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Tendría que redondear la personalidad de Salomón Pinto en París que, si bien pintoresca, fue igualmente misteriosa. Asociado
con otro agregado militar, se dedicó a viajar a la Alemania ocupada y
destruida, donde los militares de América Latina, bajo la protección de
las autoridades militares de los Estados Unidos, gozaban de privilegios
de meros ocupantes, es decir, como Mario Puzo describe en su magistral novela "La Arena Sucia", "Sólo deseamos dar una vueltecita por la ciudad. Ver si conseguimos alguna ganga... que pueda hacernos ganar algunos centavos".
Y la ganga que el agregado militar hallara en las calles de Berlín y
otras ciudades, fue el oro barato, con que alemanes y judíos conservaban
sus ahorros. Urgidos por la necesidad y las reglas del mercado negro, por
muy pocos dólares o cigarrillos, adquirían objetos de estimable valor.
También oro, al que Pinto llamaba "El oro de los muertos". Nadie
ignoraba que los europeos hacen sus ahorros en monedas o en lingotes de
oro, particularmente los judíos. En tiempo de los nazis por arrebatarles su oro se cometieron increíbles crímenes. Un embajador mexicano en Estocolmo, me refirió una vez, cómo
él, el dominicano Porfirio Rubirosa y el guatemalteco Gregorio Díaz,
con la oferta de que el judío les daría el 10% del valor de su tesoro,
llevándolo, viajaban a Suiza a depositarlo a uno de los bancos
indicados, en Zürich, Ginebra o Lucerna. Después conforme la represión nazi se agudizó, ellos subieron sus tarifas hasta el 50% o más. Y en los tiempos, cuando Alemania fue quedándose sin relaciones con determinados países de América Latina, pues recibían
el oro de las tunos ansiosas de un judío perseguido, y ya ni se
molestaban en viajar. Simple y llanamente, se quedaron con el oro.
Sabían que la persona de buena fe que les entregara su fortuna, pronto
acabaría en los hornos crematorios de cualquiera de los muchos campos de
exterminio establecidos por Hitler en Alemania y fuera de ella. "El más ambicioso —me decía— fue Porfirio (Rubirosa).
Cuando Trujillo que fuera su suegro, rompió con Alemania, lo encerraron
domiciliariamente en un chalet a la orilla del mar. Ahí pasó los años
de la guerra, y cuando los americanos lo liberaron, fue
directamente a Suiza a comprobar que se había convertido en
millonario". "No puedo quejarme. Goyo y yo también nos hicimos ricos",
agregaba el embajador Aguilar, cuyos grados los ganara en la revolución,
pero la riqueza la obtuvo de los desventurados judíos, numerosos de los cuales tienen judicialmente emplazados a los bancos, donde creen fue depositado su oro.
Los
alemanes que de su parte, durante la guerra, robaron oro a los judíos,
por la necesidad de sobrevivir, vendían este mismo oro a bajísimos
precios a quienes como los militares, podían comprarlo. Y
Pinto tenía razón al llamarlo "El oro de los muertos". Este oro que él
compraba, había sido lavado con lágrimas, sangre y cenizas de los
muertos en el Holocausto.
Enrique Muñoz Meany hubo de
llamar suavemente la atención al agregado militar. Sus actividades
apestosas, trascendían el corrillo diplomático. "¿Y por qué, licenciado, no voy a hacer yo, lo que mis colegas hacen?", replicó furioso. "Por el buen nombre de Guatemala, capitán", reconvino Enrique. "¡Usted no va a darme lecciones de patriotismo, después de lo que yo hice el 20 de octubre, licenciadito pinche!", gritó Salomón y pretendió golpear al indefenso Muñoz Meany. Pero,
yo que había acudido a los gritos de la discusión, hube de encararme
con Pinto. Éste, conociendo mis habilidades boxísticas, no pasó de unas
cuantas injurias y se largó ofendido.
No volvió a aparecer por la
embajada en mucho tiempo. Volvimos a verlo solamente, cuando llegó a
exigir que le apoyara en el allanamiento que había realizado de un
apartamento de la avenida Marceau, en cuya ocupación legal le había
precedido nada menos que el Mariscal Alphonse Juin, entonces gobernador
militar de Argelia. Salomón, todo poderoso, puso resistencia a salir por
las buenas y como echara mano a la pistola, los guardianes del Mariscal
lo desarmaron y de viva fuerza lo pusieron en la calle.
