sábado, 18 de noviembre de 2023

LOS PIRATAS-116-118

Martes, 15 de diciembre de 2020

COMBATE DE DOS ACORAZADOS DEL AIRE-

 Domingo, 3 de enero de 2016

TESTIGO DE COMBATE DE DOS ACORAZADOS DEL AIRE-Por Ira Wolfert Junio de 1943

 Reñido duelo aéreo entre norteamericanos y japoneses relatado por un corresponsal que estuvo en esa peligrosísima acción.
Combate de dos acorazados del aire
(Condensado del libro «Battle for the Solomons»)
Por Ira Wolfert
Junio de 1943

 IRA WOLFERT es hoy, a los treinta y tres años de edad, uno de los mejores corresponsales de la North American Newspaper Alliance, en la cual ingresó en 1929. Ha desempeñado misiones importantes. Es hombre que posee el don de hallarse en el lugar de los acontecimientos siempre que hay algo que comunicar. La única batalla naval que, por haberse dado muy cerca de la costa, pudo presenciarse desde tierra, tuvo a Ira Wolfert entre sus espectadores, y no así como se quiera, sino en luneta de primera fila, como quien dice. (Véase La gran tragedia naval de los japoneses en SELECCIONES, mayo de 1943). Cuando los Franceses Libres tomaron a St. Pierre y Miquelón, allí estaba Ira Wolfert, y él fué el primero en dar la noticia. Yendo en una fortaleza volante que sólo había salido a cruzar, le tocó verse en uno de los combates más singulares: el que relata en estas páginas.

