mientras sus manitas frías fueron aflojando la presión con que tenían asidos mis dedos. Con todo mi cariño bajé su cabecita, y le dije que se durmiera. Hizo un gesto afirmativo, y entonces me dirigí al rincón donde estaba Micherle, de pie.
Pero algunos soldados empezaron a hablarle a la niña. En un idioma extraño, por supuesto, pero parecía como que le estuvieran hablando en media lengua, al estilo infantil. Parecían payasos, haciéndole caras raras mientras sus ojos les bailaban en sus órbitas. Ella se sentó y empezó a mirarlos. Al rato perdió su timidez y empezó a hablar alegremente con esos muchachotes. Todos se divirtieron mucho, a pesar de no poderse entender.
Yo estaba de pie en mi rincón, toda confusa. ¿Era posible que esto fuera así? En nuestra ignorancia, estábamos ahora a la merced de los soldados norteamericanos, nuestros enemigos, a quienes habíamos recurrido en demanda de ayuda. Nos habían hecho pasar y habían atendido a la nena; y ahora la estaban entreteniendo, riendo y saltando. ¿Qué razón había para que nos trataran tan bien estos pistoleros, que en su odio para con los alemanes habían incluso cruzado el mar para combatirnos? Aunque no lo parecía, esto debía ser una trampa muy grande. ¡ Parecía todo tan natural! ¿Era posible que ahora dudara de que los norteamericanos eran unos pistoleros, y por otro lado, que creyera que se comportaban como seres humanos? Puede ser que yo hubiera estado mal informada. Una vez más tuve la sensación de que había en mí algo que se estaba derrumbando. En efecto, se estaba diluyendo el concepto que tenía de los norteamericanos. Se estaba comprobando, una vez más, que la sucia propaganda de Goebbels era una vil mentira.
Finalmente la chica se durmió y los soldados se quedaron quietos. Algunos se retiraron de puntillas, mientras que no faltaron algunos que permanecieron junto a su cama. Yo me adelanté para observar a la niñita mientras dormía. Ahora bien, habíamos cumplido con lo que nos habíamos propuesto, de modo que ya era hora de que Micherle y yo continuáramos nuestro viaje. La niña parecía quedar en buenas manos. Con una inclinación de cabeza dije tímidamente Danke (gracias) y nos dirigimos a la salida.
Pero antes de llegar a la puerta, un soldado habló. Hizo gestos, y trató de hacerme entender algo. Se restregó los ojos y preguntó: "¿Están cansadas, con sueño ... querrán ustedes dormir también?"
¡Así que era eso lo que quería! Los soldados son todos iguales, pensé. Sacudí mi cabeza con gran disgusto y volví en dirección a la puerta. "Nein, nein Danke" (No, no gracias), dije con aspereza.
El soldado pareció leer mis pensamientos. 

 De Norteamérica, con Amor
Pags.. 142-144
_Vea__dijo con orgullo señalándose a sí mismo— yo americano. —Su ancho pecho pareció ampliarse en varios centímetros. Habló pausadamente y midiendo sus palabras, después de lo cual yo hice una inclinación de cabeza. Sí, realmente ¡ era un norteamericano!
Yo no ruso. —Señaló hacia el este y sacudió con fuerza su cabeza.
Hice un nuevo movimiento de cabeza. En realidad, no era un ruso.
I good man. —Gutter Mann en alemán. Entendí su significado —hombre bueno— por su pronunciación similar en ambos idiomas. Se sonrió y mostró sus dientes blancos y grandes.
Me quedé mirándolo. ¿Era realmente bueno? Cada uno de nosotros entendió lo que el otro pensaba.
Fue hacia una puerta, la abrió, y nos hizo un ademán de entrar. Vimos allí dos camas y frazadas en una pequeña habitación. Debe haber sido una sala de primeros auxilios. Hizo un gesto con la cabeza, y restregó nuevamente sus ojos. "Ustedes con sueño, vayan dormir. Nosotros, hombres buenos".