El Encargado de Negocios que, era yo, no pude hacer nada, salvo cuando iban a declararlo non gratum,
que Enrique Muñoz Meany, Ministro de Relaciones Exteriores, me
telefoneó a nombre propio y del coronel Arbenz, para evitar que tal
fuera a ocurrir. Recomendome ver a sus amigos del Quai
d'Orsay(Ministerio de Relaciones Exteriores), quienes ya lo habían
prevenido, y que con promesa del Presidente Arévalo, a Pinto lo
trasladarían a Italia, retirándolo inmediatamente de París. Gracias a
aquellos amigos, mis gestiones fueron exitosas.
Salomón, echando
rayos y centellas contra Muñoz Meany y a mí mismo, acusándonos de
haberlo "intrigado", hubo de viajar a Roma. Ni Enrique ni yo habíamos
hecho otra cosa que beneficiar al grotesco agregado militar.
Y para
colmo de mala suerte, suya o mía, en el mes de julio de 1949, después de
la muerte del coronel Francisco Javier Arana y la insurrección de la
Guardia de Honor, no recuerdo por cual razón tuve necesidad de ver al
coronel Arbenz en su Despacho de Ministro de la Defensa. Cuando estaba
para retirarme, Jacobo sonriendo maliciosamente, dijo:
—Oye Pelle, aquí está Salomón Pinto... Anda hablando cosas terribles contra Enrique y contra ti... No vayas a pegarle si lo ves.
— Algo por el estilo me advirtió hace un momento, el Tesorero General de la nación con quien acabo de estar —le confié.
Salí del Despacho. Algo urgente debía hacer aquella mañana, e iba
descendiendo la escalera principal del Palacio, y... ¡Zas! que a mi
encuentro aparece ¡subiendo Salomón Pinto! A la altura del primer
rellano, me lancé sobre él sin el menor comedimiento. Le golpée la cara y
sangró de la nariz. Le hubiera dado más, pero intervino la guardia del
Palacio y lo libró de mis puños. Mi amigo el coronel Corzo, me salmonió
porque no cargara arma alguna.
Pasaron los años. Se. hizo plantador de algodón y luego de café. Tenía mucho dinero. Además estudiaba leyes. Una o dos veces debió encontrarse conmigo en la calle, pero cambió de ruta, o cuando menos de acera.
Ascendió Arbenz a la- presidencia de la República. Salomón apareció por
ahí, recordándole "los vicios servicios prestados a la Revolución".
Jacobo le tenía afecto. Lo nombró embajador en Suiza.
A la caída del régimen arbencista, Jacobo en 1954 hubo de salir desterrado de México, en seguida viajó a Francia y a Suiza.
Sin
ninguna necesidad, sólo por saludar al amigo y tener alguna noticia de
Guatemala, Jacobo, en Berna, buscó a Pinto. Indefectiblemente éste se le
escondía. Nunca pudo encontrarlo. En cambio la esposa Tatiana Sulga Onelchenko de Pinto —rusa blanca exiliada en Suiza, donde Pinto la conoció—
frecuentemente buscaba a María Vilanova de Arbenz para saber si podía
ayudarla en algo. Más de una vez comentó haber dicho a su marido: "Salomón,
ellos fueron buenos contigo, debes visitarlos y servirlos. Tú recibiste
sus favores". Mas nunca hubo manera de convencerlo. El otro había sido su protector, pero ahora político caído, ya no le servía.
Menos quiso verlo, cuando un tío de Jacobo, el Arbenz hermano de su padre que aún vivía, quiso
exigir a Jacobo se declarara ciudadano suizo, pues lo era por sangre,
pero Jacobo siempre rechazó tal ciudadanía, entonces el viejo comenzó a
atacar públicamente a su sobrino, e hizo injustas declaraciones contra Guatemala, a las que Pinto evadió responder.
No
le valió demasiado. Castillo Armas, quien el 20 de octubre de 1944, de
alta en el Castillo de San José, fue el último de lo jefes en rendirse,
según el propio Jacobo que estuvo en eso—, Castillo Armas sabía bien de
la defección de Pinto Juárez, y no ignoraba quién fuera el autor de la
masacre de inocentes soldados y oficiales, bajo el fuego de obuses y
charpnelles.
"Dios tarda, pero no olvida", reza el viejo adagio popular que numerosas veces vino a mi mente cuando la
prensa informó del asesinato de la señora Tatiana Omelchenko de Pinto,
consumado por desconocidos sin que le robaran nada y dejando exenta de
todo daño físico a la hija del mismo nombre.