AL TENIENTE Ed Loberg se le había dado orden de salir de Guadalcanal en su B-17, añosa Fortaleza Volante, a practicar un reconocimiento. Resolví acompañarlo.
Loberg es un muchacho campesino de Wísconsin. Su segundo era el teniente Bernays K. Thurston, de veintitrés años, muy aficionado a la contabilidad, a la guitarra y a las canciones sentimentales. El teniente Robert D. Spitzer, de veintiséis años, iba de navegante. El alférez Robert A. Mitchell, de veinticuatro años, de bombardero. Cinco suboficiales completaban la dotación.
Despegamos a mediodía, con un calor tropical y barruntos amenazadores de mal tiempo. La superficie vidriosa y humeante del mar espejeaba, a trechos, herida por el sol. Allá, a lo lejos, se veían las olas levantadas por las ráfagas y las oscuras cortinas con que la lluvia cerraba el horizonte. Estuvimos volando bajo por un rato. Subimos luego a 2000 metros, para dar al avión japonés que lo quisiera la oportunidad de escurrirse por debajo del nuestro.
Repentinamente, el teniente Loberg ordenó zafarrancho de combate. Miré por las ventanillas de proa, donde hube de permanecer mientras duró el combate. Allá, muy abajo, alcancé a ver uno de los aviones PBY de la Armada. Dió una voltereta, subió un poco y, por fin, se abatió como un pájaro herido. Cerca de él estaba un Kawanishi 97, el mejor cuatrimotor aeronaval japonés. También parecía un ave, una gran ave de rapiña cobrando ímpetu para caer sobre su presa. Las hélices le brillaban como garras metálicas. Nos precipitamos instantáneamente al ataque.
Nuestro avión picó con tanta rapidez, que caí de rodillas y no pude volver a levantarme. Cuando salimos del picado me sentí como si la cara se me estuviese adelgazando y alargando y todas las vísceras se me apiñaran. Pronto me dí cuenta de que los cañones de las torrecillas inferiores estaban escupiendo fuego. Los disparos hacían trepidar la proa del avión. Luego empezó a nublárseme la vista. Todo me parecía vago, indistinto y lejano: era que principiaba a perder el sentido.
Cuando el avión se enderezó, pude levantarme otra vez y ver lo que ocurría afuera. Estábamos en medio de un chubasco. La lluvia tamborileaba sobre el avión. Se zarandeaba éste tanto que tuve que asirme a la mesa del navegante con ambas manos para sostenerme en pie.
«¡Se nos fué  » gritó el teniente Spitzer. «Se metió en una nube».
Y nosotros nos metimos también en ella de cabeza, casi verticalmente, como un avión de picado. Todos mirábamos ansiosamente a través de los cristales, tratando de perforar con los ojos el movible velo gris de la lluvia, batido por el viento. Salimos de la nube a un sol cegador, Allí nos topamos con el avión japonés que volaba a unos 15 metros del nuestro.
Los dos aviones se disparaban estruendosas andanadas. Llovían las balas de lado y lado, cruzándose en el corto espacio que los separaba. Los aeroplanos volaban en líneas paralelas. Era un espectáculo fantástico. Vibrábamos sacudidos por impacto tras impacto. El movimiento de retroceso de nuestros propios cañones nos hacía estremecernos y bailar casi sobre los pies.
Las explosiones que se sucedían sin interrupción sonaban como una descarga prolongada, incesante. Yo distinguía claramente un cañón japonés, con su boca humeante. Veía a los artilleros que lo disparaban. Veía nuestras rojas trazadoras rebotar contra el blindaje del avión enemigo. Nuestros combatientes y los nipones, más empeñados en dar la muerte que temerosos de recibirla, permanecían atareados en sus puestos, sin celar.
Los japoneses dieron una vuelta brusca y nos asestaron sus cañones de cola. A fin de evitar su fuego devastador y poner nuestra artillería de proa y flanco en mejor posición de ataque, dimos también una vuelta brusca y pronunciada, Maniobra en extremo peligrosa, pues de no ejecutarse con suma habilidad, podía hacer saltar el avión en pedazos. El teniente Loberg la ejecutó limpia y brillantemente.
Todo desapareció bajo un torrente de agua que de súbito se desencadenó sobr
 El teniente Spitzer, sudando a chorros y jadeando, se apartó unos pasos de su puesto, se arrancó la camisa y exclamó: «¡Ay, qué calor!» Lo miré, sorprendido de oírlo prorrumpir en interjecciones mujeriles
1 jeriles en aquellas circunstancias y de verlo forcejeando con la camisa como una vieja gorda y desesperada por el rigor del verano. Pero él, sin decir más, arrojó al suelo la camisa y volvió prontamente a su puesto.
Los japoneses habían bajado picando y se habían metido en el turbión, no sé si para escapar de nosotros, o para situarse de suerte de poder acabar con nuestro avión. Cinco veces los perdimos de vista durante el combate, en ocasiones hasta por tres o cuatro minutos. Luchaban con gran valor y suma habilidad, pero los tenientes Loberg y Thurston los aventajaban en todo. Contaban estos oficiales, además, con la ayuda eficaz de toda la tripulación, que sin cesar les avisaba hasta los más ligeros movimientos del enemigo. Cada vez que el avión japonés se zambullía en una nube para escudarse tras ella, nosotros le seguíamos la pista y casi siempre lo alcanzábamos al salir de nuevo al claro.
Los japoneses volaban lo más cerca posible del agua, a fin de impedir que atacáramos por debajo su avión, que no ,tenía cañones en la parte inferior. Los de nuestras torres superiores, en cambio, podían destrozar el piso de su fuselaje. Naturalmente, también teníamos que volar a poca altura. Un tiro que rompiera o inutilizara los mandos acabaría con todos nosotros. No habría tiempo para salvarse en paracaídas, ni para salir por la escotilla  de escape des- pués de caer al agua. Había que vencer o morir.