Nuevamente vacilé. No era razonable confiar, y yo sabía que era preferible huir. Pero ahí había algo que me lo impedía. Esas camas parecían tan buenas, y las frazadas tan secas y calientes, y por otro lado mis ojos estaban muy cargados de sueño. Durante varias semanas venía huyendo de todo. Estaba cansadísima de tanto correr. Después de todo, me arriesgaría. Me acostaría y dormiría mientras todos esos soldados estarían andando a nuestro alrededor. Era una locura ser tan confiada, pero después de todo ya estaba resuelto.
Con una insinuación de sonrisa miré a nuestro anfitrión a los ojos, e hice un lento movimiento de cabeza. Cortésmente mantuvo abierta la puerta hasta que hubimos entrado, la cerró luego cuidadosamente, y se retiró.
Sin más preámbulos nos arrojamos sobre las camas y nos cubrimos con las frazadas. Nos dormimos, entonces, en cuestión de minutos.
No sé cuánto tiempo dormimos, cuando bruscamente sonó un fuerte golpe en la puerta que me hizo pegar un salto. Asustada, exclamé : "¿ Quién es? ¿ Qué quiere?"
De inmediato entró un soldado vestido de blanco  que resultó ser un cocinero del ejército. Era de cara redonda, bien rellena, rosada. Muy simpático era, y parecía gozar de excelente salud. Sonrió francachonamente, lo que hizo que su cara apareciera más redonda y más llena aún. Llevaba puesto un gorro de cocinero. También su cuerpo era redondo y bien relleno, parcialmente recubierto por un gran delantal blanco. Entre sus manos sostenía una bandeja cargada de comida. Asentó la bandeja, y haciendo un guiño jovial preguntó: "¿ Quieren comer ?"
Casi sin creer lo que veía y oía, hice un gesto de asentimiento. ¡ Se entendía que nosotras también teníamos derecho a comer! Le echó un vistazo a la bandeja. Estaba cargada de manjares varios. Yo pensaba para mis adentros cuál de ellos podríamos comer nosotras. Era seguro que este hombre comería juntamente con nosotras. Le miré la cara, y la espera de sus instrucciones.
—Coman —dijo al vernos titubear.
¿Alles? (¿todo?) —pregunté con incredulidad.
 —Sí, todo. —Parecía que esta situación le divertía mucho.
—¡Danke, Danke!
Sonrió y se retiró de la habitación.
Con impulso vacilante tomábamos los alimentos. Traté de untar el pan con la mantequilla. Nunca antes había visto pan tan extraordinariamente blanco. En mi país comíamos pan negro de centeno, de calidad inferior. Llamábamos Kuchen (tortas) a todos los productos de panadería de color blanco. Lo que yo no entendía era por qué los soldados norteamericanos empezaban el día comiendo tortas con mantequilla y dulce, aparte de todas las otras cosas, algunas de ellas extrañas para nosotras, y todo esto nada más que para el desayuno. Créase o no, hacía muchas semanas que no comíamos algo tan sabroso y bueno como esto; ¡ y en tanta cantidad! Había también cafeteras humeantes con café de gusto diferente, fuerte y amargo. Después de comernos las últimas migajas, nos limpiamos la boca con servilletas de papel. ¡Qué lujo! i Servilletas! Esto era desconocido en la Alemania de posguerra. ¡ Estaríamos viendo visiones, tal vez!

LA CANCION DE JERUSALEM DE ORO

  LA CANCION DE JERUSALEM DE ORO
Por LINDA GOTTLIEB
1968Fue escrita como un canto personal de anhelo
y de nostalgia, mas para una nación  atribulada se
convirtió en himno de victoria.


EN TODO Israel se canta hoy una canción gloriosa Yerusha1a'im shel zahav ("Jerusalén de oro"), que en solo tres semanas se convirtió a la vez en himno nacional y en plegaria. Más de 30 versiones se están vendiendo en Israel; en Londres la ha grabado Eddie Fisher, un artista popular la toca en la armónica, y ya circula también en los Estados Unidos. lerusalén de oro" ha penetrado hasta los tuétanos de todos los israelíes y perdurará 'como recuerdo de la guerra de seis días de junio de 1967.