No mucho después, también
Salomón Pinto Juárez fue asesinado por desconocidos igualmente. En este
caso los vengadores entraron al palacete de habitación y, sin vacilar,
descargaron sus armas sobre Pinto, cuando éste se disponía a desayunar.
El misterio sigue reinando sobre ambas muertes. ¿Cuántos
y cuáles habrán sido los móviles de los asesinatos tan sin inmediata
explicación? ¿El "Oro de los muertos", como los hombres del mercado
negro llamaban al oro que había sido robado o extorsionado a los judíos,
habrá dado en cobrarse venganza de quienes directa o indirectamente los
despojaron de sus fortunas durante y a raíz de la Segunda Guerra
Mundial?
Hay ciertos espacios oscuros en la vida de Pinto, como
el origen de su riqueza que habrían de ser escrutados
internacionalmente, a fin de hallar huellas que conduzcan a la verdad o a
las razones de esas muertes misteriosas.
Mas, ahora
interesa sobre todo, que volvamos a situarnos en los días de 1951,
cuando Arbenz asumió la presidencia de la República, de manos del demócrata y patriota, singular en cuanto a talento y valentía, doctor Juan José Arévalo Bermejo,
quien a cabalidad cumplió su período constitucional en la Presidencia
de la República y transmitió este poder al mayoritariamente elegido,
coronel Jacobo Arbenz Guzmán.
martes, 1 de noviembre de 2016
ARBENZ Y YO-
CARLOS MANUEL PELLECER-
El viejo Ministro, general don José Reyes,
leyó previamente la solicitud de autorización para expulsar a los
cadetes prisioneros, que implicaba degradar previamente al magnífico
sargento primero Jacobo Arbenz. El anciano frunció el ceño, levantó
del papel su vista clarísima para
clavarla con ira en los ojos del coronel. Los bigotes blancos le
temblaron, cuando después de toser, un párpado medio cerrado, chillante
la voz enérgica, pudo decir:
— ¡No! ¡No, señor! ¡Nada contra ese
patojo Arbenz, coronel! ¡Qué fácil para usted este chingado juego!...
¿No? ¡Castíguelo si eso le da la gana, pero hasta ahí! ¡Cuídese
coronel!... El muchacho Arbenz debe graduarse en la Escuela y usted me
responde de ello. ¿Me escuchó?
Mérida tuvo miedo de los gritos del
Ministro. Mantuvo agachada la cabeza creyendo que de interrumpir las
exclamaciones, iría a darle con la charpa como a un recluta torpe recién
llegado al cuartel.
—Me trae usted sus cuadernos de clases donde
consten las calificaciones conseguidas por Arbenz, durante todos los
exámenes que los cadetes hayan tenido... ¡Ah!, también su hoja de
servicio donde aparezcan los méritos y faltas o delitos, que durante los
años haya cometido ese muchacho... ¡En todos los años! ¿Oyó? Le
prevengo que eso es urgente.... ¡Retírese! — ordenó el Ministro con
impaciencia, como si la imagen del coronel le molestase.
Para el
sargento primero Jacobo Arbenz, en aquel mundo de arbitrariedades e
intrigas, hubo varias circunstancias que le favorecieron. El general de división don José Reyes, nativo de San Carlos Síja, Quetzaltenango, en el curso de los años había hecho buena amistad con el suizo don Jacobo Arbenz, padre de Jacobo, y era asiduo cliente de la farmacia de su propiedad. De modo que el Ministro guardaba gran consideración para la familia Arbenz, en todos sus miembros.
Desde el ingreso de Jacobo a la Escuela Politécnica, había seguido la
carrera del muchacho, dispuesto siempre a estimularlo. Quería que ese
simpático patojo coronara los estudios militares para los que mostraba
gran aptitud. No iba a permitir que esa carrera quedara trunca,
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Un cuarto de hora después de las 2:00 p.m. el coronel mérida, bastante
incómodo, regresó al despacho del Ministro.con impaciencia pasaba un
pañuelo blanco entre el cuello de la guerrera y su propio cuello,
secándose el sudor que por ahí manaba abundantemente.
—¿Da su
permiso, mi general? —hubo de pedir cuando la puerta del despacho del
Ministro se abrió para que él pasara. Frente a la terrible mirada del
general, muy comedidamente, casi con humildad, añadió:
—Señor, aquí está lo que usted me ordenó traerle... quería decirle que el sargento primero Jacobo...