Yo meditaba en esto, y confieso que a veces deseaba que, cuando el avión japonés se perdiese en una nube, no volviéramos a encontrarlo.. Con gusto me despediría de él, dejándolo metido en su nube. No se trataba solamente de sortear el mal tiempo ni de tener que volar en toda posición, picando a menudo y pirueteando con una gigantesca fortaleza volante como si fuera uno de esos avioncillos diminutos hechos a propósito para tales acrobacias. Había que recordar también las características de este espectacular avión japonés que nos había suministrado el Servicio de Información, para atacarlo en sus partes más vulnerables y evitar en lo sumo posible el fuego de sus piezas más potentes y eficaces. Y en todo esto tenían que pensar nuestros dos pilotos mientras un sargento disparaba dos cañones cuyos proyectiles les pasaban continuamente por delante.
Candentes pedazos de metralla le rozaron cinco veces, las piernas al teniente Spitzer, aunque sin perforarle la piel.
Las balas silbaban sin cesar por todas partes, y el ruido continuo que hacían al dar en nuestro avión se asemejaba al redoble de un tambor. Recuerdo que una vez Spitzer se enderezó y ahuecó los labios como si fuera a gritar o a quejarse; pero, en medio del estruendo, no oí nada. Volvió él a su cañón; me olvidé del episodio.
Al alférez Mitchell lo hirieron varios fragmentos de una bala perforante que se incrustó en su ametralladora con un fuerte rechinido. Yo lo miré alarmado.
Estaba él de pie detrás de la ametralladora, aturdido, con la cabeza inclinada y los músculos de la cara relajados. Quise ir a auxiliarlo, pero las sacudidas del avión eran tan fuertes, que no hubiese podido atravesar, sin caerme, el corto espacio que nos separaba. Mitchell hacía grandes esfuerzos por conservar el equilibrio. Se le bamboleaba la cabeza. Trató de hacer funcionar el disparador; pero el arma no dió fuego. Forcejeó, entonces, por levantar la tapa; pero inútilmente, porque también estaba averiada.
Al verlo tratando de arreglar la ametralladora, supuse que no estaría gravemente herido. Al cabo de un rato (no sé cuánto sería) lo vi de pie a mi lado. Acercándoseme, me dijo al oído con voz muy suave: «Dígame dónde me han herido ».
La sangre le manaba de cerca de un ojo y, corriéndole por la mejilla y la barba, le caía en el vello rubio del pecho. Se la restañé con un dedo, y vi que no tenía más que desgarrones de la carne, de poca profundidad. «También me duele un pie », dijo el alférez. «No puedo sostenerme en él». Agregó quejumbrosamente que era gran desgracia que el enemigo hubiera puesto fuera de combate el único cañón de proa que se podía manejar acostado.
Dos veces pasamos por encima del avión japonés, y tan cerca, que podíamos ver los agujeros de bordes dentados que nuestras balas le habían hecho. En estas ocasiones yo miraba con alarma al suelo, esperando a cada segundo que lo atravesaran las balas y granadas enemigas. La segunda vez, oí que el teniente Spitzer gritaba: « ¡Está echando humo! ¡Le hemos inutilizado uno de los motores!» Y, en efecto, la hélice correspondiente había dejado de girar.
Miré mi reloj, y vi que era exactamente la una y un minuto. No pude menos de pensar en la relatividad del tiempo y en la fatuidad de medir con las unidades ordinarias de horas y minutos el que entonces transcurría. En ocasiones y circunstancias como aquéllas, los segundos son eternidades que no corren parejas con los sucesos comunes del universo.
Un momento después, el teniente Spitzer, que aún estaba disparando sus dos cañones, gritó: «¡Derribado!» El alférez Mitchell estaba sentado en un lío de paracaídas, sin decir nada. Preguntéle si quería asomarse a una ventanilla. Él, limpiándose la sangre que aún le brotaba de sus heridas, contestó que sí. Lo ayudé a levantarse y lo sostuve mientras contemplaba el siniestro espectáculo que se desarrollaba a nuestros pies, en la superficie del mar. El teniente Spitzer había abandonado sus cañones y se ocupaba en tomar vistas cinematográficas para llevar a sus jefes la prueba de lo que había pasado. En el avión parecía reinar un silencio profundo; pues el estruendo de la artillería nos había ensordecido, y apenas si oíamos zumbar la incansable hélice.
Los dos oficiales y yo presenciábamos los últimos momentos de la máquina enemiga. Ardía ésta como un buque tanque. Envolvíala una hoguera ovalada de color rojizo amarillento, que parecía brotar de la superficie del agua, entonces tranquila y tersa, y ondeaba como una inmensa'bandera, despidiendo nubes espesas de un humo negro,
El fuego, cuando pasamos sobre él, se extendía por gran espacio. En el centro estaba el avión, inerte y descarnado como un esqueleto. En el borde del óvalo se discernían dos objetos pequeños, negruzcos, que quizá fuesen hombres tratando de escapar de las llamas, quizá fragmentos desprendidos del avión y arrastrados por las corrientes debidas al calor.
Describimos un círculo alrededor de la hoguera y volvimos a colocarnos sobre ella, esta vez a unos 150 metros de altura. El humo formaba nubes que se disipaban gradualmente arriba de nosotros. Los últimos vestigios del avión japonés habían desaparecido por completo, y también los dos objetos negruzcos que habíamos visto; pero las llamas, continuaban ardiendo.
Hicimos luego rumbo a nuestra base, con un motor perforado por una bala, dos agujeros en las alas, tamaños como platos, un sinnúmero de agujeros más pequeños, y cinco cañones fuera de combate. El avión, que era de uno de los modelos más antiguos que aún se usan en esta guerra, había hecho, en condiciones atmosféricas capaces de desbaratar mejores aviones, algunas de las maniobras más difíciles y arriesgadas: espirales, picados, etc. Quizá el contralmirante John McCain no anduviese muy lejos de la verdad cuando declaró que la fortaleza volante es el mejor avión de combate para aquellas regiones.