En Tel Aviv, Naomi. Shemer, cuya larga cabellera negra enmarca un rostro sacado de una pintura de Gaugin, no sale aún de la sorpresa que le produjo el éxito instantáneo de su más reciente composición. Para ella fue un milagro que ocurrió el 15 de mayo de 1967. Unas 3500 personas   llenaban el Teatro de la Nación, en la moderna jerusalén, para asistir al festival anual de canciones con que se conmemora la independencia de Israel. Para ese festival se había pedido a cinco de los más notables compositores que escribieran canciones. El director del festival había explicado que estaban en libertad de escribir acerca de cualquier tema que quisieran, pero el alcalde de la ciudad, Teddy Kollek, expresó el ferviente anhelo de que alguno de ellos compusiera una canción alusiva a Jerusalén. Cuatro no se interesaron en hacerlo así. Naomi Shemer, de 34 años autora de más de 200 canciones, aceptó.
Naomi pasó dos meses sin escribir nada. Sin embargo, mientras atendía a sus ocupaciones habituales, pensaba en la Jerusalén que había conocido de niña. Recordó que sus padres hablaban de su pueblo natal, Vilna, en Polonia, como "la Jerusalén de la Diáspora" como si ninguna otra ciudad pudiera igualarla. Recordó los colores, los sonidos,    silencios  de Jerusalén, las visitas que hizo de niña a los lugares bíblicos, cerrados para ella permanentemente desde 1948. Vínole también a la memoria una historia del. Talmud, según la cual la mujer del eminente rabino Akiva vivió en la miseria durante muchos años a fin de que su marido pudiera proseguir. sus estudios. Cuando el rabino Akiva llegó a ser sabio y famoso, recompensó a su esposa con una lerusalén de oro", esto es, un alfiler de este metal, labrado a martillo en la forma de la antigua ciudad, para que lo usara como símbolo de la dedicación que le había demostrado.
Naomi Shemer tomó la frase talmúdica, Yerusha1a'im shel zahav ("Jerusalén hecha de oro"), y la  utilizó, como título de su canción. Había de ser una canción nostálgica, una íntima lamentación por la ciudad que ella en lo personal había perdido. "Jerusalén de oro, de cobre y de luz", decía el estribillo; y luego, tomando las palabras del escritor hebreo medieval Yehudí Halevi, Naomi continuaba : "Sea yo un violín para todos tus cantares . . .  Por primera vez en el canto o la poesía modernos se refería al "antiguo muro" con queJerusalén "ciñe su propio corazón", y hablaba de escenas de la vieja ciudad, escenas que los judíos de nuestra época no verían nunca:Las cisternas están secas
y desierto el mercado
No podemo visitar nuestro templo en la vieja ciudad.
Gimen los vientos en rocosas cavernas, allá en las montañas.
 No podemos llegar al mar Muerto por el camino de Jericó.
Tu nombre quema mis labios como el beso de un serafín.
No permitas que te olvide,
¡oh, Jerusalén de oro!
Cuando se cantó en el Teatro de la Nación, en Jerusalén, era casi medianoche. Ya, se habían escuchado otras 14 melodías, con completo acompañamiento orquestal, que habían sido recibidas con un cortés aplauso. Salió en seguida al escenario una joven a quien en la misma autora había descubierto apenas hacía pocos días y era desconocida del público. No tuvo más acompañamiento que el de la guitarra que ella misma rasgueaba.. A medida que cantaba la "Yerusha1a'im shel zahav", entre el público se fue haciendo el silencio. Cuando terminó, el silencio se prolongó un instante y en seguida estalló una ensordecedora salva de aplausos que duró siete minutos. Era evidente que todo israelí compartía con Naomi Shemer su sentimiento de pérdida personal. A petición del público
 fue preciso repetir la "Jerusalén de oro". Y esta vez (la segunda apenas en la historia de la canción) todo el auditorio coreó el estribillo.
La misma noche que aquel público judío cantaba la Jerusalén que no esperaban volver a ver, Gamal Abdel Nasser invadía con sus tropas la península del Sinaí. Los días que siguieron al estreno de la canción de Naomi Shemer, los soldados de Israel empezaron a dejar sus casas para ir a la guerra.