—
¡Aténgase a mis órdenes! ¡No me explique nada, coronel!; ¡Diga las
cosas cuando se le pregunte! Y con siniestro sarcrmo, preguntó:
—¿De manera que usted no chupó el día del cumpleaños delPresidente Ubico?... ¿No se echó usted sus farolazos?
Mérida, encendida de rubor la cara y de fuego la cabeza, ibo de responder:
— ¡Claro que sí, mi general! A la hora del almuerzo tomamos una copita a la salud del Presidente Ubico...
El ministro tuvo la sensación de que su subordinado le estabá mintiendo, y lo observó con mayor severidad.
Entonces ¿,por qué tanta babosada? —Iba añadir alguna ilabrola... Movió hacia los lados la cabeza y explotó:
Sudando
frío el sub-director de la Escuela Politécnica se introdujo a su
despacho y de inmediato quiso saber la suerte que corran los encerrados
en quíricas. Ordenó que les subieran las cobijas que tuviesen en sus
camas. –¿Cómo está la salud del Sargento Arbenz? –y cuando le dijeron
ignorar su estado, añadió: –Que mañana temprano el doctor Penedo lo
examine y me haga un informe circunstanciado. ¡Me lo traen a mí
directamnete
Cuando estuvo solo se alarmó por lo que había hecho al sargento Arbenz. "Qué podría yo saber que el Ministro se interesara tanto por él? —Se dijo, yendo de un lado al otro de su oficina. -¿Cómo voy a encontrar solución a este error? Esto me puede costar el cargo de que disfruto y hasta la carrera... ¡Ah, Dios mío! —Se secó la frente.
El
coronel Mérida, no quiso comer ese día ni el siguiente. Estaba bajo una
fuerte tensión emocional, pendiente de que lo llamaran de nuevo al
Ministerio.
El
criterio del presidente Jorge Ubico, fue bastante equilibrado. No
deseaba disminuir la autoridad de Mérida que era su adicto muy zalamero,
pero bastante menos la de su incondicional Ministro de Guerra,
obediente como un perro guardián. Estuvo de acuerdo con que se expulsara
sólo a Morazán y a Micheo. Los dos nicaragüenses deberían volver a la
normalidad del Establecimiento en menos de una semana. Tacho Somoza, su gran amigo, podría lastimarse si sus dos sobrinos eran molestados en Guatemala. En
cuanto a Arbenz, sus altas notas como estudiante, le impresionaron al
extremo de felicitarse porque fuera el Abanderado, no había que ser tan
estúpido de arruinar la carrera de quien prometía ser un brillante
oficial...
–
Pero, en fin, que pase a las filas como cadete raso, se quede en
bartolinas hasta el último día de su carrera. Allí puede preparar sus
exámenes, es un lugar tranquilo. Debe dársele buena alimentación, sin
que sea pan y agua. Ya el teniente Gereda Asturias, su amigo, me ha dicho los méritos de ese cadete... General, amoneste al coronel Mérida, para que no vaya a cometer un desatino.
Las
órdenes seguidas al pie de la letra. Cuando Morazán y Jorge Micheo
fueron expulsados, la Compañía de Cadetes vivió gran inquietud
imaginando que Arbenz correría suerte semejante. El sentimiento de
angustia disminuyó, cuando los dos nicaragüenses volvieron a la vida
normal de la Escuela. "¿Qué pasará con el Canche?", se
preguntaban todos, amigos o no, de Jacobo. Nadie sabía nada respecto a
él, salvo que ya tenía sus cobijas quitadas a la cama y su alimentación
había mejorado notablemente, a raíz que el doctor Penedo, médico del
establecimiento, señalara la debilidad general que padececía.
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LAs
vacaciones fueron decretadas por la orden general. Los cadetes quedaban
en libertad de salir adonde quisieran, icluso viajar a la provincia
porque antes habían recibido la autorizución quienes así lo solicitaron.
Los que ya no verían en la Escuela a su querido Jacobo, reclamaban de
él el abrazo de "adios" Hasta que llegó a rescatarlo su primo, el
teniente Eduardo Waymann Guzmán, de notorios rasgos alemanes,pequeño y
fortachón. Los muchachos que con Arbenz habían recibido los, despachos
de subtenientes, vestían ya sus uniformes nuevos, de paño verde oliva y
las botas federicas, todavía duras, difíciles de domar. Jacobo no tenía
tal uniforme. Vistiendo el de gala, como en la mañana ceremonial, y sin
nada bajo el mismo,llegó a casa de los tíos donde su mamá y hermanas lo
esperaban orgullosas.