EL TESORO DE LOS INCAS 75-76

 "A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, sólo os pido que, en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma". ( ( A sus editores)  Suicidio al estilo harakiri - Emilio Salgari- Italia

EL TESORO DE LOS INCAS

EMILIO SALGARI

ITALIA

Inclinándose estaba muy seriamente el mestizo, cuando le hizo ponerse derecho de un golpe una exclamación de O’Connor.

—¡Calla!… ¡Otra vez las estrellas errantes! —gritó el marinero.

El ingeniero y el mestizo volviéronse hacia proa, y vieron un centenar de puntos luminosos que surcaban las tinieblas, cruzándose entre sí, levantándose sobre las aguas y hundiéndose otra vez en ellas, después de haber descrito trayectorias de treinta, cuarenta y aun cincuenta metros.

—¿Qué estrellas son éstas? —preguntó el mestizo.

—Recuerdo que al derrumbarse la bóveda del lago, surcaban a millares el espacio.

—Mucho me engaño si no son peces —dijo Sir John.

—¿Peces? Pero, señor, ¿no veis cómo brillan? Si dijeseis luciérnagas…

—No; son peces, Burthon.

Seis o siete de aquellos extraños volátiles hallábanse en las aguas próximos al bote, y entreteníanse en saltar por encima de él, pero a tal altura que no se les podía distinguir. Mas uno de ellos, bien porque le hubiesen faltado de improviso las fuerzas, o porque hubiese tomado impulso demasiado débil, vino a caer a los pies de Morgan, que se apresuró a cogerlo.

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—Es un pez —dijo, dándoselo a Sir John.

En efecto, era un pez de pie y medio de largo, y provisto de dos largas aletas, de las cuales valíase, sin duda, para saltar, y de una boca muy ancha que lanzaba vivos fulgores.

Es un pirápodo —dijo el ingeniero.

—Si, un pez volador, o, por mejor decir, un pez golondrina —añadió el irlandés—. Es un excelente pescado de mar, manjar muy favorito de los delfines y de los peces espada.