La compositora empezó a recibir llamadas telefónicas y cartas. Los soldados le escribían para decirle que en los campamentos cantaban su canción al anochecer. Los cantantes profesionales le pedían permiso para iniciar y terminar con ella los programas que presentaban ante las tropas, puesto que los soldados invariablemente la solicitaban. Un alto jefe de las fuerzas armadas la visitó para invitarla a cantarla para las tropas destacadas alrededor de Jerusalén.
Entre el auditorio reconoció muchas caras: médicos, abogados, personas a quienes veía todos los días en ese pequeño país de Israel. Recordaba que algunos habían combatido en 1948 y 1956. Aquellos rostros formaban en torno de ella un círculo, y mientras Naomi cantaba, solo rompían la oscuridad de la noche los faros de algún camión que pasaba. Y con voz fuerte y resuelta, los soldados la acompañaron en el estribillo.
El domingo 4 de junio llamaron a Naomi Shemer a uno de los puestos centrales de mando del Ejército para darle de nuevo la misión de cantar para las tropas. La presentaron a algunos de los principales jefes militares de Israel, como el general brigadier Ezer Weitzman, delegado del general Itzhak Rabin, y el brigadier Ariel Sharon, general de división que dirigiría uno de los ataques principales en la campaña del Sinaí. El general Sharon, con su habitual modo brusco, se volvió hacia ella y le dijo:
—Es importantísimo que venga usted a cantar ante nuestras tropas.
Y quedó dispuesto que Naomi Shemer se trasladara en el avión de Ezer Weitzman a la base de operaciones del general Sharon en la región del Néguev.
Esa misma tarde, antes de anochecer, la cancionista de Tel Aviv y el comandante delegado de las fuerzas arniaclas de Israel volaron juntos al campamento de las tropas del general Sharon, en el sur. Esa noche la cena se compuso de tomates, pepinos y huevos. Se habló muy poco. Después de cenar, la joven esperaba que la invitaran a cantar, pero no fue así. Por fin el ayudante del general Sharon la llevó aparte y le dijo:
—La guerra va a ser dura y tenemos razones para creer que va a  estallar pronto. Hemos  resuelto que esta noche no cante usted.
Ella no contesto nada. El oficial continuó:
—A pesar de eso , usted no Se imagina cuan inportantwe  es param nosotros us presencia aquí. Es dificil explicarselo . . . Pero usted es una poetisa,, una música . . . y necesitábamos una persona espiritual para que Comparta con nosotros estos momentos.
Ya bien entrada la noche, el ejército partió, y el lunes por la mañana  la radio anunció que había estallado la guerra. Naomi Shemer se dispuso a ayudar en la única forma que ella podía hacerlo. El martes se unió a las tropas en las afueras de Rafa y al anochecer cantó para los soldados. El miércoles entraron en  El Arish, donde todavía ocurían esporádicos encuentros de infantería. Ella y otros  varios ejecutantes  se agazaparon alrededor de unacolumna que, por ironía de las cosas, había sido erigida por los
egipcios para conmemorar su "victoria" sobre Israel en Sinaí en el año 1950.
Alguien tenía un radiorreceptordle transistores. Súbitamente un locutor anunció:
"¡La ciudad de Jerusalén ha silo tomada!"
La trasmisión pasó a la propia Jerusalén. Se oían los disparos como fondo de la voz del locutor que describía la lucha de los paracaidistas al avanzar calle por calle en el corazón de la antigua ciudad. "Parte de las tropas israelíes avanza hacia el Muro de las Lamentaciones", agregó el locutor. Luego empezó a oírse, indistintamente al prinicipio, una canción, o más bien un himno, que cantaban centenares  de voces roncas, jadeando entre uno y otro verso: "Yerushala'im  shel zahav, veshel nechoshet or Halo lechol shiraich ani kinor" ("Jerusalén de oro, de cobre y de luz, sea yo un violín para todos tus cantares").
Y allí, en medio del fragor del combate que se reñía en Jerusalén y en El Arish, se le ocurrió una modesta idea, personalísima, profesional: tendría que reescribir la segunda estrofa de su canción. Ya no había necesidad de que expresara nostalgia alguna: ¡Ya Jerusalén estaba en poder de Israel!
