Hispanoamericano soy-Huehuetenango, Guatemala-América del Centro- Genealogías- Blog sin percibir lucro, por amor a los libros- Saludos a todos- Cristo es mi Salvador, mi mayor tesoro y lo admiro por su obra en la naturaleza, cascadas, aves volando..." A quién tengo en los cielos, sino a Cristo"- La historia de la Reforma en España, donde gente de la más alta nobleza murió por Cristo y las historias de la Condesa Giulia Gonzaga( Italia) y Doña Leonor de Cisneros me fascinan . Hispan 3
sábado, 18 de noviembre de 2023
LOS PIRATAS-116-118
EL TESORO DE LOS INCAS 75-76
"A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, sólo os pido que, en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma". ( ( A sus editores) Suicidio al estilo harakiri - Emilio Salgari- Italia
EL TESORO DE LOS INCAS
EMILIO SALGARI
ITALIA
Inclinándose estaba muy seriamente el mestizo, cuando le hizo ponerse derecho de un golpe una exclamación de O’Connor.
—¡Calla!… ¡Otra vez las estrellas errantes! —gritó el marinero.
El ingeniero y el mestizo volviéronse hacia proa, y vieron un centenar de puntos luminosos que surcaban las tinieblas, cruzándose entre sí, levantándose sobre las aguas y hundiéndose otra vez en ellas, después de haber descrito trayectorias de treinta, cuarenta y aun cincuenta metros.
—¿Qué estrellas son éstas? —preguntó el mestizo.
—Recuerdo que al derrumbarse la bóveda del lago, surcaban a millares el espacio.
—Mucho me engaño si no son peces —dijo Sir John.
—¿Peces? Pero, señor, ¿no veis cómo brillan? Si dijeseis luciérnagas…
—No; son peces, Burthon.
Seis o siete de aquellos extraños volátiles hallábanse en las aguas próximos al bote, y entreteníanse en saltar por encima de él, pero a tal altura que no se les podía distinguir. Mas uno de ellos, bien porque le hubiesen faltado de improviso las fuerzas, o porque hubiese tomado impulso demasiado débil, vino a caer a los pies de Morgan, que se apresuró a cogerlo.
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—Es un pez —dijo, dándoselo a Sir John.
En efecto, era un pez de pie y medio de largo, y provisto de dos largas aletas, de las cuales valíase, sin duda, para saltar, y de una boca muy ancha que lanzaba vivos fulgores.
—Es un pirápodo —dijo el ingeniero.
—Si, un pez volador, o, por mejor decir, un pez golondrina —añadió el irlandés—. Es un excelente pescado de mar, manjar muy favorito de los delfines y de los peces espada.
—¡Hola! —exclamó Burthon—. Este pez no tiene ojos.
—Está ciego, pero no sin ojos —replicó el ingeniero—. Si levantaseis estas
dos pequeñas membranas, hallaríais debajo los ojos; pero están atrofiados de tal modo que no podrá ya servirse de ellos.
—Pero ¿cómo se dirigen sin tener vista? —preguntó O’Connor.
—Por el tacto.
—¿Y nacen ciegos todos los animales que habitan en estas cavernas?
—No todos. El proteo de los lagos subterráneos de la Carniola, el siderón y el cyptinodon de las cavernas del Mammuth, el amblyopis, el Sifino y otros nacen ciegos, pero algunos otros nacen provistos de ojos, aunque poco a poco los pierden. Algunos crustáceos del orden de los decápodos, por ejemplo, nacen con ojos, pero en creciendo, se introducen, según su costumbre, en las branquias de otros peces para vivir a costa de ellos, de modo que ya no pueden ver. Y su vista, aun funcionando ya, poco a poco se atrofia y acaba por cubrirse de una ligera membrana.
—Pero ¿cómo sucede eso?
—Por falta de ejercicio. Si a ti te condenasen a vivir muchos años bajo tierra en un oscuro subterráneo, tus ojos acabarían por disminuir de
volumen y atrofiarse. ¿No es acaso por falta de ejercicio por lo que no podemos ya mover las orejas, como las mueven los caballos, los perros y los gatos?
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—¿Cómo? —exclamó Burthon—. ¿Nuestros antiguos ascendientes movían las orejas?
—Es probable, toda vez que los músculos de que se sirven los animales
para mover las orejas los poseemos también nosotros. Ejercitándolos, llegaríamos tras de algún tiempo a moverlas.
—Sería un bonito espectáculo ver a una elegante señorita moviendo las
orejas.
Media hora después de la aparición de los peces voladores, el subterráneo comenzó rápidamente a estrecharse en todos sentidos, hasta el punto de que apenas permitiría el paso de la barcaza. Las aguas, comprimidas, por decirlo así, redoblaron la velocidad de su carrera, internándose bajo un negro y angosto túnel con profundos mugidos.
Sir John, después de haber consultado el viejo pergamino, hizo rebajar la chimenea de la máquina, para que no chocase contra la bóveda, retiró las lámparas y ordenó avanzar con la mayor prudencia.
El Huascar se dirigió a pequeño vapor hacia el negro túnel.