—¡Hola! —exclamó Burthon—. Este pez no tiene ojos.

—Está ciego, pero no sin ojos —replicó el ingeniero—. Si levantaseis estas

dos pequeñas membranas, hallaríais debajo los ojos; pero están atrofiados de tal modo que no podrá ya servirse de ellos.

—Pero ¿cómo se dirigen sin tener vista? —preguntó O’Connor.

—Por el tacto.

—¿Y nacen ciegos todos los animales que habitan en estas cavernas?

—No todos. El proteo de los lagos subterráneos de la Carniola, el siderón y el cyptinodon de las cavernas del Mammuth, el amblyopis, el Sifino y otros nacen ciegos, pero algunos otros nacen provistos de ojos, aunque poco a poco los pierden. Algunos crustáceos del orden de los decápodos, por ejemplo, nacen con ojos, pero en creciendo, se introducen, según su costumbre, en las branquias de otros peces para vivir a costa de ellos, de modo que ya no pueden ver. Y su vista, aun funcionando ya, poco a poco se atrofia y acaba por cubrirse de una ligera membrana.

—Pero ¿cómo sucede eso?

—Por falta de ejercicio. Si a ti te condenasen a vivir muchos años bajo tierra en un oscuro subterráneo, tus ojos acabarían por disminuir de

volumen y atrofiarse. ¿No es acaso por falta de ejercicio por lo que no podemos ya mover las orejas, como las mueven los caballos, los perros y los gatos?

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—¿Cómo? —exclamó Burthon—. ¿Nuestros antiguos ascendientes movían las orejas?

—Es probable, toda vez que los músculos de que se sirven los animales

para mover las orejas los poseemos también nosotros. Ejercitándolos, llegaríamos tras de algún tiempo a moverlas.

—Sería un bonito espectáculo ver a una elegante señorita moviendo las

orejas.

Media hora después de la aparición de los peces voladores, el subterráneo comenzó rápidamente a estrecharse en todos sentidos, hasta el punto de que apenas permitiría el paso de la barcaza. Las aguas, comprimidas, por decirlo así, redoblaron la velocidad de su carrera, internándose bajo un negro y angosto túnel con profundos mugidos.

Sir John, después de haber consultado el viejo pergamino, hizo rebajar la chimenea de la máquina, para que no chocase contra la bóveda, retiró las lámparas y ordenó avanzar con la mayor prudencia.

El Huascar se dirigió a pequeño vapor hacia el negro túnel.

No eran excesivas aquellas precauciones, pues la galería era tan estrecha que a duras penas permitía el paso del bote. Además, de la bóveda pendían millares y millares de puntas agudas, sutilísimas y transparentes, algunas de las cuales, de excesiva largueza, amenazaban herir a Sir John y a sus compañeros

MARÍA 315-317

María

— No lo piense; menos tibante había de ser. Porque le han dicho que es hijo de caballero, nadie le da al tobillo ya en lo fachendoso, y se figura que no hay más que él... ¡Caramba! como si yo fuera alguna negra bozal ó alguna manumisa como él. Ahora está metido donde las provincianas, y todo por hacerme patear, porque mucho que lo conozco : bien que me alegraría de que ñor José lo echara á la porra.

— Es necesario que no seas injusta. ¿ Oué tiene de particular que esté jornaleando en casa de José? Eso quiere decir que aprovecha el tiempo ; peor sería que pasara los días tunando.

— Mire que yo sé quién es Tiburcio. Menos enamorado había de ser...

— Pero porque le parezcas bonita tú, en lo cual

MARÍA. 315

maldita la gracia que hace, ¿han de parecerle también bonitas cuantas ve ? —Por eso.

Yo me reí de la respuesta, y ella torciendo los

ojos, dijo :

— ¡ Velay ! ¿Y eso qué cosquillas le hace '? — Pero ¿no ves que estás haciendo lo mismo con

Tiburcio, exactamente lo mismo que lo que hace contigo?