Por la noche, cuando los soldados israelíes se habían congregado en sus campamentos del desierto, la joven se presentó ante ellos y les dijo:
—Voy a cantaros una nueva estrofa que he compuesto para "Jerusalén de oro", porque cuando escribí esa canción Jerusalén no era sino un hermoso sueño para todos nosotros, ¡mientras que ahora ya es nuestra!
Y los soldados la escucharon atentamente mientras ella cantaba así:
Hemos vuelto ya a las cisternas, 

estamos de vuelta en el mercado.
 Del Muro de las Lamentaciones 
de la vieja ciudad llega hasta nosotros la voz del shofar.*
Y de las rocosas cavernas de las montañas mil soles se levantan. Ahora iremos al mar Muerto. ¡Iremos por el camino de Jericó!

 

*El shofar (o también shophar) rs un primitivo instrumento musical hebreo, h cho de un cuerno de carnero.

LA TORMENTA DE FUEGO

LA TORMENTA DE FUEGO
Joe Stevenson

Hacía calor cuando regresé de la iglesia aquel domingo en una mañana del mes de agosto. El estruendo de una tormenta de truenos y chispas eléctricas estaban sobre los veinticinco mil acres del espacioso terreno virgen detrás de mi casa, que se encuentra a unos doscientos metros de la carretera Mount Rose, cerca de Reno, Nevada.
Yo había tenido una rnañana ocupada. Primero había ayudado a mi esposa Janice a cargar el auto para un viaje a Las Vegas, donde ella planeaba visitar a su hermana por una semana y llevar a los niños con ella. Esto significaba que rne quedaba solo con nuestra perra B.J. y nuestros dos gatos. Me sentía triste de  ver a la familia despedirse, pero al mismo tiempo estaba deseoso de disrutar una semana llena de paz y soltería. Cualquier esposo cornprendería rni sentir.
Después que se fueron, manejé el auto hasta el carnino de tierra que llega hasta la carretera principal y hacia la Iglesia Evangélica Libre deMount Rose donde yo enseñaba a un grupo. Recuerdo el tema de esa mañana, era I Corintios.
También recuerdo la sensación de satisfacción que tuve cuando regresé y vi nuestra casa en medio de un mar de arbustos y árboles, haciendo una silueta contra el cielo azul de Nevada. Nos había tomado diez años planearla y dos años construirla. Todos la amábamos. La considerábamos la última casa en la cual viviríamos.
Esa tarde larde,alrededor de las 2:30, un rayo provocó un fuego en un matorral,  a unos tres kilómetros de nuestra casa. Yo me preocupé _ cualquier fuego en agosto es en extremo peligroso porque la vegetación está muy seca- pero el viento estaba soplando del suroeste, cosa que significaba  que el fuego se estaría alejando de nosotros. . Mi vecino Tony Brayton vino a observarlo conmigo. Ambos nos sentimos seguros de que se apagaría antes de llegar a alcanzarnos.
Por, pura precaución, cargué  algunas pertenencias en el auto. Luego saque la manguera y comencé a mojar el techo y el piso nuevo de madera que había añadido atrás de la casa. Otras personas en el área estaban vigilando el fuego también.  Tres veces sonó el teléfono; eran personas llamando para decirme que estaban orando para que el fuego no nos alcanzara. Había Consuelo y animo en esto.
Pero  abruptamente, alrededor de las 4:45, el viento dio un viraje de 180 grados. Eel viento del suroeste cambió súbitamente hacía el noroeste. Las  llamas se dirigían súbitamente hacia nosotros.
Tony quien se había ido diez minutos antes, regresó corriendo. Nos quedamos allí,  medio paralizados con lo que veíamos. Lo que había sido un pequeño fuego de matorrales, era ahora una tormenta gigante de fuego rugiendo hacía nosotros, consumiendo todo a su paso en una pared de fuego de quince a treinta pies de alto y de un kilómetro de ancho.
Venía a una velocidad increíble, absorbiendo el oxígeno del aire al nivel de la tierra frente a ella y creando tornados de fuego que se lanzaban a cincuenta pies de altura hacía el cielo lleno de humo negro. El sonido del chisporroteo era aterrador. Era como si un demonio gigante se dirigiera a destruirnos y se materializaba de la nada. Bramaba por las colinas, brincando sobre el cañón, sesenta pies de profundidad y cien pies de años como si el cañón no hubiera estado allí. Su velocidad era impresionante. En segundos estaría sobre nosotros.