En aquella casa de los Waymann, hubo buenos ratos de alegría con recuerdos del pasado y también la viuda de Arbenz, doña Octavia, derramó lágrimas, diciéndose cuán feliz hubiese sido su esposo de estar vivo, participando en la pequeña y brillante ceremonia, donde su hijo ganara los despachos de subteniente del ejército, de lo que tanto hablaba antes de cometer suicidio.
ARBENZ Y YO Por CARLOS MANUEL PELLECER 12-13
Con un pequeño
ahorro conservado por doña Octavia y un préstamo que le hicieran los
parientes, hubo bastante para que el Maestro Jurado, hiciera a la medida
el uniforme indispensable para devolver el de gala a la Escuela
Politécnica, que no podía seguir usando ad-eternum. En la zapatería
"Granados", se compró las botas federicas, el correaje, la charpa para la espada que le regaló el general Cossidinne, director estadounidense de la Politécnica, y
hasta la cartuchera, aún antes de tener pistola. Jacobo tenía ahora 22
años, como buen hombre debía ganar su vida y en lo posible ayudar a la
madre, muy urgida de dinero. El 15 de enero de 1936 debía presentarse al
Ministerio de la Guerra, a fin de recibir su nombramiento y sentar
plaza en alguna guarnición del país. Le habían dicho que en el Castillo
de San José, en la propia capital. La orden del Ministro por escrito,
solamente podía sacarlo de dudas. Cuando llegó ese día, comprobó varias
veces su apostura en el armario de grandes lunas venecianas de su tía.
Los parientes y la servidumbre aplaudieron al joven oficial que sonreía
dichoso. Con el uniforme azul y grana de
la Escuela Politécnica, semejaba un príncipe de leyenda, cuando no, un
actor de cine o un cantante de opereta. Como oficial, se
plantaba más viril y maduro. Usaba el kepí un poco de lado, lo cual,
aunque antirreglamentario, le daba un aire muy particular que a él
13
Al
entrar al Ministerio, le causó desconcierto que le dijeran que el
Ministro, general Reyes, iba a entregarle sus órdenes, porque además
deseaba verlo. Lo pasaron al Despacho Ministerial. "¿Da su permiso mi
general?" con un leve taconazo. El general lo quedó viendo, pero en
aquella cara severa y arrugada, no se podía descubrir sonrisa alguna,
porque eso, absolutamente cierto, el general no sabía sonreír. La mueca
irónica bajo los bigotes blancos, el ceño nudoso sobre los ojos claros
en la cabeza pequeña, podían significar cien cosas a la vez, a cuales
más contradictorias. Arbenz jamás había supuesto que este rudo militar
guardara para su familia, y menos para él, alguna deferencia. Recordaba de muy niño haber visto al general conversando con su padre en la farmacia, pero fuele imposible valorar el grado de estima que mediara entre ambos hombres.
— Le doy el pésame por su padre, un caballero justo. No me gustó que se matara él mismo... ¡Eso no se hace!...
Usted sea buen militar, cumpla con la Ordenanza y obedezca lo que le
ordenen. Así ayudará a doña Octavia que necesita de su colaboración.
El
nuevo subteniente, escuchó boquiabierto esta arenga inusitada en el
rudo general, con mayor asombro destinada a un subordinado. La alusión a la viuda lo emocionó en alto grado. No supo qué responder, pues la familiaridad es incompatible con el servicio. Jacobo ignoraba el interés que este señor había puesto en su carrera, ni podía imaginar la extraordinaria disposición para que se graduara,
pese a las medidas disciplinarias del coronel Mérida. Se sintió acosado
por las palabras de su alto superior. Hundida la barba en el pecho,
como un samurai japonés, pudo balbucear:
— Gracias.... Muchas gracias mi general.
Sintió
de pronto enrojecida la cara y que el corazón le palpitaba como un
caballo a la carrera. No le vino a la mente ninguna nguna otra expresión
de gratitud. Por eso mismo, tuvo gran alivio, cuando su interlocutor
puso fin a la entrevista:
— A cumplir con sus deberes, subteniente Arbenz... ¡Retírese!
— A la orden de usted, mi general... —enunció reglamentariamente y dando media vuelta, salió del despacho con acentuada marcialidad.