— ¡ Válgame Dios ! ¿ Yo qué hago?

— Pues estar celosa,

— i Eso sí que no ¡

-¿No?

— ¿Y si él lo ha querido? Á mí nadie me quita de la cabeza que si ñor José lo consintiera, ese veleidoso se casaría con Lucía, y á no ser porque Tránsito es ajena ya, hasta con ambas, si lo dejaran.

— Pues sábete que Lucía quiere desde que estaba chiquita á un hermano de Braulio que pronto vendrá ; y no te quepa duda, porque Tránsito me lo ha contado.

Salomé se quedó pensativa. Llegábamos ya al fin del cacaotal, y sentándose en un tronco, me dijo meciendo con los pies colgantes una mata de buenastardes :

— Conque diga, ¿qué le parece bueno hacer?

— ¿Me das permiso para referirle á Tiburcio lo que nemos conversado?

— No, no. Por lo que usté más quiera, no lo vaya á hacer.

— Si solamente te pregunto si lo consientes.

— ¿Todito?

— Las quejas sin ios agravios.

— Si es que cada vez que me acuerdo de lo que se figura él de mí, no sé ni lo que digo... Vea : se me pone que es mejor no contarle, porque si ya no me

quiere, después andará diciendo que me cansé de llorar por él, y que lo quise contentar.

— Entonces, convéncete, Salomé, de que no hay modo de remediar tus penas.

— ¡ Ah trabajo! exclamó poniéndose á llorar.

— Vamos, no seas cobarde. le dije apartándole las manos de la cara : lágrimas de tus ojos valen mucho para que las derrames á chorros.

— Si Tiburcio creyera eso, no me pasaría yo las noches llorando hasta que me quedo dormida, de verlo tan ingrato y ver que por él mi taita me ha cogido tema.

— ¿Qué quieres apostar conmigo á que mañana en la tarde viene Tiburcio á verte y á contentarte?

— i Ay ! le confieso que no tendría con qué pagarle, me respondió estrechándome la mano en las suyas, y acercándola á su mejilla. ¿Me lo promete?

— Muy desgraciado y tonto debo de ser si no lo consigo.

— Vea que le cojo la palabra. Pero por vida suya no vaya á contarle á Tiburcio que hemos estado así tan solitos y... Porque vuelve á dar en lo del otro día, y eso sí era echarlo todo á perder. Ahora, aña MARÍA.

317  dio empezando á subir el cerco, voltéese para allá y no me vea saltar, ó saltemos juntos.

— Escrupulosa andas; antes no lo eras tanto.

— Si es que todos los días le cojo más vergüenza.

Súbase pues.

Mas como sucedió que Salomé, para caer al otro lado, encontró dificultades que no encontré yo, quedóse

sentada encima de la cerca diciéndome : — Miren al niño ; diga agoo. Pues ahora no he de bajar si no se voltea.

— Déjame que te ayude; ve que se hace tarde y mi comadre...

— ¿Acaso ella es como aquél?... Y asina ¿cómo quiere que me baje ? ¿ No ve que si me enredo... ?

— Déjate de monadas y apóyate aquí, le dije presentándole mi hombro.

— Haga fuerza, pues, porque yo peso como... una pluma, concluyó saltando ágilmente. Me voy á poner creidísima, porque conozco muchas blancas que ya quisieran saltar así talanqueras.

— Eres una boquirubia.

— ¿Eso es lo mismo que piquicaliente? Porque entonces voy á entromparme con usté.

— ¿Vas á qué?

— Adios ... ¿Y no entiende? pues que voy á enojarme.

¿ Qué hiciera yo para saber cómo es usté cuando se pone bien bravo? Es antojo que tengo.

— ¿Y si después no podías contentarme?

— ¡ Ayayay ! No habré visto yo que se le vuelve el corazón un yuyo si me ve llorando.