Abrí la  puerta y llamé a B.J., pero no había señales de ella y no había tiempo de buscarla. Tony y yo soltamos los caballos y corrimos para salvar nuestras vidas. Mientras corríamos, dije la oración más rápida que despierto y corriendo he dicho en los cuarenta y dos años de mi vida. Dije : “Señor, pongo mi casa y todo lo que hay en ella en tus manos”. Y luego recordando lo que San Pablo dijo sobre la importancia de dar gracias por todo, bueno o malo, me las arreglé para orar (aunque no me sentía con deseos), "Señor, no importa lo que suceda, te doy gracias por ello y te alabo".
Salté a mi pequeño Omni. Tony se tiró dentro de mi otro auto y manejamos por la carretera hacia la casa de Tony. Recogimos a su esposa, le avisamos a una familia en la tercera casa, y proseguimos la escapada hacia la carretera. Detrás de nosotros, el monstruo de fuego arrasaba; rugiendo, silbando, chisporroteando, envolviéndolo todo.
Ya en la carretera, salí de mi auto y me quedé mirando una pared de llamas y fuego. ¿Cómo reaccionas cuando todo por lo que has estado doce años soñando y trabajando, es destruido en diez segundos de fuego consumidor? ¿Maldices? ¿Gritas? ¿Lloras? Otros estaban haciendo esas cosas, pero yo no, porque el pensamiento más importante en mi mente en ese momento era  un cristiano Joe, así que actúa como tal. Recuerda: "Todas las cosas obran para bien para aquellos que aman a Díos". Alaba a Dios. Así que le alabé, en voz alta, aunque sé que algunas personas pensaron que estaba loco, o conmocionado o ambas cosas.

.Nos quedamos en la carretera durante otros diez minutos más o menos, observando como otras casas eran envueltas en llamas, estábamos muy aturdidos para hacer o decir algo. Luego las llamas alcanzaron la carretera donde estábamos  y la policía nos dijo que teníamos que movernos montaña abajo. Más tarde,supe  que   125 postes de la luz fueron consumidos ese día.
  Para ese entonces, algo pasó que resultó  ser muy extraño, aunque no nos pareció raro en el momento que sucedió. Mientras caminaba hacia mi auto, un joven con cabello obscuro.,vestido con una camiseta y pantalones de mezclilla azules me llamó: "Tú, el de la camisa blanca". Yo no conocía al joven, y en realidad yo tenía una camisa amarillo claro, aunque en ese momento no lo cuestioné. El me miró directamente y dijo: "Yo me subí sobre tu techo y le eché agua". Tony también le escuchó decir esto.
Yo estaba seguro de que se había equivocado de persona, ya que nadie hubiera podido acercarse a mi casa después que me fui. Le di las gracias de todas formas, y no pensé más sobre el asunto.
Luego, ya en el hogar de un amigo en el lago Tajo, pude comunicarme con Janice en casa de su hermana. El tener que decirle que la casa de nuestros sueños se había quemado totalmente era más difícil que el haber visto el fuego. Todo lo que dijo fue: "Gracias a Dios que tú estás bien".
La amenaza de fuego a lo largo de las hizo imposible el regresar a Reno esa noche. Llamé al departamento de bomberos repetidas veces, pero no pude conseguir información. En un momento dado llamé a una pareja de la iglesia Chauncey y Betty Fairchild que podían ver mi  casa a través del valle.
"Joe", Chauncey dijo: "Nosotros observamos todo con nuestros binoculares. Cuando vimos  las  llamas cambiar de dirección y dirigirse hacia tu casa, toda nuestra familia formó un  círculo de  de oración y oramos por tu seguridad  y la de tu casa. Y Joe, la casa está  en pie".
Le di las gracias, pero no le creí. Quizás, pensé, él podía ver todavía el caparazón de mi casa, pero yo sabia que nada había  podido sobre­vivir la tormenta de fuego. Mi casa estaba rodeada de  matorrales secos y maderas, lo cual mi espósa me había pedido  repetidas veces que recogiera y limpiara.