No eran excesivas aquellas precauciones, pues la galería era tan estrecha que a duras penas permitía el paso del bote. Además, de la bóveda pendían millares y millares de puntas agudas, sutilísimas y transparentes, algunas de las cuales, de excesiva largueza, amenazaban herir a Sir John y a sus compañerosMARÍA 315-317
María
— No lo piense; menos tibante había de ser. Porque le han dicho que es hijo de caballero, nadie le da al tobillo ya en lo fachendoso, y se figura que no hay más que él... ¡Caramba! como si yo fuera alguna negra bozal ó alguna manumisa como él. Ahora está metido donde las provincianas, y todo por hacerme patear, porque mucho que lo conozco : bien que me alegraría de que ñor José lo echara á la porra.— Es necesario que no seas injusta. ¿ Oué tiene de particular que esté jornaleando en casa de José? Eso quiere decir que aprovecha el tiempo ; peor sería que pasara los días tunando.
— Mire que yo sé quién es Tiburcio. Menos enamorado había de ser...
— Pero porque le parezcas bonita tú, en lo cual
MARÍA. 315
maldita la gracia que hace, ¿han de parecerle también bonitas cuantas ve ? —Por eso.
Yo me reí de la respuesta, y ella torciendo los
ojos, dijo :
— ¡ Velay ! ¿Y eso qué cosquillas le hace '? — Pero ¿no ves que estás haciendo lo mismo con
Tiburcio, exactamente lo mismo que lo que hace contigo?
— ¡ Válgame Dios ! ¿ Yo qué hago?
— Pues estar celosa,
— i Eso sí que no ¡
-¿No?
— ¿Y si él lo ha querido? Á mí nadie me quita de la cabeza que si ñor José lo consintiera, ese veleidoso se casaría con Lucía, y á no ser porque Tránsito es ajena ya, hasta con ambas, si lo dejaran.
— Pues sábete que Lucía quiere desde que estaba chiquita á un hermano de Braulio que pronto vendrá ; y no te quepa duda, porque Tránsito me lo ha contado.
Salomé se quedó pensativa. Llegábamos ya al fin del cacaotal, y sentándose en un tronco, me dijo meciendo con los pies colgantes una mata de buenastardes :
— Conque diga, ¿qué le parece bueno hacer?
— ¿Me das permiso para referirle á Tiburcio lo que nemos conversado?
— No, no. Por lo que usté más quiera, no lo vaya á hacer.
— Si solamente te pregunto si lo consientes.
— ¿Todito?
— Las quejas sin ios agravios.
— Si es que cada vez que me acuerdo de lo que se figura él de mí, no sé ni lo que digo... Vea : se me pone que es mejor no contarle, porque si ya no me
quiere, después andará diciendo que me cansé de llorar por él, y que lo quise contentar.
— Entonces, convéncete, Salomé, de que no hay modo de remediar tus penas.
— ¡ Ah trabajo! exclamó poniéndose á llorar.
— Vamos, no seas cobarde. le dije apartándole las manos de la cara : lágrimas de tus ojos valen mucho para que las derrames á chorros.
— Si Tiburcio creyera eso, no me pasaría yo las noches llorando hasta que me quedo dormida, de verlo tan ingrato y ver que por él mi taita me ha cogido tema.
— ¿Qué quieres apostar conmigo á que mañana en la tarde viene Tiburcio á verte y á contentarte?
— i Ay ! le confieso que no tendría con qué pagarle, me respondió estrechándome la mano en las suyas, y acercándola á su mejilla. ¿Me lo promete?
— Muy desgraciado y tonto debo de ser si no lo consigo.
— Vea que le cojo la palabra. Pero por vida suya no vaya á contarle á Tiburcio que hemos estado así tan solitos y... Porque vuelve á dar en lo del otro día, y eso sí era echarlo todo á perder. Ahora, aña MARÍA.
317 dio empezando á subir el cerco, voltéese para allá y no me vea saltar, ó saltemos juntos.
— Escrupulosa andas; antes no lo eras tanto.
— Si es que todos los días le cojo más vergüenza.
Súbase pues.
Mas como sucedió que Salomé, para caer al otro lado, encontró dificultades que no encontré yo, quedóse
sentada encima de la cerca diciéndome : — Miren al niño ; diga agoo. Pues ahora no he de bajar si no se voltea.
— Déjame que te ayude; ve que se hace tarde y mi comadre...
— ¿Acaso ella es como aquél?... Y asina ¿cómo quiere que me baje ? ¿ No ve que si me enredo... ?
— Déjate de monadas y apóyate aquí, le dije presentándole mi hombro.
— Haga fuerza, pues, porque yo peso como... una pluma, concluyó saltando ágilmente. Me voy á poner creidísima, porque conozco muchas blancas que ya quisieran saltar así talanqueras.
— Eres una boquirubia.
— ¿Eso es lo mismo que piquicaliente? Porque entonces voy á entromparme con usté.
— ¿Vas á qué?
— Adios ... ¿Y no entiende? pues que voy á enojarme.
¿ Qué hiciera yo para saber cómo es usté cuando se pone bien bravo? Es antojo que tengo.
— ¿Y si después no podías contentarme?
— ¡ Ayayay ! No habré visto yo que se le vuelve el corazón un yuyo si me ve llorando.