Cuando regresé a la casa un  poco después del amanecer de la mañana siguiente,  no podía creer lo que veían mis ojos.esto es lo que encontré: El fuego había quemado lo que había encontrado a escasos diez pies de distancia de la casa  y todo alrededor pero  nada había pasado adentro. La casa y su contenido estaban intactos.
La línea de electricidad que alimenta mi casa se había  derretido y había caído a tierra a treinta pies de la casa. Las líneas  telefónicas que estaban encima de dichos cables estaban fundidas.
 Mi jaula de pollos, a cuarenta pies de la casa, estaba chamuscada y caliente, pero los diez pollos estaban vivos.   
Ia perra y los dos gatos estaban sanos. Los gatos estaban afuera, uno en ele garaje y el otro en la escalera trasera. La perra estaba adentro, muy contenta de verme.
Un puente que queda a doscientas yardas de la casa y ni siquiera está en mi propiedad, no fue tocado,mientras que el  puente de mi vecino a sólo  quince pies de distancia, fue completamente destruido .
Solo los arbustos secos están entre ambos.
 De las siete casas en mi área , tres fueron completamente destruidas.
Todas las otras sufrieron daños, dos de ellas serios. ¿Cómo puedo explicar todo esto? ¿Cómo puedo explicar el hecho de que absolutamente nada de lo que poseo fue tocado por el fuego, ya estuviera en mi propiedad  o no? Lo único que puedo decirles es lo que creo
Yo he sido cristiano casi toda mi vida, pero sé que mi fe no es tan fuerte como debiera ser. Y esto puede que sea cierto para muchas personas que van a la iglesia , sabemos que somos cristianos y pensamos que es suficiente. Pero yo creo que hay momentos cuando  Dios desea probar nuestra -y reforzarnos-. También creo que no pretendo entenderlo todo- que en ocasiones cuando podemos darle gracias a Dios frente a lo que parece un desastre. y nos ponemos sin reservas en sus manos y no somos obstáculos en su camino, que El puede y hará cosas maravillosas por nosotros.
No hemos exagerado al referirnos  la intensidad  del fuego en la mañana del 9 de agosto de 1,981. En esa época  yo estaba trabajando para el sistema Telefónico Bell de Nevada. Así que conozco algo sobre cables. Tuvo que haber tomado 1,800 grados de  calor para derretir esas líneas eléctricas que estaban a treinta pies de  altura. Quizás 2000 grados. Y sin embargo, mi casa, a treinta pies de distancia, ni siquiera había sido marcada. Para mí esa fue la forma en la que Dios me habló  claramente y me dijo: “Estoy aquí, soy real. Yo te cuido”.
 El fortaleció mi fe, porque El sabía que necesitaba ser fortalecida.
Nunca más seré   negligente en cuanto  a mi fe ni dejaré de  darle importancia. Luego está el enigma del joven, a quien nunca más he visto. ¿Cómo sabía él quién yo era? ¿Cómo sabía que era mi casa?
 Cuando finalmente regresé a mi casa, la manguera que había dejado tirada al salir, sobre el piso de madera del patio, estaba en el techo. Sin embargo Tony y yo salimos por la única vía que no estaba en llamas. ¿Cómo pudo alguien llegar allí sin nosotros verlo? Y si alguien hubiera podido llegar allí, ¿,cómo se encaramó en el techo? No hay escalera. Usted simplemente no puede subir a él. Y sabiendo que las líneas eléctricas tuvieron que haber sido la primera cosa que fue destruida, ¿cómo podía fluir el agua a través de una manguera conectada a un pozo eléctrico?
 Yo no puedo contestar estas preguntas. Pero quizás –sólo quizás haya una respuesta en la Biblia. Busque Hebreos.l3 y lea el segundo verso. La frase "hospedaron ángeles" sustitúyala con las palabras fueron rescatados por ángeles". Entonces  puede que tenga una idea sobre lo que realmente   pasó ese  día de agosto cn la carretera Mount Rose.
Para mí es algo más que un indicio. Ceo que es la verdad.

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